El otro dia estaba volviendo de la casa de unos amigos y me quede sin monedas. Estaba contando los pocos centavitos que me quedaban; iba mirando hacia abajo, hacia la palma de mi mano y hacia las tres o cuatro moneditas de diez y cinco, y en el suelo vi, tirada, una moneda de un peso.
Volvi a casa en colectivo.
Gracias.
La casa de mis amigos queda del otro lado de la ciudad.
Igual, y a esto lo tengo que decir de cualquier manera, sabras disculpar, lo que no me banco es que no me funcionen los acentos en la pc.
24.10.09
15.9.09
Gingy
Hace un año o un poco más estoy tocando la batería en una banda (Gingy se llama).
El otro día tocamos por primera vez en vivo. En un festivalito que se hizo en el Bauen.
Estábamos un poco nerviosos y ni siquiera nos dejaron probar sonido. Pero igual estuvo buenísimo. Tocamos media hora, me parece; cinco temas en total.
Hacía como ochos años que no tocaba en vivo: fue tremendo. Está buenísimo tener cagazo por algo.
Y no sé cuántas personas había en total pero sí o sí eran más de cien y menos de doscientas.
El primer tema que tocamos fue uno que se llama Me divierto.
¡Qué emoción en el durante, la pucha!
El otro día tocamos por primera vez en vivo. En un festivalito que se hizo en el Bauen.
Estábamos un poco nerviosos y ni siquiera nos dejaron probar sonido. Pero igual estuvo buenísimo. Tocamos media hora, me parece; cinco temas en total.
Hacía como ochos años que no tocaba en vivo: fue tremendo. Está buenísimo tener cagazo por algo.
Y no sé cuántas personas había en total pero sí o sí eran más de cien y menos de doscientas.
El primer tema que tocamos fue uno que se llama Me divierto.
¡Qué emoción en el durante, la pucha!
7.8.09
La escuela de Frankfurt
me gustan las empanadas de carne cortada a cuchillo
y también me gustan mucho las poesías cortadas con Enter
en general
me chupa un huevo que un escritor se ponga demasiado descriptivo
e incluso me gusta cuando se ponen autobiográficos
pero lo que no me banco ni a palos
es cuando algún escritor o periodista
o incluso un poeta
empieza a hablar sobre la escuela de frankfurt
inmediatamente me caigo dormido
y me golpeo la cabeza contra el escritorio de la pc
diecisiete veces estuve en diecisiete lugares
en los que intentaron hablarme
sobre la escuela de frank-
furt
en la facultad y en el colegio
y en un curso de literatura que dictaba hebe uhart
con rodolfo braceli
nunca pude entender
de qué se trataba
la escuela de frankfurt
y es porque no estaba prestando atención
y porque soy un idiota
ahora cada vez que fabián casas
o quintín
o alan pauls
intentan contarme
sobre la escuela de frankfurt
no puedo dejar de imaginarme
una escuela
un colegio
con las maestras adentro
y los alumnos y las aulas y las tizas y las gomas
y los alemancitos de mierda
estudiando
y el edificio enorme
la institución
allá en el puto frankfurt
con la nieve
y el timbre que suena
cuando termina el recreo
a mí qué carajo me importa
ese bendito
colegio alemán
muchas veces ya no tengo ganas de leer
y me cuelgo
mirando youtube
el video del ratoncito en la pecera
repleta de pirañas hambrientas
la búsqueda desesperada de la superficie
la salida
a la izquierda a la derecha a un costado y al otro
y las pirañas relajadísimas
en cardumen
a derecha e izquierda
a un costado y al otro
y las patitas frenéticas
y los tarascones en las patitas frenéticas
¿querés tensión?
ahí tenés tensión
o la pelea
de marco antonio barrera
contra nazeem hamed
en el dos mil dos
igual
creo que lo único que necesita un texto
para ser malo
es que adentro suyo se hable de fucó
del positivismo
y de la escuela de frankfurt
todo lo demás vale
y también me gustan mucho las poesías cortadas con Enter
en general
me chupa un huevo que un escritor se ponga demasiado descriptivo
e incluso me gusta cuando se ponen autobiográficos
pero lo que no me banco ni a palos
es cuando algún escritor o periodista
o incluso un poeta
empieza a hablar sobre la escuela de frankfurt
inmediatamente me caigo dormido
y me golpeo la cabeza contra el escritorio de la pc
diecisiete veces estuve en diecisiete lugares
en los que intentaron hablarme
sobre la escuela de frank-
furt
en la facultad y en el colegio
y en un curso de literatura que dictaba hebe uhart
con rodolfo braceli
nunca pude entender
de qué se trataba
la escuela de frankfurt
y es porque no estaba prestando atención
y porque soy un idiota
ahora cada vez que fabián casas
o quintín
o alan pauls
intentan contarme
sobre la escuela de frankfurt
no puedo dejar de imaginarme
una escuela
un colegio
con las maestras adentro
y los alumnos y las aulas y las tizas y las gomas
y los alemancitos de mierda
estudiando
y el edificio enorme
la institución
allá en el puto frankfurt
con la nieve
y el timbre que suena
cuando termina el recreo
a mí qué carajo me importa
ese bendito
colegio alemán
muchas veces ya no tengo ganas de leer
y me cuelgo
mirando youtube
el video del ratoncito en la pecera
repleta de pirañas hambrientas
la búsqueda desesperada de la superficie
la salida
a la izquierda a la derecha a un costado y al otro
y las pirañas relajadísimas
en cardumen
a derecha e izquierda
a un costado y al otro
y las patitas frenéticas
y los tarascones en las patitas frenéticas
¿querés tensión?
ahí tenés tensión
o la pelea
de marco antonio barrera
contra nazeem hamed
en el dos mil dos
igual
creo que lo único que necesita un texto
para ser malo
es que adentro suyo se hable de fucó
del positivismo
y de la escuela de frankfurt
todo lo demás vale
22.5.09
El blog me ayuda a librarme de mis obsesiones
Al té de manzanilla lo tomo con tres de azúcar. En esos casos no me importa demasiado el detalle y si a veces me olvidó de la cantidad exacta y le pongo dos o cuatro, a la larga termina no importándome y me lo tomo con el gusto que me haya tocado.
Ningún gusto de las variaciones del té de manzanilla resulta demasiado desagradable. Al menos no como para dejar de tomarlo.
Al café le pongo cinco cucharadas exactas. Y a la larga uno se preguntaría si realmente me gusta el café, ¿no es cierto?
Bueno, la verdad es que no lo sé. Pero con cinco de azúcar lo tomo y me gusta bastante. Sobre todo el instantáneo, que viene batido.
De todos modos estoy en una campaña de salubridad personal que me hace no tomar Coca Cola, ni café, ni comer mayonesa, ni chocolate, ni un montón de cosas más. Más que nada aquellas cosas que hacen que me salgan granos en la cara.
Ellos me salen igual, de cualquier manera.
Cuando sí lo tomaba, al café, lo tomaba en la misma condición térmica que al té de manzanilla.
Vale decir que no tomo otro té que no sea el té de manzanilla. El té de té me resulta de lo más repugnante y no hay fórmula azucarera que me lo solucione. Lo lamento de corazón, pero es así. El de tilo y el de boldo alguna vez me cayeron muy bien, pero después con el tiempo no sé qué pasó y ahora sólo lo tomo de manzanilla.
Eso a veces me trae algunos problemas con las personas que me invitan a tomar un té. Muy pocas personas se toman la respuesta de “sí, tomo, pero sólo si tenés de manzanilla”, con naturalidad. No sé porqué, pero la mayoría tiende a hacer muchas preguntas al respecto.
Por eso últimamente me la pasó tomando agua. Lo cual también cierra muy bien con mi nueva campaña de salubridad personal. Y la verdad es que, debo decirlo, en favor de las publicidades de agua mineral, desde entonces la piel de mi cara mejoró muchísimo y varias amigas, que suelen fijarse mucho en las cuestiones de estética personal, me lo han hecho notar.
De cualquier manera: a ambos, al té de manzanilla y al café, los tomó cuando ya están casi fríos. El tiempo previo a la ingesta lo utilizo más que nada para conversar, cuando estoy acompañado, o para cantar y hacer percusiones sobre la mesa, cuando estoy solo.
El tema de la música que uno hace involuntariamente me tiene tan obsesionado –hablo sólo de la última semana- como el tema de las próximas elecciones.
Es decir: no me tiene obsesionado en lo más mínimo.
Así como canto absolutamente todos los días mientras me baño, y así como hago unos solos de percusión bárbaros cada veinte o treinta minutos, la realidad es que lo hago con una desatención absoluta.
Lo mismo me pasa con el sufragio. El sufragio me resbala; ni más ni menos. Creo que en los siete años que llevo como mayor de edad voté una sola vez y ya ni recuerdo porqué o por quién lo hice.
Este año me estaba sintiendo un poco estúpido por esa tendencia anarquista. En su momento fue real: faltaba por convicción. Pero ahora ya no me acordaba cuál era esa convicción.
Las noticias me lo hicieron súper fácil y enseguida me acordé. Josdeputa. ¡Los candidatos o bien están renunciando a los puestos para los que fueron votados hace un tiempito o bien están postulándose para un segundo cargo incluso sin renunciar al primero!
Al resto no los conozco. Y mi apasionamiento e inclinación por la reflexión acerca de todas esas cuestiones cotidianas que tienen que ver conmigo mismo no me permiten dedicarme a buscar la información correspondiente.
Pensar en mí es un trabajo a tiempo completo.
Es algo –y ahí me refiero a mi situación de ilegalidad- que por ahora no me molesta mucho pero sé que voy a lamentar en el futuro. Tarde o temprano.
Por ahora –y aunque parezca un chiste, no lo es; aunque igual nadie me lo va a creer porque parece un simple artilugio literario para llegar a un cierre redondo- tengo una taza con té de manzanilla esperándome en la cocina y no me a atrevo a planificar más allá.
Ah: el mate cocido. Hasta donde sé, no me gusta el mate cocido.
Ningún gusto de las variaciones del té de manzanilla resulta demasiado desagradable. Al menos no como para dejar de tomarlo.
Al café le pongo cinco cucharadas exactas. Y a la larga uno se preguntaría si realmente me gusta el café, ¿no es cierto?
Bueno, la verdad es que no lo sé. Pero con cinco de azúcar lo tomo y me gusta bastante. Sobre todo el instantáneo, que viene batido.
De todos modos estoy en una campaña de salubridad personal que me hace no tomar Coca Cola, ni café, ni comer mayonesa, ni chocolate, ni un montón de cosas más. Más que nada aquellas cosas que hacen que me salgan granos en la cara.
Ellos me salen igual, de cualquier manera.
Cuando sí lo tomaba, al café, lo tomaba en la misma condición térmica que al té de manzanilla.
Vale decir que no tomo otro té que no sea el té de manzanilla. El té de té me resulta de lo más repugnante y no hay fórmula azucarera que me lo solucione. Lo lamento de corazón, pero es así. El de tilo y el de boldo alguna vez me cayeron muy bien, pero después con el tiempo no sé qué pasó y ahora sólo lo tomo de manzanilla.
Eso a veces me trae algunos problemas con las personas que me invitan a tomar un té. Muy pocas personas se toman la respuesta de “sí, tomo, pero sólo si tenés de manzanilla”, con naturalidad. No sé porqué, pero la mayoría tiende a hacer muchas preguntas al respecto.
Por eso últimamente me la pasó tomando agua. Lo cual también cierra muy bien con mi nueva campaña de salubridad personal. Y la verdad es que, debo decirlo, en favor de las publicidades de agua mineral, desde entonces la piel de mi cara mejoró muchísimo y varias amigas, que suelen fijarse mucho en las cuestiones de estética personal, me lo han hecho notar.
De cualquier manera: a ambos, al té de manzanilla y al café, los tomó cuando ya están casi fríos. El tiempo previo a la ingesta lo utilizo más que nada para conversar, cuando estoy acompañado, o para cantar y hacer percusiones sobre la mesa, cuando estoy solo.
El tema de la música que uno hace involuntariamente me tiene tan obsesionado –hablo sólo de la última semana- como el tema de las próximas elecciones.
Es decir: no me tiene obsesionado en lo más mínimo.
Así como canto absolutamente todos los días mientras me baño, y así como hago unos solos de percusión bárbaros cada veinte o treinta minutos, la realidad es que lo hago con una desatención absoluta.
Lo mismo me pasa con el sufragio. El sufragio me resbala; ni más ni menos. Creo que en los siete años que llevo como mayor de edad voté una sola vez y ya ni recuerdo porqué o por quién lo hice.
Este año me estaba sintiendo un poco estúpido por esa tendencia anarquista. En su momento fue real: faltaba por convicción. Pero ahora ya no me acordaba cuál era esa convicción.
Las noticias me lo hicieron súper fácil y enseguida me acordé. Josdeputa. ¡Los candidatos o bien están renunciando a los puestos para los que fueron votados hace un tiempito o bien están postulándose para un segundo cargo incluso sin renunciar al primero!
Al resto no los conozco. Y mi apasionamiento e inclinación por la reflexión acerca de todas esas cuestiones cotidianas que tienen que ver conmigo mismo no me permiten dedicarme a buscar la información correspondiente.
Pensar en mí es un trabajo a tiempo completo.
Es algo –y ahí me refiero a mi situación de ilegalidad- que por ahora no me molesta mucho pero sé que voy a lamentar en el futuro. Tarde o temprano.
Por ahora –y aunque parezca un chiste, no lo es; aunque igual nadie me lo va a creer porque parece un simple artilugio literario para llegar a un cierre redondo- tengo una taza con té de manzanilla esperándome en la cocina y no me a atrevo a planificar más allá.
Ah: el mate cocido. Hasta donde sé, no me gusta el mate cocido.
16.5.09
Acerca del modo en el que se debería vivir
Si lo escuchás entero, en quince minutos le cambiás el sentido al día que sea que estás viviendo.
La vida es un gato debajo de una mesa
Hago el mea culpa. Exageré un poquito. No nos comimos ni cinco ni seis goles en la cancha de Huracán. Fueron cuatro, nada más; por suerte el árbitro lo terminó unos segundos antes.
La lástima es que no pude ir a la cancha de Huracán. Estaba algo ocupado en unos actos delictivos que ni vienen al caso. Lo notable es que siento que me perdí algo importante: una lección sobre cómo funciona el mundo o algo así.
Después de todo, el mundo, y la vida, son algo muy parecido a la música clásica. O no a toda la música clásica, tal vez, sino a alguna que otra pieza de música clásica en particular.
No sé cual. No estoy diciendo que la vida es como tal obra que yo ya conozco. Lo que digo es que seguro hay alguna obra en particular que podría llegar a ser comparada con lo que es el mundo.
Y si se pudiera elegir cuál, yo elegiría, sin dudarlo, pero más que nada porque a ninguna otra la conozco tan al dedillo, el Bolero, de Ravel.
No se me ocurre otra manera mejor de entender a la existencia que ese in crescendo. Si lográs vivir como el Bolero de Ravel, chabón, es impresionante lo capo que sos. Y además, cuando termina, todo el mundo te aplaude a vos, que sos el percusionista.
O yo pediría ser el percusionista al menos. No sólo por los aplausos, sino porque, además, de clarinete, tuba y violín yo no sé nada.
Por ahora, a Huracán le envidio a Pastore, a Bolatti y a Defederico en particular, pero también le envidio al equipo en general, por la insana tendencia que tienen a tratar de jugar a la pelota tal como se supone que se juega a la pelota. Es una quijotada, hoy en día, realmente (y lo digo sin haber leído el Quijote ni media vez y teniendo muy en cuenta que no lo voy a leer jamás).
Pero no hay que ponerse demasiado mal. La vida es así: tensión y reposo. Música clásica. Lo que hoy es Pastore, Bolatti y Defederico –de la otra vereda, claro; de la nuestra es Muerto, Muertito, Frío y Andar Cansino-, ayer fue D’alessandro, Ortega, Cavenaghi, Ledesma, Cambiasso y Coudet.
Hay que saber aceptar.
The cat is under the table, señores. The cat is under the table.
La lástima es que no pude ir a la cancha de Huracán. Estaba algo ocupado en unos actos delictivos que ni vienen al caso. Lo notable es que siento que me perdí algo importante: una lección sobre cómo funciona el mundo o algo así.
Después de todo, el mundo, y la vida, son algo muy parecido a la música clásica. O no a toda la música clásica, tal vez, sino a alguna que otra pieza de música clásica en particular.
No sé cual. No estoy diciendo que la vida es como tal obra que yo ya conozco. Lo que digo es que seguro hay alguna obra en particular que podría llegar a ser comparada con lo que es el mundo.
Y si se pudiera elegir cuál, yo elegiría, sin dudarlo, pero más que nada porque a ninguna otra la conozco tan al dedillo, el Bolero, de Ravel.
No se me ocurre otra manera mejor de entender a la existencia que ese in crescendo. Si lográs vivir como el Bolero de Ravel, chabón, es impresionante lo capo que sos. Y además, cuando termina, todo el mundo te aplaude a vos, que sos el percusionista.
O yo pediría ser el percusionista al menos. No sólo por los aplausos, sino porque, además, de clarinete, tuba y violín yo no sé nada.
Por ahora, a Huracán le envidio a Pastore, a Bolatti y a Defederico en particular, pero también le envidio al equipo en general, por la insana tendencia que tienen a tratar de jugar a la pelota tal como se supone que se juega a la pelota. Es una quijotada, hoy en día, realmente (y lo digo sin haber leído el Quijote ni media vez y teniendo muy en cuenta que no lo voy a leer jamás).
Pero no hay que ponerse demasiado mal. La vida es así: tensión y reposo. Música clásica. Lo que hoy es Pastore, Bolatti y Defederico –de la otra vereda, claro; de la nuestra es Muerto, Muertito, Frío y Andar Cansino-, ayer fue D’alessandro, Ortega, Cavenaghi, Ledesma, Cambiasso y Coudet.
Hay que saber aceptar.
The cat is under the table, señores. The cat is under the table.
La versión digital de Cablevisión es una porquería
El cable hoy me dejó escuchar música
más tarde a la noche la opción desapareció
pero por la mañana apretando en unos
canales-radio del nuevo aparatito del coso digital
pude acostarme con los ojos cerrados
a escuchar un poco de música clásica
ahí con los ojos cerrados pensé mucho en Rosario
y en los compañeros de la secundaria
y me di cuenta de que en mi cabeza
todavía sigo teniendo aquella edad
también me di cuenta de que la música clásica
es como una maravillosa tortura china
aunque no sé bien si los chinos hacen buenas torturas
la música clásica es como si te taparan los ojos
y te empezaran a pegar cachetazos fuertes primero
y despacio después
es como si después de eso te sacaran la venda
de los ojos
y te pusieran una luz amarilla, roja y naranja
justo frente a los ojos y te hicieran mirarla bien
de frente
es como si después te pusieran otra vez la venda
y en toda la habitación empezara a sonar un DJ infernal
y como si después de eso pusieran una música new age
con pajaritos de pradera y aguas frescas cayendo
por un acantilado
es como si después (todavía la venda puesta)
te llevaran de la mano hasta un lavarropas
y te hicieran dar unas vueltas centrífugas
es como si después de eso te hicieran bailar un tango
todavía con los ojos cerrados
con una morocha deliciosa de piernas largas
y después te hicieran darle un beso a la tía
de Adolf Hitler
es como si después te preguntaran paso a paso
que fue lo que te fue pasando
y vos no te pudieras acordar de nada
sólo de la putrefacta saliva
de la tía de Hitler.
más tarde a la noche la opción desapareció
pero por la mañana apretando en unos
canales-radio del nuevo aparatito del coso digital
pude acostarme con los ojos cerrados
a escuchar un poco de música clásica
ahí con los ojos cerrados pensé mucho en Rosario
y en los compañeros de la secundaria
y me di cuenta de que en mi cabeza
todavía sigo teniendo aquella edad
también me di cuenta de que la música clásica
es como una maravillosa tortura china
aunque no sé bien si los chinos hacen buenas torturas
la música clásica es como si te taparan los ojos
y te empezaran a pegar cachetazos fuertes primero
y despacio después
es como si después de eso te sacaran la venda
de los ojos
y te pusieran una luz amarilla, roja y naranja
justo frente a los ojos y te hicieran mirarla bien
de frente
es como si después te pusieran otra vez la venda
y en toda la habitación empezara a sonar un DJ infernal
y como si después de eso pusieran una música new age
con pajaritos de pradera y aguas frescas cayendo
por un acantilado
es como si después (todavía la venda puesta)
te llevaran de la mano hasta un lavarropas
y te hicieran dar unas vueltas centrífugas
es como si después de eso te hicieran bailar un tango
todavía con los ojos cerrados
con una morocha deliciosa de piernas largas
y después te hicieran darle un beso a la tía
de Adolf Hitler
es como si después te preguntaran paso a paso
que fue lo que te fue pasando
y vos no te pudieras acordar de nada
sólo de la putrefacta saliva
de la tía de Hitler.
15.5.09
No sé bien qué pensar
Dos y dos son cuatro. Cuatro y dos son seis. Seis y dos son ocho. Y ocho dieciseis.
Hace como ocho años fui a la cancha de Huracán a ver a River. Le hicimos cinco o seis goles. Un paseo hermoso.
Y ya cuando íbamos en el bondi, borrachos y bajando a hacer pis cada veinte cuadras sabíamos que el partido iba a ser así. Íbamos como se va a una fiesta en la que sabés que van a pasar cumbia, cuarteto, reggaetón y hits de los noventa.
Nada puede ser distinto a la felicidad.
A la vuelta caminamos hasta Constitución sonrientes y tranquilos.
Este fin de semana tengo ganas de volver al Ducó. En la Quema River se puede llegar a comer cinco o seis tranquilamente.
Por otro lado, me preocupa el destino de una Selección de fútbol sin Riquelme.
El fútbol no nos enciende el alma. Hay que buscar por otro lado.
Y ocho veinticuatro. Y ocho treintidós. Más diez que le sumo son cuarentidós.
Hace como ocho años fui a la cancha de Huracán a ver a River. Le hicimos cinco o seis goles. Un paseo hermoso.
Y ya cuando íbamos en el bondi, borrachos y bajando a hacer pis cada veinte cuadras sabíamos que el partido iba a ser así. Íbamos como se va a una fiesta en la que sabés que van a pasar cumbia, cuarteto, reggaetón y hits de los noventa.
Nada puede ser distinto a la felicidad.
A la vuelta caminamos hasta Constitución sonrientes y tranquilos.
Este fin de semana tengo ganas de volver al Ducó. En la Quema River se puede llegar a comer cinco o seis tranquilamente.
Por otro lado, me preocupa el destino de una Selección de fútbol sin Riquelme.
El fútbol no nos enciende el alma. Hay que buscar por otro lado.
Y ocho veinticuatro. Y ocho treintidós. Más diez que le sumo son cuarentidós.
3.5.09
13.4.09
Siempre voy a aprender
Hay cosas que están sobrevaloradas.
Los músicos que tocan siempre un montón de notas, por ejemplo.
Recién pensaba en eso, medio asombrado, mientras escuchaba la intro de Time: el bajo de Waters te estremece y en términos reales no son más que un par de BUMs cada veinte mil años.
Los músicos que tocan siempre un montón de notas, por ejemplo.
Recién pensaba en eso, medio asombrado, mientras escuchaba la intro de Time: el bajo de Waters te estremece y en términos reales no son más que un par de BUMs cada veinte mil años.
7.4.09
Sentarse en una silla, estirar el brazo
Lo frustrante de leer a chabones como Salinger es que te humillan con la simpleza.
Cuando sos un chabón que siempre se pasa horas frente a una hoja en blanco, y con esto quiero decir que al menos una vez al día, desde hace por lo menos tres o cuatro meses, me gasto una hora mirando la hoja en blanco del Word en mi computadora, te resulta insultante ver a un tipo escribiendo un relato sobre un chabón canoso que se despierta al lado de una mina y atiende el teléfono y se pone a hablar con su amigo, que está desesperado porque su mujer no aparece.
Salinger, o el chabón que le hace de narrador, relata lo que ocurre en la cama del tipo, que son cuestiones mínimas como un cigarrillo que se prende, un brazo de la chica que los busca en la mesa de luz, unas cenizas que se caen de un cenicero y etcétera y a la vez relata lo que se conversa por teléfono, que es la desesperación del amigo del tipo canoso.
Su mujer seguro está en la cama con alguien en ese momento.
Es todo tan simple. Tan estúpido. Es fija que la mina que está con el canoso es la mujer del chabón que se siente cornudo.
Y a Salinger, o al chabón que eligió para que narre la historia, ni siquiera le importa si la mina es la mujer del otro o no. Medio que lo resuelve al final, pero igual te quedan dudas. Cualquiera que lo haya leído me va a decir que no quedan dudas, pero sí: quedan.
Igual eso es lo de menos.
Lo que me marca y me ofende es lo poco que hace falta para hacer un relato.
Es un verdadero insulto.
Me siento muy mal al respecto ahora mismo.
Por suerte puedo decir que toco la batería. Y por suerte, justo cuando le pifio al tempo de algún tema que vengo ensayando desde hace meses, puedo hacerme el tonto y decir que escribo.
Es mentira eso que se dice en los medios de que soy un mediocre. La mediocridad es sólo algo a lo que aspiro a llegar algún día, pero para eso voy a tener que mejorar mucho como persona.
Salinger hijo de puta.
Del de los peces banana ni voy a opinar.
Con qué poco…
Ahora mismo tengo que ir a sacarme sangre para dársela a un pariente que está enfermo.
No sé qué pensar al respecto. Sólo voy a tomar el colectivo, sentarme en una silla, estirar el brazo y mirar cómo mi sangre pasa a estar en una bolsita de plástico.
Bah, no sé. Me lo imagino así; como a un relato de Salinger. No puede ser más.
Cuando sos un chabón que siempre se pasa horas frente a una hoja en blanco, y con esto quiero decir que al menos una vez al día, desde hace por lo menos tres o cuatro meses, me gasto una hora mirando la hoja en blanco del Word en mi computadora, te resulta insultante ver a un tipo escribiendo un relato sobre un chabón canoso que se despierta al lado de una mina y atiende el teléfono y se pone a hablar con su amigo, que está desesperado porque su mujer no aparece.
Salinger, o el chabón que le hace de narrador, relata lo que ocurre en la cama del tipo, que son cuestiones mínimas como un cigarrillo que se prende, un brazo de la chica que los busca en la mesa de luz, unas cenizas que se caen de un cenicero y etcétera y a la vez relata lo que se conversa por teléfono, que es la desesperación del amigo del tipo canoso.
Su mujer seguro está en la cama con alguien en ese momento.
Es todo tan simple. Tan estúpido. Es fija que la mina que está con el canoso es la mujer del chabón que se siente cornudo.
Y a Salinger, o al chabón que eligió para que narre la historia, ni siquiera le importa si la mina es la mujer del otro o no. Medio que lo resuelve al final, pero igual te quedan dudas. Cualquiera que lo haya leído me va a decir que no quedan dudas, pero sí: quedan.
Igual eso es lo de menos.
Lo que me marca y me ofende es lo poco que hace falta para hacer un relato.
Es un verdadero insulto.
Me siento muy mal al respecto ahora mismo.
Por suerte puedo decir que toco la batería. Y por suerte, justo cuando le pifio al tempo de algún tema que vengo ensayando desde hace meses, puedo hacerme el tonto y decir que escribo.
Es mentira eso que se dice en los medios de que soy un mediocre. La mediocridad es sólo algo a lo que aspiro a llegar algún día, pero para eso voy a tener que mejorar mucho como persona.
Salinger hijo de puta.
Del de los peces banana ni voy a opinar.
Con qué poco…
Ahora mismo tengo que ir a sacarme sangre para dársela a un pariente que está enfermo.
No sé qué pensar al respecto. Sólo voy a tomar el colectivo, sentarme en una silla, estirar el brazo y mirar cómo mi sangre pasa a estar en una bolsita de plástico.
Bah, no sé. Me lo imagino así; como a un relato de Salinger. No puede ser más.
6.4.09
El velorio de Alfonsín
Por lo general, amo a mi televisor casi tanto como amo a mi madre.
Igual, mi vieja siempre es divertida. Y a la tele, esa cajita milagrosa que me salva tanto la vida, siempre hay cosas que la convierten en un mundo aburrido.
Muy aburrido.
Ahora me pongo a hacer memoria de aburrimientos anteriores y no se me ocurre uno mayor. Así que creo que estoy apto para tirar la máxima:
Pocas cosas convierten al mundo en un lugar tan aburrido como cuando se muere un ex presidente.
¡Por Dios, transmitieron el velorio en vivo!
¡Veinticuatro horas del velorio de Alfonsín!
Veinticuatro horas enteras de un puto velorio.
El cadáver de Alfonsín acostado adentro de un ataud y las caritas de la gente pasando por enfrente suyo.
Durante horas y horas.
No miré ni uno solo de todos esos programas que se hicieron esta semana. Me perdí la oportunidad histórica de enterarme más sobre el tipo, es verdad, pero, en algún punto, igual me enorgullece pertenecer a la generación de chabones a los que nos importan un culo los presidentes y los diputados y los senadores y los ex presidentes y los ex diputados y los ex senadores.
Mi mayor contacto político en la actualidad es una foto de mi ex jefe, actualmente diputado macrista, caminando por las calles de Flores junto a Borocotó. En ese entonces Borocotó todavía no era un ser repudiado.
Era parte de la campaña pre eleccionaria que los transformó en diputados de la Nación a uno y de la Ciudad al otro.
Mi ex jefe y Borocotó caminan vestidos de traje y corbata. Borocotó sonríe para el fotógrafo, que –lo recuerdo bien- es un ex compañero mío. Atrás, la gente los sigue muy feliz.
Mi jefe no sonríe; se rasca un huevo.
Así sin más.
Se aprieta un huevo.
El gesto de la cara. El movimiento del cuerpo hacia un costado. Todo capturado por la cámara. Alevosía absoluta en la escena.
Es una foto genial. Pertenece a una serie que mi ex compañero sacó ese día y que por alguna razón llegó a mi mano. A las otras fotos las tiré a todas; sólo conservo esa en la que mi jefe aparece sarandeándose un huevo en plena caminata proselitista.
Soy previsor; dentro de diez años mi ex jefe llega a presidente y yo tengo en mis manos la foto del chabón trabajándose un huevo en público sin el más mínimo pudor.
Pero es cierto que me perdí de enterarme más cosas sobre Alfonsín.
Hasta ahora sólo sé lo que más o menos ya sabía, de refilón, desde hacía años; desde que estaba en la secundaria.
Y es bastante poco, la verdad: sé que el tipo fue el que empezó a pagar, y de esa manera legitimó, la deuda externa contraída de manera ilegal por un gobierno ilegal.
Una cagada tremenda. Ahí empezó el gran quilombo, una pelota de nieve –de endeudarse cada vez más para poder pagar lo que iba venciendo- tremenda; el chabón se comprometió por escrito a pagar todo, aunque no le correspondía, y después vinieron décadas de sumisión política.
Eso y las leyes del perdón.
Yo no sé un porongo de política, pero para ser el gran presidente demócrata, suena a que se mandó muchas cagadas con respecto a la dictadura anterior a él.
Igual, son opiniones de un analfabeto funcional. Y hasta mi viejo, que era de origen peronista, lo respetaba.
Acá lo único importante, lo único que a mí me interesa destacar, antes de volver a la tele y a las series yanquis, y a soñar con una bomba que destruya al menos un edificio público en nombre de la anarquía, es remarcar que la tele se vuelve totalmente aburrida cuando muere un ex presidente.
Ese día yo estaba morfando y pelotudeando con una escritora a la que quiero mucho. Y que es de familia súper radical. Y entonces me tuve que callar un poco la boca para no ser irrespetuoso. Pero siempre, tarde o temprano, termino explotando. Y esta vez fue tarde.
Aparte porque soy mucho más valiente cuando estoy sentado solo en la pc.
Un toque le rompí las bolas, igual, y de hecho terminamos leyendo en voz alta cuentos de Palahniuk y de Casciari y un par de poesías re grosas. Y creo que en un momento hasta enganchamos una película muy buena, y súper pochoclera, de hace como una década atrás.
Pero, fuera de eso, qué tremendo embole.
Igual, mi vieja siempre es divertida. Y a la tele, esa cajita milagrosa que me salva tanto la vida, siempre hay cosas que la convierten en un mundo aburrido.
Muy aburrido.
Ahora me pongo a hacer memoria de aburrimientos anteriores y no se me ocurre uno mayor. Así que creo que estoy apto para tirar la máxima:
Pocas cosas convierten al mundo en un lugar tan aburrido como cuando se muere un ex presidente.
¡Por Dios, transmitieron el velorio en vivo!
¡Veinticuatro horas del velorio de Alfonsín!
Veinticuatro horas enteras de un puto velorio.
El cadáver de Alfonsín acostado adentro de un ataud y las caritas de la gente pasando por enfrente suyo.
Durante horas y horas.
No miré ni uno solo de todos esos programas que se hicieron esta semana. Me perdí la oportunidad histórica de enterarme más sobre el tipo, es verdad, pero, en algún punto, igual me enorgullece pertenecer a la generación de chabones a los que nos importan un culo los presidentes y los diputados y los senadores y los ex presidentes y los ex diputados y los ex senadores.
Mi mayor contacto político en la actualidad es una foto de mi ex jefe, actualmente diputado macrista, caminando por las calles de Flores junto a Borocotó. En ese entonces Borocotó todavía no era un ser repudiado.
Era parte de la campaña pre eleccionaria que los transformó en diputados de la Nación a uno y de la Ciudad al otro.
Mi ex jefe y Borocotó caminan vestidos de traje y corbata. Borocotó sonríe para el fotógrafo, que –lo recuerdo bien- es un ex compañero mío. Atrás, la gente los sigue muy feliz.
Mi jefe no sonríe; se rasca un huevo.
Así sin más.
Se aprieta un huevo.
El gesto de la cara. El movimiento del cuerpo hacia un costado. Todo capturado por la cámara. Alevosía absoluta en la escena.
Es una foto genial. Pertenece a una serie que mi ex compañero sacó ese día y que por alguna razón llegó a mi mano. A las otras fotos las tiré a todas; sólo conservo esa en la que mi jefe aparece sarandeándose un huevo en plena caminata proselitista.
Soy previsor; dentro de diez años mi ex jefe llega a presidente y yo tengo en mis manos la foto del chabón trabajándose un huevo en público sin el más mínimo pudor.
Pero es cierto que me perdí de enterarme más cosas sobre Alfonsín.
Hasta ahora sólo sé lo que más o menos ya sabía, de refilón, desde hacía años; desde que estaba en la secundaria.
Y es bastante poco, la verdad: sé que el tipo fue el que empezó a pagar, y de esa manera legitimó, la deuda externa contraída de manera ilegal por un gobierno ilegal.
Una cagada tremenda. Ahí empezó el gran quilombo, una pelota de nieve –de endeudarse cada vez más para poder pagar lo que iba venciendo- tremenda; el chabón se comprometió por escrito a pagar todo, aunque no le correspondía, y después vinieron décadas de sumisión política.
Eso y las leyes del perdón.
Yo no sé un porongo de política, pero para ser el gran presidente demócrata, suena a que se mandó muchas cagadas con respecto a la dictadura anterior a él.
Igual, son opiniones de un analfabeto funcional. Y hasta mi viejo, que era de origen peronista, lo respetaba.
Acá lo único importante, lo único que a mí me interesa destacar, antes de volver a la tele y a las series yanquis, y a soñar con una bomba que destruya al menos un edificio público en nombre de la anarquía, es remarcar que la tele se vuelve totalmente aburrida cuando muere un ex presidente.
Ese día yo estaba morfando y pelotudeando con una escritora a la que quiero mucho. Y que es de familia súper radical. Y entonces me tuve que callar un poco la boca para no ser irrespetuoso. Pero siempre, tarde o temprano, termino explotando. Y esta vez fue tarde.
Aparte porque soy mucho más valiente cuando estoy sentado solo en la pc.
Un toque le rompí las bolas, igual, y de hecho terminamos leyendo en voz alta cuentos de Palahniuk y de Casciari y un par de poesías re grosas. Y creo que en un momento hasta enganchamos una película muy buena, y súper pochoclera, de hace como una década atrás.
Pero, fuera de eso, qué tremendo embole.
3.4.09
Entradas de regalo
Hacía tanto que no entraba a la página de Blogger que ya no me acordaba la clave. Por un momento llegué a pensar que toda la historia del blog se moría acá. Y, no sé, hubiese sido un lindo final, en realidad.
Muerte por extravío de clave.
Creo que le hubiese quedado bien.
En cambio ahora parece seguir condenado a morir por el olvido de su redactor.
El sábado a la tarde me llamó un amigo para regalarme dos entradas al recital de Iron Maiden en Vélez.
Al toque se las regalé a otro amigo que es metalero.
Estábamos sentados en un bar, acá cerca de mi casa, como a las siete, para pasarle las entradas y tomar una cerveza, y me llamó otra persona para regalarme una entrada para el partido de la selección.
Era la entrada que iba a usar Walter Erviti, el volante de Banfield, me contó. Pero Ervitti no fue y él pensó en mí. Así que me subí a un taxi y a los diez minutos estaba en el Monumental.
