16 calles


La película (estrenó el jueves pasado) es tan pasatista que te termina dejando contento y con ganas de ver otra. Eso fue lo que me pasó a mí. Pero la clave fue haberla visto en casa. De ningún modo vale los al menos 15 pesos por cabeza que sale hoy ir al cine.

El grueso de la historia transcurre casi en tiempo real. Lo cual genera toda una tensión. Mientras estás viendo una escena querés ver la próxima. Y a eso hay que sumarle los tiros. Y una persecución (y las consecuentes especulaciones entre perseguidos y perseguidores) en la Manhattan salvaje. Si tenés el tic, y te entregás a ser cómplice del director de la película, te vas a comer las uñas.

Lo que dificulta a esa complicidad son algunos giros poco creíbles. Uno de ellos es sobre el final (y por ende no lo puedo detallar para no ser tan odioso) e incluye a un grabador de periodista. Son varias las veces, a lo largo de la película, en las que decís “nah, pero mirá que va a pasar eso; no tiene lógica”.

La historia: Bruce Willis (Jack Mosley) es un curtido detective corrupto ya venido a menos por su condición de alcohólico. Se presume que en sus buenas épocas fue un caza delincuentes de renombre, pero ahora lo usan de che pibe policiaco. Lo mandan a custodiar una escena de crimen durante toda una noche y a la mañana lo hacen trasladar a un preso (al que le plantaron un arma) que tiene que dar testimonio en un juicio en curso.

La película trata acerca de lo que ocurre en esa mañana (entres las 8:20 y las 10); en esas 16 cuadras entre el centro de detención en el que está Mos Def (Eddie Bunker) hasta la fiscalía a la que tiene que ir a declarar.

Eddie es un negro gangoso y charlatán (terrible mezcla) que fue testigo de un caso de abuso policial. Los acusados (se destaca David Morse en el papel de Frank Nugent) van a intentar asesinarlo como sea, antes de que llegue a declarar. Al principio Eddie parece un gangsta (de hecho Def es un conocido hip-hopero), pero con el paso de los minutos te das cuenta de que es un buenón bárbaro.

La peli apunta a una moraleja (lo cual ya es bastante malo): que la gente puede cambiar. Jack, otrora policía corrupto e involucrado en el juicio, de golpe tiene un ataque de humanidad y bondad y hace todo lo posible por salvar a Eddie, aun enfrentando y disparando a sus propios compañeros y complices.

El chivo expiatorio (Eddie) y el policía malo (Jack) se hermanan en la persecución. No se conocen y hasta se caen mal pero no les queda otra que tenerse confianza y ayudarse mutuamente. En el caso de Eddie, por el puro se sentido de supervivencia. En el caso de Jack, por el mero ataque de bondad que le agarró.

El punto más flojo: resulta muy poco creíble que la policía quiera matar en plena calle, y a la vista de todo el mundo, a un tipo que tiene que atestiguar en contra de ellos en pocos minutos. No hay forma de que nadie sospeche.

De hecho, en un momento hay una escena en la que los dos perseguidos toman un colectivo lleno de gente. Caen miles de patrulleros, la brigada de negociación y etc. Hay rehenes, tiene que haber cámaras de TV, tiene que ser público; de ningún modo va a pasar desapercibido el asesinato del testigo. Por más que lo quieran encubrir, alguien se va a dar cuenta, aunque sea la misma fiscal.

Pero bueno. Hay que ser complice y tratar de simular. Hacer como que no te das cuenta. Total ya te ahorraste los 15 pesos del cine y estás en tu casa.

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