El cartoncito de la entrada decía 280 pesos. Era en un pequeño corralito que tenía televisores para ver las repeticiones de las jugadas y estaba lleno de gente famosa con pases colgados en el cuello. Justo atrás, a un metro de mi butaca, estaban las cabinas de los relatores.
Estaba Vignolo relatando.
Cuando llegué me pasó algo re loco. De hecho, pienso en eso más que en el desarrollo del partido:
Salí en la foto que se sacó con sus amigos, justo antes de que yo lo abordara, el chabón que estaba ocupando mi asiento.
Cuando llegué a mi asiento -Platea Belgrano; Sector O; Fila 3; Asiento 18- descubrí que alguien ya estaba sentado ahí.
No puedo parar de pensar en ese tipo. En la foto que se hizo sacar al minuto de juego del partido, abrazado a su mejor amigo, dándole los dos la espalda al partido.
De fondo, midiéndolo para encararlo, sale el chabón que le cagó la noche.
Yo.
¡Me cagaste la vida -me dijo al final del partido-; desde allá no se veía nada!
Ahora, cada vez que vea la foto del partido histórico, va a ver mi carota ahí, justo arriba de su hombro, como si quisiera participar de su vida a toda costa.
Muerte por extravío de clave.
Creo que le hubiese quedado bien.
En cambio ahora parece seguir condenado a morir por el olvido de su redactor.
El sábado a la tarde me llamó un amigo para regalarme dos entradas al recital de Iron Maiden en Vélez.
Al toque se las regalé a otro amigo que es metalero.
Estábamos sentados en un bar, acá cerca de mi casa, como a las siete, para pasarle las entradas y tomar una cerveza, y me llamó otra persona para regalarme una entrada para el partido de la selección.
Era la entrada que iba a usar Walter Erviti, el volante de Banfield, me contó. Pero Ervitti no fue y él pensó en mí. Así que me subí a un taxi y a los diez minutos estaba en el Monumental.
El cartoncito de la entrada decía 280 pesos. Era en un pequeño corralito que tenía televisores para ver las repeticiones de las jugadas y estaba lleno de gente famosa con pases colgados en el cuello. Justo atrás, a un metro de mi butaca, estaban las cabinas de los relatores.
Estaba Vignolo relatando.
Cuando llegué me pasó algo re loco. De hecho, pienso en eso más que en el desarrollo del partido:
Salí en la foto que se sacó con sus amigos, justo antes de que yo lo abordara, el chabón que estaba ocupando mi asiento.
Cuando llegué a mi asiento -Platea Belgrano; Sector O; Fila 3; Asiento 18- descubrí que alguien ya estaba sentado ahí.
No puedo parar de pensar en ese tipo. En la foto que se hizo sacar al minuto de juego del partido, abrazado a su mejor amigo, dándole los dos la espalda al partido.
De fondo, midiéndolo para encararlo, sale el chabón que le cagó la noche.
Yo.
¡Me cagaste la vida -me dijo al final del partido-; desde allá no se veía nada!
Ahora, cada vez que vea la foto del partido histórico, va a ver mi carota ahí, justo arriba de su hombro, como si quisiera participar de su vida a toda costa.
18.3.09
Debate
Ayer viví dos historias re locas.
Una no la puedo contar pero la otra es: me desperté y me fui a comprar cuatro facturas. Acá eso sale cuatro pesos. Y yo me compré una bola de fraile con dulce de leche, dos vigilantes con crema pastelera y una medialuna con dulce de leche.
En la panadería aproveché para practicar un ejercicio que consiste en mirar fijo a los ojos, todo el tiempo, a tus interlocutores, en este caso fue la empleada de la panadería, y sacarles charla trivial. Cuando termina la interacción, no importa lo que hayas hablado; sólo tenés que tener bien claro cuál es el color de ojos de la otra persona.
Después de eso mi vieja se despertó y se fue a hacer un análisis de sangre al edificio de la obra social, que es Medicus. Lo loco fue que le dieron un vale para que se tome un desayuno completo en un barcito de acá a la vuelta y, como ella no puede porque está a dieta, me llamó a mí y me invitó a que me lo mande yo. Así que desayuné dos veces: media docena de facturas y un café con leche en total.
Mi hermano también vivió dos historias re locas. Me las contó ayer por teléfono. Una no la puedo contar, pero la otra es: venía en el auto y de golpe se cruzó con tres palomas que venían volando en fila. Las dos primeras aceleraron y pasaron finito, pero la tercera, capaz distraída por cuestiones de la cotidianeidad, dudó y quiso cambiar de rumbo. Pum. De frente con la parrilla del auto. Mi hermano dice que sonó a bomba de plumas. Mini estruendo y miles de plumas volando frente al parabrisas. Masa encefálica de paloma sobre la pintura del capó.
Estas cosas las escribo y las comento porque vengo haciendo un esfuerzo enorme por no opinar sobre el reciente debate de la inseguridad. Sé que me voy a poner violento y no me gusta verme así.
Hoy me desperté y fui a comprar facturas otra vez. Esta vez sólo compré tres: una bola de fraile con dulce de leche y dos vigilantes con crema pastelera. Durante toda la transacción la empleada de la panadería, una chica no demasiado linda, y de ojos celestes, me miró fijamente a los ojos.
Casi amenazante.
Una no la puedo contar pero la otra es: me desperté y me fui a comprar cuatro facturas. Acá eso sale cuatro pesos. Y yo me compré una bola de fraile con dulce de leche, dos vigilantes con crema pastelera y una medialuna con dulce de leche.
En la panadería aproveché para practicar un ejercicio que consiste en mirar fijo a los ojos, todo el tiempo, a tus interlocutores, en este caso fue la empleada de la panadería, y sacarles charla trivial. Cuando termina la interacción, no importa lo que hayas hablado; sólo tenés que tener bien claro cuál es el color de ojos de la otra persona.
Después de eso mi vieja se despertó y se fue a hacer un análisis de sangre al edificio de la obra social, que es Medicus. Lo loco fue que le dieron un vale para que se tome un desayuno completo en un barcito de acá a la vuelta y, como ella no puede porque está a dieta, me llamó a mí y me invitó a que me lo mande yo. Así que desayuné dos veces: media docena de facturas y un café con leche en total.
Mi hermano también vivió dos historias re locas. Me las contó ayer por teléfono. Una no la puedo contar, pero la otra es: venía en el auto y de golpe se cruzó con tres palomas que venían volando en fila. Las dos primeras aceleraron y pasaron finito, pero la tercera, capaz distraída por cuestiones de la cotidianeidad, dudó y quiso cambiar de rumbo. Pum. De frente con la parrilla del auto. Mi hermano dice que sonó a bomba de plumas. Mini estruendo y miles de plumas volando frente al parabrisas. Masa encefálica de paloma sobre la pintura del capó.
Estas cosas las escribo y las comento porque vengo haciendo un esfuerzo enorme por no opinar sobre el reciente debate de la inseguridad. Sé que me voy a poner violento y no me gusta verme así.
Hoy me desperté y fui a comprar facturas otra vez. Esta vez sólo compré tres: una bola de fraile con dulce de leche y dos vigilantes con crema pastelera. Durante toda la transacción la empleada de la panadería, una chica no demasiado linda, y de ojos celestes, me miró fijamente a los ojos.
Casi amenazante.
18.2.09
Nacho
Voy andando por la calle y comiendo un turrón de cincuenta centavos y pensando en que voy andando por la calle y comiendo un turrón de cincuenta centavos.
Hace unos días me regalaron un libro de poesía de Bukowski. En inglés. Estoy demasiado feliz con eso. Bukowski, en lo que a mí respecta, y si me lo preguntan, es ni más ni menos que Dios.
Quiero ser Bukowski con tanta fuerza que ni lo voy a intentar.
Soy Cuparito.
Ni más ni menos. Y eso no es joda.
Un fracaso de miles de kilómetros más al sur que Buko, pero mucho más lindo, sano y buena onda. Sonrío tanto y con tantas ganas que cualquiera se convence de mi felicidad plena.
Me tiene enfermo el libro. Estoy intentando traducir algunos poemas, pero es una tarea complicada. Logro pasarlos al castellano, claro, pero no logro que esté bueno leerlos; que las palabras suenen lindas. Quedan un poco estúpidos.
Igual lo voy a seguir intentando.
Hay uno que se llama Sin elogios, por favor… Y dice algo así como:
No quiero a nadie
en mi velorio
diciendo:
“la verdad que
era un buen tipo
después de todo”
ningún
imbécil
haciendo comentarios
estúpidos sobre mi
valor o mi escasez de.
Lo que sí estaría
bueno
sería que alguna de mis
mujeres se apareciera
cargada de maquillaje
vestida con
tacos altos y
un vestido verde bien
apretado
y dijera:
“la verdad que
era un buen garche
después de todo”
por supuesto
ella no va a
aparecer
y nada de eso va a
pasar
porque
nunca lo fui.
Me encanta ese poema.
Y ahora voy andando por la calle comiendo un turrón de cincuenta centavos y pensando en que voy por la calle comiendo un turrón de cincuenta centavos.
Me tienen adicto esos hijos de puta.
Hace un calor exagerado y los jeans se me pegan a las piernas.
Cabildo tiene una cosa medio hincha pelotas, con el sol, el humo, el ruido y la locura. Entonces voy por adentro. Pero el calor igual es insoportable.
Cuando llego a José Hernández y Vuelta de Obligado me suena el telefonito. Lo miro con ilusión pero cuando atiendo me entero de que buscan a un tal Nacho y cuelgo.
Entonces tiro el papel del turrón en un tacho de basura y me pongo a buscar otro en la mochila.
Al papel de ese lo tiro en un tacho de la estación de subte.
Hace unos días me regalaron un libro de poesía de Bukowski. En inglés. Estoy demasiado feliz con eso. Bukowski, en lo que a mí respecta, y si me lo preguntan, es ni más ni menos que Dios.
Quiero ser Bukowski con tanta fuerza que ni lo voy a intentar.
Soy Cuparito.
Ni más ni menos. Y eso no es joda.
Un fracaso de miles de kilómetros más al sur que Buko, pero mucho más lindo, sano y buena onda. Sonrío tanto y con tantas ganas que cualquiera se convence de mi felicidad plena.
Me tiene enfermo el libro. Estoy intentando traducir algunos poemas, pero es una tarea complicada. Logro pasarlos al castellano, claro, pero no logro que esté bueno leerlos; que las palabras suenen lindas. Quedan un poco estúpidos.
Igual lo voy a seguir intentando.
Hay uno que se llama Sin elogios, por favor… Y dice algo así como:
No quiero a nadie
en mi velorio
diciendo:
“la verdad que
era un buen tipo
después de todo”
ningún
imbécil
haciendo comentarios
estúpidos sobre mi
valor o mi escasez de.
Lo que sí estaría
bueno
sería que alguna de mis
mujeres se apareciera
cargada de maquillaje
vestida con
tacos altos y
un vestido verde bien
apretado
y dijera:
“la verdad que
era un buen garche
después de todo”
por supuesto
ella no va a
aparecer
y nada de eso va a
pasar
porque
nunca lo fui.
Me encanta ese poema.
Y ahora voy andando por la calle comiendo un turrón de cincuenta centavos y pensando en que voy por la calle comiendo un turrón de cincuenta centavos.
Me tienen adicto esos hijos de puta.
Hace un calor exagerado y los jeans se me pegan a las piernas.
Cabildo tiene una cosa medio hincha pelotas, con el sol, el humo, el ruido y la locura. Entonces voy por adentro. Pero el calor igual es insoportable.
Cuando llego a José Hernández y Vuelta de Obligado me suena el telefonito. Lo miro con ilusión pero cuando atiendo me entero de que buscan a un tal Nacho y cuelgo.
Entonces tiro el papel del turrón en un tacho de basura y me pongo a buscar otro en la mochila.
Al papel de ese lo tiro en un tacho de la estación de subte.
17.2.09
10.2.09
Chaboncitos
Ah, tengo unos recuerdos que me queman la cabeza.
Son una cosa del demonio esos chaboncitos: los recuerdos.
La puta madre.
Y no sé porqué. Pero los más pulenta siempre quedan ahí taponados por las cosas que “creés que te hicieron crecer”.
Es decir: siempre me acuerdo más del día en el que tuve que dejar abandonado a mi perro, el Foca, que de la vez esa que con Paula nos quedamos como hasta las seis de la mañana hablando mierda en las reposeras de la parte de atrás de mi casa, todavía con los uniformes del colegio del día anterior puestos.
Cosas raras.
Ahora tengo una imagen de mi viejo. Muchos años antes de todo lo que suelo recordar.
La imagen de mi viejo. Siempre con el saco puesto. Intentando convencerme de que no me haga de Independiente.
Yo estaba copadísimo con Bochini.
Si hasta yo mismo era el mismísimo Bochini; un Bochini que no le llegaba ni a las rodillas a ningún ser humano adulto, pero un re Bochini en el corazón y en las baldosas del patio de mi casa neuquina.
No quería saber nada con River ni con ningún otro cuadro.
Y ahora me lo acuerdo al tipo mientras bajaba las escaleras –y mientras afuera el viento hacía el aullido de un lobo feroz y el polvo de la barda empezaba a meterse por la ventana del cuarto todavía abierto a la noche estrellada- y me cantaba una de River.
Una que decía:
“Ohhhhhhhhhhh, Millonario/ ohhhhhhhhhh, Millonario es el campeón”.
El tipo bajaba por la escalera cantando eso. Todavía no me había convencido de nada,
pero bajaba la escalera cantando eso.
Después no la volví a escuchar nunca más en la vida.
Son una cosa del demonio esos chaboncitos: los recuerdos.
La puta madre.
Y no sé porqué. Pero los más pulenta siempre quedan ahí taponados por las cosas que “creés que te hicieron crecer”.
Es decir: siempre me acuerdo más del día en el que tuve que dejar abandonado a mi perro, el Foca, que de la vez esa que con Paula nos quedamos como hasta las seis de la mañana hablando mierda en las reposeras de la parte de atrás de mi casa, todavía con los uniformes del colegio del día anterior puestos.
Cosas raras.
Ahora tengo una imagen de mi viejo. Muchos años antes de todo lo que suelo recordar.
La imagen de mi viejo. Siempre con el saco puesto. Intentando convencerme de que no me haga de Independiente.
Yo estaba copadísimo con Bochini.
Si hasta yo mismo era el mismísimo Bochini; un Bochini que no le llegaba ni a las rodillas a ningún ser humano adulto, pero un re Bochini en el corazón y en las baldosas del patio de mi casa neuquina.
No quería saber nada con River ni con ningún otro cuadro.
Y ahora me lo acuerdo al tipo mientras bajaba las escaleras –y mientras afuera el viento hacía el aullido de un lobo feroz y el polvo de la barda empezaba a meterse por la ventana del cuarto todavía abierto a la noche estrellada- y me cantaba una de River.
Una que decía:
“Ohhhhhhhhhhh, Millonario/ ohhhhhhhhhh, Millonario es el campeón”.
El tipo bajaba por la escalera cantando eso. Todavía no me había convencido de nada,
pero bajaba la escalera cantando eso.
Después no la volví a escuchar nunca más en la vida.
4.2.09
Botellazos
Al final no tuve ganas de escribir lo del hospital.
Nada interesante pasó ahí, salvo los puntos en la cabeza, la idea de contar todo en cuanto me liberaran, la sangre en mi remera, mi cara y mi cuello y la idea de que era un baterista punk que se acababa de agarrar a botellazos en Cemento.
Lo importante hoy es que ya tengo celular nuevo y que pude retomar el gimnasio, a pesar de la pequeña costura frankensteiana que tengo en la cabeza.
Por lo demás, un poco aburrido, pero como siempre disfrutando de todo lo que pasa.
Recomiendo ferviente, ardorosa y convencidamente este blog y este fotolog.
(hay que clickear sobre la palabra “este” en los casos en los que aparece subrayada)
Y también recomiendo a su autora, que tiene un nombre graciosísimo mal, y que aunque en las fotos no se note, en persona, cuando se ríe, si la mirás bieeeeen de cerca, es igualita, pero igualita igualita, a Jazmín Stuart cuando se ríe.
Nada interesante pasó ahí, salvo los puntos en la cabeza, la idea de contar todo en cuanto me liberaran, la sangre en mi remera, mi cara y mi cuello y la idea de que era un baterista punk que se acababa de agarrar a botellazos en Cemento.
Lo importante hoy es que ya tengo celular nuevo y que pude retomar el gimnasio, a pesar de la pequeña costura frankensteiana que tengo en la cabeza.
Por lo demás, un poco aburrido, pero como siempre disfrutando de todo lo que pasa.
Recomiendo ferviente, ardorosa y convencidamente este blog y este fotolog.
(hay que clickear sobre la palabra “este” en los casos en los que aparece subrayada)
Y también recomiendo a su autora, que tiene un nombre graciosísimo mal, y que aunque en las fotos no se note, en persona, cuando se ríe, si la mirás bieeeeen de cerca, es igualita, pero igualita igualita, a Jazmín Stuart cuando se ríe.
29.1.09
Tranquilidad
Lo escribo ahora que todavía tengo la oreja, el cuello y la remera llena de sangre. Vengo pensando en escribirlo desde que me quedé tirado solo en la camilla de la guardia del Pirovano.
Por eso lo redacto incluso antes de bañarme.
La sangre está seca pero el olor está fresco.
Ja.
A veces pienso que realmente estoy loco.
En ningún momento perdí la frialdad. Siempre dominado por una inmensa calma. Y eso por un lado me pone orgulloso y por el otro me preocupa.
Hace como una hora y pico me afanaron. Fue un grupo de cinco o seis personas. La historia incluye un arma de fuego, sangre, golpes de puño, nervios, gritos, traición.
Venía caminando por Barrancas. En la tele vienen diciendo que es el lugar más peligroso del mundo, pero yo no vi ninguno de esos programas.
Venía subiendo por La Pampa.
De golpe, enfrente mío, dos chabones.
Uno de ellos, el más petizo, me pide la hora. Yo le digo que no tengo y sigo caminando. Él me pide un peso. Yo le digo que no tengo y sigo caminando.
El chabón se corre a un costado.
Su turno había terminado.
Hey, no te vayas, me dijo el otro.
Y de la entrepierna del pantalón saca, ahora sí… el arma.
Un arma.
Nunca vi un arma, al menos antes de hoy, así que ahora que la tengo enfrente mío no sé si es de verdad o mentira. Pero cuando la agarra del cañón y me pega con la culata en la cabeza se la siente bastante real.
Ahora ya no me piden sino que me exigen que les dé el celular y la plata.
Al celular lo saco del bolsillo de mi pantalón y se lo doy.
Con la plata es más difícil. Intento hacer memoria pero no recuerdo adónde la llevo.
Parece que estoy muy nervioso, pero no. Realmente es lógico que me pase esto. Toda la vida lo mismo: nunca sé cuanta plata llevo encima y siempre la llevo hecha un bollo en alguno de los bolsillos del pantalón o de la mochila.
Me lo han reprochado mucho en el pasado, mis hermanos y mis amigos. Y ahora todas esas anécdotas se me vienen a la cabeza. Mientras el chabón espera que yo responda.
En una pizzería, Caro y yo, la pizza sale diecipico y con la cerveza se hace veintipico; decidimos partir los gastos, saco de la billetera un manojo de billetes arrugados, parecen de veinte años atrás.
Su insulto suena ahora en mi cabeza otra vez: nene, dejá de llevar la plata así, estúpido, te voy a regalar una billetera.
Se me vienen a la cabeza veinte personas más haciéndome ese mismo reproche en el pasado y la respuesta siempre es la misma. Con una sonrisota de oreja a oreja: ya tengo billetera; mirá.
Ahora el que me pide la billetera es el chabón. Y yo le digo que no tengo. Y eso sí que no sé porqué lo hago, porque no quiero mentirle. Y entonces me vuelve a pedir la plata y yo le digo con un tono de absoluta sinceridad –al punto que me creyeron. Y no parecían en su momento de mayor racionalidad del día- que no recuerdo dónde lo llevo.
Y sé que se me viene la noche, aunque la noche ya se hizo hace un par de horas largas. Ahora realmente pienso que me van a matar de alguna manera u otra. Pero muy tranquilo me pongo a hurgar en mis bolsillos y empiezo a fijarme en la mochila.
El chabón me dice que tenga cuidado. Que no vaya a sacar nada para defenderme. Y yo empiezo a pensar que él no llega a entender del todo que yo en esa situación no soy más que un pollito indefenso.
Entonces le doy la mochila y le digo que se fije él.
Entonces él se fija y me la devuelve. Calculo que debe haber sacado unos cincuenta o sesenta pesos. No recuerdo cuánto llevaba, realmente.
En el bolsillo del otro lado, sí, ahora lo sé, porque acá los tengo, llevaba la billetera, con las tarjetas de débito y crédito y los documentos.
No sé porqué mentí. Creo que quería irme y ya.
De un momento a otro ya no son dos sino que son cuatro. Y los nuevos se muestran un poquito más beligerantes conmigo.
No sé porqué.
Uno de ellos me pega una trompada en la mandíbula. Ni la veo venir porque estoy mirando a otra parte, pero sé que entra perfecta. Y lo único que atino a pensar es: entró perfecta.
Casi ni duele.
Una trompada, cuando tenés miedo, casi ni duele.
Lo estoy aprendiendo ahora mismo que la recibo, sin siquiera poder amortiguar el golpe.
Por el otro lado aparece uno más y se me acerca con ganas de pegarme otra.
Lo veo y me quedó mirándolo. Mis alarmas internas empiezan a sonar. Se viene otra.
Me dice que me quede tranquilo. Le aviso que estoy re tranquilo.
No me pega.
Los que estaban desde el principio me dicen algo. No sé qué. No me acuerdo. Pero mientras les respondo me rasco la oreja y cuando me miro la mano veo que la tengo llena de sangre.
Tardo en entender. No me habían pegado en la oreja y tengo sangre. La sangre chorreó desde la cabeza, desde un corte que debo tener en la cabeza, hasta la oreja.
Y ahora hasta la pera.
Y ahora hasta el cuello.
Y ahora hasta el pecho de la remera.
De algún modo, eso me tranquiliza. Hace muchos años me operaron el oído y perdí la mitad de la audición. Desde entonces siempre pienso: con los oídos no se jode.
Me devuelven la mochila. Adentro tengo dos libros –Delivery, de Parisi, recién devuelto por un amigo al que se lo presté, y La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, que está mejor de lo que mi prejuicio indicaba-, un short, la Guía T y la billetera.
El chabón del arma me dice que me vaya.
Yo me quedo quieto mirándolos. No sé porqué. Él me dice que no los mire con resentimiento y que me vaya.
Entonces me voy.
Paro un taxi. Le digo que me acaban de robar y le explico que me rompieron la cabeza, pero eso es obvio porque la tengo llena de sangre.
El taxista tiene cara de miedo. Me dice que no me puede ayudar porque le ensucio el auto y arranca.
Freno otro. Me sube. Me propone buscar un policía, pero yo le digo que tengo mucha sangre, entonces me lleva al Pirovano.
Esa parte tal vez tenga ganas de escribirla mañana.
Seguramente que sí.
Pero ahora no.
Ahora sólo estoy acá porque la médica me pidió, por las dudas, que no me duerma durante las próximas dos horas.
Me voy a ir a bañar. El olor a sangre ya me perturba.
Por eso lo redacto incluso antes de bañarme.
La sangre está seca pero el olor está fresco.
Ja.
A veces pienso que realmente estoy loco.
En ningún momento perdí la frialdad. Siempre dominado por una inmensa calma. Y eso por un lado me pone orgulloso y por el otro me preocupa.
Hace como una hora y pico me afanaron. Fue un grupo de cinco o seis personas. La historia incluye un arma de fuego, sangre, golpes de puño, nervios, gritos, traición.
Venía caminando por Barrancas. En la tele vienen diciendo que es el lugar más peligroso del mundo, pero yo no vi ninguno de esos programas.
Venía subiendo por La Pampa.
De golpe, enfrente mío, dos chabones.
Uno de ellos, el más petizo, me pide la hora. Yo le digo que no tengo y sigo caminando. Él me pide un peso. Yo le digo que no tengo y sigo caminando.
El chabón se corre a un costado.
Su turno había terminado.
Hey, no te vayas, me dijo el otro.
Y de la entrepierna del pantalón saca, ahora sí… el arma.
Un arma.
Nunca vi un arma, al menos antes de hoy, así que ahora que la tengo enfrente mío no sé si es de verdad o mentira. Pero cuando la agarra del cañón y me pega con la culata en la cabeza se la siente bastante real.
Ahora ya no me piden sino que me exigen que les dé el celular y la plata.
Al celular lo saco del bolsillo de mi pantalón y se lo doy.
Con la plata es más difícil. Intento hacer memoria pero no recuerdo adónde la llevo.
Parece que estoy muy nervioso, pero no. Realmente es lógico que me pase esto. Toda la vida lo mismo: nunca sé cuanta plata llevo encima y siempre la llevo hecha un bollo en alguno de los bolsillos del pantalón o de la mochila.
Me lo han reprochado mucho en el pasado, mis hermanos y mis amigos. Y ahora todas esas anécdotas se me vienen a la cabeza. Mientras el chabón espera que yo responda.
En una pizzería, Caro y yo, la pizza sale diecipico y con la cerveza se hace veintipico; decidimos partir los gastos, saco de la billetera un manojo de billetes arrugados, parecen de veinte años atrás.
Su insulto suena ahora en mi cabeza otra vez: nene, dejá de llevar la plata así, estúpido, te voy a regalar una billetera.
Se me vienen a la cabeza veinte personas más haciéndome ese mismo reproche en el pasado y la respuesta siempre es la misma. Con una sonrisota de oreja a oreja: ya tengo billetera; mirá.
Ahora el que me pide la billetera es el chabón. Y yo le digo que no tengo. Y eso sí que no sé porqué lo hago, porque no quiero mentirle. Y entonces me vuelve a pedir la plata y yo le digo con un tono de absoluta sinceridad –al punto que me creyeron. Y no parecían en su momento de mayor racionalidad del día- que no recuerdo dónde lo llevo.
Y sé que se me viene la noche, aunque la noche ya se hizo hace un par de horas largas. Ahora realmente pienso que me van a matar de alguna manera u otra. Pero muy tranquilo me pongo a hurgar en mis bolsillos y empiezo a fijarme en la mochila.
El chabón me dice que tenga cuidado. Que no vaya a sacar nada para defenderme. Y yo empiezo a pensar que él no llega a entender del todo que yo en esa situación no soy más que un pollito indefenso.
Entonces le doy la mochila y le digo que se fije él.
Entonces él se fija y me la devuelve. Calculo que debe haber sacado unos cincuenta o sesenta pesos. No recuerdo cuánto llevaba, realmente.
En el bolsillo del otro lado, sí, ahora lo sé, porque acá los tengo, llevaba la billetera, con las tarjetas de débito y crédito y los documentos.
No sé porqué mentí. Creo que quería irme y ya.
De un momento a otro ya no son dos sino que son cuatro. Y los nuevos se muestran un poquito más beligerantes conmigo.
No sé porqué.
Uno de ellos me pega una trompada en la mandíbula. Ni la veo venir porque estoy mirando a otra parte, pero sé que entra perfecta. Y lo único que atino a pensar es: entró perfecta.
Casi ni duele.
Una trompada, cuando tenés miedo, casi ni duele.
Lo estoy aprendiendo ahora mismo que la recibo, sin siquiera poder amortiguar el golpe.
Por el otro lado aparece uno más y se me acerca con ganas de pegarme otra.
Lo veo y me quedó mirándolo. Mis alarmas internas empiezan a sonar. Se viene otra.
Me dice que me quede tranquilo. Le aviso que estoy re tranquilo.
No me pega.
Los que estaban desde el principio me dicen algo. No sé qué. No me acuerdo. Pero mientras les respondo me rasco la oreja y cuando me miro la mano veo que la tengo llena de sangre.
Tardo en entender. No me habían pegado en la oreja y tengo sangre. La sangre chorreó desde la cabeza, desde un corte que debo tener en la cabeza, hasta la oreja.
Y ahora hasta la pera.
Y ahora hasta el cuello.
Y ahora hasta el pecho de la remera.
De algún modo, eso me tranquiliza. Hace muchos años me operaron el oído y perdí la mitad de la audición. Desde entonces siempre pienso: con los oídos no se jode.
Me devuelven la mochila. Adentro tengo dos libros –Delivery, de Parisi, recién devuelto por un amigo al que se lo presté, y La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, que está mejor de lo que mi prejuicio indicaba-, un short, la Guía T y la billetera.
El chabón del arma me dice que me vaya.
Yo me quedo quieto mirándolos. No sé porqué. Él me dice que no los mire con resentimiento y que me vaya.
Entonces me voy.
Paro un taxi. Le digo que me acaban de robar y le explico que me rompieron la cabeza, pero eso es obvio porque la tengo llena de sangre.
El taxista tiene cara de miedo. Me dice que no me puede ayudar porque le ensucio el auto y arranca.
Freno otro. Me sube. Me propone buscar un policía, pero yo le digo que tengo mucha sangre, entonces me lleva al Pirovano.
Esa parte tal vez tenga ganas de escribirla mañana.
Seguramente que sí.
Pero ahora no.
Ahora sólo estoy acá porque la médica me pidió, por las dudas, que no me duerma durante las próximas dos horas.
Me voy a ir a bañar. El olor a sangre ya me perturba.
28.1.09
Ingenio de escalera
Había una cucaracha en la pared que acompaña el descenso de la escalera que hay en la puerta del gimnasio.
Era enorme la hija de puta y yo venía saliendo con la euforia típica de cuando salís del gimnasio.
Ese día había entrado con una depresión tal que en más de mil momentos había pensado en ni meterme a correr o levantar peso. Muchas veces pasa, o casi siempre. Salvo esos días en los que tenés la viveza de tirarte a dormir una pequeña siesta antes de ir.
El resto, los días en los que el cansancio te tira al piso, siempre está dominado por una vocecita que te insta a que no vayas.
No vayas, no vayas, no vayas, boludo.
Por la calle empezás a tirar un cálculo de la energía que te queda y le restás la cantidad de energía que vas a tener que usar y siempre el resultado es negativo.
Y seguís caminando por la calle y seguís escuchando la vocecita y te seguís preguntando qué hacer.
Te lo seguís preguntando cuando estás sentado en las tablas de madera del vestuario. Mientras te ponés el short y la remera.
Mi remera siempre está más arrugada que la del resto.
En la pared de la escalera del gimnasio había una cucaracha enorme que aleteaba y hacia ruido al aletear. Parecía un poco turbada y pegaba saltitos.
Yo estaba solo y eufórico.
Cuando pasé por al lado suyo saltó a mi pierna, que estaba desnuda porque había decidido andar por la calle en short.
La tiré de un sacudón y cayó al piso.
La pisé.
Era una cucaracha bien grande.
Era enorme la hija de puta y yo venía saliendo con la euforia típica de cuando salís del gimnasio.
Ese día había entrado con una depresión tal que en más de mil momentos había pensado en ni meterme a correr o levantar peso. Muchas veces pasa, o casi siempre. Salvo esos días en los que tenés la viveza de tirarte a dormir una pequeña siesta antes de ir.
El resto, los días en los que el cansancio te tira al piso, siempre está dominado por una vocecita que te insta a que no vayas.
No vayas, no vayas, no vayas, boludo.
Por la calle empezás a tirar un cálculo de la energía que te queda y le restás la cantidad de energía que vas a tener que usar y siempre el resultado es negativo.
Y seguís caminando por la calle y seguís escuchando la vocecita y te seguís preguntando qué hacer.
Te lo seguís preguntando cuando estás sentado en las tablas de madera del vestuario. Mientras te ponés el short y la remera.
Mi remera siempre está más arrugada que la del resto.
En la pared de la escalera del gimnasio había una cucaracha enorme que aleteaba y hacia ruido al aletear. Parecía un poco turbada y pegaba saltitos.
Yo estaba solo y eufórico.
Cuando pasé por al lado suyo saltó a mi pierna, que estaba desnuda porque había decidido andar por la calle en short.
La tiré de un sacudón y cayó al piso.
La pisé.
Era una cucaracha bien grande.
23.1.09
En San Cristobal hay una librería rara
Hoy me metí en una librería increíble. Venía caminando por la calle y la vi y me puse a chusmear la vidriera. Miré para adentro y descubrí que había una mesa de ofertas en la que todos los libros costaban un peso. Otra en la que todos costaban tres. Y otra en la que todos costaban cinco.
Algo bueno tenía que haber entre todo eso.
Suspiré resignado y me mandé a la puerta. Estaba cerrada. Adentro había una chica que pintaba para linda y un chico que pintaba para lindo. Me quedé mirándolos y mostrándoles mi intención de empujar la puerta hacia adentro. Y a la vez la imposibilidad de hacerlo, lo cual dejaba en evidencia que la puerta estaba cerrada.
El chico vino y me abrió. Pasé.
-Están abiertos, ¿no?
-¡Sí, claro! Pasá.
Adentro había las tres mesas de ofertas, otra mesa más que tenía ofertas de precio indeterminado –había que mirar en la primera hoja-, un nene de tres o cuatro años con una pelota, dos gatos, una señora en batón que entraba y salía y una puerta que aparentaba dar a un fondo con casa.
Primero me puse a ver los libros de la mesa de un peso. Estuve un ratito poniéndole toda la onda para que algo me interese. Pero no había mucho. Lo único que encontré fue Jane Eyre, de Charlotte Bronte, que ni idea si será buena o no, pero tenía escuchado el título y el nombre de la autora y estaba en inglés y salía sólo un peso.
Joder, lo mismo que dos clásicos turrones de kiosko.
Así que me lo separé. Tal vez lo lea en algún momento entre mi cumpleaños de cincuenta y la muerte. Si es que llego, claro.
Cuando estaba terminando de revisar los libros de la mesa el nene se puso a gritar. Tenía una voz súper simpática y finita. Gritaba bien fuerte y los armónicos de su gritito te penetraban las membranas del oído. Parecía una nena, pero era un nene. Yo lo miré un par de veces pero el chico y la chica no. Entonces siguió gritando.
Creo que quería saber cuándo iba a venir su tío. Porque enseguida se puso a discutir eso con la chica. Ella le repetía que el tío iba a venir recién a las 21. Y el nene le volvía a preguntar por el tío Salvador. Y la madre volvía a repetirle lo de las 21 y así.
Y entonces él se ponía a gritar otra vez.
Después me mandé a la mesa de tres pesos. Ahí rescaté El devorador anónimo, de Manuel López de Tejada, que seguro no debe ser un gran libro, pero que es del mismo autor de un libro que ya leí, La mamama un amor voraz, hace como mil años, para el colegio, y que en su momento no me pareció tan lo peor. Y además lo compré porque salía tres pesos.
Ya con que un día te sirva para matar una cucaracha o para compensar el desnivel de una mesa, ya con eso va a estar pagando su valor.
Seguí mirando y por debajo de la mesa apareció un gato gris. Ahí me paralicé un toque. Me dan miedo los gatos. Uno nunca sabe si están en plan amistoso o guerrero. Nunca se sabe cómo van a reaccionar. O si la situación les resulta simpática o antipática.
De cualquier manera, decidí seguir mirando. Y ahí ubiqué uno de Mallea. Ya ni me acuerdo el nombre y está lejos. Pero es de Mallea y salía tres pesos.
El gato se subió a la mesa y me empezó a mirar fijo, pero yo ya estaba envalentonado. El nene agarró la pelota y empezó a patearla. El chico dijo que se iba. Le dio un beso a la chica y se fue, así que el gato, el nene, la chica y yo nos quedamos solos en la librería.
La señora en batón iba y venía.
La chica caminó al otro lado de la librería y empezó a pasarse la pelota con el nene. Se la pasaban por detrás mío. Un par de veces me pegaron en las zapatillas y yo me di vuelta con una sonrisa grandotota.
Era realmente simpático el asunto.
Sobre la mesa de tres pesos, ya al final, encontré Carrera y Fracassi, de Guebel. Me llamó la atención porque ya lo había visto dos veces, en otras librerías de usados, al mismo precio.
La primera vez me lo había llevado y se lo había regalado a Funes para que lo sortee en Los Mudos. La segunda justo me agarró poco lector y no le di pelota. Pero esta vez lo agarré y lo separé. Es de Guebel y salía tres pesos.
No puede salir mal.
El gato se fue. Yo ya había terminado con esa mesa. Pero igual me puse contento porque desapareció de mi vista. El nene por suerte ya no gritaba. Sólo se pasaba la pelota con la chica. Y una pelota golpeándote los tobillos de ninguna manera es molestia.
En la mesa de cinco pesos ya de entrada vi Delivery, de Parisi. A ese libro me lo había querido comprar mil veces en librerías más pulenta, pero siempre había resistido. Esta vez estaba a cinco pesos. Así que lo separé.
Me pregunté durante un rato cuál había sido el criterio para poner a Guebel y López de Tejada en tres pesos y a Parisi en cinco. No logré resolverlo y tampoco lo logro ahora que ya es tarde y me tengo que ir a dormir.
Lo estuve leyendo un rato, al de Parisi, y no me viene convenciendo. La onda de las oraciones cortas, en lugar de ser tensionante, punzante, resulta un poco tonta. O sea, parece pensada como escritura a prueba de boludos. Y tiene algunas obviedades la narración. Como la obsesión porque aparezca la madre y la amenaza de los mafiosos ahí latente. Pero recién lo empiezo igual. Y hay que reconocerle que siempre te invita a seguir leyendo un poco más. Es ágil a morir.
El gato se volvió a subir a la mesa y esta vez empezó a provocarme de manera directa. No sé qué es lo que pretendía, pero empezó a mirarme fijo y a caminar raro. Iba como en cámara lenta. Una escena logró captar mi atención por lo sorpresiva: se empezó frotar contra los libros. Frotaba su cuello y sacaba la lengua. Y me miraba.
Yo estaba bastante asustado. Por suerte la chica lo agarró del cogote y se lo llevó.
Antes me miró y me sonrió. Y me dijo:
-Para que no te moleste más.
Tenía una sonrisa bastante linda. Pero había algo raro en la mirada. No me miraba a mí. Miraba hacia arriba; miraba a otra parte. Pensé que era vizca. Y lo sigo pensando. O tal vez era ciega. Si me enterara ahora mismo de que esa chica era ciega, creo que la cabeza podría explotarme. Así sin más.
Saber que estuve hablando con una chica ciega y no haberme dado cuenta de ninguna manera. Sería frikiante. Ojalá no sea ciega.
Seguí mirando la mesa de cinco pesos. Pero ya no encontré nada. Giré sobre mis talones y me puse a ver la de ofertas sin precio determinado.
Había buenos libros ahí, pero un poco más caros. De cualquier forma, no pude resistirme a uno de Chandler a 12 pesos y a otro de Enrique Medina en 11.
Me los tuve que llevar porque prometían un par de horas de diversión.
Empecé a recorrer el pequeño negocio para recolectar los libros. Los había dejado separados por todas partes. Los puse todos juntos y se los di a la chica. Me miraba o intentaba mirarme. Pero era como si yo estuviese un metro más allá. Tal vez yo no estaba donde yo pensaba sino realmente donde ella lo había decidido. No lo sé. Esas cuestiones filosóficas te pueden volver loco.
Patch Adams se cagaba de risa de la visión de la realidad que pretendía determinar que el índice y el dedo medio alzados representan la totalidad de dos dedos.
Así que no me siento quién para hacerme el canchero con la chica.
Yo la miré fijo al lugar en el que para mí estaban sus ojos y le di la plata. Ella me dio el vuelto y me lo contó y me sonrió. Siempre mirándome un poco más allá.
Después salí y volví a caminar por las calles de San Cristobal, que cada vez me gustan más.
Algo bueno tenía que haber entre todo eso.
Suspiré resignado y me mandé a la puerta. Estaba cerrada. Adentro había una chica que pintaba para linda y un chico que pintaba para lindo. Me quedé mirándolos y mostrándoles mi intención de empujar la puerta hacia adentro. Y a la vez la imposibilidad de hacerlo, lo cual dejaba en evidencia que la puerta estaba cerrada.
El chico vino y me abrió. Pasé.
-Están abiertos, ¿no?
-¡Sí, claro! Pasá.
Adentro había las tres mesas de ofertas, otra mesa más que tenía ofertas de precio indeterminado –había que mirar en la primera hoja-, un nene de tres o cuatro años con una pelota, dos gatos, una señora en batón que entraba y salía y una puerta que aparentaba dar a un fondo con casa.
Primero me puse a ver los libros de la mesa de un peso. Estuve un ratito poniéndole toda la onda para que algo me interese. Pero no había mucho. Lo único que encontré fue Jane Eyre, de Charlotte Bronte, que ni idea si será buena o no, pero tenía escuchado el título y el nombre de la autora y estaba en inglés y salía sólo un peso.
Joder, lo mismo que dos clásicos turrones de kiosko.
Así que me lo separé. Tal vez lo lea en algún momento entre mi cumpleaños de cincuenta y la muerte. Si es que llego, claro.
Cuando estaba terminando de revisar los libros de la mesa el nene se puso a gritar. Tenía una voz súper simpática y finita. Gritaba bien fuerte y los armónicos de su gritito te penetraban las membranas del oído. Parecía una nena, pero era un nene. Yo lo miré un par de veces pero el chico y la chica no. Entonces siguió gritando.
Creo que quería saber cuándo iba a venir su tío. Porque enseguida se puso a discutir eso con la chica. Ella le repetía que el tío iba a venir recién a las 21. Y el nene le volvía a preguntar por el tío Salvador. Y la madre volvía a repetirle lo de las 21 y así.
Y entonces él se ponía a gritar otra vez.
Después me mandé a la mesa de tres pesos. Ahí rescaté El devorador anónimo, de Manuel López de Tejada, que seguro no debe ser un gran libro, pero que es del mismo autor de un libro que ya leí, La mamama un amor voraz, hace como mil años, para el colegio, y que en su momento no me pareció tan lo peor. Y además lo compré porque salía tres pesos.
Ya con que un día te sirva para matar una cucaracha o para compensar el desnivel de una mesa, ya con eso va a estar pagando su valor.
Seguí mirando y por debajo de la mesa apareció un gato gris. Ahí me paralicé un toque. Me dan miedo los gatos. Uno nunca sabe si están en plan amistoso o guerrero. Nunca se sabe cómo van a reaccionar. O si la situación les resulta simpática o antipática.
De cualquier manera, decidí seguir mirando. Y ahí ubiqué uno de Mallea. Ya ni me acuerdo el nombre y está lejos. Pero es de Mallea y salía tres pesos.
El gato se subió a la mesa y me empezó a mirar fijo, pero yo ya estaba envalentonado. El nene agarró la pelota y empezó a patearla. El chico dijo que se iba. Le dio un beso a la chica y se fue, así que el gato, el nene, la chica y yo nos quedamos solos en la librería.
La señora en batón iba y venía.
La chica caminó al otro lado de la librería y empezó a pasarse la pelota con el nene. Se la pasaban por detrás mío. Un par de veces me pegaron en las zapatillas y yo me di vuelta con una sonrisa grandotota.
Era realmente simpático el asunto.
Sobre la mesa de tres pesos, ya al final, encontré Carrera y Fracassi, de Guebel. Me llamó la atención porque ya lo había visto dos veces, en otras librerías de usados, al mismo precio.
La primera vez me lo había llevado y se lo había regalado a Funes para que lo sortee en Los Mudos. La segunda justo me agarró poco lector y no le di pelota. Pero esta vez lo agarré y lo separé. Es de Guebel y salía tres pesos.
No puede salir mal.
El gato se fue. Yo ya había terminado con esa mesa. Pero igual me puse contento porque desapareció de mi vista. El nene por suerte ya no gritaba. Sólo se pasaba la pelota con la chica. Y una pelota golpeándote los tobillos de ninguna manera es molestia.
En la mesa de cinco pesos ya de entrada vi Delivery, de Parisi. A ese libro me lo había querido comprar mil veces en librerías más pulenta, pero siempre había resistido. Esta vez estaba a cinco pesos. Así que lo separé.
Me pregunté durante un rato cuál había sido el criterio para poner a Guebel y López de Tejada en tres pesos y a Parisi en cinco. No logré resolverlo y tampoco lo logro ahora que ya es tarde y me tengo que ir a dormir.
Lo estuve leyendo un rato, al de Parisi, y no me viene convenciendo. La onda de las oraciones cortas, en lugar de ser tensionante, punzante, resulta un poco tonta. O sea, parece pensada como escritura a prueba de boludos. Y tiene algunas obviedades la narración. Como la obsesión porque aparezca la madre y la amenaza de los mafiosos ahí latente. Pero recién lo empiezo igual. Y hay que reconocerle que siempre te invita a seguir leyendo un poco más. Es ágil a morir.
El gato se volvió a subir a la mesa y esta vez empezó a provocarme de manera directa. No sé qué es lo que pretendía, pero empezó a mirarme fijo y a caminar raro. Iba como en cámara lenta. Una escena logró captar mi atención por lo sorpresiva: se empezó frotar contra los libros. Frotaba su cuello y sacaba la lengua. Y me miraba.
Yo estaba bastante asustado. Por suerte la chica lo agarró del cogote y se lo llevó.
Antes me miró y me sonrió. Y me dijo:
-Para que no te moleste más.
Tenía una sonrisa bastante linda. Pero había algo raro en la mirada. No me miraba a mí. Miraba hacia arriba; miraba a otra parte. Pensé que era vizca. Y lo sigo pensando. O tal vez era ciega. Si me enterara ahora mismo de que esa chica era ciega, creo que la cabeza podría explotarme. Así sin más.
Saber que estuve hablando con una chica ciega y no haberme dado cuenta de ninguna manera. Sería frikiante. Ojalá no sea ciega.
Seguí mirando la mesa de cinco pesos. Pero ya no encontré nada. Giré sobre mis talones y me puse a ver la de ofertas sin precio determinado.
Había buenos libros ahí, pero un poco más caros. De cualquier forma, no pude resistirme a uno de Chandler a 12 pesos y a otro de Enrique Medina en 11.
Me los tuve que llevar porque prometían un par de horas de diversión.
Empecé a recorrer el pequeño negocio para recolectar los libros. Los había dejado separados por todas partes. Los puse todos juntos y se los di a la chica. Me miraba o intentaba mirarme. Pero era como si yo estuviese un metro más allá. Tal vez yo no estaba donde yo pensaba sino realmente donde ella lo había decidido. No lo sé. Esas cuestiones filosóficas te pueden volver loco.
Patch Adams se cagaba de risa de la visión de la realidad que pretendía determinar que el índice y el dedo medio alzados representan la totalidad de dos dedos.
Así que no me siento quién para hacerme el canchero con la chica.
Yo la miré fijo al lugar en el que para mí estaban sus ojos y le di la plata. Ella me dio el vuelto y me lo contó y me sonrió. Siempre mirándome un poco más allá.
Después salí y volví a caminar por las calles de San Cristobal, que cada vez me gustan más.
16.1.09
Un elefantito con un corazón bien rojo en la mano y un gorro naranja en la cabeza
Ayer viajé con Osito de Gran Hermano.
En el subte.
El vagón venía medio vacío. Ya eran más de las diez de la noche, si no le pifio. Aunque en realidad ni siquiera me acuerdo de si fue ayer.
Está linda la mina. Re contra bronceada y flaca. Y resultó que es muy linda de cara y que tiene unas piernas respetables.
Al menos con la ropa que tenía puesta ayer o anteayer.
Al lado de ella venía una chica con la vista súper concentrada en un punto fijo del piso. Me pegó bastante fuerte la cara de amargura que tenía. Estaba totalmente colgada.
Era una chica linda, pero no tanto.
Zafaba.
Miraba el suelo. Pero no hacia un punto situado justo enfrente suyo. Ni siquiera hacia un punto situado en una posición cómoda o lógica.
Miraba hacia un costado. Lejos. Con el cuello inclinado.
Y no había, en ese punto, al menos visiblemente, nada que pudiera llamarle tanto la atención. Así que estaba ahí, colgada, nomás.
Osito hablaba por teléfono. Al principio me pareció que cruzábamos miradas, pero después me olvidé. Y ella después se quedó charlando con la madre por teléfono, sobre ya no me acuerdo qué.
En un momento entró un nenito con un pilón de tarjetas en su mano derecha. No paraba de sonreir. Era súper cómico. O al menos a mí logró sacarme un par de carcajadas que ni me esforcé en reprimir.
Cuando llegó a mi altura y me extendió la tarjeta, la agarré y le sonreí fuerte.
Osito también agarró su tarjeta y también estuvo simpática con él.
Pero la sonrisa que más me llamó la atención fue la de la chica que estaba colgadísima.
Fue una sonrisa súper genuina, verdadera, con todos los dientes, y hasta con una mueca que tuvo que haber sido algo dolorosa.
Una mueca notoria, sí, pero que duró apenas medio segundo.
Y al toque volvió a su mundo de melancolía. ¡Pocas veces vi una cara naufragando tan en lo profundo de un cuelgue, carajo!
Cuando el nene me dio mi tarjeta vi que, dibujado, había un elefantito, sentado en un banco, todo simpático él, con un corazón bien rojo en la mano, y con un gorro naranja en la cabeza. Había unas letras rojas que decían: “Te amo con todo mi corazón; sos lo más lindo que vi en mi vida”.
Atrás estaba todo lleno de corazones rosas, con un fondo blanco, y había dos espacio que aparecían encabezados por un “De:” y un “Para:” y unas líneas de puntos en los que había que poner el nombre de la persona a la que le querés mentir que la amás.
Yo estuve mirando un rato largo mi tarjeta.
Largo.
Largo.
Después volví a levantar la vista y descubrí, con cierto esfuerzo, que ahora la chica, que seguía igual de colgada que antes, tenía dibujado, abajo de su ojo izquierdo, todo el recorrido húmedo de una lágrima declarada en rebeldía.
Ni se molestó en secarla.
No la pude dejar de mirar ni por un segundo durante todo el resto del viaje.
Y después hice algo que hace unos años, e incluso unos meses, me habría parecido una locura.
En el subte.
El vagón venía medio vacío. Ya eran más de las diez de la noche, si no le pifio. Aunque en realidad ni siquiera me acuerdo de si fue ayer.
Está linda la mina. Re contra bronceada y flaca. Y resultó que es muy linda de cara y que tiene unas piernas respetables.
Al menos con la ropa que tenía puesta ayer o anteayer.
Al lado de ella venía una chica con la vista súper concentrada en un punto fijo del piso. Me pegó bastante fuerte la cara de amargura que tenía. Estaba totalmente colgada.
Era una chica linda, pero no tanto.
Zafaba.
Miraba el suelo. Pero no hacia un punto situado justo enfrente suyo. Ni siquiera hacia un punto situado en una posición cómoda o lógica.
Miraba hacia un costado. Lejos. Con el cuello inclinado.
Y no había, en ese punto, al menos visiblemente, nada que pudiera llamarle tanto la atención. Así que estaba ahí, colgada, nomás.
Osito hablaba por teléfono. Al principio me pareció que cruzábamos miradas, pero después me olvidé. Y ella después se quedó charlando con la madre por teléfono, sobre ya no me acuerdo qué.
En un momento entró un nenito con un pilón de tarjetas en su mano derecha. No paraba de sonreir. Era súper cómico. O al menos a mí logró sacarme un par de carcajadas que ni me esforcé en reprimir.
Cuando llegó a mi altura y me extendió la tarjeta, la agarré y le sonreí fuerte.
Osito también agarró su tarjeta y también estuvo simpática con él.
Pero la sonrisa que más me llamó la atención fue la de la chica que estaba colgadísima.
Fue una sonrisa súper genuina, verdadera, con todos los dientes, y hasta con una mueca que tuvo que haber sido algo dolorosa.
Una mueca notoria, sí, pero que duró apenas medio segundo.
Y al toque volvió a su mundo de melancolía. ¡Pocas veces vi una cara naufragando tan en lo profundo de un cuelgue, carajo!
Cuando el nene me dio mi tarjeta vi que, dibujado, había un elefantito, sentado en un banco, todo simpático él, con un corazón bien rojo en la mano, y con un gorro naranja en la cabeza. Había unas letras rojas que decían: “Te amo con todo mi corazón; sos lo más lindo que vi en mi vida”.
Atrás estaba todo lleno de corazones rosas, con un fondo blanco, y había dos espacio que aparecían encabezados por un “De:” y un “Para:” y unas líneas de puntos en los que había que poner el nombre de la persona a la que le querés mentir que la amás.
Yo estuve mirando un rato largo mi tarjeta.
Largo.
Largo.
Después volví a levantar la vista y descubrí, con cierto esfuerzo, que ahora la chica, que seguía igual de colgada que antes, tenía dibujado, abajo de su ojo izquierdo, todo el recorrido húmedo de una lágrima declarada en rebeldía.
Ni se molestó en secarla.
No la pude dejar de mirar ni por un segundo durante todo el resto del viaje.
Y después hice algo que hace unos años, e incluso unos meses, me habría parecido una locura.
13.1.09
Ojalá pudiera pensar un poco menos
El Guasón se le plantó a Bruno Díaz y le tiró en la cara:
“¿Bailaste alguna vez con el diablo, bajo la palida luz de la luna?”
Y después le metió un balazo.
No se puso colorado. Dijo la frase convencidísimo.
Lo mismo el Loco Bielsa.
Se le plantó en frente a sus once jugadores (o 22, o 18, si estaban los suplentes), antes de un partido de la selección, y les dijo con toda naturalidad:
"En las peleas callejeras hay dos tipos de golpeadores. Está el que pega, ve sangre, se asusta y recula. Y está el que pega, ve sangre y va por todo, a matar. Muy bien, muchachos: vengo de afuera y les juro que hay olor a sangre".
No le tembló la voz al chabón.
Lo dijo así de una.
Estoy obsesionado con esto últimamente.
Por eso no posteo. Me la paso pensando en estas cosas. Todo el tiempo.
“¿Bailaste alguna vez con el diablo, bajo la palida luz de la luna?”
Y después le metió un balazo.
No se puso colorado. Dijo la frase convencidísimo.
Lo mismo el Loco Bielsa.
Se le plantó en frente a sus once jugadores (o 22, o 18, si estaban los suplentes), antes de un partido de la selección, y les dijo con toda naturalidad:
"En las peleas callejeras hay dos tipos de golpeadores. Está el que pega, ve sangre, se asusta y recula. Y está el que pega, ve sangre y va por todo, a matar. Muy bien, muchachos: vengo de afuera y les juro que hay olor a sangre".
No le tembló la voz al chabón.
Lo dijo así de una.
Estoy obsesionado con esto últimamente.
Por eso no posteo. Me la paso pensando en estas cosas. Todo el tiempo.
11.1.09
La cumbia nos enciende el alma
¡Estoy escuchando cumbia a full en la computadora!
¡En este preciso momento!
Hace unos días hice un post mientras escuchaba Let it be. El disco entero.
No me acuerdo de qué iba, pero era relativamente emotivo, si no me equivoco.
Al toque me arrepentí y lo borré a la mierda.
¡Ahora estoy escuchando “como Romeo y Julieta, lo nuestro es algo eterno, amar es algo hermosoooooooooo, sólo es cuestión de un verso, un amor como el nuestroooooooo, no debe morir jamás”!
¡Dios mío! ¡La euforia y la adrenalina corren por mis venas!
(y no estoy exagerando ni un poquito)
Es domingo a las 11 de la noche y tengo una necesidad de bailar cumbia que me desborda.
Eso es malo. Muy malo. Falta mucho para el sábado que viene.
Y al de ayer lo gasté en un asado.
El próximo ni en pedo ¡Voy a estar toda la semana cantando cumbia y anticipando el momento en el que entre al boliche a bailar como un desaforado!
¡Y si no me acompaña nadie voy solo!
¡No me importa nada!
Ahora cumbia villera: ¡Pablo Lezcano es el músico más respetable de la última década!
Los Cadillacs se mandaron una gran cagada al no llamarlo a Minimal para tocar el año pasado. Pero en lo de Lezcano la pegaron mal
Se me había pasado la fiebre cumbiera, che, y poco a poco iba bajando mi nivel de felicidad.
No me va a volver a pasar. Soy de los que aprenden de sus errores.
O no. Mentira. No soy. Pero en este caso sí.
¡LAS PALMAS DE TODOS LOS NEGROS ARRIBA Y ARRIBA!
¡En este preciso momento!
Hace unos días hice un post mientras escuchaba Let it be. El disco entero.
No me acuerdo de qué iba, pero era relativamente emotivo, si no me equivoco.
Al toque me arrepentí y lo borré a la mierda.
¡Ahora estoy escuchando “como Romeo y Julieta, lo nuestro es algo eterno, amar es algo hermosoooooooooo, sólo es cuestión de un verso, un amor como el nuestroooooooo, no debe morir jamás”!
¡Dios mío! ¡La euforia y la adrenalina corren por mis venas!
(y no estoy exagerando ni un poquito)
Es domingo a las 11 de la noche y tengo una necesidad de bailar cumbia que me desborda.
Eso es malo. Muy malo. Falta mucho para el sábado que viene.
Y al de ayer lo gasté en un asado.
El próximo ni en pedo ¡Voy a estar toda la semana cantando cumbia y anticipando el momento en el que entre al boliche a bailar como un desaforado!
¡Y si no me acompaña nadie voy solo!
¡No me importa nada!
Ahora cumbia villera: ¡Pablo Lezcano es el músico más respetable de la última década!
Los Cadillacs se mandaron una gran cagada al no llamarlo a Minimal para tocar el año pasado. Pero en lo de Lezcano la pegaron mal
Se me había pasado la fiebre cumbiera, che, y poco a poco iba bajando mi nivel de felicidad.
No me va a volver a pasar. Soy de los que aprenden de sus errores.
O no. Mentira. No soy. Pero en este caso sí.
¡LAS PALMAS DE TODOS LOS NEGROS ARRIBA Y ARRIBA!
27.12.08
Un cadáver en mi mochila (morral) azul
Se me pudrió un pedazo de pollo adentro de un tupper, adentro de mi mochila.
Era el resto de mi almuerzo del viernes.
Lo dejé demasiadas horas, porque fui al gimnasio, después del laburo, y a un par de lados más, y no pasé nunca por una heladera, y llegué a mi casa demasiado tarde, y para cuando la abrí, de madrugada, ya no había nada que hacer.
Ahora tengo olor a mierda en la mochila. Lo llevo a todas partes, por supuesto.
Cada vez que la abrí, hoy, en el subte, o en el laburo, la gente tuvo la idea de que traía la mano de un cadáver ahí adentro.
Sospechan. Supongo.
Y corren la cara como para atrás.
Voy a ponerla a ventilar un ratito más y ya veremos.
Una de las mayores frustraciones de mi laburo actual, y en realidad diría que es la única, porque en sí es la felicidad hecha laburo, es que trabajo con partituras.
Piano. Violín. Violoncello.
Los libros que vendo me resultan imposibles de entender. No puedo leerlos.
Toda esa expresión, esa mensajería permanente, ahí, y yo no puedo hacer nada.
Soy un analfabeto. Vendiendo libros.
En un ratito me voy a ver mochilas a la Recamier.
Era el resto de mi almuerzo del viernes.
Lo dejé demasiadas horas, porque fui al gimnasio, después del laburo, y a un par de lados más, y no pasé nunca por una heladera, y llegué a mi casa demasiado tarde, y para cuando la abrí, de madrugada, ya no había nada que hacer.
Ahora tengo olor a mierda en la mochila. Lo llevo a todas partes, por supuesto.
Cada vez que la abrí, hoy, en el subte, o en el laburo, la gente tuvo la idea de que traía la mano de un cadáver ahí adentro.
Sospechan. Supongo.
Y corren la cara como para atrás.
Voy a ponerla a ventilar un ratito más y ya veremos.
Una de las mayores frustraciones de mi laburo actual, y en realidad diría que es la única, porque en sí es la felicidad hecha laburo, es que trabajo con partituras.
Piano. Violín. Violoncello.
Los libros que vendo me resultan imposibles de entender. No puedo leerlos.
Toda esa expresión, esa mensajería permanente, ahí, y yo no puedo hacer nada.
Soy un analfabeto. Vendiendo libros.
En un ratito me voy a ver mochilas a la Recamier.
23.12.08
Ni una mueca de sonrisa
El otro día.
Creo que ayer u anteayer.
Iba en el subte mirando a una chica.
No era la más linda del vagón, pero era la que más llamaba la atención. Tenía algo; era como imponente.
Y a la vez era re común.
Pero en realidad me puse a hacer memoria, ahora, recién, mientras tiraba las líneas anteriores, y recordé que en ese momento me fijé en el resto de la gente. Y nadie más la estaba mirando.
Así que a mí sólo me llamaba la atención.
Al toque me puse a pensar en dos o tres cosas. Ahí mismo. En el subte.
Me colgué, no sé.
Primero me obsesionó un toque el asunto de Gorosito firmando con River. Y eso nació porque vi de costado una nota que estaba leyendo un chabón que traía La Razón y que venía sentado justo al lado mío (yo estaba parado al lado de la puerta, en realidad).
Después fue algo acerca del laburo.
Y después algo sobre el chamuyo con las minas.
Pero lo de Gorosito fue lo más rescatable. Es increíble, la verdad, que Gorosito sea el técnico de River. Se me ocurren al menos 24 nombres mejores que él, así nomás, si los tiró sin pensar, sin repetir y sin soplar.
Hasta Caruso Lombardi se me ocurre.
La chica venía leyendo la Barcelona. Y si algo me llamó mucho más la atención que su pelo rubio, o rojizo -no me acuerdo-, y abultado, ¿abultado?, y su camisa ligerísima, y su corpiño blanco de encaje, que casi ni se veía, y capaz hasta me lo imaginé, y sus piernas cargadísimas de algo parecido a la autoridad, fue el hecho de que no se reía.
No se reía ni un poco.
Lo leía de corrido, con la cara seria.
Y más: tenía los labios apretados.
Nunca hacía un gesto.
Leía la Barcelona y no se reía ni hacía ningún gesto.
Creo que ayer u anteayer.
Iba en el subte mirando a una chica.
No era la más linda del vagón, pero era la que más llamaba la atención. Tenía algo; era como imponente.
Y a la vez era re común.
Pero en realidad me puse a hacer memoria, ahora, recién, mientras tiraba las líneas anteriores, y recordé que en ese momento me fijé en el resto de la gente. Y nadie más la estaba mirando.
Así que a mí sólo me llamaba la atención.
Al toque me puse a pensar en dos o tres cosas. Ahí mismo. En el subte.
Me colgué, no sé.
Primero me obsesionó un toque el asunto de Gorosito firmando con River. Y eso nació porque vi de costado una nota que estaba leyendo un chabón que traía La Razón y que venía sentado justo al lado mío (yo estaba parado al lado de la puerta, en realidad).
Después fue algo acerca del laburo.
Y después algo sobre el chamuyo con las minas.
Pero lo de Gorosito fue lo más rescatable. Es increíble, la verdad, que Gorosito sea el técnico de River. Se me ocurren al menos 24 nombres mejores que él, así nomás, si los tiró sin pensar, sin repetir y sin soplar.
Hasta Caruso Lombardi se me ocurre.
La chica venía leyendo la Barcelona. Y si algo me llamó mucho más la atención que su pelo rubio, o rojizo -no me acuerdo-, y abultado, ¿abultado?, y su camisa ligerísima, y su corpiño blanco de encaje, que casi ni se veía, y capaz hasta me lo imaginé, y sus piernas cargadísimas de algo parecido a la autoridad, fue el hecho de que no se reía.
No se reía ni un poco.
Lo leía de corrido, con la cara seria.
Y más: tenía los labios apretados.
Nunca hacía un gesto.
Leía la Barcelona y no se reía ni hacía ningún gesto.
9.12.08
Nebulizaciones
Es una relación rara la nuestra.
Cuando tenía unos siete años mis viejos se fueron de viaje a Europa.
Todo un mes.
Cuando partieron los despedí con mucha onda y estuvo todo bien.
Pero esa noche mi abuela me puso el nebulizador –tenía catarro- y justo en ese puto momento, no sé porque, caí en la cuenta de que iba a pasar un mes sin mi mamáaaaaaaaaa.
Lloré como un marrano.
Durante mucho tiempo fue ver un nebulizador y sentir ganas de llorar. Una nostalgia de aquel llanto; de aquella tristeza.
Antes de eso, cuando era mucho más chico, supongamos que a los tres años, el nebulizador me daba miedo porque hacía mucho ruido y temblaba.
Hasta que mi hermano más grande me convenció de que esa era la mascarilla de un piloto de avión.
Ahí empezó a estar todo bien. Estuve en varias guerras y hasta gané las Malvinas y Vietnam.
Yo y mi nebulizador supimos navegar por imponentes cielos imaginarios.
Ahora hace un ratito estuve mirando fijo a mi sobrina mientras se hacía unas con cierto aire de impaciencia. Al borde del cataclismo emocional.
Yo la observaba demasiado. Demasiado fijo, diría.
Los demás miraban tele.
Cuando tenía unos siete años mis viejos se fueron de viaje a Europa.
Todo un mes.
Cuando partieron los despedí con mucha onda y estuvo todo bien.
Pero esa noche mi abuela me puso el nebulizador –tenía catarro- y justo en ese puto momento, no sé porque, caí en la cuenta de que iba a pasar un mes sin mi mamáaaaaaaaaa.
Lloré como un marrano.
Durante mucho tiempo fue ver un nebulizador y sentir ganas de llorar. Una nostalgia de aquel llanto; de aquella tristeza.
Antes de eso, cuando era mucho más chico, supongamos que a los tres años, el nebulizador me daba miedo porque hacía mucho ruido y temblaba.
Hasta que mi hermano más grande me convenció de que esa era la mascarilla de un piloto de avión.
Ahí empezó a estar todo bien. Estuve en varias guerras y hasta gané las Malvinas y Vietnam.
Yo y mi nebulizador supimos navegar por imponentes cielos imaginarios.
Ahora hace un ratito estuve mirando fijo a mi sobrina mientras se hacía unas con cierto aire de impaciencia. Al borde del cataclismo emocional.
Yo la observaba demasiado. Demasiado fijo, diría.
Los demás miraban tele.
29.11.08
Te perdés algo
Ayer fui a ver a Zanahoria, que es la banda de mi profesor de batería.
Llegué al lugar y me metí y vi que adentro no había nadie. Estaba la banda. Estaba el bajista, parado con el bajo en sus manos y estaba el guitarrista, listo para tocar la guitarra. Y también estaba el cantante, medio de costado, vocalizando y mirando a sus compañeros.
En el público, o en las mesas en las que debía estar el público, no había nadie. Eran las 23: 05 y no había nadie. Había empezado hacía como una hora el recital. A las 22 tocaba otra banda y a las 23 Zanahoria, según el spam que me mandaron.
Eso es lo que decía el panfleto.
De golpe, mientras caminaba hacia una de las sillas, lo vi aparecer a mi profesor. Se sentó en la batería, contó cuatro y empezó a tocar.
No había nadie en el público. Era escalofriante. Un chabón estaba filmando y también había una mina, que estaba con ellos. Pero nadie más.
Y yo en el fondo. En la última mesa.
Me conmovió el asunto.
No estaban tocando con todas las ganas, pero estaban tocando. Sólo para tres personas.
Tocaban bien.
Hicieron dos o tres canciones así. Una onda más funky de lo que yo me había imaginado.
Me di cuenta de que estaba viviendo un momento sublime: una banda excelente estaba dando su recital para solo tres personas. Dos de ellas amigos de la banda.
Y la tercera yo.
Un día iba a poder contar esa historia.
Pero al final era la prueba sonido.
Nada grave. Se ve que siempre que anuncian para las 23 la gente cae a las 00:30.
No sabía si quedarme o irme. Faltaba mucho para que empiece.
Aproveché para leer mi segundo libro de Fante en el mes. Ahora estoy con Camino de Los Ángeles.
No había mucha luz en el lugar. Apenas algunas lamparitas perdidas.
Me acerqué a una de ellas, en la barra.
Y me puse a leer, entonces. Pensé que como ya estaba adentro iba a zafar de pagar los diez pesos de la entrada, así que aproveché y me pedí dos empanadas de jamón y queso y una Sprite.
Después me quedé mirando un rato a la chica que me sirvió, porque me resultó familiar, y volví a leer.
El libro de Fante es buenísimo. Muy atrapante. No le estoy dedicando períodos muy largos. Una media horita por acá; veinte minutos por allá. Y así. Pero lo leo rapidísimo. Se presta para eso.
El personaje, Arturo Bandini, es, justamente, un perrrrrrrrrsonaje. Un pibito que se cruza con una manada de cangrejos y de tan aburrido que está, flashea que ellos son un ejercito enemigo y que él es un dictador medio nazi que tiene que exterminarlos.
Se defiende con esos cuelgues el pibe. Y se pone a jugar. A que es grosso y tiene una misión que cumplir.
Cuando va a la fábrica de la Ford a buscar laburo y lo rebotan mal, y se ve mezclado con el resto de la chusma proletaria, flashea que es un enviado de Roosevelt y que su verdadera razón para estar ahí es enviarle un informe sobre la situación en el Oeste de los Estados Unidos al presidente de la Nación.
Se lo cree de verdad y eso le hace más llevadera la historia.
Después se hicieron casi las doce y pensé que ya era hora de irme a mi casa.
Pero ahí justo empezaron a tocar y me fui a sentar a una mesa bien cerquita.
La rompieron los Zanahoria. Son una banda muy buena.
Hay que ir a verla porque si no te perdés algo grosso de verdad.
Llegué al lugar y me metí y vi que adentro no había nadie. Estaba la banda. Estaba el bajista, parado con el bajo en sus manos y estaba el guitarrista, listo para tocar la guitarra. Y también estaba el cantante, medio de costado, vocalizando y mirando a sus compañeros.
En el público, o en las mesas en las que debía estar el público, no había nadie. Eran las 23: 05 y no había nadie. Había empezado hacía como una hora el recital. A las 22 tocaba otra banda y a las 23 Zanahoria, según el spam que me mandaron.
Eso es lo que decía el panfleto.
De golpe, mientras caminaba hacia una de las sillas, lo vi aparecer a mi profesor. Se sentó en la batería, contó cuatro y empezó a tocar.
No había nadie en el público. Era escalofriante. Un chabón estaba filmando y también había una mina, que estaba con ellos. Pero nadie más.
Y yo en el fondo. En la última mesa.
Me conmovió el asunto.
No estaban tocando con todas las ganas, pero estaban tocando. Sólo para tres personas.
Tocaban bien.
Hicieron dos o tres canciones así. Una onda más funky de lo que yo me había imaginado.
Me di cuenta de que estaba viviendo un momento sublime: una banda excelente estaba dando su recital para solo tres personas. Dos de ellas amigos de la banda.
Y la tercera yo.
Un día iba a poder contar esa historia.
Pero al final era la prueba sonido.
Nada grave. Se ve que siempre que anuncian para las 23 la gente cae a las 00:30.
No sabía si quedarme o irme. Faltaba mucho para que empiece.
Aproveché para leer mi segundo libro de Fante en el mes. Ahora estoy con Camino de Los Ángeles.
No había mucha luz en el lugar. Apenas algunas lamparitas perdidas.
Me acerqué a una de ellas, en la barra.
Y me puse a leer, entonces. Pensé que como ya estaba adentro iba a zafar de pagar los diez pesos de la entrada, así que aproveché y me pedí dos empanadas de jamón y queso y una Sprite.
Después me quedé mirando un rato a la chica que me sirvió, porque me resultó familiar, y volví a leer.
El libro de Fante es buenísimo. Muy atrapante. No le estoy dedicando períodos muy largos. Una media horita por acá; veinte minutos por allá. Y así. Pero lo leo rapidísimo. Se presta para eso.
El personaje, Arturo Bandini, es, justamente, un perrrrrrrrrsonaje. Un pibito que se cruza con una manada de cangrejos y de tan aburrido que está, flashea que ellos son un ejercito enemigo y que él es un dictador medio nazi que tiene que exterminarlos.
Se defiende con esos cuelgues el pibe. Y se pone a jugar. A que es grosso y tiene una misión que cumplir.
Cuando va a la fábrica de la Ford a buscar laburo y lo rebotan mal, y se ve mezclado con el resto de la chusma proletaria, flashea que es un enviado de Roosevelt y que su verdadera razón para estar ahí es enviarle un informe sobre la situación en el Oeste de los Estados Unidos al presidente de la Nación.
Se lo cree de verdad y eso le hace más llevadera la historia.
Después se hicieron casi las doce y pensé que ya era hora de irme a mi casa.
Pero ahí justo empezaron a tocar y me fui a sentar a una mesa bien cerquita.
La rompieron los Zanahoria. Son una banda muy buena.
Hay que ir a verla porque si no te perdés algo grosso de verdad.
Frente al Gaumont
Lo mejor de mi nuevo trabajo
Es la media hora después de almorzar
Cuando me voy a la plaza Del Congreso
Y me tiro a dormir la siesta
Rodeado de obreros De remera azul
Y de pibes de la calle Que duermen la mona
Frente al Gaumont
Me acuesto ahí Y me rasco el hombro
Y pienso En que estoy ahí acostado
rascándome el hombro
Después giro a la izquierda y miro al Congreso
Y pienso en que si otra vez fuera periodista
No sería el mismo
Siento que podría ser el dueño de ese edificio
Sólo porque aprendí a dormir en la plaza de enfrente
Es la media hora después de almorzar
Cuando me voy a la plaza Del Congreso
Y me tiro a dormir la siesta
Rodeado de obreros De remera azul
Y de pibes de la calle Que duermen la mona
Frente al Gaumont
Me acuesto ahí Y me rasco el hombro
Y pienso En que estoy ahí acostado
rascándome el hombro
Después giro a la izquierda y miro al Congreso
Y pienso en que si otra vez fuera periodista
No sería el mismo
Siento que podría ser el dueño de ese edificio
Sólo porque aprendí a dormir en la plaza de enfrente
15.11.08
Bailar
Es raro.
Cada vez que me siento en la batería una bestia se apodera de mí.
Es como si recibiera una energía especial, que se va renovando entre estrofa y estribillo.
Si por momentos hasta prefiero olvidarme de lo aprendido en los ejercicios de técnica. Nada de pegarle con mucho movimiento de dedos y muñecas.
¡Con todo el brazo le pego!
Y me río.
Me empiezo a reir a carcajadas solo y no puedo parar, mientras toco. Mientras suena la banda. Me rió, cuando los violeros y bajistas se tienen que dar vuelta a subir el volumen de sus instrumentos, por ejemplo.
El placer de la batería es cuando levantás el culo del asiento durante medio segundo para meterle un batazo al plato más brillante que tengas.
Ahí, cuando el ruido a vidrio roto va creciendo y se mezcla con el estruendo del zurdazo que penetra al redoblante, para empezar a copar la totalidad de la sala, en ese momento, que uno ya percibe segundos antes de que suceda, la carcajada es inevitable.
Eso es la felicidad.
Pegarle a un platillo con la derecha, como si fuese la cara del enemigo, y al redoblante con la izquierda, al mismo tiempo. Es un ruido que te completa como ser humano durante al menos un segundo.
Difícil explicarlo.
Y después caer de vuelta en la segunda nota del próximo compás.
Porque hacer ritmo también es divertido.
El mejor elogio que me hicieron como baterista fue que lo que yo tocaba no sonaba a batería.
Casi me largo a llorar de la emoción. Fue lo más lindo que me pudieron decir.
Claro que después de eso me dijeron que ni valía la pena que me gastara mis ahorros en un set de platillos buenos, ya que ni a platillo sonaban mis golpes.
Pero igual me cayó bien.
Y digo que todo esto es raro porque, si bien cada vez que me pongo a tocar un panrockero se apodera de mí, a la hora de ponerme a escuchar, la música fuerte me hace doler la cabeza.
Ahí me convierto en un mariconcito.
A mí me gusta escuchar las canciones trolitas de Ariel Minimal y de Turf. Y de Intoxicados.
O los discos de Thelonious Monk, Miles Davis y Charles Mingus que me grabaron mi profesor de batería y mi amiguitu entrañable, Fede.
Hay que detenerse simplemente a recordar mi mañana de ayer y mi noche de ayer.
A la mañana rompí el parche del tambor de la salita de ensayo tocando al palo una versión punky-trash de Type, de Living Colour.
Y a la noche, justo después del laburo, se me llenaron la pierna y la espalda de piel de gallina escuchando el tema tres de Mingus Moves, el disco de Charles Mingus, tirado en la cama.
El tema tres, que no sé cómo se llama porque nunca tuve el original, es el único de todo el disco que no es puramente instrumental.
Hay que escuchar las voces de esos dos tipitos. Se me parte el corazón.
No sé lo que dice la letra, pero claramente es una historia de amor bien cursi y los protagonistas son los dos cantantes, Doug Hammond y Honey Gordon.
Estoy seguro de que debe ser una historia bien dolorosa.
Mientras escucho la trompeta de ese disco, mientras sigo sus chillidos, la voy acompañando con la lengua.
Como ese programita de la computadora que va generando dibujos raros mientras suenan las canciones, yo dibujo figuras con mi lengua, mientras escucho el disco de Mingus.
Es una forma muy particular de bailar, la mía.
Cuando toco la batería, en cambio, no me hace falta bailar.
Cada vez que me siento en la batería una bestia se apodera de mí.
Es como si recibiera una energía especial, que se va renovando entre estrofa y estribillo.
Si por momentos hasta prefiero olvidarme de lo aprendido en los ejercicios de técnica. Nada de pegarle con mucho movimiento de dedos y muñecas.
¡Con todo el brazo le pego!
Y me río.
Me empiezo a reir a carcajadas solo y no puedo parar, mientras toco. Mientras suena la banda. Me rió, cuando los violeros y bajistas se tienen que dar vuelta a subir el volumen de sus instrumentos, por ejemplo.
El placer de la batería es cuando levantás el culo del asiento durante medio segundo para meterle un batazo al plato más brillante que tengas.
Ahí, cuando el ruido a vidrio roto va creciendo y se mezcla con el estruendo del zurdazo que penetra al redoblante, para empezar a copar la totalidad de la sala, en ese momento, que uno ya percibe segundos antes de que suceda, la carcajada es inevitable.
Eso es la felicidad.
Pegarle a un platillo con la derecha, como si fuese la cara del enemigo, y al redoblante con la izquierda, al mismo tiempo. Es un ruido que te completa como ser humano durante al menos un segundo.
Difícil explicarlo.
Y después caer de vuelta en la segunda nota del próximo compás.
Porque hacer ritmo también es divertido.
El mejor elogio que me hicieron como baterista fue que lo que yo tocaba no sonaba a batería.
Casi me largo a llorar de la emoción. Fue lo más lindo que me pudieron decir.
Claro que después de eso me dijeron que ni valía la pena que me gastara mis ahorros en un set de platillos buenos, ya que ni a platillo sonaban mis golpes.
Pero igual me cayó bien.
Y digo que todo esto es raro porque, si bien cada vez que me pongo a tocar un panrockero se apodera de mí, a la hora de ponerme a escuchar, la música fuerte me hace doler la cabeza.
Ahí me convierto en un mariconcito.
A mí me gusta escuchar las canciones trolitas de Ariel Minimal y de Turf. Y de Intoxicados.
O los discos de Thelonious Monk, Miles Davis y Charles Mingus que me grabaron mi profesor de batería y mi amiguitu entrañable, Fede.
Hay que detenerse simplemente a recordar mi mañana de ayer y mi noche de ayer.
A la mañana rompí el parche del tambor de la salita de ensayo tocando al palo una versión punky-trash de Type, de Living Colour.
Y a la noche, justo después del laburo, se me llenaron la pierna y la espalda de piel de gallina escuchando el tema tres de Mingus Moves, el disco de Charles Mingus, tirado en la cama.
El tema tres, que no sé cómo se llama porque nunca tuve el original, es el único de todo el disco que no es puramente instrumental.
Hay que escuchar las voces de esos dos tipitos. Se me parte el corazón.
No sé lo que dice la letra, pero claramente es una historia de amor bien cursi y los protagonistas son los dos cantantes, Doug Hammond y Honey Gordon.
Estoy seguro de que debe ser una historia bien dolorosa.
Mientras escucho la trompeta de ese disco, mientras sigo sus chillidos, la voy acompañando con la lengua.
Como ese programita de la computadora que va generando dibujos raros mientras suenan las canciones, yo dibujo figuras con mi lengua, mientras escucho el disco de Mingus.
Es una forma muy particular de bailar, la mía.
Cuando toco la batería, en cambio, no me hace falta bailar.
14.11.08
Lectura y cumbia
Ah, Funes está organizando la última lectura de Los Mudos del año y nos invitó a todos los que alguna vez participamos a que vayamos a leer ese día.
Creo que es algo así como un párrafo, nomás, lo que va a leer cada uno.
Una idea rara, sin dudas, pero no suelo decir que no cuando me invitan a algo.
Y como yo fui dos veces a leer a Los Mudos (una en el 2007 y otra en el 2008), me toca hacer dos participaciones.
Si no entendí mal, por lo que decía el mail grupal que mandó, a mí me toca leer el párrafo de rigor primero –por haber leído una vez en el 2007- y después bailar una cumbia arriba del escenario –por la otra lectura, en el 2008-.
Un poco de pánico escénico tengo. No lo voy a negar. Pero insisto: nunca rechazo una invitación. Y si hay que bailar una cumbia arriba del escenario, solo o acompañado por alguna chica bonita, la voy a bailar.
Con las luces apuntándome. No me importa nada.
Al tema lo tengo que elegir yo y ya lo tengo en mente. Voy a morir con El parrandero, de Los Palmeras.
Ahí ni dudé.
Con lo que sí tengo quilombo es con lo de qué párrafo leer.
En fin, esto es el miércoles 19 (o sea, el próximo miércoles) a las 21, en el Centro Cultural Zaguán Sur (CCZAS), que queda en Moreno 2320.
Yo voy sin dudarlo. Va a ser divertido.
Y me gustaría que venga alguien que lea esto.
Creo que es algo así como un párrafo, nomás, lo que va a leer cada uno.
Una idea rara, sin dudas, pero no suelo decir que no cuando me invitan a algo.
Y como yo fui dos veces a leer a Los Mudos (una en el 2007 y otra en el 2008), me toca hacer dos participaciones.
Si no entendí mal, por lo que decía el mail grupal que mandó, a mí me toca leer el párrafo de rigor primero –por haber leído una vez en el 2007- y después bailar una cumbia arriba del escenario –por la otra lectura, en el 2008-.
Un poco de pánico escénico tengo. No lo voy a negar. Pero insisto: nunca rechazo una invitación. Y si hay que bailar una cumbia arriba del escenario, solo o acompañado por alguna chica bonita, la voy a bailar.
Con las luces apuntándome. No me importa nada.
Al tema lo tengo que elegir yo y ya lo tengo en mente. Voy a morir con El parrandero, de Los Palmeras.
Ahí ni dudé.
Con lo que sí tengo quilombo es con lo de qué párrafo leer.
En fin, esto es el miércoles 19 (o sea, el próximo miércoles) a las 21, en el Centro Cultural Zaguán Sur (CCZAS), que queda en Moreno 2320.
Yo voy sin dudarlo. Va a ser divertido.
Y me gustaría que venga alguien que lea esto.
14.10.08
Los playmobil
En la fila del McDonald’s,
mientras terminamos de elegir, en voz alta,
lo que vamos a pedir
–yo una de pollo con agua y ella una con
queso y Coca Cola-,
no puedo dejar de mirar
el cartel con los muñequitos de la cajita feliz
y de preguntarme adónde habrá ido a parar
mi cajón de los playmobil. Sé que
está en la casa de alguno de los sobrinos
y temo que a esta altura ya debería darlo por perdido,
pero cuando el pibe me pregunta qué quiero
yo estoy con la mirada fija en la chica superpoderosa
verde
y la imagen de mi hermano se me aparece.
Me dice que no vale que mi playmobil vuele.
Que lo mantenga real.
mientras terminamos de elegir, en voz alta,
lo que vamos a pedir
–yo una de pollo con agua y ella una con
queso y Coca Cola-,
no puedo dejar de mirar
el cartel con los muñequitos de la cajita feliz
y de preguntarme adónde habrá ido a parar
mi cajón de los playmobil. Sé que
está en la casa de alguno de los sobrinos
y temo que a esta altura ya debería darlo por perdido,
pero cuando el pibe me pregunta qué quiero
yo estoy con la mirada fija en la chica superpoderosa
verde
y la imagen de mi hermano se me aparece.
Me dice que no vale que mi playmobil vuele.
Que lo mantenga real.
4.10.08
Coltrane en los auriculares
Hoy es viernes a la noche y yo estoy escuchando a John Coltrane en los auriculares de la pc.
Cuando me saco los cosos de las orejas escucho los bocinazos y los griteríos.
Pero después me voy a buscar unas galletitas de agua y un dulce de leche y me pongo de vuelta los auriculares y le doy play al youtube.
Mañana esto se va a llenar de hormigas rojas.
Pero hoy escucho a John Coltrane, con la ropa de todo el día aun puesta, con las piernas cruzadas sobre el escritorio, y me como unas galletitas con dulce de leche, mientras chateo sin parar con Caro.
Sobre boludeces.
Sobre nosotros.
Nos intercambiamos afirmaciones. Primero una yo, sobre algo que me pasó en el día; después una ella sobre algo parecido que le pasó hace mil años. Y así sin parar.
Desde hace bocha de tiempo.
Deberíamos haber salido a tomar algo, pero a ella le duele la panza porque ayer algo le cayó mal.
Ahora me acabo de sacar los auriculares y en la calle suena una sirena.
Como en las películas de Nueva York.
Cuando me saco los cosos de las orejas escucho los bocinazos y los griteríos.
Pero después me voy a buscar unas galletitas de agua y un dulce de leche y me pongo de vuelta los auriculares y le doy play al youtube.
Mañana esto se va a llenar de hormigas rojas.
Pero hoy escucho a John Coltrane, con la ropa de todo el día aun puesta, con las piernas cruzadas sobre el escritorio, y me como unas galletitas con dulce de leche, mientras chateo sin parar con Caro.
Sobre boludeces.
Sobre nosotros.
Nos intercambiamos afirmaciones. Primero una yo, sobre algo que me pasó en el día; después una ella sobre algo parecido que le pasó hace mil años. Y así sin parar.
Desde hace bocha de tiempo.
Deberíamos haber salido a tomar algo, pero a ella le duele la panza porque ayer algo le cayó mal.
Ahora me acabo de sacar los auriculares y en la calle suena una sirena.
Como en las películas de Nueva York.
30.9.08
Anarko-punk
El sábado estábamos sentados hablando con mi hermano. Una cerveza en el medio. Un video del Maná Unplugged rodando en la tele. Los dos en cuero y pantalones cortos. El sol entrando a pleno por la ventana de su departamento. Hablábamos de mujeres.
Lo malo del título de este blog es que se pretende anarquista, pero no representa a ninguna otra cosa más que al peor mensaje del anarko-punk.
Una pésima propaganda.
Eso se me ocurrió recién.
Mi hermano tiene un sistema mediante el cual pone un video en la pc y lo puede ver en la tele mientras usa el msn, o cualquier otra función, en el monitor de la pc.
No hicimos otra cosa sino hablar de eso y de mujeres durante horas
Lo malo del título de este blog es que se pretende anarquista, pero no representa a ninguna otra cosa más que al peor mensaje del anarko-punk.
Una pésima propaganda.
Eso se me ocurrió recién.
Mi hermano tiene un sistema mediante el cual pone un video en la pc y lo puede ver en la tele mientras usa el msn, o cualquier otra función, en el monitor de la pc.
No hicimos otra cosa sino hablar de eso y de mujeres durante horas
29.9.08
En la planta de tu pie
La felicidad es el momento exacto en el que yo termino de rascarme la planta del pie derecho, mi vida.
Eso y nada más.
Me miro los pies dolientes, me sacó la zapatilla derecha ayudándome con el canto de la izquierda, y a través de la media, con los dedos índice y pulgar, me sacudo la planta del pie.
Frenético.
La felicidad es eso, mi vida.
No la busques en mí. No la busques en el amor ni en la familia ni en el dinero.
La felicidad está en la planta de tu pie.
De verdad.
Eso y nada más.
Me miro los pies dolientes, me sacó la zapatilla derecha ayudándome con el canto de la izquierda, y a través de la media, con los dedos índice y pulgar, me sacudo la planta del pie.
Frenético.
La felicidad es eso, mi vida.
No la busques en mí. No la busques en el amor ni en la familia ni en el dinero.
La felicidad está en la planta de tu pie.
De verdad.
12.9.08
Vargas
No es para tanto lo de la selección. El otro día el relator hacía que todo parezca un poco más dramático de lo que realmente era.
Mi hermano me mandaba mensajes de texto furioso. Que esto, que lo otro y que Basile es un muerto de frío.
Era un puto partido de fútbol. No daba para tanto.
Cuando Argentina hizo el gol le mandé un mensaje cargándolo y el me respondió con puteadas. ¡Estaba sacado!
Al final parecía que lo teníamos ganado pero uno siempre sospecha que todo se puede ir al carajo de un momento al otro. No es que yo supiera que nos iban a hacer el gol, pero me corría una sensación de que todo podía estropearse.
Es algo que me pasa muy seguido en el laburo.
No es que tenga el presentimiento de que tal o cual cosa vaya a suceder, no hay una catástrofe en mi mente, pero sí hay una sensación de que todo podría echarse a perder en cuestión de segundos. Con muy poco. Todo podría irse al carajo y el día volverse insoportable.
A veces soy muy consciente de eso. No siempre. A veces nomás. Cada tanto.
Está bueno porque al terminar, al llegar a mi casa, cuando al final todo estuvo bien, me doy cuenta de que me lo había estado tomando con calma desde el principio.
Cuando Riquelme y los otros chicos se pusieron a tocar la pelota para dormirla y se la dieron a Messi, que se colgó y la perdió, y entonces los peruanos se la dieron a Vargas, que corrió solo y metió el centro que terminó en gol, en ese momento, cuando todos los peruanos estaban iniciando los festejos del empate en la última jugada del partido, yo me empecé a cagar de la risa.
Carcajadas me salían.
Le puse un mensaje a mi hermano contándole que no podía parar de reírme.
“Yo tampoco”, me puso él.
A veces todo puede irse al carajo en cuestión de segundos.
Le pasó a River con San Lorenzo el año pasado.
Por suerte era sólo un puto partido de fútbol.
Mi hermano me mandaba mensajes de texto furioso. Que esto, que lo otro y que Basile es un muerto de frío.
Era un puto partido de fútbol. No daba para tanto.
Cuando Argentina hizo el gol le mandé un mensaje cargándolo y el me respondió con puteadas. ¡Estaba sacado!
Al final parecía que lo teníamos ganado pero uno siempre sospecha que todo se puede ir al carajo de un momento al otro. No es que yo supiera que nos iban a hacer el gol, pero me corría una sensación de que todo podía estropearse.
Es algo que me pasa muy seguido en el laburo.
No es que tenga el presentimiento de que tal o cual cosa vaya a suceder, no hay una catástrofe en mi mente, pero sí hay una sensación de que todo podría echarse a perder en cuestión de segundos. Con muy poco. Todo podría irse al carajo y el día volverse insoportable.
A veces soy muy consciente de eso. No siempre. A veces nomás. Cada tanto.
Está bueno porque al terminar, al llegar a mi casa, cuando al final todo estuvo bien, me doy cuenta de que me lo había estado tomando con calma desde el principio.
Cuando Riquelme y los otros chicos se pusieron a tocar la pelota para dormirla y se la dieron a Messi, que se colgó y la perdió, y entonces los peruanos se la dieron a Vargas, que corrió solo y metió el centro que terminó en gol, en ese momento, cuando todos los peruanos estaban iniciando los festejos del empate en la última jugada del partido, yo me empecé a cagar de la risa.
Carcajadas me salían.
Le puse un mensaje a mi hermano contándole que no podía parar de reírme.
“Yo tampoco”, me puso él.
A veces todo puede irse al carajo en cuestión de segundos.
Le pasó a River con San Lorenzo el año pasado.
Por suerte era sólo un puto partido de fútbol.
11.9.08
El capó rayado
Hoy iba caminando por una plaza y me encontré con el auto de mi vieja. Fue bastante sorpresivo. Saqué un libro de la mochila y me senté a esperarla para volverme con ella.
Hoy en día es muy importante guardarse las monedas de un peso para ocasiones de extrema necesidad.
Me apoyé en el capó del auto, que está bastante más rayado de lo que debiera, y me puse a leer unas páginas de Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian, un libro enorme.
Estoy encantado con Boris Vian. Es mi escritor del mes o del trimestre.
Con mi vieja estuvimos hablando sobre cierta filosofía de choque: no vale la pena analizar si estamos ansiosos o eufóricos o sacados o tristes. Mañana mismo podríamos morirnos y nada de eso tendría sentido.
Ahora estoy sentado frente a la pc, con la misma camisa y el mismo jean que tuve puestos durante todo el día, bajando Born into this, un documental sobre el gran súper héroe: Charles Bukowski.
Bukowski es Dios. Y me importa un carajo que los culturalitos digan que Bukowski es un autor para adolescentes. Yo lo leo y lo releo una y mil veces. Tiene un ritmo y una paleta de sentimientos que me arrastra a lugares a los que ningún otro autor me llevó jamás.
La reseña promete imágenes de Bukowski, en un ataque de celos, cagando a patadas a su mujer. Y también una escena en la que aparece llorando arriba de un escenario, durante una lectura de poesía, llorando por una chica con la que acababa de cortar.
Son siete archivos de win rar más el de los subtítulos. Y llamame pájaro de mal agüero, pero intuyo que algo va a salir mal. Siempre algo tiene que salir mal con las computadoras.
Hoy en día es muy importante guardarse las monedas de un peso para ocasiones de extrema necesidad.
Me apoyé en el capó del auto, que está bastante más rayado de lo que debiera, y me puse a leer unas páginas de Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian, un libro enorme.
Estoy encantado con Boris Vian. Es mi escritor del mes o del trimestre.
Con mi vieja estuvimos hablando sobre cierta filosofía de choque: no vale la pena analizar si estamos ansiosos o eufóricos o sacados o tristes. Mañana mismo podríamos morirnos y nada de eso tendría sentido.
Ahora estoy sentado frente a la pc, con la misma camisa y el mismo jean que tuve puestos durante todo el día, bajando Born into this, un documental sobre el gran súper héroe: Charles Bukowski.
Bukowski es Dios. Y me importa un carajo que los culturalitos digan que Bukowski es un autor para adolescentes. Yo lo leo y lo releo una y mil veces. Tiene un ritmo y una paleta de sentimientos que me arrastra a lugares a los que ningún otro autor me llevó jamás.
La reseña promete imágenes de Bukowski, en un ataque de celos, cagando a patadas a su mujer. Y también una escena en la que aparece llorando arriba de un escenario, durante una lectura de poesía, llorando por una chica con la que acababa de cortar.
Son siete archivos de win rar más el de los subtítulos. Y llamame pájaro de mal agüero, pero intuyo que algo va a salir mal. Siempre algo tiene que salir mal con las computadoras.
10.9.08
Mis jefes son famosos, yo no soy famoso
Pablo dice:
Estoy viendo a tu ex jefe en TN.
Mariano dice:
¿Qué dice? ¿O qué hace?
Pablo dice:
Y a otro ex jefe en TNT.
Mariano dice:
¿Eh? ¿Cuál otro?
Pablo dice:
En TN está Daniel Amoroso y en TNT acaba de terminar el último recital de Soda Stereo.
Mariano dice:
Jaaaaaaaaaa.
Pablo dice:
Impresionante. Dos ex jefes al mismo tiempo en la tele.
Mariano dice:
Sí, posta, increíble. Y a Zeta ahora lo veo todos los días en la tele del Musimundo del shopping. Ni cuando laburaba para él lo veía tan seguido.
Pablo dice:
Ja.
Estoy viendo a tu ex jefe en TN.
Mariano dice:
¿Qué dice? ¿O qué hace?
Pablo dice:
Y a otro ex jefe en TNT.
Mariano dice:
¿Eh? ¿Cuál otro?
Pablo dice:
En TN está Daniel Amoroso y en TNT acaba de terminar el último recital de Soda Stereo.
Mariano dice:
Jaaaaaaaaaa.
Pablo dice:
Impresionante. Dos ex jefes al mismo tiempo en la tele.
Mariano dice:
Sí, posta, increíble. Y a Zeta ahora lo veo todos los días en la tele del Musimundo del shopping. Ni cuando laburaba para él lo veía tan seguido.
Pablo dice:
Ja.
9.9.08
Temas viejos de Los Tipitos
A veces me agarrás alegre y a veces me agarrás triste. Es así, que vas a hacer. Y a veces salto de una a la otra en cuestión de segundos.
Es así.
Lo importante, creo, a partir de ahora, al menos, es que te siga escribiendo en ambos casos.
Chupa un huevo que te divierta o no. Pero aparece lo que querías vos desde el primer momento: que te contara algo desde acá.
Hace un ratito cuando estaba alegre, justo antes de ponerme a escuchar un popurrí de temas viejos de Los Tipitos, estaba pensando en la mina de limpieza del shopping.
Y antes de contarte eso prefiero quedarme con lo de Los Tipitos. Me causó cierta impresión lo de “temas viejos” en el título. Justo eran algunas de las canciones que yo conozco de ellos. Después vinieron las de la época más popera, que es la actual, pero para mí la música de ellos es aquella.
Yo escucho esa época, cada tanto, por los mp3 que tengo en la pc.
No es que no me gusten los nuevos, pero igual: me pasa eso.
Vos sabés que la minita desapareció mal. Yo hasta llegué a olvidarme. No se la vio nunca más por nuestro pasillo. Y una vez me pareció que la vi desde lejos, mientras subía la escalera mecánica; me pareció que estaba cambiando la bolsa de basura de uno de los tachos del primer nivel.
Pero no quedé muy seguro de que fuera. Y después nunca más.
Re loco. Fue justo después del post que escribí sobre ella. Si hasta llegué a flashear que alguien lo había leído y la había cagado a pedos por cruzar el cochecito en la puerta de la librería. Y que la habían cambiado de sector en represalia.
Pero no. Al final no.
Ayer reapareció.
Estábamos saliendo y yo me despedía de los pibes. Porque desde que arranqué con el gimnasio me conviene irme por la puerta del otro lado. Y pum: ahí estaba la mina. Otra vez en nuestro pasillo.
Le pasé por al lado y le dije un adiós medio callado que ni sé si lo habrá escuchado. Y le sonreí más involuntaria que voluntariamente. Ella ya me venía sonriendo desde antes.
Me dio timidez. No sé porqué.
Y después me metí en el gimnasio y me olvidé de todo.
Hay algo en el gimnasio. No sé qué. Lo tengo que seguir observando; analizando. Pero hay algo.
Te juro.
Ya veremos qué es.
Prometo que voy a seguir investigando.
Es así.
Lo importante, creo, a partir de ahora, al menos, es que te siga escribiendo en ambos casos.
Chupa un huevo que te divierta o no. Pero aparece lo que querías vos desde el primer momento: que te contara algo desde acá.
Hace un ratito cuando estaba alegre, justo antes de ponerme a escuchar un popurrí de temas viejos de Los Tipitos, estaba pensando en la mina de limpieza del shopping.
Y antes de contarte eso prefiero quedarme con lo de Los Tipitos. Me causó cierta impresión lo de “temas viejos” en el título. Justo eran algunas de las canciones que yo conozco de ellos. Después vinieron las de la época más popera, que es la actual, pero para mí la música de ellos es aquella.
Yo escucho esa época, cada tanto, por los mp3 que tengo en la pc.
No es que no me gusten los nuevos, pero igual: me pasa eso.
Vos sabés que la minita desapareció mal. Yo hasta llegué a olvidarme. No se la vio nunca más por nuestro pasillo. Y una vez me pareció que la vi desde lejos, mientras subía la escalera mecánica; me pareció que estaba cambiando la bolsa de basura de uno de los tachos del primer nivel.
Pero no quedé muy seguro de que fuera. Y después nunca más.
Re loco. Fue justo después del post que escribí sobre ella. Si hasta llegué a flashear que alguien lo había leído y la había cagado a pedos por cruzar el cochecito en la puerta de la librería. Y que la habían cambiado de sector en represalia.
Pero no. Al final no.
Ayer reapareció.
Estábamos saliendo y yo me despedía de los pibes. Porque desde que arranqué con el gimnasio me conviene irme por la puerta del otro lado. Y pum: ahí estaba la mina. Otra vez en nuestro pasillo.
Le pasé por al lado y le dije un adiós medio callado que ni sé si lo habrá escuchado. Y le sonreí más involuntaria que voluntariamente. Ella ya me venía sonriendo desde antes.
Me dio timidez. No sé porqué.
Y después me metí en el gimnasio y me olvidé de todo.
Hay algo en el gimnasio. No sé qué. Lo tengo que seguir observando; analizando. Pero hay algo.
Te juro.
Ya veremos qué es.
Prometo que voy a seguir investigando.
Los porteños son unos hijos de puta
Cuando me mudé a Buenos Aires empecé a tener un problema con los quioscos. Eso fue rarísimo. Primero me partió el bocho que existieran kioscos abiertos las veinticuatro horas justo a la vuelta de mi casa.
Allá en Rosario el kiosco más cercano quedaba a once cuadras y cerraba a las doce de la noche. Así que si te agarraba un hambre de algo dulce a las tipo tres de la mañana, que era la hora a la que a mí siempre me agarraba hambre de algo dulce, estabas frito.
Caput.
En el horno.
Y entonces fue una súper revelación, loco, salía todos los días y me compraba un alfajor, un paquete de galletitas, un chocolate relleno con algo…
No paraba. Y tampoco tenía un mango, pero igual me gastaba la poca guita en boludeces. O melequerías, como decía mi abuela.
Es más o menos lo mismo.
Así que estaba todo más que bien con los kioskeros. Pero al toque me empezaron a cagar con las monedas y la relación se empezó a ir al carajo.
Empezó un día en el que tenía que ir a bailar.
Empecé a salir a bailar al toque de llegado. Ya el primer fin de semana salí a los Arcos de Palermo y me pegué un coma alcóholico que todavía me la acuerdo de memoria de cuando me desperté en el Hospital Fernández, en una camilla toda blanca y reluciente, salvo por una mancha de un vómito bordó, que denotaba que me había emborrachado con vino, cercado por dos paneles también blancos y relucientes, que me tapaban la visión de los otros borrachos que gritaban a ambos lados.
Y ese otro día, ya más adelante en el tiempo, ponele que a los cinco o seis meses de llegado, iba a ir a bailar a alguna parte y necesitaba monedas para el bondi.
Y esto te va a sonar rarísimo, porque en cualquier otro lado no pasa, pero acá así y es más o menos una carta de presentación de lo que son los hijos de re mil putas de los porteños.
Los chabones no te dan monedas ni por putas, loco. Así sean las tres de la madrugada y les pidas por favor, que es para volverte a tu casa, porque tu viejita se está muriendo en este preciso instante, o así les ofrezcas comprarle algo por el valor de un peso con un billete de dos, los hijos de puta te dicen que no una y otra vez.
¡Si yo mismo fui kioskero y me convertí en un subversivo porque le daba cambio a los que me pedían!
El dueño del kiosko, que es un amigo del alma, me re cagaba a puteadas porque era él el que se iba todas las semanas al banco a buscar monedas. Y cuando le venían a pedir el hijo de puta se negaba a muerte.
Lo banco a mi amigo. Es mi amigo. Y si veo que está en problemas en la calle, o si lo encuentro en algún peligro, salto a defenderlo como un resorte, dejo la vida y me agarro a trompadas con el que haga falta.
Eso lo aclaro para que no se te genere una confusión.
Pero así y todo no tengo problemas en reconocer que como kioskero el tipo es un reverendo hijo de puta.
Se merece la horca, porque no te hace una excepción ni que lo apuntes con un revólver.
¡Monedas a nadie!
Ese día en que me iba a bailar el kioskero de acá a dos cuadras me negó un par de moneditas para el bondi. Le ofrecí comparle algo por cincuenta centavos, con dos pesos, yo todo rosarino e inocente, y me dijo que no.
Y entonces le ofrecí comprarle algo de un peso, y me dijo que no, que no, que no; que no tenía cambio.
Y le insistí y le pedí por favor que me diera una mano así no me quedaba a pata. Pero no.
El tipo al que le iba a comprar casi todos los días y me saludaba y a veces hasta me hablaba de River.
¡Zarpado en porteño el guacho!
Así que lo borré de mi lista de kioskos. No lo volví a pisar nunca más. Se la juré y se la cumplí. Y sé que un día va a necesitar algo de mí y no se lo voy a dar ni por putas, así sea que su mismísima vida dependa de mí.
Así sea que se muera adelante mío.
Pero la cagada fue que después se la terminé jurando a la mayoría de los kioskos que solía frecuentar. Y ahora sólo me quedan dos o tres.
Y recién mismo me pasó, ahí cerca del shopping, que le fui a comprar un paquete de papas fritas de un peso con cincuenta a un kioskero hijo de puta. Yo estaba con un billete de dos. Y el chabón agarra y me dice: no tengo monedas, flaco.
Y yo me quedé mirándolo y no lo podía creer. Y le dije: pero te estoy comprando casi por la totalidad del billete, mostro. No te estoy gastando tres pesos con un billete de cincuenta. Ponete media pila. Es uno con cincuenta con un billete de dos. Date cuenta, guachín.
Y el chaboncito siguió mirando fijo hacia la caja, negando con la cabeza, y me dijo: nada.
Yo ya le estaba devolviendo el paquete. Era un récord, la verdad.
Y de atrás de una cortina salió un tipo, pelado y barbudo, que tenía cara de ser el dueño, y le dijo: bueno, aunque sea dáselo en moneditas de diez centavos. Y agarró las moneditas y me las puso en la palma de la mano.
Así que te juro. Tal vez vos no seas consciente de verdad. Cuando yo era pendejo los rosarinos me lo decían bastante seguido y a la larga tenían razón.
Los porteños son unos tremendos hijos puta.
Pero no hay que dejarla que decaiga. Nunca. Esa es otra cosa que aprendés en Buenos Aires: acá no podés dejarla que decaiga. Nunca.
Allá en Rosario el kiosco más cercano quedaba a once cuadras y cerraba a las doce de la noche. Así que si te agarraba un hambre de algo dulce a las tipo tres de la mañana, que era la hora a la que a mí siempre me agarraba hambre de algo dulce, estabas frito.
Caput.
En el horno.
Y entonces fue una súper revelación, loco, salía todos los días y me compraba un alfajor, un paquete de galletitas, un chocolate relleno con algo…
No paraba. Y tampoco tenía un mango, pero igual me gastaba la poca guita en boludeces. O melequerías, como decía mi abuela.
Es más o menos lo mismo.
Así que estaba todo más que bien con los kioskeros. Pero al toque me empezaron a cagar con las monedas y la relación se empezó a ir al carajo.
Empezó un día en el que tenía que ir a bailar.
Empecé a salir a bailar al toque de llegado. Ya el primer fin de semana salí a los Arcos de Palermo y me pegué un coma alcóholico que todavía me la acuerdo de memoria de cuando me desperté en el Hospital Fernández, en una camilla toda blanca y reluciente, salvo por una mancha de un vómito bordó, que denotaba que me había emborrachado con vino, cercado por dos paneles también blancos y relucientes, que me tapaban la visión de los otros borrachos que gritaban a ambos lados.
Y ese otro día, ya más adelante en el tiempo, ponele que a los cinco o seis meses de llegado, iba a ir a bailar a alguna parte y necesitaba monedas para el bondi.
Y esto te va a sonar rarísimo, porque en cualquier otro lado no pasa, pero acá así y es más o menos una carta de presentación de lo que son los hijos de re mil putas de los porteños.
Los chabones no te dan monedas ni por putas, loco. Así sean las tres de la madrugada y les pidas por favor, que es para volverte a tu casa, porque tu viejita se está muriendo en este preciso instante, o así les ofrezcas comprarle algo por el valor de un peso con un billete de dos, los hijos de puta te dicen que no una y otra vez.
¡Si yo mismo fui kioskero y me convertí en un subversivo porque le daba cambio a los que me pedían!
El dueño del kiosko, que es un amigo del alma, me re cagaba a puteadas porque era él el que se iba todas las semanas al banco a buscar monedas. Y cuando le venían a pedir el hijo de puta se negaba a muerte.
Lo banco a mi amigo. Es mi amigo. Y si veo que está en problemas en la calle, o si lo encuentro en algún peligro, salto a defenderlo como un resorte, dejo la vida y me agarro a trompadas con el que haga falta.
Eso lo aclaro para que no se te genere una confusión.
Pero así y todo no tengo problemas en reconocer que como kioskero el tipo es un reverendo hijo de puta.
Se merece la horca, porque no te hace una excepción ni que lo apuntes con un revólver.
¡Monedas a nadie!
Ese día en que me iba a bailar el kioskero de acá a dos cuadras me negó un par de moneditas para el bondi. Le ofrecí comparle algo por cincuenta centavos, con dos pesos, yo todo rosarino e inocente, y me dijo que no.
Y entonces le ofrecí comprarle algo de un peso, y me dijo que no, que no, que no; que no tenía cambio.
Y le insistí y le pedí por favor que me diera una mano así no me quedaba a pata. Pero no.
El tipo al que le iba a comprar casi todos los días y me saludaba y a veces hasta me hablaba de River.
¡Zarpado en porteño el guacho!
Así que lo borré de mi lista de kioskos. No lo volví a pisar nunca más. Se la juré y se la cumplí. Y sé que un día va a necesitar algo de mí y no se lo voy a dar ni por putas, así sea que su mismísima vida dependa de mí.
Así sea que se muera adelante mío.
Pero la cagada fue que después se la terminé jurando a la mayoría de los kioskos que solía frecuentar. Y ahora sólo me quedan dos o tres.
Y recién mismo me pasó, ahí cerca del shopping, que le fui a comprar un paquete de papas fritas de un peso con cincuenta a un kioskero hijo de puta. Yo estaba con un billete de dos. Y el chabón agarra y me dice: no tengo monedas, flaco.
Y yo me quedé mirándolo y no lo podía creer. Y le dije: pero te estoy comprando casi por la totalidad del billete, mostro. No te estoy gastando tres pesos con un billete de cincuenta. Ponete media pila. Es uno con cincuenta con un billete de dos. Date cuenta, guachín.
Y el chaboncito siguió mirando fijo hacia la caja, negando con la cabeza, y me dijo: nada.
Yo ya le estaba devolviendo el paquete. Era un récord, la verdad.
Y de atrás de una cortina salió un tipo, pelado y barbudo, que tenía cara de ser el dueño, y le dijo: bueno, aunque sea dáselo en moneditas de diez centavos. Y agarró las moneditas y me las puso en la palma de la mano.
Así que te juro. Tal vez vos no seas consciente de verdad. Cuando yo era pendejo los rosarinos me lo decían bastante seguido y a la larga tenían razón.
Los porteños son unos tremendos hijos puta.
Pero no hay que dejarla que decaiga. Nunca. Esa es otra cosa que aprendés en Buenos Aires: acá no podés dejarla que decaiga. Nunca.
2.9.08
Pelotitas por la cabeza
El otro día en el boliche –en realidad una de las famosas Fiestas Clandestinas de El Teatrito- estaba Luis Lobo, que es el trompetista líder de Dancing Mood y también el trompetista, pero en este caso sólo como invitado, de la nueva versión de Los Fabulosos Cadillacs.
El tipo estaba en el baño, yo justo pasaba por ahí, y la gente le daba la mano.
¡La gente le daba la mano en el baño!
En un momento lo dije en voz alta: “Sí, bueno, es Lobo, un capo, aguante Lobo, todo bien, pero yo igual no le daría la mano en el baño.
Y se rieron. Y uno hasta me quiso dar la mano a mí porque pensó que yo era amigo de Lobo.
Últimamente no estoy con ganas de escribir. Ando más copado con tocar la batería, por ejemplo. Y con hacer rutinas de ejercicio.
Me pegó por ahí la última semana y se ve que ando vacío de discurso.
En el laburo me la paso jugando a hacer pelotitas con los plásticos que usamos para forrar los libros y se las tiro a mis compañeros y compañeras por la cabeza.
Pero de escribir nada.
Son ciclos. Siempre me pasa.
El tipo estaba en el baño, yo justo pasaba por ahí, y la gente le daba la mano.
¡La gente le daba la mano en el baño!
En un momento lo dije en voz alta: “Sí, bueno, es Lobo, un capo, aguante Lobo, todo bien, pero yo igual no le daría la mano en el baño.
Y se rieron. Y uno hasta me quiso dar la mano a mí porque pensó que yo era amigo de Lobo.
Últimamente no estoy con ganas de escribir. Ando más copado con tocar la batería, por ejemplo. Y con hacer rutinas de ejercicio.
Me pegó por ahí la última semana y se ve que ando vacío de discurso.
En el laburo me la paso jugando a hacer pelotitas con los plásticos que usamos para forrar los libros y se las tiro a mis compañeros y compañeras por la cabeza.
Pero de escribir nada.
Son ciclos. Siempre me pasa.
24.8.08
Hay que hacer click
Hay que hacer click justo donde dice acá: acá.
Hace como dos o tres meses grabamos un ensayo. La chica que filma se llama Vanesa. Para mí la rompió filmando. Está buenísimo el video. Yo no lo había visto y justo hoy me lo mostraron y surgió la idea: pará, ya sé, subámoslo a Youtube, boludo.
¿Pero para qué?
Y bueno, no sé, para subirlo.
¡Subamoslón!
¡Subamoslón!
Subamoslón y después vayamos al Centro Cultural El Surco y rompámosla bailando cumbia.
Y entonces eso hicimos.
Pero antes, de apuro, le pusimos nombre a la banda.
Queda lanzada. Gingy. Es súper bufarrón, el nombre. Pero nos gusta. Dentro de unos años seremos grandes. O capaz no, pero mientras nos vamos a divertir muy mucho.
Estoy tan cansado. Y para colmo mañana tengo que trabajar.
Hace como dos o tres meses grabamos un ensayo. La chica que filma se llama Vanesa. Para mí la rompió filmando. Está buenísimo el video. Yo no lo había visto y justo hoy me lo mostraron y surgió la idea: pará, ya sé, subámoslo a Youtube, boludo.
¿Pero para qué?
Y bueno, no sé, para subirlo.
¡Subamoslón!
¡Subamoslón!
Subamoslón y después vayamos al Centro Cultural El Surco y rompámosla bailando cumbia.
Y entonces eso hicimos.
Pero antes, de apuro, le pusimos nombre a la banda.
Queda lanzada. Gingy. Es súper bufarrón, el nombre. Pero nos gusta. Dentro de unos años seremos grandes. O capaz no, pero mientras nos vamos a divertir muy mucho.
Estoy tan cansado. Y para colmo mañana tengo que trabajar.
21.8.08
Futuro bestia
Mi hermano me manda un mensaje de texto, promediando la tarde, en el que pregunta qué hay de nuevo.
Paso como veinte minutos, sentado en una silla, mirando fijo a la pantalla del celular, pensando en qué escribir.
No hay nada de nuevo, le digo.
Cuando salgo al descanso aprovecho mis quince minutos para caminar hasta Megatlón y anotarme en el gimnasio para empezar a hacer ejercicio todos los días, a la salida del laburo.
Pago un montonazo de guita. Y todavía me queda un poco más por pagar.
Me tengo que comprar un pantalón, por ejemplo. Un short o algo así.
Y tengo pensado apuntar a algo fashion. No pienso ser el villerito del lugar.
Creo que Megatlón debe ser el epicentro gay de la Ciudad. Y no es que esté buscando novio, ni mucho menos, pero los gays del circuito recoleto suelen ser de lo más piripipí y no me da para desentonar taaaaaaanto.
Así que en estos días empiezo.
La ansiedad y la adrenalina me carcomen.
No me ilusiono con que seamos atacados por un comando ninja, armado hasta los dientes con estrellitas voladoras, como en La guerra de los gimnasios, el librazo de César Aira; no creo que vea a la gente de Sport Club penetrando por los ventanales para trenzarse en una lucha feroz con mis futuros compañeros musculosos.
Pero igualmente no logro separarme de esa historia. La tengo demasiado presente en mi cabeza. Así que cuando llego al local y un compañero me pregunta para qué mierda me anoto en ese conchetaje horrible, le digo sonriente:
Para obtener un cuerpo que provoque miedo a los hombres y deseo a las mujeres.
Y le guiño un ojo. Lo cual no me cuesta demasiado ya que, desde que nací, tengo un tic nervioso en los ojos.
Paso como veinte minutos, sentado en una silla, mirando fijo a la pantalla del celular, pensando en qué escribir.
No hay nada de nuevo, le digo.
Cuando salgo al descanso aprovecho mis quince minutos para caminar hasta Megatlón y anotarme en el gimnasio para empezar a hacer ejercicio todos los días, a la salida del laburo.
Pago un montonazo de guita. Y todavía me queda un poco más por pagar.
Me tengo que comprar un pantalón, por ejemplo. Un short o algo así.
Y tengo pensado apuntar a algo fashion. No pienso ser el villerito del lugar.
Creo que Megatlón debe ser el epicentro gay de la Ciudad. Y no es que esté buscando novio, ni mucho menos, pero los gays del circuito recoleto suelen ser de lo más piripipí y no me da para desentonar taaaaaaanto.
Así que en estos días empiezo.
La ansiedad y la adrenalina me carcomen.
No me ilusiono con que seamos atacados por un comando ninja, armado hasta los dientes con estrellitas voladoras, como en La guerra de los gimnasios, el librazo de César Aira; no creo que vea a la gente de Sport Club penetrando por los ventanales para trenzarse en una lucha feroz con mis futuros compañeros musculosos.
Pero igualmente no logro separarme de esa historia. La tengo demasiado presente en mi cabeza. Así que cuando llego al local y un compañero me pregunta para qué mierda me anoto en ese conchetaje horrible, le digo sonriente:
Para obtener un cuerpo que provoque miedo a los hombres y deseo a las mujeres.
Y le guiño un ojo. Lo cual no me cuesta demasiado ya que, desde que nací, tengo un tic nervioso en los ojos.
19.8.08
El rascacielos de mi ventana
Al final del primer trimestre de quinto año me cambié de colegio. En realidad me cambié de ciudad. Me vine de Rosario a Buenos Aires.
Al principio iba a venir a un colegio de Belgrano que era re pulenta. Se la re bancaba y me acuerdo que en un viaje que hicimos con mi viejo, ni bien bajarme del auto, me tuve que meter en el colegio ese, que ya estaba sin los alumnos dentro porque era casi de noche, y me hicieron hacer uno de esos tests de coeficiente intelectual.
La mina que me lo hizo hacer me anticipó que en realidad no había chances de que entrara, a menos que resultase ser un genio.
Mis notas en el colegio de Rosario eran terribles. Tenía como nueve aplazos. Y para colmo eran todos con uno dos y tres. No había ni cincos ni cuatros. Iban todas derecho a marzo, igual que el año anterior.
Y el colegio este era demasiado pulenta como para aceptar eso.
Hice el test y ya para el final estaba palmado. Empecé a contestar al azar. No me importaba nada.
Después me metí de nuevo en el auto y mi viejo me trajo a ver el departamento en el que ahora estoy escribiendo esto.
Es increíble. Yo era la misma persona que ahora y el barrio era el mismo que ahora. Y sin embargo los del recuerdo me resultan absolutamente ajenos. Estoy bastante seguro de que yo no era aquel. Y estoy bastante seguro de que en ese entonces tenía muchísima menos edad que 17 años.
A veces pienso que en realidad mi vida empezó ese día.
Cuando nos acercamos con mi viejo por La Pampa, me llamó muchísimo la atención ver que a dos cuadras de mi casa había una tremenda escuela de música (EMBA).
Por esa época ya tocaba la batería y para mis adentros me dije que tarde o temprano iba a estudiar ahí. Pero al final eso nunca pasó.
Qué flash que era para mí imaginarme que iba a vivir entre todos estos edificios y negocios. Kioscos abiertos durante las madrugadas.
Cuando nos metimos en el garaje y dejamos el auto y subimos por primera vez en el ascensor que hoy uso a diario, le fui contando a mi viejo lo que me había dicho la mina del test, eso de que no tenía chances de quedar.
Y mi viejo me dijo que iba a entrar igual.
Después llegamos al departamento y saludamos a los albañiles y al electricista, que era un oriental y que me contó que tocaba la guitarra en Tintoreros.
Cuando me mostraron mi cuarto, me pareció enorme. Allá en Rosario vivía en un altillito en el que solían hacer más de cuarenta grados de sensación térmica.
Ahora me preguntaba si me iban a dejar tocar la batería en este lugar.
Pero lo mejor fue cuando miré por mi nueva ventana. Ahí dije wow, a la mierda.
El edificio de enfrente era eterno. Mirando hacia arriba no llegabas a ver el último piso. Tenías que sacar la cabeza para afuera e inclinarte muchísimo. Pero era un peligro porque te agarraba vértigo. Por la ventana de mi casa ya no iba a haber un terreno baldío, sino un rascacielos interminable.
Ese día comimos en McDonald’s y por la mañana volvimos a Rosario.
Cuando íbamos por la ruta no sabía bien qué pensar.
Me preocupaba que mis amigos no supieran nada acerca de mi mudanza.
Al principio iba a venir a un colegio de Belgrano que era re pulenta. Se la re bancaba y me acuerdo que en un viaje que hicimos con mi viejo, ni bien bajarme del auto, me tuve que meter en el colegio ese, que ya estaba sin los alumnos dentro porque era casi de noche, y me hicieron hacer uno de esos tests de coeficiente intelectual.
La mina que me lo hizo hacer me anticipó que en realidad no había chances de que entrara, a menos que resultase ser un genio.
Mis notas en el colegio de Rosario eran terribles. Tenía como nueve aplazos. Y para colmo eran todos con uno dos y tres. No había ni cincos ni cuatros. Iban todas derecho a marzo, igual que el año anterior.
Y el colegio este era demasiado pulenta como para aceptar eso.
Hice el test y ya para el final estaba palmado. Empecé a contestar al azar. No me importaba nada.
Después me metí de nuevo en el auto y mi viejo me trajo a ver el departamento en el que ahora estoy escribiendo esto.
Es increíble. Yo era la misma persona que ahora y el barrio era el mismo que ahora. Y sin embargo los del recuerdo me resultan absolutamente ajenos. Estoy bastante seguro de que yo no era aquel. Y estoy bastante seguro de que en ese entonces tenía muchísima menos edad que 17 años.
A veces pienso que en realidad mi vida empezó ese día.
Cuando nos acercamos con mi viejo por La Pampa, me llamó muchísimo la atención ver que a dos cuadras de mi casa había una tremenda escuela de música (EMBA).
Por esa época ya tocaba la batería y para mis adentros me dije que tarde o temprano iba a estudiar ahí. Pero al final eso nunca pasó.
Qué flash que era para mí imaginarme que iba a vivir entre todos estos edificios y negocios. Kioscos abiertos durante las madrugadas.
Cuando nos metimos en el garaje y dejamos el auto y subimos por primera vez en el ascensor que hoy uso a diario, le fui contando a mi viejo lo que me había dicho la mina del test, eso de que no tenía chances de quedar.
Y mi viejo me dijo que iba a entrar igual.
Después llegamos al departamento y saludamos a los albañiles y al electricista, que era un oriental y que me contó que tocaba la guitarra en Tintoreros.
Cuando me mostraron mi cuarto, me pareció enorme. Allá en Rosario vivía en un altillito en el que solían hacer más de cuarenta grados de sensación térmica.
Ahora me preguntaba si me iban a dejar tocar la batería en este lugar.
Pero lo mejor fue cuando miré por mi nueva ventana. Ahí dije wow, a la mierda.
El edificio de enfrente era eterno. Mirando hacia arriba no llegabas a ver el último piso. Tenías que sacar la cabeza para afuera e inclinarte muchísimo. Pero era un peligro porque te agarraba vértigo. Por la ventana de mi casa ya no iba a haber un terreno baldío, sino un rascacielos interminable.
Ese día comimos en McDonald’s y por la mañana volvimos a Rosario.
Cuando íbamos por la ruta no sabía bien qué pensar.
Me preocupaba que mis amigos no supieran nada acerca de mi mudanza.
16.8.08
Los métodos catárticos
Igual, aunque no tenga tantas ganas de escribir, hay una sensación que quiero rescatar. Y la tengo que tipear para sacarla de adentro. Contarla oralmente no me sirve.
Es algo que sentí anoche en el laburo.
Últimamente todo lo siento ahí adentro de esa librería. Es imposible que sea de otra forma cuando pasás ocho horas diarias en un lugar.
Y todo este asunto de que necesite ponerlo por escrito prueba que no es que no se me ocurran cosas para armar textos, sino que ninguno llega a atraerme tanto como para sentarme y dedicarle un rato de seriedad.
En este caso sí. Es la excepción.
¡Qué paja la que tenía ayer en el laburo!
Había hecho un cambio de horarios entre semana, con un compañero. Me estuvo pasando algo rarísimo. Y es que desde el miércoles para acá, por ese mismo cambio, que me obligó a un madrugón, todos los días a las tipo 12 o 1 o 2 de la noche me tuve que ir a dormir porque me moría de sueño. Y dormía de corrido hasta que se hacía el nuevo día.
Algo horrible, a lo que no estoy acostumbrado.
Lo que pasó fue que el lunes arreglé para que mi medio franco no fuera el martes, como suele ser, sino el domingo -o sea mañana-. Entonces mi compañero hizo mi típico horario de los martes, que es de 18 a 22, y yo hice el suyo, que es de 10 a 18.
Y yo mañana hago el suyo y él el mío, otra vez.
Y eso me cagó toda la semana. Al final laburé de domingo a viernes, todos los días ocho horas. Y para colmo con ese cambio de horario que casi me liquida por completo.
Yo no puedo tener horarios sanos. No lo soporto.
Así que ayer ya estaba liquidado. O tal como lo diría un traductor español –y creo que a esta altura ningún escritor o redactor argentino puede ufanarse de respetar la voz de su época si no pone cada tanto algún giro de la típica traducción gallega-: ¡menudo cansancio el mío, tío!
Amo las traducciones españolas. No sé si me gustaría la literatura yanqui e inglesa si no existiesen.
Entonces ayer laburaba muy a mi ritmo. A lo Riquelme. Tranquilo. Primero miraba el estante al que me iba a dirigir, después pensaba bien mis pasos y recién ahí me lanzaba a esquivar, con cierta cadencia, a los clientes y vendedores, para llegar al libro que buscaba.
Relajado.
Y me permitía quedarme en blanco cuando me preguntaban por la Divina comedia y el nombre del autor no acudía a mi memoria, por ejemplo.
A veces uno debe hacerse esas concesiones.
Ayer era el día.
Y ahí llega la sensación que quería rescatar. Por el salto que pegué.
A eso de las cinco y media llegó el dueño y se puso a leer el diario. Al rato vino y me dijo que quería hablar conmigo.
Me dijo que nos iban a achicar el descanso a la mitad. Peleamos. Yo le dije que las nuevas decisiones de la empresa, que cambiaban las condiciones de trabajo en contra de los que laburamos, eran un claro mensaje de que el empleado no importa en lo más mínimo.
Él dijo que nosotros lo estábamos estafando con un descanso de media hora, porque el convenio colectivo señala que en realidad es de 15 minutos. Y que si descansás media hora en realidad estás laburando sólo siete y media y no ocho.
Yo le dije que hablar de estafa era una barbaridad. Que quienes habían puesto esos treinta minutos dentro de las condiciones laborales habían sido ellos y no nosotros. Y que lo que me hacía sentir mal era que de golpe, de manera perjudicial para nosotros, se decida cambiar las condiciones ya establecidas por ellos mismos.
Él me dijo: ¡mentira! Eso fue un invento del encargado anterior. Yo nunca estuve de acuerdo con los treinta minutos.
Yo le dije: pero al encargado lo legitimaron ustedes. Yo llegué un día y ustedes me dijeron ese es tu jefe. Hacele caso a él. Y él decía que el descanso era de treinta minutos. Y vos sabías que él decía eso. En lo que a mí respecta, la empresa siempre me dijo que el descanso era de treinta minutos. Y ahora me lo quiere acortar. Están cambiando las condiciones con las que me contrataron.
Él insistió en lo mismo como si yo no hubiese dicho nada. Y agregó que los demás compañeros míos no se habían quejado. Que el único problemático era yo.
Y yo le dije que la diferencia, en todo caso, estaba en que yo era honesto. Y que aunque eso a veces pudiera parecer un defecto, en realidad era una virtud que a él le iba a brindar mucha tranquilidad en el futuro, porque iba a saber siempre que lo que yo le dijera sería la pura verdad, en cualquier caso.
Y le insistí en que todo el asunto de los cambios estaba muy mal. Que había un mensaje clarísimo de la empresa en contra nuestra.
Y él me repitió todo lo que ya había dicho. Y agregó que los días en que la librería estuviese llena no íbamos siquiera a poder salir esos quince minutos, ya que en realidad lo de los quince minutos es un favor.
Así que yo me callé. Porque cuando te dicen A y vos decís pero mirá que B, y ellos te insisten con A, quiere decir que se están haciendo los sordos y que la cosa puede terminar a los bifes.
Y yo no me puedo dar ese lujo, porque soy más bien una larva. Y si en una pelea veo que me están por ganar, no me queda otra que agarrar el libro más pesado de todos los que aparezcan a mano, como el diccionario de la RAE, ponele, y empezar a romper cabezas sin miramientos.
La ilegalidad que representa romperle la cabeza a alguien con un objeto contundente me asusta muchísimo. No voy a volver a caer en esa nunca más. Así que intento mantenerme lejos de las peleas.
Después leí el convenio colectivo y vi que no es cierto eso de que cuando hay mucho trabajo yo no tengo derecho a descansar. Así que voy a tener que ir con una copia en la mochila para esos casos. Por las dudas.
Esos 15 minutos van a ser mi bandera. No me los sacan ni por putas.
Lo cierto, y a esto quería llegar, porque necesitaba contarlo por escrito, ya que con la oralidad no me pude conformar, y en cambio ahora mismo, mientras lo tipeo, ya me voy sintiendo más satisfecho, es que después de esa discusión mi nivel como vendedor se multiplicó en 1500.
No sé de dónde salía la energía. Yo creo que era cierta sensación de dignidad que me hacía sentir bien.
La cagada, eso sí, y de eso me doy cuenta ahora, es que yo había dejado los laburos de negrito periodista para dejar de hacerme mala sangre al pedo con estas boludeces.
Habrá que ver.
Es algo que sentí anoche en el laburo.
Últimamente todo lo siento ahí adentro de esa librería. Es imposible que sea de otra forma cuando pasás ocho horas diarias en un lugar.
Y todo este asunto de que necesite ponerlo por escrito prueba que no es que no se me ocurran cosas para armar textos, sino que ninguno llega a atraerme tanto como para sentarme y dedicarle un rato de seriedad.
En este caso sí. Es la excepción.
¡Qué paja la que tenía ayer en el laburo!
Había hecho un cambio de horarios entre semana, con un compañero. Me estuvo pasando algo rarísimo. Y es que desde el miércoles para acá, por ese mismo cambio, que me obligó a un madrugón, todos los días a las tipo 12 o 1 o 2 de la noche me tuve que ir a dormir porque me moría de sueño. Y dormía de corrido hasta que se hacía el nuevo día.
Algo horrible, a lo que no estoy acostumbrado.
Lo que pasó fue que el lunes arreglé para que mi medio franco no fuera el martes, como suele ser, sino el domingo -o sea mañana-. Entonces mi compañero hizo mi típico horario de los martes, que es de 18 a 22, y yo hice el suyo, que es de 10 a 18.
Y yo mañana hago el suyo y él el mío, otra vez.
Y eso me cagó toda la semana. Al final laburé de domingo a viernes, todos los días ocho horas. Y para colmo con ese cambio de horario que casi me liquida por completo.
Yo no puedo tener horarios sanos. No lo soporto.
Así que ayer ya estaba liquidado. O tal como lo diría un traductor español –y creo que a esta altura ningún escritor o redactor argentino puede ufanarse de respetar la voz de su época si no pone cada tanto algún giro de la típica traducción gallega-: ¡menudo cansancio el mío, tío!
Amo las traducciones españolas. No sé si me gustaría la literatura yanqui e inglesa si no existiesen.
Entonces ayer laburaba muy a mi ritmo. A lo Riquelme. Tranquilo. Primero miraba el estante al que me iba a dirigir, después pensaba bien mis pasos y recién ahí me lanzaba a esquivar, con cierta cadencia, a los clientes y vendedores, para llegar al libro que buscaba.
Relajado.
Y me permitía quedarme en blanco cuando me preguntaban por la Divina comedia y el nombre del autor no acudía a mi memoria, por ejemplo.
A veces uno debe hacerse esas concesiones.
Ayer era el día.
Y ahí llega la sensación que quería rescatar. Por el salto que pegué.
A eso de las cinco y media llegó el dueño y se puso a leer el diario. Al rato vino y me dijo que quería hablar conmigo.
Me dijo que nos iban a achicar el descanso a la mitad. Peleamos. Yo le dije que las nuevas decisiones de la empresa, que cambiaban las condiciones de trabajo en contra de los que laburamos, eran un claro mensaje de que el empleado no importa en lo más mínimo.
Él dijo que nosotros lo estábamos estafando con un descanso de media hora, porque el convenio colectivo señala que en realidad es de 15 minutos. Y que si descansás media hora en realidad estás laburando sólo siete y media y no ocho.
Yo le dije que hablar de estafa era una barbaridad. Que quienes habían puesto esos treinta minutos dentro de las condiciones laborales habían sido ellos y no nosotros. Y que lo que me hacía sentir mal era que de golpe, de manera perjudicial para nosotros, se decida cambiar las condiciones ya establecidas por ellos mismos.
Él me dijo: ¡mentira! Eso fue un invento del encargado anterior. Yo nunca estuve de acuerdo con los treinta minutos.
Yo le dije: pero al encargado lo legitimaron ustedes. Yo llegué un día y ustedes me dijeron ese es tu jefe. Hacele caso a él. Y él decía que el descanso era de treinta minutos. Y vos sabías que él decía eso. En lo que a mí respecta, la empresa siempre me dijo que el descanso era de treinta minutos. Y ahora me lo quiere acortar. Están cambiando las condiciones con las que me contrataron.
Él insistió en lo mismo como si yo no hubiese dicho nada. Y agregó que los demás compañeros míos no se habían quejado. Que el único problemático era yo.
Y yo le dije que la diferencia, en todo caso, estaba en que yo era honesto. Y que aunque eso a veces pudiera parecer un defecto, en realidad era una virtud que a él le iba a brindar mucha tranquilidad en el futuro, porque iba a saber siempre que lo que yo le dijera sería la pura verdad, en cualquier caso.
Y le insistí en que todo el asunto de los cambios estaba muy mal. Que había un mensaje clarísimo de la empresa en contra nuestra.
Y él me repitió todo lo que ya había dicho. Y agregó que los días en que la librería estuviese llena no íbamos siquiera a poder salir esos quince minutos, ya que en realidad lo de los quince minutos es un favor.
Así que yo me callé. Porque cuando te dicen A y vos decís pero mirá que B, y ellos te insisten con A, quiere decir que se están haciendo los sordos y que la cosa puede terminar a los bifes.
Y yo no me puedo dar ese lujo, porque soy más bien una larva. Y si en una pelea veo que me están por ganar, no me queda otra que agarrar el libro más pesado de todos los que aparezcan a mano, como el diccionario de la RAE, ponele, y empezar a romper cabezas sin miramientos.
La ilegalidad que representa romperle la cabeza a alguien con un objeto contundente me asusta muchísimo. No voy a volver a caer en esa nunca más. Así que intento mantenerme lejos de las peleas.
Después leí el convenio colectivo y vi que no es cierto eso de que cuando hay mucho trabajo yo no tengo derecho a descansar. Así que voy a tener que ir con una copia en la mochila para esos casos. Por las dudas.
Esos 15 minutos van a ser mi bandera. No me los sacan ni por putas.
Lo cierto, y a esto quería llegar, porque necesitaba contarlo por escrito, ya que con la oralidad no me pude conformar, y en cambio ahora mismo, mientras lo tipeo, ya me voy sintiendo más satisfecho, es que después de esa discusión mi nivel como vendedor se multiplicó en 1500.
No sé de dónde salía la energía. Yo creo que era cierta sensación de dignidad que me hacía sentir bien.
La cagada, eso sí, y de eso me doy cuenta ahora, es que yo había dejado los laburos de negrito periodista para dejar de hacerme mala sangre al pedo con estas boludeces.
Habrá que ver.
La de Tom Hanks
Ahora estoy leyendo Al sur de la frontera, al oeste del sol, de Haruki Murakami.
Tengo épocas. Claramente. Primero me quedé sin PC y me leí diez mil libros. Aunque ya ni recuerdo cuáles. Pero leí sin parar; un libro atrás del otro. Llegué a leer como 8 en una semana. Sin exagerar.
Y los disfruté a todos.
Después recuperé la PC y empecé a escribir mucho, tanto posts como intentos de relatos.
Y de a poco fui leyendo cada vez menos.
Aunque siempre estuve con algún libro, e incluso los terminaba, un poco me colgué. Y a la vez, como si una actividad necesitara del abandono de la otra, fui escribiendo más y más.
Y ahora dejé de escribir y empecé a leer a full.
A El guardián entre el centeno me lo morfé a los pedos.
Al final el personaje se pone recontra depresivo, lo cual me alejó un poco de él, pero igual la suya me siguió pareciendo una visión súper fresca del mundo, que deja en ridículo a la de la gente común.
Y me siguió pareciendo un discurso adictivo.
Con este de Murakami también estoy encantado. Lo cual no me sorprende porque ya me había pasado con Tokio blues.
Es súper cursi por momentos, Murakami. Y me llama la atención, porque el personaje de Salinger detestaba la cursilería.
Lo decía bastante seguido, de hecho. Y sin embargo yo me adapté a ambos.
Hay un párrafo de Al sur de la frontera, al oeste del sol que me encantó. Lo leí ayer en el subte y lo estuve analizando durante todo el resto del día en el laburo.
Es la re cursilería, pero igual me lo creí.
Dice –y transcribo mientras escucho en youtube unos temazos de Depart-:
“Quizá pueda compararse al aroma de un perfume. Tal vez ni el mismo maestro pefumista que lo ha creado pueda explicar por qué un aroma en concreto posee determinada fuerza y produce un efecto. Es difícil de analizar científicamente. Sin embargo, explicaciones aparte, algunas mezclas de aromas pueden atraer al sexo opuesto como el olor de los animales en celo. Tal vez haya un aroma que atraiga a cincuenta personas entre cien. Y quiza exista otro distinto que atraiga a las otras cincuenta. Sin embargo, también hay uno que hechiza sólo a una o dos personas en este mundo. Es un aroma especial y yo era capaz de percibirlo claramente. Sabía que era letal. Podía distinguirlo a la perfección desde muy lejos. En esas ocasiones, yo quería acercarme a las mujeres que lo exhalaban y decirles: ‘Lo he notado, ¿sabes? Quizá los demás no, pero yo sí”.
Todo un día pensando en eso.
A veces me sorprendo.
Desde hace una semana que tengo un dolor de cuello horrible.
Y ayer tuve una pelea bastante dura con la patronal, que además de ponerse la gorra con la compra de libros con descuento, ahora decidió achicar el descanso de media hora a quince minutos.
Hoy es un buen día para estar de franco.
Voy a seguir leyendo y más tarde veremos qué sale.
Ya lo dice Tom Hanks en esa en la que hace de náufrago.
Eso de no sé qué y la marea y qué sé yo cuanto más.
Tengo épocas. Claramente. Primero me quedé sin PC y me leí diez mil libros. Aunque ya ni recuerdo cuáles. Pero leí sin parar; un libro atrás del otro. Llegué a leer como 8 en una semana. Sin exagerar.
Y los disfruté a todos.
Después recuperé la PC y empecé a escribir mucho, tanto posts como intentos de relatos.
Y de a poco fui leyendo cada vez menos.
Aunque siempre estuve con algún libro, e incluso los terminaba, un poco me colgué. Y a la vez, como si una actividad necesitara del abandono de la otra, fui escribiendo más y más.
Y ahora dejé de escribir y empecé a leer a full.
A El guardián entre el centeno me lo morfé a los pedos.
Al final el personaje se pone recontra depresivo, lo cual me alejó un poco de él, pero igual la suya me siguió pareciendo una visión súper fresca del mundo, que deja en ridículo a la de la gente común.
Y me siguió pareciendo un discurso adictivo.
Con este de Murakami también estoy encantado. Lo cual no me sorprende porque ya me había pasado con Tokio blues.
Es súper cursi por momentos, Murakami. Y me llama la atención, porque el personaje de Salinger detestaba la cursilería.
Lo decía bastante seguido, de hecho. Y sin embargo yo me adapté a ambos.
Hay un párrafo de Al sur de la frontera, al oeste del sol que me encantó. Lo leí ayer en el subte y lo estuve analizando durante todo el resto del día en el laburo.
Es la re cursilería, pero igual me lo creí.
Dice –y transcribo mientras escucho en youtube unos temazos de Depart-:
“Quizá pueda compararse al aroma de un perfume. Tal vez ni el mismo maestro pefumista que lo ha creado pueda explicar por qué un aroma en concreto posee determinada fuerza y produce un efecto. Es difícil de analizar científicamente. Sin embargo, explicaciones aparte, algunas mezclas de aromas pueden atraer al sexo opuesto como el olor de los animales en celo. Tal vez haya un aroma que atraiga a cincuenta personas entre cien. Y quiza exista otro distinto que atraiga a las otras cincuenta. Sin embargo, también hay uno que hechiza sólo a una o dos personas en este mundo. Es un aroma especial y yo era capaz de percibirlo claramente. Sabía que era letal. Podía distinguirlo a la perfección desde muy lejos. En esas ocasiones, yo quería acercarme a las mujeres que lo exhalaban y decirles: ‘Lo he notado, ¿sabes? Quizá los demás no, pero yo sí”.
Todo un día pensando en eso.
A veces me sorprendo.
Desde hace una semana que tengo un dolor de cuello horrible.
Y ayer tuve una pelea bastante dura con la patronal, que además de ponerse la gorra con la compra de libros con descuento, ahora decidió achicar el descanso de media hora a quince minutos.
Hoy es un buen día para estar de franco.
Voy a seguir leyendo y más tarde veremos qué sale.
Ya lo dice Tom Hanks en esa en la que hace de náufrago.
Eso de no sé qué y la marea y qué sé yo cuanto más.
14.8.08
Es muy loco el asunto
Es muy loco el asunto. Posteé tanto y tan seguido que ahora no se me ocurre nada que decir. No tengo nada. Pero nada nada.
O por ahí se me ocurren ciertas frases sueltas. Y nada más.
Estoy leyendo El guardián entre el centeno, que hace poco entró a la librería. Tuve que hacer una transfugada para poder comprarlo con descuento. Ya se están poniendo la gorra con eso y sólo te dejan sacar libros cuando hay muchos ejemplares.
De El guardián entre el centeno deberían haber quedado cuatro o cinco, para que estuviese bien sacarlo siendo empleado y no cliente, pero yo lo compré igual y quedaron dos.
Enseguida se vendieron y ahora ya no queda ninguno.
La gente viene cada media hora a preguntar por El guardián entre el centeno y el único que hay en toda la librería es el de mi mochila. Ya tuve una breve charla al respecto con el dueño.
Creo que se termina el asunto de la compra con descuento. Es una cagada; así no tiene gracia laburar en una librería. Ahora me encargaron el área de literatura –argentina, latinoamericana y universal-. Pero no le voy a poder recomendar muchos libros a los clientes, porque no me dejan leerlos.
Ayer quise sacar Open door, de Iosi Havilio, y no pude porque queda uno solo. Al final compré Berazachussets.
En definitiva, lo que quería decir de El guardián entre el centeno es muy breve: me cuesta despegarme de la forma de ver el mundo del narrador, Holden Caulfield. Las mezquindades de las que soy víctima o testigo, por ejemplo: es increíble cómo le estoy quitando el respeto a la gente desde que empecé a leerlo.
La frescura en el discurso de Caulfield. Hace que los discursos que tengo que escuchar en mi cotidianidad se vuelvan frívolos y estúpidos. Simplemente ya no puedo respetarlos.
Eso termina siendo bueno. Me estoy volviendo un poco más punk rock ahora.
Y ya se me va a pasar.
También me interesaba comentar que estas olimpiadas tienen demasiada poca onda. Y que el otro día la vi a Clara Muschietti en la calle y que me enamoré de ella durante siete minutos.
Es la gracia de los blogs y fotologs: uno se crea sus propias celebridades. A esto lo leí hace poco en un muy groso correo de lectores de la revista Barcelona. Y en realidad el que lo mandó es un amigo mío que después me lo mostró.
Ah, y también se me ocurrió lo de Fontanarrosa: escribía muy bien el tipo. Lástima que siempre tenía que darle un final sorpresivo a los cuentos. Y así hacía que muchos parecieran chistes. Los arruinaba desde mi punto de vista.
Uno nunca sabe, por ejemplo: es un cuento excelente. Es realmente espectacular. Pero al final la caga. Al final le termina poniendo una moraleja. Y eso termina incomodando, pero no del bueno modo, sino que incomoda porque genera cierta vergüencita leer un cuento con moraleja.
Igual, hay que leerlo sí o sí. Es excelente. En el párrafo anterior dejé el link. No tiene desperdicio.
Recién entré al anterior blog de Terranova. Lo hago muy seguido y con pésimas intenciones. Siempre lo hice. Y siempre para robarme algo de lo que escribía en la primera época.
Hace unos días me encontré con que hay posts nuevos. Se ve que Blogger.com le quería cerrar la cuenta y entonces la tiene que mantener viva con posteos.
¡Ese blog se niega a morir! ¡Es increíble!
Y ahora se me ocurre otra cosa: me parece que es bastante malo tener referentes tan cercanos. Algunos le afanan a Dostoievski, a Borges, a Chéjov, a Cheever o incluso al mismo Salinger, de El guardián entre el centeno.
Yo intento afanarles a los que les afanan a aquellos, en definitiva.
No puede ser algo bueno.
Aunque para poder considerarme como chorro de literatura, debería al menos ser escritor.
Cosa que ni en pedo. Pero algún día; quien te dice.
O por ahí se me ocurren ciertas frases sueltas. Y nada más.
Estoy leyendo El guardián entre el centeno, que hace poco entró a la librería. Tuve que hacer una transfugada para poder comprarlo con descuento. Ya se están poniendo la gorra con eso y sólo te dejan sacar libros cuando hay muchos ejemplares.
De El guardián entre el centeno deberían haber quedado cuatro o cinco, para que estuviese bien sacarlo siendo empleado y no cliente, pero yo lo compré igual y quedaron dos.
Enseguida se vendieron y ahora ya no queda ninguno.
La gente viene cada media hora a preguntar por El guardián entre el centeno y el único que hay en toda la librería es el de mi mochila. Ya tuve una breve charla al respecto con el dueño.
Creo que se termina el asunto de la compra con descuento. Es una cagada; así no tiene gracia laburar en una librería. Ahora me encargaron el área de literatura –argentina, latinoamericana y universal-. Pero no le voy a poder recomendar muchos libros a los clientes, porque no me dejan leerlos.
Ayer quise sacar Open door, de Iosi Havilio, y no pude porque queda uno solo. Al final compré Berazachussets.
En definitiva, lo que quería decir de El guardián entre el centeno es muy breve: me cuesta despegarme de la forma de ver el mundo del narrador, Holden Caulfield. Las mezquindades de las que soy víctima o testigo, por ejemplo: es increíble cómo le estoy quitando el respeto a la gente desde que empecé a leerlo.
La frescura en el discurso de Caulfield. Hace que los discursos que tengo que escuchar en mi cotidianidad se vuelvan frívolos y estúpidos. Simplemente ya no puedo respetarlos.
Eso termina siendo bueno. Me estoy volviendo un poco más punk rock ahora.
Y ya se me va a pasar.
También me interesaba comentar que estas olimpiadas tienen demasiada poca onda. Y que el otro día la vi a Clara Muschietti en la calle y que me enamoré de ella durante siete minutos.
Es la gracia de los blogs y fotologs: uno se crea sus propias celebridades. A esto lo leí hace poco en un muy groso correo de lectores de la revista Barcelona. Y en realidad el que lo mandó es un amigo mío que después me lo mostró.
Ah, y también se me ocurrió lo de Fontanarrosa: escribía muy bien el tipo. Lástima que siempre tenía que darle un final sorpresivo a los cuentos. Y así hacía que muchos parecieran chistes. Los arruinaba desde mi punto de vista.
Uno nunca sabe, por ejemplo: es un cuento excelente. Es realmente espectacular. Pero al final la caga. Al final le termina poniendo una moraleja. Y eso termina incomodando, pero no del bueno modo, sino que incomoda porque genera cierta vergüencita leer un cuento con moraleja.
Igual, hay que leerlo sí o sí. Es excelente. En el párrafo anterior dejé el link. No tiene desperdicio.
Recién entré al anterior blog de Terranova. Lo hago muy seguido y con pésimas intenciones. Siempre lo hice. Y siempre para robarme algo de lo que escribía en la primera época.
Hace unos días me encontré con que hay posts nuevos. Se ve que Blogger.com le quería cerrar la cuenta y entonces la tiene que mantener viva con posteos.
¡Ese blog se niega a morir! ¡Es increíble!
Y ahora se me ocurre otra cosa: me parece que es bastante malo tener referentes tan cercanos. Algunos le afanan a Dostoievski, a Borges, a Chéjov, a Cheever o incluso al mismo Salinger, de El guardián entre el centeno.
Yo intento afanarles a los que les afanan a aquellos, en definitiva.
No puede ser algo bueno.
Aunque para poder considerarme como chorro de literatura, debería al menos ser escritor.
Cosa que ni en pedo. Pero algún día; quien te dice.
11.8.08
Acerca de las trompadas a la nariz
A la dueña de la librería no le gusta cómo miro.
Me lo dijo así. Dijo que cuando me paro en la puerta a mirar hacia adentro, para evitar que algún cliente se robe algún libro de la mesa de novedades, lo hago mal.
Miro mal.
Supongo que me cuelgo. O no sé bien qué; en realidad no me lo explicó. Pero no le gusta cómo miro.
Es muy difícil el trabajo de librero.
Yo la escuché y me quedé mirándola fijo y le dije: “Ahhhhh, ok, entendido”. Y me puse a mirar todo de otra manera.
Puse una cara distinta.
Incluso empecé a mover la cabeza de manera afirmativa, como si estuviese escuchando música al palo en un walkman imaginario.
Creo que funcionó, porque no me volvieron a decir nada.
En realidad, no me pude preocupar mucho. En estos días estoy ensimismado con un descubrimiento revelador.
Supe, porque lo vi con mis propios ojos, que en otras casas de familia los hermanos se despiden con un beso antes de irse a dormir.
En mi casa ese gesto te valía una trompada en la nariz. Era un ambiente demasiado hostil para con ese tipo de mariconeadas.
Sin parar, me pregunto de qué manera eso habrá influido en mi personalidad.
Me lo dijo así. Dijo que cuando me paro en la puerta a mirar hacia adentro, para evitar que algún cliente se robe algún libro de la mesa de novedades, lo hago mal.
Miro mal.
Supongo que me cuelgo. O no sé bien qué; en realidad no me lo explicó. Pero no le gusta cómo miro.
Es muy difícil el trabajo de librero.
Yo la escuché y me quedé mirándola fijo y le dije: “Ahhhhh, ok, entendido”. Y me puse a mirar todo de otra manera.
Puse una cara distinta.
Incluso empecé a mover la cabeza de manera afirmativa, como si estuviese escuchando música al palo en un walkman imaginario.
Creo que funcionó, porque no me volvieron a decir nada.
En realidad, no me pude preocupar mucho. En estos días estoy ensimismado con un descubrimiento revelador.
Supe, porque lo vi con mis propios ojos, que en otras casas de familia los hermanos se despiden con un beso antes de irse a dormir.
En mi casa ese gesto te valía una trompada en la nariz. Era un ambiente demasiado hostil para con ese tipo de mariconeadas.
Sin parar, me pregunto de qué manera eso habrá influido en mi personalidad.
9.8.08
La dama del carrito
Hace dos o tres días que estoy obsesionado con un post que no me sale escribir.
Contarlo es reconocer el fracaso. Como una nota al pie de un traductor que diga: “Ok, no sé cómo mierda traducirles esta palabra, disculpen; creo que es algo así como ‘supercalifragilisticoespialidoso’, pero no puedo estar muy seguro”.
Era sobre una chica que trabaja en el shopping, en la parte de limpieza. Lo único que tenía para contar es que me resulta hermosa. Es chiquitita, usa el pelo corto y arrastra su carrito por los pasillos, con una forma de caminar lenta y cansina; cada tanto se para frente a la librería y se pone a barrer ahí y yo la miro mientras vendo algún libro o mientras estoy sentado controlando transferencias internas de stock.
Eso es todo. No hay nada más. Alguna vez cruzamos algunas palabras, porque justo coincidimos en la puerta, y yo un día le pedí en chiste que atravesara su cochecito en la entrada, para que no pasaran más clientes, y ella lo hizo.
Y después de eso nos cruzamos un par de veces más. Y nos comentamos alguna cosa al pasar.
Pero punto. Nada para contar fuera de eso. Su nombre es Cinthia, tiene 21 años y vive en Moreno.
Nada en definitiva. Pero por alguna razón tenía ganas de escribir sobre ella. Y entonces empecé a inventar y agrandar y exagerar. Pero me salió mal una y otra vez.
Creo que lo posteé tres o cuatro veces y siempre lo borré.
Y con eso descubrí que no me sale escribir ficción. No me sale mentir mal. O sí me sale, y de hecho mil cosas del blog son mentiras, aunque no tiene sentido decir cuáles, pero se ve que en esas mentiras uno en realidad se está poniendo a sí mismo tal cual es.
Uno es esa mentira, digo.
O sea: todo hubiese estado mejor, o al menos más puesto en su justo lugar, si esa mentira fuera verdad.
Por eso uno miente bien sólo a veces. Otras no corresponde.
A Cinthia le dije que verla barrer, desde adentro de la librería, era como leer poesía. Y que a mí me encantaba la poesía.
Una frase sumamente estúpida e intelectualoide, que no vale ni dos pesos, y que para colmo la estuve pensando durante un par de días. Pero a ella le gustó. Y se cagó de la risa.
Y después de eso hablamos un par de veces más; pelotudeces. Hasta que el miércoles le pregunté a qué hora salía y le dije que si quería la invitaba a comer al Burguer King que queda ahí a una cuadra, sobre Santa Fé.
Me dijo que no, riéndose. Y puso una excusa bastante lógica. Pero tengo pensado seguir insistiendo.
Contarlo es reconocer el fracaso. Como una nota al pie de un traductor que diga: “Ok, no sé cómo mierda traducirles esta palabra, disculpen; creo que es algo así como ‘supercalifragilisticoespialidoso’, pero no puedo estar muy seguro”.
Era sobre una chica que trabaja en el shopping, en la parte de limpieza. Lo único que tenía para contar es que me resulta hermosa. Es chiquitita, usa el pelo corto y arrastra su carrito por los pasillos, con una forma de caminar lenta y cansina; cada tanto se para frente a la librería y se pone a barrer ahí y yo la miro mientras vendo algún libro o mientras estoy sentado controlando transferencias internas de stock.
Eso es todo. No hay nada más. Alguna vez cruzamos algunas palabras, porque justo coincidimos en la puerta, y yo un día le pedí en chiste que atravesara su cochecito en la entrada, para que no pasaran más clientes, y ella lo hizo.
Y después de eso nos cruzamos un par de veces más. Y nos comentamos alguna cosa al pasar.
Pero punto. Nada para contar fuera de eso. Su nombre es Cinthia, tiene 21 años y vive en Moreno.
Nada en definitiva. Pero por alguna razón tenía ganas de escribir sobre ella. Y entonces empecé a inventar y agrandar y exagerar. Pero me salió mal una y otra vez.
Creo que lo posteé tres o cuatro veces y siempre lo borré.
Y con eso descubrí que no me sale escribir ficción. No me sale mentir mal. O sí me sale, y de hecho mil cosas del blog son mentiras, aunque no tiene sentido decir cuáles, pero se ve que en esas mentiras uno en realidad se está poniendo a sí mismo tal cual es.
Uno es esa mentira, digo.
O sea: todo hubiese estado mejor, o al menos más puesto en su justo lugar, si esa mentira fuera verdad.
Por eso uno miente bien sólo a veces. Otras no corresponde.
A Cinthia le dije que verla barrer, desde adentro de la librería, era como leer poesía. Y que a mí me encantaba la poesía.
Una frase sumamente estúpida e intelectualoide, que no vale ni dos pesos, y que para colmo la estuve pensando durante un par de días. Pero a ella le gustó. Y se cagó de la risa.
Y después de eso hablamos un par de veces más; pelotudeces. Hasta que el miércoles le pregunté a qué hora salía y le dije que si quería la invitaba a comer al Burguer King que queda ahí a una cuadra, sobre Santa Fé.
Me dijo que no, riéndose. Y puso una excusa bastante lógica. Pero tengo pensado seguir insistiendo.
7.8.08
Mi cabeza
Lo que tengo en el pelo ya es un horror. Siempre se termina volviendo un horror, cuando pasan más de dos o tres semanas sin pasar por la peluquería.
Es cierto que, si bien no tanto como para metrosexual, últimamente me convertí en una puta coqueta. Todo lo que mi vieja me pedía que hiciera antes cuando iba al colegio, lo estoy cumpliendo ahora.
No salgo sin haberme bañado. No salgo sin la camisa lavada y planchada. No salgo sin haberme echado perfume en el cuello y en la ropa. No salgo sin haberme cortado las uñas. No salgo sin haberme puesto gel en la cabeza. No salgo sin mirarme varias veces al espejo.
Estoy hecho una mariquita.
Pero lo del pelo es inevitable. No hay mariconeada que valga. Crece raro; crece rápido. Se me hace una onda Elvis Presley. O peor: una onda Sandro. Es un bodoque de pelo eso que tengo ahí arriba.
Cuando me pasan la tijera (o la máquina, en épocas de pobreza) me queda la sensación, al mirar el siempre cruel espejo de las peluquerías, de que eso que están quitándome es un gorro de lana.
La esquilación de una oveja.
Es algo realmente desagradable de ver.
Seguro estoy exagerando. Ni a palos será para tanto. Pero esa es la sensación que me queda.
Y más o menos así es la sensación que tengo cuando me miro en el espejo o en las vidrieras de Avenida Santa Fé.
Hace un ratito caminé por ahí buscando un cajero automático de Link. Parece que los cajeros de Link no existen. Siempre salgo perdiendo en esas cuestiones; siempre me toca la peor opción de todas. Si Link no existe y Banelco está por todas partes, a mí me toca Link.
Igual, tampoco ningún cajero de Banelco me funcionó. Todos estaban cachuzos. Así que tuve que pedir que me bancaran.
Mientras pateaba, me miraba de reojo en las vidrieras oscuras.
Soy muy insistente en eso.
Descubrí que cuando tengo el pelo crecido me conviene no tirármelo tanto para arriba, sino dejarlo caer en un casco, con flequillo, como lo usé toda la vida.
Lo voy a probar mañana.
Capaz vuelvan las viejas épocas.
Y capaz ahí pueda volver a obsesionarme con temas más profundos que mi corte de pelo.
Es cierto que, si bien no tanto como para metrosexual, últimamente me convertí en una puta coqueta. Todo lo que mi vieja me pedía que hiciera antes cuando iba al colegio, lo estoy cumpliendo ahora.
No salgo sin haberme bañado. No salgo sin la camisa lavada y planchada. No salgo sin haberme echado perfume en el cuello y en la ropa. No salgo sin haberme cortado las uñas. No salgo sin haberme puesto gel en la cabeza. No salgo sin mirarme varias veces al espejo.
Estoy hecho una mariquita.
Pero lo del pelo es inevitable. No hay mariconeada que valga. Crece raro; crece rápido. Se me hace una onda Elvis Presley. O peor: una onda Sandro. Es un bodoque de pelo eso que tengo ahí arriba.
Cuando me pasan la tijera (o la máquina, en épocas de pobreza) me queda la sensación, al mirar el siempre cruel espejo de las peluquerías, de que eso que están quitándome es un gorro de lana.
La esquilación de una oveja.
Es algo realmente desagradable de ver.
Seguro estoy exagerando. Ni a palos será para tanto. Pero esa es la sensación que me queda.
Y más o menos así es la sensación que tengo cuando me miro en el espejo o en las vidrieras de Avenida Santa Fé.
Hace un ratito caminé por ahí buscando un cajero automático de Link. Parece que los cajeros de Link no existen. Siempre salgo perdiendo en esas cuestiones; siempre me toca la peor opción de todas. Si Link no existe y Banelco está por todas partes, a mí me toca Link.
Igual, tampoco ningún cajero de Banelco me funcionó. Todos estaban cachuzos. Así que tuve que pedir que me bancaran.
Mientras pateaba, me miraba de reojo en las vidrieras oscuras.
Soy muy insistente en eso.
Descubrí que cuando tengo el pelo crecido me conviene no tirármelo tanto para arriba, sino dejarlo caer en un casco, con flequillo, como lo usé toda la vida.
Lo voy a probar mañana.
Capaz vuelvan las viejas épocas.
Y capaz ahí pueda volver a obsesionarme con temas más profundos que mi corte de pelo.
6.8.08
Cansancio de invierno
Ayer me levanté súper abombado. Por un momento pensé que tenía fiebre.
Y lo volví a pensar unas horas más tarde, justo antes de entrar a trabajar.
Pero no. O creo que no, al menos. Creo que es la calefacción. Las calefacciones. Calefacción en mi casa, calefacción en el auto, calefacción en el laburo.
Así que fiebre ponele que no, pero por lo pronto, y esto seguro, estoy resfriado otra vez.
Lo mío es un cansancio de invierno en Buenos Aires. Debería aprender a abrigarme un poco mejor. Pero me cuesta.
El otro día caminaba por la calle, sobre Arcos, entre La Pampa y Sucre, y entre las dos filas de edificios vi una imagen hermosa: la ciudad a punto de ser atacada por las nubes más negras del mundo.
El contraste de colores de las dos filas de edificios con el cielo era tan perfecto, una escala de grises tan variada, que me hizo acordar a lo que tanto añoraba de la Ciudad cuando vivía en Rosario.
En ese momento supe que en cuanto llegara a mi casa, me iba a tirar en la cama a escuchar algún disco de Piazzolla.
El que primero apareciera en la pila de CDs.
Y lo volví a pensar unas horas más tarde, justo antes de entrar a trabajar.
Pero no. O creo que no, al menos. Creo que es la calefacción. Las calefacciones. Calefacción en mi casa, calefacción en el auto, calefacción en el laburo.
Así que fiebre ponele que no, pero por lo pronto, y esto seguro, estoy resfriado otra vez.
Lo mío es un cansancio de invierno en Buenos Aires. Debería aprender a abrigarme un poco mejor. Pero me cuesta.
El otro día caminaba por la calle, sobre Arcos, entre La Pampa y Sucre, y entre las dos filas de edificios vi una imagen hermosa: la ciudad a punto de ser atacada por las nubes más negras del mundo.
El contraste de colores de las dos filas de edificios con el cielo era tan perfecto, una escala de grises tan variada, que me hizo acordar a lo que tanto añoraba de la Ciudad cuando vivía en Rosario.
En ese momento supe que en cuanto llegara a mi casa, me iba a tirar en la cama a escuchar algún disco de Piazzolla.
El que primero apareciera en la pila de CDs.
5.8.08
Puto
Mariano dice:
Maricotas.
Pablo dice:
Qué haces, gay.
Mariano dice:
Acá andamos. Tenía ganas de decirte maricotas, en realidad.
Pablo dice:
Ah, bueno, reputo
Mariano dice:
Putilín.
Pablo dice:
Sobador.
Mariano dice:
Come pancho.
Pablo dice:
Adorador del pene
Mariano dice:
Soreteholic.
Pablo dice:
Chupador de hemorroides.
Mariano dice:
PUTO.
Pablo dice:
Efectivo...
Mariano dice:
Siempre es bueno volver a las bases.
Pablo dice:
Hoy me llamó Mamá. ¿Te contó?
Maricotas.
Pablo dice:
Qué haces, gay.
Mariano dice:
Acá andamos. Tenía ganas de decirte maricotas, en realidad.
Pablo dice:
Ah, bueno, reputo
Mariano dice:
Putilín.
Pablo dice:
Sobador.
Mariano dice:
Come pancho.
Pablo dice:
Adorador del pene
Mariano dice:
Soreteholic.
Pablo dice:
Chupador de hemorroides.
Mariano dice:
PUTO.
Pablo dice:
Efectivo...
Mariano dice:
Siempre es bueno volver a las bases.
Pablo dice:
Hoy me llamó Mamá. ¿Te contó?
2.8.08
Papeles
Mi abuelo recibió una condecoración, como agente de la Policía Ferroviaria, el 16 de agosto del ’63, por arrestar a un tipo que se había afanado dos bolsas de azúcar.
Me enteré en estos días, revisando los papeles de mi abuela, recientemente muerta.
El tipo se afanó dos bolsas de azúcar y un cobani lo fichó, lo corrió y lo takleó y le puso las esposas.
Habrá quedado ahí tirado en el piso, supongo, el pobre tipo, y la gente le habrá pasado por lado y lo habrá mirado indignada.
Y el cobani, el alcahuete, era mi abuelo.
Que en paz descanse.
Nunca lo conocí.
En este tipo de robos yo estoy ideológicamente del lado de los chorros.
Unas bolsas de azúcar. Un libro. Una manzana.
Robarse esas cosas vale.
Nunca lo hice porque soy cobarde. Pusilánime como el peor. Si hasta me da adrenalina colarme en el subte, como ayer, que el boletero me vio y me gritó: “¡Hey, flaco, flaco!” Y yo me puse ligeramente nervioso, aunque seguí caminando como si nada hasta el tren, que ya arrancaba.
Vale. Es Metrovías contra mis noventa centavos.
Matemática, que le dicen.
Y si bien en la librería nunca pesqué a nadie afanándose un libro, cada vez que me adoctrinan sobre el estado de alerta que debería mantener, yo en el fondo sé que si llego a ver a alguien choriciándose algún titulito de Anagrama, me le voy a acercar y le voy a decir al oído: “Te vi, boludo, te vi, y si te vi yo te puede ver cualquier otro; media pila, carajo, afane bien, por lo menos, que me van a terminar rajando a mí por culpa suya; espero que lo vaya a leer al menos”.
Y nada más.
Pero mi abuelo lo metió en cana al pobre chorro.
Y se ligó la condecoración.
Entre los papeles también encontré los diarios del día en que lo mató un grupo de Montoneros, en la Estación Villa Adelina, durante la madrugada del jueves 5 de mayo
de 1977.
Un auto clavó los frenos frente a la puerta principal de la Estación Villa Adelina. Cuatro hombres se bajaron y caminaron, a paso ligero, hombro con hombro, hacia el interior de la Estación. Adentro los esperaban dos canas que hacían guardia y que en el fondo ni se esperaban la que venía. Los cuatro tipos aparecieron de golpe. De la nada. Era de madrugada. Los ratis se encontraron cara a cara con la muerte. El cuarteto disparó sin mediar palabras.
Mucho disparó.
Y los dos policías cayeron muertos.
A mi abuela le gustaba creer que ya estaban muertos antes de que sus cabezas golpearan el piso. Lo decía siempre, incluso décadas después: “Yo sólo espero que no haya sentido nada. ¿Habrá sufrido mucho Miguel?”
-No, abuela, si dicen que murió en el acto.
-O sea que ni se entero.
-Seguro que ni se enteró.
Así que los dos policías cayeron muertos. Ya estaban muertos antes de que sus cabezas tocaran el piso. Los asesinos no se llevaron sus armas, siquiera. Se dieron vuelta y rajaron por donde vinieron.
Escalofriante.
Mi abuelo aparece mencionado con sus nombres y su apellido en todos los diarios del día después. Yo acá tengo La Prensa, Crónica, Clarín y La Nación. En cada uno de los diarios hay una breve narración del hecho. Y son todas relativamente parecidas entre sí. Lo cual también me sorprende.
Años después Firmenich se hizo cargo de esas dos muertes, las de mi abuelo y su compañero, junto con otras tantas más.
Eso me lo contó mi vieja hace mucho.
Siempre se encuentran cosas geniales revisando los papeles de los muertos.
Entre los suyos, mi viejo también tenía unas cuantas joyitas. Por ejemplo las cartas que se mandaba de pendejo con sus amigos.
Mi viejo le escribía a un amigo que estaba viviendo en Brasil –¡comprobado que todavía no salía con mi vieja, por la fecha!- sobre el montón de minas que se levantaba en Buenos Aires. Y el amigo le contestaba la misma cantinela desde allá: “Te tenés que venir, Miguelo, acá las brasileras pican facilísimo; se vuelven locas cuando les decís que sos argentino. Ayer mismo me apreté a una y después me apreté a la hermana, que ya andaba atrás mío”.
Entre las cartas que tenía mi abuela en sus papeles hay muchas que llegaron en los días posteriores a la muerte de mi abuelo. Condolencias, básicamente.
Familiares que estaban lejos, amigos, compañeros de trabajo.
La mejor de todas es la del capo de la Policía Ferroviaria. El comisario.
Es tan una joya de esa época que me da cosita postearla así de fácil. Gratis. Copio sin alterar un solo signo de puntuación ni acento:
“Debo saludar y despedir en su silencio eterno, al Auxiliar Cúparo del Cuerpo de Policía Ferroviaria, quién fuera asesinado junto con el Auxiliar Leguizamón por aquellos que unen su crueldad con la cobardía, que ante la emboscada artera al hallar un argentino valiente que los enfrenta, como ocurrió en el suceso; huyen envueltos en su negra maldad, cobardemente, como son en su justa realidad, abandonando armas y explosivos, demostrando que así son ellos y que de tales malvados surgirá el nuevo Estado que vanamente pretenden cimentar.
Fuí su Jefe, conocía al Auxiliar Cúparo y nos deja en su eternidad algo que no todos los hombres llevan consigo y que al morir legan en el recuerdo perenne, su trato de buen camarada, la disciplina y obediencia al deber de sus 21 años de servicio, su figura de valiente subordinado, de un buen esposo y padre de familia que así me consta; queda acá en el silencio otro martir de algo inexplicable……
Pidamos a Dios que reconforte a su familia y que encuentre el descanso de los justos
Comisario Benjamín Arquímedes Vega”.
Una joyita de la época.
Cuando revisé las cosas de mi viejo también encontré valores de ese calibre.
La mejor es un brazalete de sus años de militancia, esencialmente negro, salvo por los dos márgenes con los colores de la bandera argentina, que tienen dos inscripciones: “Perón o muerte”, de un lado, y “Viva la patria”, del otro, y salvo también por las dos letras rojo furioso impresas en el centro: la jota y la pé.
Sobre su papel como militante no sé mucho, salvo que era un poronga de fierro en la cintura.
Esa es una de las cosas que más lamento de su muerte. O que más lamento del tiempo que no pasamos juntos mientras estaba vivo. Detesto no haberle preguntado bien por su pasado.
Su pasado de pistolero. O su pasado de dirigente en la Federación Argentina de Futbol Femenil, cuando viajó al mundial de México '71 como jefe de delegación.
Y así fue que descubrí que está genial revisar entre los papeles de los muertos.
Ahora no me queda otra que releer Ezeiza, de Verbitsky, cada tanto, e imaginármelo a mi viejo ahí, a los tiros, con sus jeans pinzados y su camisa a rayas, y su calva incipiente y su panza, una mezcla de las imágenes de sus fotos de juventud y de lo que me queda en la memoria de sus años finales, ya como banquero ejecutivo, un tipo de renombre en su ambiente, me lo imagino con una rodilla flexionada y la otra en el piso, agazapado, disparándole a la derecha peronista y esquivando las balas enemigas.
Me enteré en estos días, revisando los papeles de mi abuela, recientemente muerta.
El tipo se afanó dos bolsas de azúcar y un cobani lo fichó, lo corrió y lo takleó y le puso las esposas.
Habrá quedado ahí tirado en el piso, supongo, el pobre tipo, y la gente le habrá pasado por lado y lo habrá mirado indignada.
Y el cobani, el alcahuete, era mi abuelo.
Que en paz descanse.
Nunca lo conocí.
En este tipo de robos yo estoy ideológicamente del lado de los chorros.
Unas bolsas de azúcar. Un libro. Una manzana.
Robarse esas cosas vale.
Nunca lo hice porque soy cobarde. Pusilánime como el peor. Si hasta me da adrenalina colarme en el subte, como ayer, que el boletero me vio y me gritó: “¡Hey, flaco, flaco!” Y yo me puse ligeramente nervioso, aunque seguí caminando como si nada hasta el tren, que ya arrancaba.
Vale. Es Metrovías contra mis noventa centavos.
Matemática, que le dicen.
Y si bien en la librería nunca pesqué a nadie afanándose un libro, cada vez que me adoctrinan sobre el estado de alerta que debería mantener, yo en el fondo sé que si llego a ver a alguien choriciándose algún titulito de Anagrama, me le voy a acercar y le voy a decir al oído: “Te vi, boludo, te vi, y si te vi yo te puede ver cualquier otro; media pila, carajo, afane bien, por lo menos, que me van a terminar rajando a mí por culpa suya; espero que lo vaya a leer al menos”.
Y nada más.
Pero mi abuelo lo metió en cana al pobre chorro.
Y se ligó la condecoración.
Entre los papeles también encontré los diarios del día en que lo mató un grupo de Montoneros, en la Estación Villa Adelina, durante la madrugada del jueves 5 de mayo
de 1977.
Un auto clavó los frenos frente a la puerta principal de la Estación Villa Adelina. Cuatro hombres se bajaron y caminaron, a paso ligero, hombro con hombro, hacia el interior de la Estación. Adentro los esperaban dos canas que hacían guardia y que en el fondo ni se esperaban la que venía. Los cuatro tipos aparecieron de golpe. De la nada. Era de madrugada. Los ratis se encontraron cara a cara con la muerte. El cuarteto disparó sin mediar palabras.
Mucho disparó.
Y los dos policías cayeron muertos.
A mi abuela le gustaba creer que ya estaban muertos antes de que sus cabezas golpearan el piso. Lo decía siempre, incluso décadas después: “Yo sólo espero que no haya sentido nada. ¿Habrá sufrido mucho Miguel?”
-No, abuela, si dicen que murió en el acto.
-O sea que ni se entero.
-Seguro que ni se enteró.
Así que los dos policías cayeron muertos. Ya estaban muertos antes de que sus cabezas tocaran el piso. Los asesinos no se llevaron sus armas, siquiera. Se dieron vuelta y rajaron por donde vinieron.
Escalofriante.
Mi abuelo aparece mencionado con sus nombres y su apellido en todos los diarios del día después. Yo acá tengo La Prensa, Crónica, Clarín y La Nación. En cada uno de los diarios hay una breve narración del hecho. Y son todas relativamente parecidas entre sí. Lo cual también me sorprende.
Años después Firmenich se hizo cargo de esas dos muertes, las de mi abuelo y su compañero, junto con otras tantas más.
Eso me lo contó mi vieja hace mucho.
Siempre se encuentran cosas geniales revisando los papeles de los muertos.
Entre los suyos, mi viejo también tenía unas cuantas joyitas. Por ejemplo las cartas que se mandaba de pendejo con sus amigos.
Mi viejo le escribía a un amigo que estaba viviendo en Brasil –¡comprobado que todavía no salía con mi vieja, por la fecha!- sobre el montón de minas que se levantaba en Buenos Aires. Y el amigo le contestaba la misma cantinela desde allá: “Te tenés que venir, Miguelo, acá las brasileras pican facilísimo; se vuelven locas cuando les decís que sos argentino. Ayer mismo me apreté a una y después me apreté a la hermana, que ya andaba atrás mío”.
Entre las cartas que tenía mi abuela en sus papeles hay muchas que llegaron en los días posteriores a la muerte de mi abuelo. Condolencias, básicamente.
Familiares que estaban lejos, amigos, compañeros de trabajo.
La mejor de todas es la del capo de la Policía Ferroviaria. El comisario.
Es tan una joya de esa época que me da cosita postearla así de fácil. Gratis. Copio sin alterar un solo signo de puntuación ni acento:
“Debo saludar y despedir en su silencio eterno, al Auxiliar Cúparo del Cuerpo de Policía Ferroviaria, quién fuera asesinado junto con el Auxiliar Leguizamón por aquellos que unen su crueldad con la cobardía, que ante la emboscada artera al hallar un argentino valiente que los enfrenta, como ocurrió en el suceso; huyen envueltos en su negra maldad, cobardemente, como son en su justa realidad, abandonando armas y explosivos, demostrando que así son ellos y que de tales malvados surgirá el nuevo Estado que vanamente pretenden cimentar.
Fuí su Jefe, conocía al Auxiliar Cúparo y nos deja en su eternidad algo que no todos los hombres llevan consigo y que al morir legan en el recuerdo perenne, su trato de buen camarada, la disciplina y obediencia al deber de sus 21 años de servicio, su figura de valiente subordinado, de un buen esposo y padre de familia que así me consta; queda acá en el silencio otro martir de algo inexplicable……
Pidamos a Dios que reconforte a su familia y que encuentre el descanso de los justos
Comisario Benjamín Arquímedes Vega”.
Una joyita de la época.
Cuando revisé las cosas de mi viejo también encontré valores de ese calibre.
La mejor es un brazalete de sus años de militancia, esencialmente negro, salvo por los dos márgenes con los colores de la bandera argentina, que tienen dos inscripciones: “Perón o muerte”, de un lado, y “Viva la patria”, del otro, y salvo también por las dos letras rojo furioso impresas en el centro: la jota y la pé.
Sobre su papel como militante no sé mucho, salvo que era un poronga de fierro en la cintura.
Esa es una de las cosas que más lamento de su muerte. O que más lamento del tiempo que no pasamos juntos mientras estaba vivo. Detesto no haberle preguntado bien por su pasado.
Su pasado de pistolero. O su pasado de dirigente en la Federación Argentina de Futbol Femenil, cuando viajó al mundial de México '71 como jefe de delegación.
Y así fue que descubrí que está genial revisar entre los papeles de los muertos.
Ahora no me queda otra que releer Ezeiza, de Verbitsky, cada tanto, e imaginármelo a mi viejo ahí, a los tiros, con sus jeans pinzados y su camisa a rayas, y su calva incipiente y su panza, una mezcla de las imágenes de sus fotos de juventud y de lo que me queda en la memoria de sus años finales, ya como banquero ejecutivo, un tipo de renombre en su ambiente, me lo imagino con una rodilla flexionada y la otra en el piso, agazapado, disparándole a la derecha peronista y esquivando las balas enemigas.
Cuatro hamburguesas con queso
A lo largo del día descubrí algo nuevo. Y es que me muero de ganas de volver a leer los libros de la colección Alfaguara. Esa que es de color violeta para chicos de a partir de ocho años; naranja para chicos de a partir de diez y azul para chicos de doce o más.
Empezó cuando vino una clientita que había leído Socorro, de Elsa Bornemann, y que quería leer algo de terror que estuviese bueno.
Como no se me ocurría qué venderle, empecé a intentar convencerla mostrándole los títulos y las contratapas de la colección naranja.
Y lo chistoso fue que a medida que se las iba leyendo en voz alta, fui sintiendo más ganas de abrirlos y empezar a morfármelos de un tirón.
A ella le chupaba un huevo lo que le leía. No le interesó ninguno. Y se terminó llevando uno de la colección Ultratumba, que es del estilo de los de R.L. Stine.
Más tarde, a las tipo nueve, cuando terminé todo el laburo relacionado con las transferencias de stock, y aprovechando que tenía que vigilar a un cliente que se colgó en la parte de arriba hojeando un libro de arquitectura, me puse a leer un capítulo de Caro dice:, el libro de María Inés Falconi.
Yo ya había leído fragmentos de De cómo Romeo se tranzó a Julieta, otro libro suyo, y me había gustado.
Pero Caro dice: me partió el bocho. Es de la colección azul. Y creo que me condicionó la forma de leer chats ajenos; recién leí un post del estilo en El rayo que no cesa y sentí que eran los personajes de la novela los que estaban hablando.
La escena que leí en el laburo era tan viva y natural que ahora me lo voy a tener que comprar para terminarlo.
Era sobre un pibe paralítico que chatea y se histeriquea con una chica. Y la chica tiene una amiga que le dice que no da ni un poco histeriquearse con un paralítico.
Y la pendeja se hace la que no pasa nada, y forrea la situación, pero se nota que en el fondo le encanta.
Al final el pibe, que es un groso en el arte del chamuyo, la invita a un partido de básket en silla de ruedas y la pendeja acepta, aunque su amiga le ruega que por favor no lo haga.
Y ahí corté.
Y me fui con lo pibe de la banda a verlo a Mairal –por si no lo conocen, tengo dos blogs suyos linkeados en la parte de blogs grosos, ahí al costado-, que leía poesías en un ciclo en Palermo.
Y estuvo muy bien el loco, con sus sonetos porno y con algunas otras cosas de cuando era más joven.
Y también me gustó la chica que leyó antes; un poema graciosísimo. Y me gustó mucho Rosal, que era lo otro que nos interesaba ver.
Después fuimos a tomar cerveza a un lugar más barato. Y yo me comí la cuarta hamburguesa con queso del día. Lo cual me va a costar algún que otro grano en la cara a lo largo de la semana. Pero no me importó. Comí igual porque no quería emborracharme.
Empezó cuando vino una clientita que había leído Socorro, de Elsa Bornemann, y que quería leer algo de terror que estuviese bueno.
Como no se me ocurría qué venderle, empecé a intentar convencerla mostrándole los títulos y las contratapas de la colección naranja.
Y lo chistoso fue que a medida que se las iba leyendo en voz alta, fui sintiendo más ganas de abrirlos y empezar a morfármelos de un tirón.
A ella le chupaba un huevo lo que le leía. No le interesó ninguno. Y se terminó llevando uno de la colección Ultratumba, que es del estilo de los de R.L. Stine.
Más tarde, a las tipo nueve, cuando terminé todo el laburo relacionado con las transferencias de stock, y aprovechando que tenía que vigilar a un cliente que se colgó en la parte de arriba hojeando un libro de arquitectura, me puse a leer un capítulo de Caro dice:, el libro de María Inés Falconi.
Yo ya había leído fragmentos de De cómo Romeo se tranzó a Julieta, otro libro suyo, y me había gustado.
Pero Caro dice: me partió el bocho. Es de la colección azul. Y creo que me condicionó la forma de leer chats ajenos; recién leí un post del estilo en El rayo que no cesa y sentí que eran los personajes de la novela los que estaban hablando.
La escena que leí en el laburo era tan viva y natural que ahora me lo voy a tener que comprar para terminarlo.
Era sobre un pibe paralítico que chatea y se histeriquea con una chica. Y la chica tiene una amiga que le dice que no da ni un poco histeriquearse con un paralítico.
Y la pendeja se hace la que no pasa nada, y forrea la situación, pero se nota que en el fondo le encanta.
Al final el pibe, que es un groso en el arte del chamuyo, la invita a un partido de básket en silla de ruedas y la pendeja acepta, aunque su amiga le ruega que por favor no lo haga.
Y ahí corté.
Y me fui con lo pibe de la banda a verlo a Mairal –por si no lo conocen, tengo dos blogs suyos linkeados en la parte de blogs grosos, ahí al costado-, que leía poesías en un ciclo en Palermo.
Y estuvo muy bien el loco, con sus sonetos porno y con algunas otras cosas de cuando era más joven.
Y también me gustó la chica que leyó antes; un poema graciosísimo. Y me gustó mucho Rosal, que era lo otro que nos interesaba ver.
Después fuimos a tomar cerveza a un lugar más barato. Y yo me comí la cuarta hamburguesa con queso del día. Lo cual me va a costar algún que otro grano en la cara a lo largo de la semana. Pero no me importó. Comí igual porque no quería emborracharme.
1.8.08
Comí verduras
Con mi vieja queremos ir a ver la nueva de Taratuto. No sé porqué nos gusta Taratuto. Pero nos gusta. Ya vimos Quien dice que es fácil y No sos vos soy yo. Las vimos casi al mismo tiempo; hace como un año.
Y ahora nos prometimos ir a ver la nueva.
Lo decidimos hace un rato durante la cena. Estábamos viendo Bailando por un sueño y discutíamos sobre la esencia del programa, como lo hacemos siempre.
Todos los días discutimos sobre lo mismo. Yo teorizo, entusiasmádisimo y sorprendido, a lo filósofo de café, sobre la ficción y el Dios Verosimilitud. Y ella dice: dejame de joder, no me hagas analizarlo tanto; yo lo miro y me cago de la risa y punto.
Ella piensa que la Jelinek hace un personaje de boluda, eso sí. Y yo estoy convencido de que la mina es boluda de verdad. Casi tan boluda como bella.
Y viendo recientemente a su hermano en la tribuna, un tipo que se ve que es fana de Moria Casán, llegué a la conclusión de que la mina no es idiota por falta de cerebro. Cerebro debe tener, pero se tuvo que haber criado en un ambiente de imbecilidad, un nivel bien bajo.
Y entonces nunca tuvo la motivación de pensar.
Después vino la pausa y pusimos la mesa. Había hecho un pollo tremendo, la vieja; tenía un gusto distinto. Y me olvidé de preguntarle cuál era la diferencia esta vez. Nunca me entero mucho de cómo funcionan las cosas que suceden dentro de la cocina.
Pero era -eso seguro- un pollo, con una ensalada de arroz, zanahoria, distintos tipos de ajíes y brotes de soja.
Nunca había comido verdura en mi vida. Y estuvo muy bueno.
Tomé mucho agua y ahora no paro de ir al baño.
Y entonces apareció la publicidad de la nueva de Taratuto.
Creo que ya es nuestro director fetiche. Vamos a ir a verla, seguro.
Y ahora nos prometimos ir a ver la nueva.
Lo decidimos hace un rato durante la cena. Estábamos viendo Bailando por un sueño y discutíamos sobre la esencia del programa, como lo hacemos siempre.
Todos los días discutimos sobre lo mismo. Yo teorizo, entusiasmádisimo y sorprendido, a lo filósofo de café, sobre la ficción y el Dios Verosimilitud. Y ella dice: dejame de joder, no me hagas analizarlo tanto; yo lo miro y me cago de la risa y punto.
Ella piensa que la Jelinek hace un personaje de boluda, eso sí. Y yo estoy convencido de que la mina es boluda de verdad. Casi tan boluda como bella.
Y viendo recientemente a su hermano en la tribuna, un tipo que se ve que es fana de Moria Casán, llegué a la conclusión de que la mina no es idiota por falta de cerebro. Cerebro debe tener, pero se tuvo que haber criado en un ambiente de imbecilidad, un nivel bien bajo.
Y entonces nunca tuvo la motivación de pensar.
Después vino la pausa y pusimos la mesa. Había hecho un pollo tremendo, la vieja; tenía un gusto distinto. Y me olvidé de preguntarle cuál era la diferencia esta vez. Nunca me entero mucho de cómo funcionan las cosas que suceden dentro de la cocina.
Pero era -eso seguro- un pollo, con una ensalada de arroz, zanahoria, distintos tipos de ajíes y brotes de soja.
Nunca había comido verdura en mi vida. Y estuvo muy bueno.
Tomé mucho agua y ahora no paro de ir al baño.
Y entonces apareció la publicidad de la nueva de Taratuto.
Creo que ya es nuestro director fetiche. Vamos a ir a verla, seguro.
30.7.08
Chusmerío
Ayer escuché otra vez a la impresora del laburo. Y aunque le presté una atención especial, el ritmo ya no estaba ahí.
O fue que me lo imaginé o a la chabona tampoco le cae bien el otro encargado.
Capaz todo depende de quién la accione.
El blog tuvo dos picos de visitas, ayer y anteayer, porque Molina puso en su blog un link al post que se llama Arroba Gmail punto com. Durante dos días tuve exactamente el doble de las visitas que suelo recibir.
Fuera de eso, y de ciertas tremendas ganas de dormir, no hay nada destacable. Hoy en la librería estuvo Eduardo Antín, o Quintín, un tipo cuyo blog me gusta bastante, aunque a veces él me resulta un poco gilastrún con sus calificaciones y desconfianzas arbitrarias; estuvo con su esposa y hablaron con una compañera mía acerca de la diferencia entre Buenos Aires y San Clemente.
No son muy interesantes los chusmeríos que traigo. Pero es que no tengo otros.
Si fuese famoso y la gente de Perfil me preguntara cuál es el mejor comienzo de una novela, yo contestaría: “El primer párrafo de Lolita”:
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”
Nunca me gustan los principios de las novelas.
Las primeras páginas son una dificultad que tengo que superar.
Como los primeros cuarenta metros de olas de un bañero que tiene que rescatar a un turista que está metido bien adentro. O como los primeros momentos posteriores al despegue de una nave espacial.
Pero el comienzo de Lolita es el más genial.
Lo releo y no puedo evitar ensayar esa bajada de la lengua por el paladar.
O fue que me lo imaginé o a la chabona tampoco le cae bien el otro encargado.
Capaz todo depende de quién la accione.
El blog tuvo dos picos de visitas, ayer y anteayer, porque Molina puso en su blog un link al post que se llama Arroba Gmail punto com. Durante dos días tuve exactamente el doble de las visitas que suelo recibir.
Fuera de eso, y de ciertas tremendas ganas de dormir, no hay nada destacable. Hoy en la librería estuvo Eduardo Antín, o Quintín, un tipo cuyo blog me gusta bastante, aunque a veces él me resulta un poco gilastrún con sus calificaciones y desconfianzas arbitrarias; estuvo con su esposa y hablaron con una compañera mía acerca de la diferencia entre Buenos Aires y San Clemente.
No son muy interesantes los chusmeríos que traigo. Pero es que no tengo otros.
Si fuese famoso y la gente de Perfil me preguntara cuál es el mejor comienzo de una novela, yo contestaría: “El primer párrafo de Lolita”:
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”
Nunca me gustan los principios de las novelas.
Las primeras páginas son una dificultad que tengo que superar.
Como los primeros cuarenta metros de olas de un bañero que tiene que rescatar a un turista que está metido bien adentro. O como los primeros momentos posteriores al despegue de una nave espacial.
Pero el comienzo de Lolita es el más genial.
Lo releo y no puedo evitar ensayar esa bajada de la lengua por el paladar.
29.7.08
Swing
Hoy estaba atrás de la caja, en la librería; estaba terminando de atender a una señora bastante grande, a la que a pesar de que se le notaba la edad, también se le notaba algún rasgo de hermosura.
Eso lo pensaba sin darle señales de que lo estaba pensando, claro.
Estaba en la caja Uno y la mujer ya me había dado su tarjeta de débito y su cédula. Y yo la estaba chusmeando.
Ninguno de los otros vendedores acepta nunca la cédula de los clientes. Y al principio yo tampoco, pero ahora sí.
Sobre todo cuando son de mujeres. Básicamente porque me gusta descubrir su nombre y su edad.
Incluso cuando sé que no las voy a volver a ver nunca más, es una curiosidad a la que no me puedo resistir. Siempre lo hago. Y muchas veces me sorprendo de que tremendos minones tengan la misma edad que yo. O incluso de que sean menores.
A veces creo que no tomo real conciencia de la edad que tengo.
Ya había pasado la tarjeta por la ranura y había tecleado los últimos cuatro dígitos. Y había tipeado la clave de seguridad y había marcado el importe. Y había revisado la edad de la señora.
Una mujer bastante grande y de algún modo hermosa.
Ahora sólo estaba esperando que el aparatito hiciera la llamada y largara el cupón para que ella lo firmara, se despidiera y se fuera.
Abajo mío, a la altura de mis pies, la impresora, una impresora vieja, viejísima, que cuando trabaja hace un quejido lento y doloroso, similar al gemido de un gato enfermo, y más que enfermo moribundo, estaba escupiendo una planilla con datos sobre unos cambios de precio en unos libros.
Están aumentando a full los libros. Es una cuestión constante. Todas las semanas llega una planilla de esas.
Los encargados de marcar esos nuevos precios son, justamente, lo encargados. En la librería hay dos. Uno de ellos estoy bastante seguro de que es la persona más imbécil que conocí en los últimos cinco años.
No creo equivocarme en el cálculo. Hago memoria y no aparece nadie que lo supere. Así que estoy bastante seguro.
El otro, en cambio, me cae muy bien. Es un tipo interesante.
El que mandó la impresión fue el que me cae bien.
La impresora sonaba repetitiva y se escuchaba en toda la librería, incluido el pasillito con libros para chicos e incluido el piso de arriba, donde están los ensayos y los libros de arte y de poesía.
Toda la librería copada por el sonido de la impresora.
Tenía ritmo.
No pude evitar notar que tenía ritmo.
Empecé a zapar, despacito, a bajo volumen, como ensayando tímidamente, y mientras esperaba, con las manos, una base de acompañamiento sobre el escritorio.
Era un ritmo bastante complejo el que se me había ocurrido, con bastantes golpes de tambor y de bombo. Y con una cruza de semicorcheas y corcheas, según la nota.
Pero calzaba justo.
Estaba encantado. Y sorprendido. Empecé a mirar alrededor a ver si alguien más lo notaba. El loop de la impresora valía la pena de verdad. Me dio lástima no poder grabarlo. Yo movía la cabeza de izquierda a derecha y golpeaba el escritorio y zapateaba.
Y la señora me miraba fijo, mientras esperábamos el cupón.
Me miraba bien fijo la señora.
-¿Usted se da cuenta? La impresora tiene ritmo...
-Con razón... Yo veía que movías la cabeza…
El encargado miraba la escena.
-Hace un ruido insoportable...
-Sí, puede ser... pero tiene ritmo... escuchá... prestá atención...
Acompañé otra vez con las manos; ahora un poco más fuerte.
Calzaba justo. El de la impresora era un ritmo amargo y dulce a la vez. Estaba súper logrado. El mío sólo acompañaba con la intención de participar y no quedarse afuera.
Ellos se miraron y no dijeron nada.
La impresora terminó de imprimir. Y más o menos al mismo tiempo la señora firmó el cupón, que al fin había salido, y se fue con su libro, que ya no recuerdo cuál era.
Eso lo pensaba sin darle señales de que lo estaba pensando, claro.
Estaba en la caja Uno y la mujer ya me había dado su tarjeta de débito y su cédula. Y yo la estaba chusmeando.
Ninguno de los otros vendedores acepta nunca la cédula de los clientes. Y al principio yo tampoco, pero ahora sí.
Sobre todo cuando son de mujeres. Básicamente porque me gusta descubrir su nombre y su edad.
Incluso cuando sé que no las voy a volver a ver nunca más, es una curiosidad a la que no me puedo resistir. Siempre lo hago. Y muchas veces me sorprendo de que tremendos minones tengan la misma edad que yo. O incluso de que sean menores.
A veces creo que no tomo real conciencia de la edad que tengo.
Ya había pasado la tarjeta por la ranura y había tecleado los últimos cuatro dígitos. Y había tipeado la clave de seguridad y había marcado el importe. Y había revisado la edad de la señora.
Una mujer bastante grande y de algún modo hermosa.
Ahora sólo estaba esperando que el aparatito hiciera la llamada y largara el cupón para que ella lo firmara, se despidiera y se fuera.
Abajo mío, a la altura de mis pies, la impresora, una impresora vieja, viejísima, que cuando trabaja hace un quejido lento y doloroso, similar al gemido de un gato enfermo, y más que enfermo moribundo, estaba escupiendo una planilla con datos sobre unos cambios de precio en unos libros.
Están aumentando a full los libros. Es una cuestión constante. Todas las semanas llega una planilla de esas.
Los encargados de marcar esos nuevos precios son, justamente, lo encargados. En la librería hay dos. Uno de ellos estoy bastante seguro de que es la persona más imbécil que conocí en los últimos cinco años.
No creo equivocarme en el cálculo. Hago memoria y no aparece nadie que lo supere. Así que estoy bastante seguro.
El otro, en cambio, me cae muy bien. Es un tipo interesante.
El que mandó la impresión fue el que me cae bien.
La impresora sonaba repetitiva y se escuchaba en toda la librería, incluido el pasillito con libros para chicos e incluido el piso de arriba, donde están los ensayos y los libros de arte y de poesía.
Toda la librería copada por el sonido de la impresora.
Tenía ritmo.
No pude evitar notar que tenía ritmo.
Empecé a zapar, despacito, a bajo volumen, como ensayando tímidamente, y mientras esperaba, con las manos, una base de acompañamiento sobre el escritorio.
Era un ritmo bastante complejo el que se me había ocurrido, con bastantes golpes de tambor y de bombo. Y con una cruza de semicorcheas y corcheas, según la nota.
Pero calzaba justo.
Estaba encantado. Y sorprendido. Empecé a mirar alrededor a ver si alguien más lo notaba. El loop de la impresora valía la pena de verdad. Me dio lástima no poder grabarlo. Yo movía la cabeza de izquierda a derecha y golpeaba el escritorio y zapateaba.
Y la señora me miraba fijo, mientras esperábamos el cupón.
Me miraba bien fijo la señora.
-¿Usted se da cuenta? La impresora tiene ritmo...
-Con razón... Yo veía que movías la cabeza…
El encargado miraba la escena.
-Hace un ruido insoportable...
-Sí, puede ser... pero tiene ritmo... escuchá... prestá atención...
Acompañé otra vez con las manos; ahora un poco más fuerte.
Calzaba justo. El de la impresora era un ritmo amargo y dulce a la vez. Estaba súper logrado. El mío sólo acompañaba con la intención de participar y no quedarse afuera.
Ellos se miraron y no dijeron nada.
La impresora terminó de imprimir. Y más o menos al mismo tiempo la señora firmó el cupón, que al fin había salido, y se fue con su libro, que ya no recuerdo cuál era.
28.7.08
Arroba Gmail punto com
Todavía recuerdo mis primeras épocas de banda ancha, que no son las mismas que las primeras épocas de Internet.
Por esa época no sabía bien qué investigar, qué navegar y qué leer. Y de a poco fui entrando en un mundo rarísimo.
Me acuerdo de las columnas de Elsa Kalish en El Interpretador. Esa fue mi primera lectura de textos que se notaba que estaban pensados para Internet.
Yo tenía, no sé, 18, 19 o 20 años. Me acuerdo también de los foros sobre literatura y del conflicto entre Piglia y Nielsen.
Piglia había ganado el Premio Planeta de 1997, con Plata quemada, una novela policial que yo había leído y me había parecido medio chota.
Nielsen había participado en ese concurso con una novela que se llamaba El amor enfermo. Y había quedado finalista.
Resultó que Nielsen se enteró de que Piglia, el ganador, tenía un contrato previo firmado con Planeta para la publicación de la novela ganadora.
Una chantada tremenda.
Entonces Nielsen, un escritor de muchísimo menos nombre que Piglia, que es un súper capo de las letras, empezó una lucha judicial y pública que alcanzó momentos tremendos. Era una rivalidad abierta. Nielsen lo acusaba a Piglia de chorro y Piglia lo acusaba de envidioso.
La pelea se daba mediante cartas cruzadas que salían publicadas en los suplementos culturales de los principales diarios. Y los sitios de Internet literarios las reproducían y tomaban partido.
Al final todo el mundo estaba del lado de Nielsen. Y Nielsen ganó las dos peleas: la judicial y la pública.
Yo a todo eso lo viví como espectador, vía Internet, en mi primera época como cibernauta.
Después conocí los blogs y ya empecé a moverme como pez en el agua en eso de espiar a la gente. Arranqué por el blog de Maxi Tomas, que era profesor mío y siempre hablaba de Internet, después seguí por los que estaban en el blogroll de Tomas: el de Terranova, el del mismo Nielsen, el de Molina, el de Funes, el de Charlotte (¡ahora los tres entran cada tanto a leer mi blog!) y qué sé yo cuántos más. Ya se me mezclan las épocas.
Todo fue hace tan poco tiempo y a la vez hace tanto, que me mareo. Es como si hubiesen pasado siglos, pero fue ayer nomás.
Más o menos por esos años yo laburaba de periodista y tuve un contacto, bastante accidentado por cierto, con Nielsen.
Creo que en algun momento fantaseé con un encuentro en un juzgado, con un embargo sobre mis inexistentes bienes y con la caída de mis sueños, todo con apenas unos pocos años cumplidos.
En ese entonces yo trabajaba en una revista que era propiedad de un candidato a diputado macrista. Un trabajo horroroso y divertido a la vez. Yo le escribía algunas columnas de opinión que salían firmadas por él, lo cual estaba buenísimo. Siempre envidié a Mariano Grondona por haber redactado los comunicados de no sé qué dictadura militar.
Más adelante hice un laburo parecido escribiendo las notas que mi jefe estrella de rock, Zeta Bosio, firmaba para La Nación.
Para la revista también escribia notas-denuncia sobre los huecos sociales y políticos que dejaban los que gobernaban la Ciudad en ese momento. Escribí una nota sobre el Moyano, por ejemplo, que casi nadie leyó, pero que provocó que Soledad Acuña, una diputada súper jovencita, también macrista, que sí la leyó, se fuera a visitar el loquero y descubriera que había matafuegos vencidos.
Eso sí salió en todos los medios y el hospital terminó intervenido. Lo rajaron a Néstor Marchant, el director, que llevaba como treinta años en el puesto. El tipo salió a las puteadas en televisión y todo.
No me acuerdo mucho de cómo fueron las cosas. Sólo que yo entré al hospital por un médico que estaba hinchado las pelotas de lo hecho mierda que estaba todo y que escribí una nota al estilo canal 9; ese tipo de notas en las que el periodista se indigna por el estado del mundo y la desidia.
El médico le llevó la revista a la diputada y le dijo: mire, esto no así no puede ser. Y la diputada vio la posibilidad del rédito e hizo lo suyo.
Cuando Daniel Amoroso, el candidato a diputado que ponía la guita para la revista, ganó la banca, el enfoque editorial apuntó a dar un giro. Y de las notas-denuncia se iba a pasar a hablar sobre cuestiones culturales: libros, cine, teatro, arquitectura.
Iba a haber muchas entrevistas a personajes del mundo cultural, en las que los tipos iban a dar su visión de la Argentina actual.
Ahí yo entrevisté a Caparrós, a Pérez Esquivel y a Nelson Castro. Y empecé a laburar en notitas culturales: le hice una nota a la gente de Editorial Entropía, donde se decía que los chabones jamás habían logrado siquiera recuperar los costos de alguna de sus ediciones.
Y me puse a laburar en un artículo sobre Casa Curuchet, que es una obra arquitectónica de Le Corbusier en plena ciudad de La Plata.
Íbamos a hacer un montón de cosas, junto a Marcelo, un ex compañero de la facultad, súper groso, que por esos días se sumaba al staff.
Pero al final no hicimos mucho.
Para la nota sobre la casa de Le Corbusier yo me contacté con Nielsen, el Petrocelli de las letras, tal como lo definía Marcelo. Me cerraba por todos lados el asunto: arquitecto y escritor, bastante conocido; un tipo que me caía bien, realmente.
Así que le mandé un mail invitándolo a escribir la nota. Era bastante emocionante para mí comunicarme con Nielsen.
Al final Nielsen aceptó y más o menos dos semanas más tarde me mandó la nota.
No me gustó para nada. Hablaba menos sobre la arquitectura de Le Corbusier que sobre la vida de Curuchet, el tipo que le había encargado la casa. Tal vez por el poco espacio que le habíamos dado en cuanto a caracteres, las ideas del texto quedaban un poco a medias y difíciles de entender.
Y tal vez estuve un poco atrevido, siendo que yo era un mocosito y él un escritor consagrado, pero respiré hondo y le mandé un mail pidiéndole que la reescribiera y que esta vez sí usara, tal como le había dicho, Times New Roman 12, a 80 caracteres por línea.
No es la forma usual de medir un texto, es cierto, pero es la que se usaba en la revista, por costumbre. Y Nielsen había mandado todo en Arial 14.
Cuando volví a chequear Gmail tenía tres mails nuevos. Todos de Nielsen. Decía, básicamente, que no iba a reescribir nada, que mi mail lo había ofendido, que él escribía para Página/12 y La Nación, que conocía los códigos y que yo no tenía derecho a pedirle una reescritura, que le pagara lo que le debía e hiciera con la nota lo que quisiera.
Y además me había quitado el abrazo con el que había firmado los primeros mails.
El tipo había ido engranando a medida que escribía. Se notaba. Y creo que si en algún momento hubiese sabido que del otro lado había un muchachito de 21 años, sin un pelo de barba, se hubiese muerto de la risa o me hubiese venido a buscar para cagarme a trompadas.
Ese mismo día redacté una respuesta. Y la envié al otro día. Me veía entrando al juzgado. Me veía escuchando al director de la revista diciendo que la nota no se pagaba. Me veía negándome a poner la plata de mi bolsillo. Lo veía a Nielsen demandando. Lo veía publicando en su blog que yo era un delincuente.
En mi mail, que era súper largo, me agarraba de su incumplimiento en el tema de la tipografía. Le aclaraba que técnicamente yo aun no había recibido la nota con los requisitos que le había explicitado de entrada. Así que le sugería que bajara el tono de la negociación.
Y también yo le quité el abrazo.
Me moría de la risa imaginándome la cara que pondría el tipo si supiera que estaba peleando con un mocoso.
Nielsen me respondió diciendo que estaba teniendo un pésimo año, que estaba algo susceptible y que no la iba a reescribir, pero que estaba todo bien, que salieran como salieran las cosas, no iba a pasar a mayores, que hiciera lo que pudiera con la plata y que llegado el caso, de ser necesario, le pagara un poco menos. Al final decía: “Un abrazo, Gus”.
Por esos días el tema de la revista se fue al carajo, por otras razones distintas. Yo decidí alejarme. Nielsen pasó a cobrar por mi casa y yo aun no había recibido la plata, así que la puse de mi bolsillo y después sólo me devolvieron una parte. Y creo que después de eso no volví a escribir nada más para ellos.
Después laburé de prensero y de ghost writter y unos años más tarde me metí a Love Coach.
Ahora soy librero. Y casi todas las noches me paso dos o tres horas navegando blogs en Internet.
Y mientras escucho música.
Ahora mismo estoy escuchando los temas del nuevo disco -que está muy bueno- de El pony infinito, la banda para la que toqué golpeando una caja y una pandereta durante dos ensayos, hasta que me llamaron por teléfono, sin siquiera haberme escuchado tocar en serio, y me dijeron que al final no querían tener un baterista porque iba a ocupar mucho espacio en el escenario.
Fue Francisco Garamona, justamente, el que me sugirió que me haga librero.
Pero todo eso es otra historia.
¡La historia de cuando me rompieron el corazón!
Por esa época no sabía bien qué investigar, qué navegar y qué leer. Y de a poco fui entrando en un mundo rarísimo.
Me acuerdo de las columnas de Elsa Kalish en El Interpretador. Esa fue mi primera lectura de textos que se notaba que estaban pensados para Internet.
Yo tenía, no sé, 18, 19 o 20 años. Me acuerdo también de los foros sobre literatura y del conflicto entre Piglia y Nielsen.
Piglia había ganado el Premio Planeta de 1997, con Plata quemada, una novela policial que yo había leído y me había parecido medio chota.
Nielsen había participado en ese concurso con una novela que se llamaba El amor enfermo. Y había quedado finalista.
Resultó que Nielsen se enteró de que Piglia, el ganador, tenía un contrato previo firmado con Planeta para la publicación de la novela ganadora.
Una chantada tremenda.
Entonces Nielsen, un escritor de muchísimo menos nombre que Piglia, que es un súper capo de las letras, empezó una lucha judicial y pública que alcanzó momentos tremendos. Era una rivalidad abierta. Nielsen lo acusaba a Piglia de chorro y Piglia lo acusaba de envidioso.
La pelea se daba mediante cartas cruzadas que salían publicadas en los suplementos culturales de los principales diarios. Y los sitios de Internet literarios las reproducían y tomaban partido.
Al final todo el mundo estaba del lado de Nielsen. Y Nielsen ganó las dos peleas: la judicial y la pública.
Yo a todo eso lo viví como espectador, vía Internet, en mi primera época como cibernauta.
Después conocí los blogs y ya empecé a moverme como pez en el agua en eso de espiar a la gente. Arranqué por el blog de Maxi Tomas, que era profesor mío y siempre hablaba de Internet, después seguí por los que estaban en el blogroll de Tomas: el de Terranova, el del mismo Nielsen, el de Molina, el de Funes, el de Charlotte (¡ahora los tres entran cada tanto a leer mi blog!) y qué sé yo cuántos más. Ya se me mezclan las épocas.
Todo fue hace tan poco tiempo y a la vez hace tanto, que me mareo. Es como si hubiesen pasado siglos, pero fue ayer nomás.
Más o menos por esos años yo laburaba de periodista y tuve un contacto, bastante accidentado por cierto, con Nielsen.
Creo que en algun momento fantaseé con un encuentro en un juzgado, con un embargo sobre mis inexistentes bienes y con la caída de mis sueños, todo con apenas unos pocos años cumplidos.
En ese entonces yo trabajaba en una revista que era propiedad de un candidato a diputado macrista. Un trabajo horroroso y divertido a la vez. Yo le escribía algunas columnas de opinión que salían firmadas por él, lo cual estaba buenísimo. Siempre envidié a Mariano Grondona por haber redactado los comunicados de no sé qué dictadura militar.
Más adelante hice un laburo parecido escribiendo las notas que mi jefe estrella de rock, Zeta Bosio, firmaba para La Nación.
Para la revista también escribia notas-denuncia sobre los huecos sociales y políticos que dejaban los que gobernaban la Ciudad en ese momento. Escribí una nota sobre el Moyano, por ejemplo, que casi nadie leyó, pero que provocó que Soledad Acuña, una diputada súper jovencita, también macrista, que sí la leyó, se fuera a visitar el loquero y descubriera que había matafuegos vencidos.
Eso sí salió en todos los medios y el hospital terminó intervenido. Lo rajaron a Néstor Marchant, el director, que llevaba como treinta años en el puesto. El tipo salió a las puteadas en televisión y todo.
No me acuerdo mucho de cómo fueron las cosas. Sólo que yo entré al hospital por un médico que estaba hinchado las pelotas de lo hecho mierda que estaba todo y que escribí una nota al estilo canal 9; ese tipo de notas en las que el periodista se indigna por el estado del mundo y la desidia.
El médico le llevó la revista a la diputada y le dijo: mire, esto no así no puede ser. Y la diputada vio la posibilidad del rédito e hizo lo suyo.
Cuando Daniel Amoroso, el candidato a diputado que ponía la guita para la revista, ganó la banca, el enfoque editorial apuntó a dar un giro. Y de las notas-denuncia se iba a pasar a hablar sobre cuestiones culturales: libros, cine, teatro, arquitectura.
Iba a haber muchas entrevistas a personajes del mundo cultural, en las que los tipos iban a dar su visión de la Argentina actual.
Ahí yo entrevisté a Caparrós, a Pérez Esquivel y a Nelson Castro. Y empecé a laburar en notitas culturales: le hice una nota a la gente de Editorial Entropía, donde se decía que los chabones jamás habían logrado siquiera recuperar los costos de alguna de sus ediciones.
Y me puse a laburar en un artículo sobre Casa Curuchet, que es una obra arquitectónica de Le Corbusier en plena ciudad de La Plata.
Íbamos a hacer un montón de cosas, junto a Marcelo, un ex compañero de la facultad, súper groso, que por esos días se sumaba al staff.
Pero al final no hicimos mucho.
Para la nota sobre la casa de Le Corbusier yo me contacté con Nielsen, el Petrocelli de las letras, tal como lo definía Marcelo. Me cerraba por todos lados el asunto: arquitecto y escritor, bastante conocido; un tipo que me caía bien, realmente.
Así que le mandé un mail invitándolo a escribir la nota. Era bastante emocionante para mí comunicarme con Nielsen.
Al final Nielsen aceptó y más o menos dos semanas más tarde me mandó la nota.
No me gustó para nada. Hablaba menos sobre la arquitectura de Le Corbusier que sobre la vida de Curuchet, el tipo que le había encargado la casa. Tal vez por el poco espacio que le habíamos dado en cuanto a caracteres, las ideas del texto quedaban un poco a medias y difíciles de entender.
Y tal vez estuve un poco atrevido, siendo que yo era un mocosito y él un escritor consagrado, pero respiré hondo y le mandé un mail pidiéndole que la reescribiera y que esta vez sí usara, tal como le había dicho, Times New Roman 12, a 80 caracteres por línea.
No es la forma usual de medir un texto, es cierto, pero es la que se usaba en la revista, por costumbre. Y Nielsen había mandado todo en Arial 14.
Cuando volví a chequear Gmail tenía tres mails nuevos. Todos de Nielsen. Decía, básicamente, que no iba a reescribir nada, que mi mail lo había ofendido, que él escribía para Página/12 y La Nación, que conocía los códigos y que yo no tenía derecho a pedirle una reescritura, que le pagara lo que le debía e hiciera con la nota lo que quisiera.
Y además me había quitado el abrazo con el que había firmado los primeros mails.
El tipo había ido engranando a medida que escribía. Se notaba. Y creo que si en algún momento hubiese sabido que del otro lado había un muchachito de 21 años, sin un pelo de barba, se hubiese muerto de la risa o me hubiese venido a buscar para cagarme a trompadas.
Ese mismo día redacté una respuesta. Y la envié al otro día. Me veía entrando al juzgado. Me veía escuchando al director de la revista diciendo que la nota no se pagaba. Me veía negándome a poner la plata de mi bolsillo. Lo veía a Nielsen demandando. Lo veía publicando en su blog que yo era un delincuente.
En mi mail, que era súper largo, me agarraba de su incumplimiento en el tema de la tipografía. Le aclaraba que técnicamente yo aun no había recibido la nota con los requisitos que le había explicitado de entrada. Así que le sugería que bajara el tono de la negociación.
Y también yo le quité el abrazo.
Me moría de la risa imaginándome la cara que pondría el tipo si supiera que estaba peleando con un mocoso.
Nielsen me respondió diciendo que estaba teniendo un pésimo año, que estaba algo susceptible y que no la iba a reescribir, pero que estaba todo bien, que salieran como salieran las cosas, no iba a pasar a mayores, que hiciera lo que pudiera con la plata y que llegado el caso, de ser necesario, le pagara un poco menos. Al final decía: “Un abrazo, Gus”.
Por esos días el tema de la revista se fue al carajo, por otras razones distintas. Yo decidí alejarme. Nielsen pasó a cobrar por mi casa y yo aun no había recibido la plata, así que la puse de mi bolsillo y después sólo me devolvieron una parte. Y creo que después de eso no volví a escribir nada más para ellos.
Después laburé de prensero y de ghost writter y unos años más tarde me metí a Love Coach.
Ahora soy librero. Y casi todas las noches me paso dos o tres horas navegando blogs en Internet.
Y mientras escucho música.
Ahora mismo estoy escuchando los temas del nuevo disco -que está muy bueno- de El pony infinito, la banda para la que toqué golpeando una caja y una pandereta durante dos ensayos, hasta que me llamaron por teléfono, sin siquiera haberme escuchado tocar en serio, y me dijeron que al final no querían tener un baterista porque iba a ocupar mucho espacio en el escenario.
Fue Francisco Garamona, justamente, el que me sugirió que me haga librero.
Pero todo eso es otra historia.
¡La historia de cuando me rompieron el corazón!
25.7.08
Es muy gracioso
Desde el nacimiento de este blog hasta hoy, cada vez que me pongo a escribir algo para postear, me pasan las mismas cosas.
Primero tengo un problema para que se me ocurra un tema y después tengo otro para lograr que el texto este bueno.
Siempre que soluciono el primero y me enfrento al segundo, donde la derrota es casi segura, termino resolviendo dejar todo así nomás, tal como salió, y postearlo a lo cabeza, aunque haya quedado una mierda de post.
Casi siempre es de madrugada y estoy con sueño.
Lo más gracioso es que todas esas veces lo que pienso es: “Bueno, por hoy publico un textito de mierda, para mantenerlo actualizado, para engañar a los poquitos lectores que entran, para que no pierda continuidad el asunto, pero la próxima me esmero y lo hago bien y listo”.
Siempre creo que en realidad, aunque los posts digan lo contrario, yo seguro debo ser bueno escribiendo. Considero que la mala calidad de lo que escribo es sólo una circunstancia de ese día.
Pienso que, claro, si los posts son malos es sólo porque soy un vago de mierda y no le pongo dedicación pero, si le pusiera, serían geniales.
Un día voy a tener pilas y voy a ser un groso.
Eso pienso. Eso vengo pensando desde el primer día.
Otra parte de mí sabe que soy un muerto de frío y no anda dando tantas vueltas.
Pero dos años en esa. Es muy gracioso.
Hoy el blog cumple dos años. Ayer, en realidad, pero hace unos meses borré el primer post, del 24/7/06, porque era malísimo. Y también eliminé otros posteriores e iba a seguir borrando pero me agarró vagancia y frené.
De cualquier manera, dos años es una cantidad enorme de tiempo. Me pone contento haber vivido todo eso. Ojalá siga posteando durante dos años más.
Al fin y al cabo el asunto empezó como un ejercicio para tener la obligación de escribir seguido. Y más o menos se cumplió: en 730 días posteé 213 veces. Es decir: posteé cada tres días y medio.
Es cuestión de tener mucha paciencia y seguir esperando que llegue el post bueno.
Y ahí no me para nadie.
Cuentos, novelas, poemarios, crónicas.
No hay techo.
Primero tengo un problema para que se me ocurra un tema y después tengo otro para lograr que el texto este bueno.
Siempre que soluciono el primero y me enfrento al segundo, donde la derrota es casi segura, termino resolviendo dejar todo así nomás, tal como salió, y postearlo a lo cabeza, aunque haya quedado una mierda de post.
Casi siempre es de madrugada y estoy con sueño.
Lo más gracioso es que todas esas veces lo que pienso es: “Bueno, por hoy publico un textito de mierda, para mantenerlo actualizado, para engañar a los poquitos lectores que entran, para que no pierda continuidad el asunto, pero la próxima me esmero y lo hago bien y listo”.
Siempre creo que en realidad, aunque los posts digan lo contrario, yo seguro debo ser bueno escribiendo. Considero que la mala calidad de lo que escribo es sólo una circunstancia de ese día.
Pienso que, claro, si los posts son malos es sólo porque soy un vago de mierda y no le pongo dedicación pero, si le pusiera, serían geniales.
Un día voy a tener pilas y voy a ser un groso.
Eso pienso. Eso vengo pensando desde el primer día.
Otra parte de mí sabe que soy un muerto de frío y no anda dando tantas vueltas.
Pero dos años en esa. Es muy gracioso.
Hoy el blog cumple dos años. Ayer, en realidad, pero hace unos meses borré el primer post, del 24/7/06, porque era malísimo. Y también eliminé otros posteriores e iba a seguir borrando pero me agarró vagancia y frené.
De cualquier manera, dos años es una cantidad enorme de tiempo. Me pone contento haber vivido todo eso. Ojalá siga posteando durante dos años más.
Al fin y al cabo el asunto empezó como un ejercicio para tener la obligación de escribir seguido. Y más o menos se cumplió: en 730 días posteé 213 veces. Es decir: posteé cada tres días y medio.
Es cuestión de tener mucha paciencia y seguir esperando que llegue el post bueno.
Y ahí no me para nadie.
Cuentos, novelas, poemarios, crónicas.
No hay techo.
24.7.08
Viernes 3 am
Un gordo pelado, a mi derecha, un tipo con una pinta de pilar izquierdo que se caía, saltaba y bufaba en el lugar y tiraba trompadas para los costados y giraba en círculos.
Estaba encendido. Prendido fuego. Tenía la cara roja. Pero no parecía cansado.
Una chica iba bailando por todas partes de la pista, estirando un bracito para arriba como si le cantara alguna puteada a un árbitro, y cada vez que llegaba a un hombre le giraba alrededor, le daba una vuelta incompleta y seguía hasta el próximo.
Y así una y otra vez.
Iba por toda la pista, haciendo eso y nada más. Tenía un silbato en la boca.
Cuando alguno intentaba hablarle ella lo ignoraba.
No era para nada linda y estaba vestida con un short y una musculosa.
El sonido era de lo más envolvente que escuché. La música te entraba por todas partes. No había grandes efectos de luces. Era la música y oscuridad, básicamente. Cada tanto algún parpadeo o alguna de esas historias básicas.
El pibe que hacía de DJ nos tenía atados en una mano. Cuando la música bajaba todos nos poníamos expectantes.
Sabíamos que iba a pasar algo.
Pero tardaba.
Se hacía rogar.
Bajaba y bajaba y bajaba.
Y todos sospechábamos y nos mirábamos.
Nos lo hacía a propósito. Parecía que iba a suceder pero no sucedía.
Hasta que sucedía: la pista explotaba al fin. Temblaba un redoblante, en un in crescendo de pianissimo a fortissimo, y arrancaba todo con un ritmo imparable, de tu pa / tu tu pa, con ruidos de lo más raros, con alguna trompeta perdida.
En cada compás aparecía alguna cosa nueva y era inevitable entregarse y levantar los brazos y pegar un salto y un grito y ponerse a bailar de nuevo.
Nos tenía en la palma de la mano, el hijo de puta.
Era una redefinición de la potencia.
Estaba encendido. Prendido fuego. Tenía la cara roja. Pero no parecía cansado.
Una chica iba bailando por todas partes de la pista, estirando un bracito para arriba como si le cantara alguna puteada a un árbitro, y cada vez que llegaba a un hombre le giraba alrededor, le daba una vuelta incompleta y seguía hasta el próximo.
Y así una y otra vez.
Iba por toda la pista, haciendo eso y nada más. Tenía un silbato en la boca.
Cuando alguno intentaba hablarle ella lo ignoraba.
No era para nada linda y estaba vestida con un short y una musculosa.
El sonido era de lo más envolvente que escuché. La música te entraba por todas partes. No había grandes efectos de luces. Era la música y oscuridad, básicamente. Cada tanto algún parpadeo o alguna de esas historias básicas.
El pibe que hacía de DJ nos tenía atados en una mano. Cuando la música bajaba todos nos poníamos expectantes.
Sabíamos que iba a pasar algo.
Pero tardaba.
Se hacía rogar.
Bajaba y bajaba y bajaba.
Y todos sospechábamos y nos mirábamos.
Nos lo hacía a propósito. Parecía que iba a suceder pero no sucedía.
Hasta que sucedía: la pista explotaba al fin. Temblaba un redoblante, en un in crescendo de pianissimo a fortissimo, y arrancaba todo con un ritmo imparable, de tu pa / tu tu pa, con ruidos de lo más raros, con alguna trompeta perdida.
En cada compás aparecía alguna cosa nueva y era inevitable entregarse y levantar los brazos y pegar un salto y un grito y ponerse a bailar de nuevo.
Nos tenía en la palma de la mano, el hijo de puta.
Era una redefinición de la potencia.
23.7.08
Vomitar en Cemento
Muchas veces me pregunté cuándo me llegaría el aburguesamiento. Y creo que al fin me llegó hoy.
Seguramente va a tardar mucho en aparecer el próximo síntoma y después, en un lapso menor aparecerá el tercero y después el cuarto y así.
Me duele verme en estas condiciones.
Hace un ratito nomás, rodeé todo el cementerio, en Chacarita, a pata, como siempre, para llegar hasta Lacroze y tomarme el 65 o el 44.
Mientras caminaba, tuve macabros pensamientos sobre toda la familia mía que estaba durmiendo ahí adentro.
Me encantó caminar. Siempre me gusta hacerlo a esta hora. Estaba bien abrigado. Y tenía poco peso en la mochila, porque se me rompió un platillo, mi querido crash de 16, Paiste, que tantas alegrías me trajo, y entonces tengo un bulto menos en la mochila y puedo caminar con una agilidad extra.
No había una puta alma en la calle; no me crucé con nadie desde que me separé del resto de la banda en Dorrego y Corrientes.
Una vez que llegué a la parada me senté en el cordón a esperar y esperar.
Y esperar y esperar.
Y esperar nunca es tan divertido como caminar.
Pero tengo 24 años y en el fondo soy algo cabeza, así que lo que siempre hago es esperar y seguir esperando en el cordón de cualquier vereda, hasta que aparezca el bondi.
Esperar y perder el tiempo; las dos actividades de las que se trata la vida.
Me gusta ser así.
Pero esta vez no. Pasó algo raro recién.
Esta vez me sorprendí a mí mismo, me dejé perplejo al ver mi mano derecha levantada, firme, rígida, haciéndole una seña a un taxista, que seguramente estaba ahí por error, completamente perdido, para que frene y me traiga velozmente hasta mi casa.
Es una locura.
No lo pienso volver a hacer si no es con una mina que se queja por el frío. Yo no soy de los que toman taxi.
Me siento sucio.
Necesito emborracharme y vomitar en Cemento. Y amanecer al otro día en el Fernandez.
Urgente.
Seguramente va a tardar mucho en aparecer el próximo síntoma y después, en un lapso menor aparecerá el tercero y después el cuarto y así.
Me duele verme en estas condiciones.
Hace un ratito nomás, rodeé todo el cementerio, en Chacarita, a pata, como siempre, para llegar hasta Lacroze y tomarme el 65 o el 44.
Mientras caminaba, tuve macabros pensamientos sobre toda la familia mía que estaba durmiendo ahí adentro.
Me encantó caminar. Siempre me gusta hacerlo a esta hora. Estaba bien abrigado. Y tenía poco peso en la mochila, porque se me rompió un platillo, mi querido crash de 16, Paiste, que tantas alegrías me trajo, y entonces tengo un bulto menos en la mochila y puedo caminar con una agilidad extra.
No había una puta alma en la calle; no me crucé con nadie desde que me separé del resto de la banda en Dorrego y Corrientes.
Una vez que llegué a la parada me senté en el cordón a esperar y esperar.
Y esperar y esperar.
Y esperar nunca es tan divertido como caminar.
Pero tengo 24 años y en el fondo soy algo cabeza, así que lo que siempre hago es esperar y seguir esperando en el cordón de cualquier vereda, hasta que aparezca el bondi.
Esperar y perder el tiempo; las dos actividades de las que se trata la vida.
Me gusta ser así.
Pero esta vez no. Pasó algo raro recién.
Esta vez me sorprendí a mí mismo, me dejé perplejo al ver mi mano derecha levantada, firme, rígida, haciéndole una seña a un taxista, que seguramente estaba ahí por error, completamente perdido, para que frene y me traiga velozmente hasta mi casa.
Es una locura.
No lo pienso volver a hacer si no es con una mina que se queja por el frío. Yo no soy de los que toman taxi.
Me siento sucio.
Necesito emborracharme y vomitar en Cemento. Y amanecer al otro día en el Fernandez.
Urgente.
22.7.08
Las fotos de los micros de larga distancia
Juan Terranova una vez me salvó la vida.
Y Charlie Watts también.
En realidad no es que me hayan salvado la vida, sino que me resultaron de mucha utilidad en un momento complicado. Pero qué sería de un periodista sin la exageración en los encabezamientos.
Mi sobrina –más tarde mi ahijada- nació un domingo. Ese día yo armé la mochila, me duché y me enfrenté a la puerta de mi casa.
Pero, aunque quise, no pude seguir.
Entonces volví hasta mi cuarto, dejé la mochila en el suelo y me senté en la cama, con la cabeza apoyada en la pared.
Estuve así unas cuantas horas. Desde hace unos años tengo una fobia rarísima. Y consiste en un miedo irracional a viajar en micro.
Así de extraño.
No es que tenga miedo de que algo terrible pueda pasar. No me da miedo que vuelque, que choque o que se prenda fuego.
Es el mismo hecho de estar ahí sentado en esa cápsula en movimiento, durante cuatro horas, lo que me destroza los nervios. No necesito más que estar ahí preso para sufrir de la peor forma.
Es un asunto rarísimo. No me pasa en el transporte interurbano y no me pasa en un auto. Sólo me agarra en micros de larga distancia.
Ese día no pude viajar a Rosario. La mochila quedó armada y tirada en alguna parte de mi cuarto.
Al otro día la agarré de nuevo y salí a la calle.
Pasé por el local de Galerna que hay en Cabildo y Pampa y después bajé hasta la estación de Barrancas de Belgrano.
Durante el viaje en tren a Retiro ya empecé a tener los síntomas de la fobia. Falta de aire, transpiración fría, ansiedad, desesperación, exceso de saliva en la boca, ganas de vomitar.
Me costó soportar la tentación de bajarme antes o de volverme a casa una vez que pisé Retiro.
Un amigo mío sufre una fobia parecida. A él le agarró a partir de un hecho traumático que le tocó vivir.
La fobia de mi amigo se relaciona con el subte. Las últimas veces que intentó tomarse uno, ya con sólo verlo venir por el andén sintió un pánico incontrolable.
Él dice, tras analizarlo bastante, que le resulta insoportable la idea de hacer un viaje en ese trayecto delimitado. Dice que lo lineal del concepto del subte lo vuelve loco.
Y se posesiona mucho cuando habla del tema.
Yo, en cambio, cuando hablo del mío, me angustio.
Y qué tarde aquella.
Bajarme en Retiro, caminar hasta la Terminal esquivando gente y sacar el pasaje fue lo peor. Sentía que me estaba auto flagelando.
Y una vez que pagué el boleto estuve tentado de tirarlo a la basura e irme. Estuve a punto de hacerlo. Y hasta recuerdo haber girado en 180°, en algún momento, y haber dado unos pasos hacia la salida, para después frenarme y retomar lo que había empezado.
La pasé muy mal.
Al final me subí al micro. Y durante la primera media hora estuve como endurecido. Respiraba hondo. Me hormigueaban la panza y las extremidades.
Supongo que temblaba.
Ahora mismo, mientras lo escribo, se me cierra un poco la garganta con sólo recordar el ambiente de un micro: el asiento de adelante pegado a mi cara, las ventanas cerradas herméticamente, el silencio, los susurros, el tiempo detenido.
Y también, ahora que escribo, pienso que capaz tiene razón mi amigo cuando me dice que la causa de mi fobia es cantada.
Él dice que tiene que estar relacionada con las mudanzas de mi vida. Con el hecho de que fui de acá para allá.
Es cierto que eso modeló mi carácter de una manera bien chota y que influyó una barbaridad sobre mí. Siempre estoy hablando sobre eso, de algún modo u otro. Como si fuera lo único que destaco de mi biografía.
Ciudad de Buenos Aires – Neuquén – Provincia de Buenos Aires – Rosario – Ciudad de Buenos Aires. Jardín - Infancia – Preadolescencia – Adolescencia – Seudo adultez.
Mi amigo dice: “Es obvio que tu cabeza y tu cuerpo tienen algún problema con el asunto de trasladarse a grandes distancias”.
Y será así. No sé.
El viaje fue muy difícil. Lo fueron los posteriores y lo fueron muchos de los anteriores.
Muchas veces, parado en tierra firme, hasta sufrí al ver alguna publicidad de micros de larga distancia.
Las fotos, los asientos, el tapizado nuevecito. Me da arcadas.
Ese día, en pleno martirio, intenté distraerme con música, y lo logré escuchando Stripped, de Los Rolling Stones, ese discazo en vivo de los noventa, con un Charlie Watts que es pura potencia llevando el ritmo en temas como Like a rolling stone, Dead flowers y Street fighting man.
Y también lo intenté escribiendo y leyendo mensajes de texto. De todo probé. Cualquier cosa era buena.
Igual que siempre cuando se está desesperado: cualquier cosa es buena.
Y ahí pelé El pornógrafo, de Terranova. La novela que había comprado en Galerna un rato antes.
La terminé antes de llegar a Rosario. Y la verdad es que me ayudó bastante a olvidar que estaba ahí arriba.
Las novelas de Terranova pasan como un pedo en una canasta, es cierto. Pero hay que admitir que son adictivas. Y a mí me salvó de una crisis nerviosa en ese entonces.
El otro día compré Mi nombre es Rufus y la leí en unas poquísimas horas. Fueron tres o cuatro viajes de subte, de esos con combinaciones largas, un par de descansos durante un ensayo y un ratito que tuve antes de tirarme a dormir.
No pude evitar, mientras leía, acordarme de esta experiencia en el micro a Rosario. Y cuando lo terminé me puse a escuchar un rato de Stripped.
Y entonces ahí recordé la escena de cerrar el libro tras su punto final y empezar a ver la entrada de Rosario, con todos los recuerdos de los años que viví allá atacando mi cabeza.
La escuela. El Jockey Club.
Fisherton y la obsesión de los fishertenses con el tema de la mediocridad y el fracaso.
Todo eso.
Cuando bajé en la Terminal de Rosario sentí el alivio que siempre siento cuando me bajo de un micro. Ese volver a respirar en paz y esa sensación de: acá me quedo a vivir hasta que un auto amigo arranque para Buenos Aires, porque no pienso volver a viajar en micro.
Pero al final la vuelta siempre es mucho más fácil.
Y Charlie Watts también.
En realidad no es que me hayan salvado la vida, sino que me resultaron de mucha utilidad en un momento complicado. Pero qué sería de un periodista sin la exageración en los encabezamientos.
Mi sobrina –más tarde mi ahijada- nació un domingo. Ese día yo armé la mochila, me duché y me enfrenté a la puerta de mi casa.
Pero, aunque quise, no pude seguir.
Entonces volví hasta mi cuarto, dejé la mochila en el suelo y me senté en la cama, con la cabeza apoyada en la pared.
Estuve así unas cuantas horas. Desde hace unos años tengo una fobia rarísima. Y consiste en un miedo irracional a viajar en micro.
Así de extraño.
No es que tenga miedo de que algo terrible pueda pasar. No me da miedo que vuelque, que choque o que se prenda fuego.
Es el mismo hecho de estar ahí sentado en esa cápsula en movimiento, durante cuatro horas, lo que me destroza los nervios. No necesito más que estar ahí preso para sufrir de la peor forma.
Es un asunto rarísimo. No me pasa en el transporte interurbano y no me pasa en un auto. Sólo me agarra en micros de larga distancia.
Ese día no pude viajar a Rosario. La mochila quedó armada y tirada en alguna parte de mi cuarto.
Al otro día la agarré de nuevo y salí a la calle.
Pasé por el local de Galerna que hay en Cabildo y Pampa y después bajé hasta la estación de Barrancas de Belgrano.
Durante el viaje en tren a Retiro ya empecé a tener los síntomas de la fobia. Falta de aire, transpiración fría, ansiedad, desesperación, exceso de saliva en la boca, ganas de vomitar.
Me costó soportar la tentación de bajarme antes o de volverme a casa una vez que pisé Retiro.
Un amigo mío sufre una fobia parecida. A él le agarró a partir de un hecho traumático que le tocó vivir.
La fobia de mi amigo se relaciona con el subte. Las últimas veces que intentó tomarse uno, ya con sólo verlo venir por el andén sintió un pánico incontrolable.
Él dice, tras analizarlo bastante, que le resulta insoportable la idea de hacer un viaje en ese trayecto delimitado. Dice que lo lineal del concepto del subte lo vuelve loco.
Y se posesiona mucho cuando habla del tema.
Yo, en cambio, cuando hablo del mío, me angustio.
Y qué tarde aquella.
Bajarme en Retiro, caminar hasta la Terminal esquivando gente y sacar el pasaje fue lo peor. Sentía que me estaba auto flagelando.
Y una vez que pagué el boleto estuve tentado de tirarlo a la basura e irme. Estuve a punto de hacerlo. Y hasta recuerdo haber girado en 180°, en algún momento, y haber dado unos pasos hacia la salida, para después frenarme y retomar lo que había empezado.
La pasé muy mal.
Al final me subí al micro. Y durante la primera media hora estuve como endurecido. Respiraba hondo. Me hormigueaban la panza y las extremidades.
Supongo que temblaba.
Ahora mismo, mientras lo escribo, se me cierra un poco la garganta con sólo recordar el ambiente de un micro: el asiento de adelante pegado a mi cara, las ventanas cerradas herméticamente, el silencio, los susurros, el tiempo detenido.
Y también, ahora que escribo, pienso que capaz tiene razón mi amigo cuando me dice que la causa de mi fobia es cantada.
Él dice que tiene que estar relacionada con las mudanzas de mi vida. Con el hecho de que fui de acá para allá.
Es cierto que eso modeló mi carácter de una manera bien chota y que influyó una barbaridad sobre mí. Siempre estoy hablando sobre eso, de algún modo u otro. Como si fuera lo único que destaco de mi biografía.
Ciudad de Buenos Aires – Neuquén – Provincia de Buenos Aires – Rosario – Ciudad de Buenos Aires. Jardín - Infancia – Preadolescencia – Adolescencia – Seudo adultez.
Mi amigo dice: “Es obvio que tu cabeza y tu cuerpo tienen algún problema con el asunto de trasladarse a grandes distancias”.
Y será así. No sé.
El viaje fue muy difícil. Lo fueron los posteriores y lo fueron muchos de los anteriores.
Muchas veces, parado en tierra firme, hasta sufrí al ver alguna publicidad de micros de larga distancia.
Las fotos, los asientos, el tapizado nuevecito. Me da arcadas.
Ese día, en pleno martirio, intenté distraerme con música, y lo logré escuchando Stripped, de Los Rolling Stones, ese discazo en vivo de los noventa, con un Charlie Watts que es pura potencia llevando el ritmo en temas como Like a rolling stone, Dead flowers y Street fighting man.
Y también lo intenté escribiendo y leyendo mensajes de texto. De todo probé. Cualquier cosa era buena.
Igual que siempre cuando se está desesperado: cualquier cosa es buena.
Y ahí pelé El pornógrafo, de Terranova. La novela que había comprado en Galerna un rato antes.
La terminé antes de llegar a Rosario. Y la verdad es que me ayudó bastante a olvidar que estaba ahí arriba.
Las novelas de Terranova pasan como un pedo en una canasta, es cierto. Pero hay que admitir que son adictivas. Y a mí me salvó de una crisis nerviosa en ese entonces.
El otro día compré Mi nombre es Rufus y la leí en unas poquísimas horas. Fueron tres o cuatro viajes de subte, de esos con combinaciones largas, un par de descansos durante un ensayo y un ratito que tuve antes de tirarme a dormir.
No pude evitar, mientras leía, acordarme de esta experiencia en el micro a Rosario. Y cuando lo terminé me puse a escuchar un rato de Stripped.
Y entonces ahí recordé la escena de cerrar el libro tras su punto final y empezar a ver la entrada de Rosario, con todos los recuerdos de los años que viví allá atacando mi cabeza.
La escuela. El Jockey Club.
Fisherton y la obsesión de los fishertenses con el tema de la mediocridad y el fracaso.
Todo eso.
Cuando bajé en la Terminal de Rosario sentí el alivio que siempre siento cuando me bajo de un micro. Ese volver a respirar en paz y esa sensación de: acá me quedo a vivir hasta que un auto amigo arranque para Buenos Aires, porque no pienso volver a viajar en micro.
Pero al final la vuelta siempre es mucho más fácil.
19.7.08
¡Las palmas de todos los negros arriba!
Recuerdo que hace unos años había abandonado el optimismo, de manera definitiva, después de leer libros como Cándido, de Voltaire; El tío Vania-Las tres hermanas-La gaviota, de Chéjov; La metamorfosis, de Kafka y Pulp, de Bukowski.
Me parecía que esos libros decían la verdad.
Y me sigue pareciendo.
Cándido, después de tanta –hilarante- desgracia, tiene razón al descubrir su error por haber creído ciegamente en el optimismo.
El personaje de Chéjov que dice que la felicidad no es algo que exista o que se pueda tener, sino sólo algo que se desea, también tiene razón.
Tiene razón: sus amigas e interlocutoras no iban a ser felices si lograban irse a vivir a la tan ansiada Moscú. Ahí también iban a encontrar sarna de dónde rascarse.
A mí me pasó con Buenos Aires.
Y ni hablar de la cucaracha humana de Kafka. Yo también me siento medio cucaracha, a veces, por tener que cumplir un horario fijo.
Y el resto de las ocasiones me salva la vida.
Y Belane, el protagonista de Pulp.
Dios mío.
Es la mejor novela que leí en mi vida. La leí como cinco o seis veces en realidad.
Estuve buscando recién, pero citar sería injusto. No sirve de nada. Hay que leerla entera (creo que ya no se consigue en papel, pero se puede bajar de Genio Maligno).
Todos –los personajes de Voltaire, Chéjov, Kafka y Bukowski- tienen razón. La vida es una mierda. Ni más ni menos.
Y como es una mierda lo único que queda es pelotudear y reirse. Y ahí es donde el dueño de la razón pasa a ser el optimista.
En ese sentido, y en todos los demás que se me puedan ocurrir, banco a muerte a la cumbia villera, digan lo que digan los sabios.
Su filosofía es la mía, aunque yo viva en Belgrano, en un edificio con seguridad, y ellos en La Lechería, en un rancho sin agua caliente: la vida es una mierda, así que, negra, pelá la pollerita roja y pongámonos a bailar unas cumbias UR GEN TE.
Me parecía que esos libros decían la verdad.
Y me sigue pareciendo.
Cándido, después de tanta –hilarante- desgracia, tiene razón al descubrir su error por haber creído ciegamente en el optimismo.
El personaje de Chéjov que dice que la felicidad no es algo que exista o que se pueda tener, sino sólo algo que se desea, también tiene razón.
Tiene razón: sus amigas e interlocutoras no iban a ser felices si lograban irse a vivir a la tan ansiada Moscú. Ahí también iban a encontrar sarna de dónde rascarse.
A mí me pasó con Buenos Aires.
Y ni hablar de la cucaracha humana de Kafka. Yo también me siento medio cucaracha, a veces, por tener que cumplir un horario fijo.
Y el resto de las ocasiones me salva la vida.
Y Belane, el protagonista de Pulp.
Dios mío.
Es la mejor novela que leí en mi vida. La leí como cinco o seis veces en realidad.
Estuve buscando recién, pero citar sería injusto. No sirve de nada. Hay que leerla entera (creo que ya no se consigue en papel, pero se puede bajar de Genio Maligno).
Todos –los personajes de Voltaire, Chéjov, Kafka y Bukowski- tienen razón. La vida es una mierda. Ni más ni menos.
Y como es una mierda lo único que queda es pelotudear y reirse. Y ahí es donde el dueño de la razón pasa a ser el optimista.
En ese sentido, y en todos los demás que se me puedan ocurrir, banco a muerte a la cumbia villera, digan lo que digan los sabios.
Su filosofía es la mía, aunque yo viva en Belgrano, en un edificio con seguridad, y ellos en La Lechería, en un rancho sin agua caliente: la vida es una mierda, así que, negra, pelá la pollerita roja y pongámonos a bailar unas cumbias UR GEN TE.
18.7.08
Violento
Estuve subestimando demasiado al tema de la muerte. A lo de mi abuela me lo tomé como una cosa más. Me quise reír de eso. Quise que no fuera gran cosa. No la veía mucho. Casi nunca. No puedo decir, sin ruborizarme, que la vaya a extrañar. Pero morirse. Morirse fue demasiado. Así tan rápido. Fue una semana tan violenta. El lunes yo había dormido muy mal y sólo quería llegar a casa a tirarme en la cama. Mi hermano me llamó por teléfono y me dijo que, a través de la ventana, los vecinos habían visto a mi abuela tirada en el piso de su cuarto. Así que fui directo a su casa. Ahí estaban mi mamá y mi hermano cuando llegué. Mi abuela estaba perdida; no me hablaba ni me respondía. Sólo respiraba muy hondo, ahogada. Su departamento olía horrible: pis y caca. La habían encontrado tirada en un tremendo charco de pis y caca. Con mi hermano la cargamos, y nos manchamos las manos y la ropa con su pis y su caca, y la llevamos hasta el hospital. Creo que no nos importaba estar manchándonos. Mi hermano consiguió que un enfermero nos ayudara con una silla de ruedas. Ahí la bañaron y le pusieron suero y le hicieron unos análisis y unas placas. Resultó que se iba a poner bien; tenía una hemorragia digestiva, nada más, y estaba deshidratada. Se iba a poner bien y la iban a trasladar a otro hospital. Yo me quedé solo con ella, acompañándola hasta las cinco de la mañana. Ahí llegó mi hermano, a quien había logrado convencer para que se vaya a bañar y a comer. Él no quería irse, quería estar ahí toda la noche sin parar un segundo. Mi abuela dormía y cuando se despertaba parecía un poco ida. Yo no había comido nada ni tampoco me había bañado. Estaba palmado. Entonces me fui y mi hermano se quedó ahí durante el resto de la noche. A las siete de la mañana, cuando yo dormía desde hacía diez minutos, mi hermano me mandó un mensaje de texto para que volviera al hospital porque hacían falta unos documentos para poder trasladarla. Yo tenía los documentos encima, por error. Así que me levanté, me cambié y me tomé el colectivo otra vez, para devolver los documentos. Después fui al banco a cobrar una plata y denunciar el extravío de la tarjeta y me volví a dormir a mi casa. Una hora más tarde mi hermano me contó que mi abuela había tenido un paro. Así que fui al hospital otra vez. En el camino mi hermano me dijo que ya se había estabilizado. Lo cual era casi un milagro. “Yerba mala nunca muere”, pensé. Pero cuando llegué ya se había muerto. No me puse triste. No sentí nada. Mi hermano se largó a llorar y yo lo abracé. Estaba mi mamá en ese momento. Ella también lo abrazó. Pasamos a ver el cadáver y tampoco ahí sentí nada. Todo iba demasiado rápido. Ahí nos pusimos a hacer trámites: arreglamos con la cochería, conseguimos el certificado de defunción y ya no me acuerdo si hicimos algo más. Yo acompañé a mi tía abuela a ver el cadáver y la abracé cuando se largó a llorar. Creo que tenía una leve sonrisa de ternura dibujada en mi cara. El miércoles a la madrugada –a esa altura para mí todavía era lunes- me fui a dormir y al mediodía fue el entierro. En la librería agradecieron que volviera a trabajar ese mismo día. Yo no la pasé tan mal. Seguía enchufado. Me sentía maduro; adulto. Durante la madrugada del jueves no pude pegar un ojo. Estuve todo el tiempo en el baño. A la mañana en el edificio de la obra social me explicaron que era gastritis aguda y que mejor me tomara unos remedios y faltara al trabajo. Dormí todo el día. A la noche, mientras escribía esto como en un vómito, sentí una gran tristeza. Todo fue tan rápido, tan violento. No creo que la vaya a extrañar a mi abuela. Pero morirse así, tan de golpe, en mi cara. Fue demasiado.
Mundo ahí adentro
(…) “Mi hermana se fue el primero de enero y yo me quedé solo. Se fue a las tres de la tarde y yo a las cuatro bajé las persianas y no las volví a abrir. Y no volví a salir.
Ahora puedo caminar en pelotas por la casa. No está del todo mal.
Es doce de enero y no lavé ni un solo plato. Eso sí está mal.
La mesa del living tiene un plato con restos de una porción de almendrado que compré para la noche de año nuevo. Está ahí desde hace diez días. Así que una parte del living tiene olor a chocolate.
La otra punta de la mesa está clausurada. Hay un plato con restos de milanesa y arroz. Mi hermana me hizo arroz el treinta de diciembre, antes de irse a pasar las vacaciones a la costa. Me lo puso en un bol y yo lo puse en el freezer y me lo comí unos días después.
El bol está también arriba de la mesa. Hace unos días lo abrí. Quería identificar el origen de cada uno de los olores que salían de mi living.
Nunca vi una cosa igual. La tapa del bol, del lado de adentro, estaba repleta de un algodón rosado. Increíble pero cierto. El fondo del bol tiene una capa de un algodón un poco más oscuro, casi bordó. El algodón nació y creció ahí dentro. Es algo que no puedo entender.
No volví a acercarme a esa mesa. No me animo. Trato de no prender la luz del living y de estar ahí lo menos posible.
Al lado del bol, en la misma punta de la mesa, hay un vaso de algo que fue cerveza. Tomamos cerveza, con mi hermana, la noche de año nuevo.
La tonalidad del líquido se fue oscureciendo con el paso de los días. Ahora es casi marrón. Y la superficie se fue llenando de algo blanco. Supongo que son hongos. Primero eran como islas de hongo, pero después crecieron y se fueron uniendo.
Y pude ver el momento preciso en el que los hongos copaban la cerveza. Esto también es muy curioso. Un día, supongamos que el seis de enero, ya no recuerdo con exactitud, vi el vaso y no tenía nada. Sólo que no me atreví a llevarlo al lavatorio y volcarlo, porque la cocina está repleta de cucarachas. Y no vuelvo a entrar ahí.
Yo vi el vaso el seis de diciembre y no tenía nada.
Un día después me tiré en el living a ver tele y ya estaban apareciendo las primeras manchitas blancas.
Me quedé mirándolas por un rato, asombrado. Una hora más tarde, me acerqué otra vez y los hongos se habían duplicado. Y cinco días después, la superficie del vaso está prácticamente cubierta de blanco.
Eso pasa en la mesa del living de mi casa mientras es enero y se derrite Buenos Aires. Mientras las chicas caminan por Cabildo con los breteles de sus mallas sobresaliendo por sobre las remeritas blancas y sus bermudas de jean rozando el principio de sus muslos.
Hay otros seis platos con comidas en esa punta de la mesa. En algún momento de estas semanas decidí que de ahí en adelante ese iba a ser el lugar de los restos y la basura.
En la cocina está el tacho. Pero ya no entro en la cocina. Sólo pido comida al restaurante de acá a la vuelta.
Como sentado en el living, mirando a los hongos del vaso. Me pregunto si habrá un mundo ahí adentro. Y no sé qué responderme.
Me pregunto si habrá un mundo allá afuera, también. En Cabildo. Si habrá un mundo cuando uno cierra las persianas de su casa y decide no salir.
Hace dos días estaba en la computadora leyendo una entrevista a un escritor. Decía que los escritores jóvenes no tienen apego con la realidad. Que sólo la miran por televisión y no son protagonistas.
Creo que hoy todos miran la realidad por la televisión. No hay otro modo.
Estaba sentado en la computadora, que está en mi cuarto, leyendo la nota al escritor, y vi una cucaracha. Era chiquita. Y veloz. Agarré una zapatilla y le tiré. Era muy veloz. Y entonces se fue. La perdí.
A los dos minutos la volví a ver. Iba derecho hacia mi mano, que estaba apoyada al lado del teclado. Atrevida. Me sobresalté. Me levanté de golpe y la maté.
De modo que las cucarachas trascendieron la cocina. Eso no está bien.
No está nada bien. No me gustan las cucarachas.” (…)
Ahora puedo caminar en pelotas por la casa. No está del todo mal.
Es doce de enero y no lavé ni un solo plato. Eso sí está mal.
La mesa del living tiene un plato con restos de una porción de almendrado que compré para la noche de año nuevo. Está ahí desde hace diez días. Así que una parte del living tiene olor a chocolate.
La otra punta de la mesa está clausurada. Hay un plato con restos de milanesa y arroz. Mi hermana me hizo arroz el treinta de diciembre, antes de irse a pasar las vacaciones a la costa. Me lo puso en un bol y yo lo puse en el freezer y me lo comí unos días después.
El bol está también arriba de la mesa. Hace unos días lo abrí. Quería identificar el origen de cada uno de los olores que salían de mi living.
Nunca vi una cosa igual. La tapa del bol, del lado de adentro, estaba repleta de un algodón rosado. Increíble pero cierto. El fondo del bol tiene una capa de un algodón un poco más oscuro, casi bordó. El algodón nació y creció ahí dentro. Es algo que no puedo entender.
No volví a acercarme a esa mesa. No me animo. Trato de no prender la luz del living y de estar ahí lo menos posible.
Al lado del bol, en la misma punta de la mesa, hay un vaso de algo que fue cerveza. Tomamos cerveza, con mi hermana, la noche de año nuevo.
La tonalidad del líquido se fue oscureciendo con el paso de los días. Ahora es casi marrón. Y la superficie se fue llenando de algo blanco. Supongo que son hongos. Primero eran como islas de hongo, pero después crecieron y se fueron uniendo.
Y pude ver el momento preciso en el que los hongos copaban la cerveza. Esto también es muy curioso. Un día, supongamos que el seis de enero, ya no recuerdo con exactitud, vi el vaso y no tenía nada. Sólo que no me atreví a llevarlo al lavatorio y volcarlo, porque la cocina está repleta de cucarachas. Y no vuelvo a entrar ahí.
Yo vi el vaso el seis de diciembre y no tenía nada.
Un día después me tiré en el living a ver tele y ya estaban apareciendo las primeras manchitas blancas.
Me quedé mirándolas por un rato, asombrado. Una hora más tarde, me acerqué otra vez y los hongos se habían duplicado. Y cinco días después, la superficie del vaso está prácticamente cubierta de blanco.
Eso pasa en la mesa del living de mi casa mientras es enero y se derrite Buenos Aires. Mientras las chicas caminan por Cabildo con los breteles de sus mallas sobresaliendo por sobre las remeritas blancas y sus bermudas de jean rozando el principio de sus muslos.
Hay otros seis platos con comidas en esa punta de la mesa. En algún momento de estas semanas decidí que de ahí en adelante ese iba a ser el lugar de los restos y la basura.
En la cocina está el tacho. Pero ya no entro en la cocina. Sólo pido comida al restaurante de acá a la vuelta.
Como sentado en el living, mirando a los hongos del vaso. Me pregunto si habrá un mundo ahí adentro. Y no sé qué responderme.
Me pregunto si habrá un mundo allá afuera, también. En Cabildo. Si habrá un mundo cuando uno cierra las persianas de su casa y decide no salir.
Hace dos días estaba en la computadora leyendo una entrevista a un escritor. Decía que los escritores jóvenes no tienen apego con la realidad. Que sólo la miran por televisión y no son protagonistas.
Creo que hoy todos miran la realidad por la televisión. No hay otro modo.
Estaba sentado en la computadora, que está en mi cuarto, leyendo la nota al escritor, y vi una cucaracha. Era chiquita. Y veloz. Agarré una zapatilla y le tiré. Era muy veloz. Y entonces se fue. La perdí.
A los dos minutos la volví a ver. Iba derecho hacia mi mano, que estaba apoyada al lado del teclado. Atrevida. Me sobresalté. Me levanté de golpe y la maté.
De modo que las cucarachas trascendieron la cocina. Eso no está bien.
No está nada bien. No me gustan las cucarachas.” (…)
16.7.08
Vamos a estar encantados de recibir sus sustos
No sé decidir si el fantasma de mi abuela va a ser bueno o malo.
Me inclino para el lado de un fantasma medio jodido y quejumbroso.
Igual, vamos a estar encantados de recibir sus sustos.
Va a venir ruidosamente a tirarnos las cosas al suelo. Y nos va a tapar la nariz a la noche, para despertarnos. Fija. Y nos va a apagar la tele justo durante la sentencia de Bailando. Sólo pajoder.
Un fantasma complicado.
O capaz no. Capaz la estoy prejuzgando erróneamente como fantasma.
Si cada vez que alguno estaba sin laburo ella le rezaba a tal o cual y si estábamos enfermos le rezaba a algún otro. La verdad es que sería de esperar que entre susto y susto, y travesura y travesura, mueva alguna de sus nuevas influencias donde quiera que esté.
En cualquier caso, va a ser bienvenida para que se pegue unas vueltas por acá y nos susurre barbaridades al oído.
Lo vamos a estar esperando con ansiedad.
Ya no va a tener que esperar durante días y días que alguno de nosotros la llame. Ni siquiera va a tener que llamar ella antes de venir.
Ni tocar el timbre.
Me inclino para el lado de un fantasma medio jodido y quejumbroso.
Igual, vamos a estar encantados de recibir sus sustos.
Va a venir ruidosamente a tirarnos las cosas al suelo. Y nos va a tapar la nariz a la noche, para despertarnos. Fija. Y nos va a apagar la tele justo durante la sentencia de Bailando. Sólo pajoder.
Un fantasma complicado.
O capaz no. Capaz la estoy prejuzgando erróneamente como fantasma.
Si cada vez que alguno estaba sin laburo ella le rezaba a tal o cual y si estábamos enfermos le rezaba a algún otro. La verdad es que sería de esperar que entre susto y susto, y travesura y travesura, mueva alguna de sus nuevas influencias donde quiera que esté.
En cualquier caso, va a ser bienvenida para que se pegue unas vueltas por acá y nos susurre barbaridades al oído.
Lo vamos a estar esperando con ansiedad.
Ya no va a tener que esperar durante días y días que alguno de nosotros la llame. Ni siquiera va a tener que llamar ella antes de venir.
Ni tocar el timbre.
15.7.08
El cansancio
Vimos el cadáver de mi abuela.
Pasamos mi hermano y yo. Es raro estar frente al cadáver de un familiar. Creo que el momento no termina de colmar las expectativas. Uno espera que le suceda algo que no le sucede. Pero cuesta dejar de mirar, esa última vez. Es raro. Sólo eso puedo decir. Me pasó las otras veces que estuve en la misma situación.
Después agarramos una bolsita que nos habían separado con sus anillos y salimos del área de terapia intensiva. Bajamos por las escaleras porque el ascensor no funcionaba.
Mi vieja estaba con nosotros. Hicimos algunos chistes. Estábamos muy cansados. Mi hermano y yo no habíamos dormido ni comido en las últimas doce o quince o veinte horas.
El patio del hospital estaba muy lindo. Caminamos a través de los pabellones, atravesamos senderos verdes y pasillos techados al aire libre.
Abrimos y cerramos puertas. Nos miramos en las ventanas espejadas. Cuando llegamos al pabellón principal, en una sala de espera había dos o tres personas mirando la televisión.
Una multitud aplaudía y rugía en la plaza del Congreso. La pantalla estaba toda colmada de cabezas que en realidad eran como puntitos. Todas juntitos, uno al lado del otro. Reconocí la voz de Néstor Kirchner.
Cuando salimos de ahí y llegamos al mostrador de la recepción, de refilón vimos un kiosco en la vereda de enfrente.
Cruzamos miradas.
Pasamos mi hermano y yo. Es raro estar frente al cadáver de un familiar. Creo que el momento no termina de colmar las expectativas. Uno espera que le suceda algo que no le sucede. Pero cuesta dejar de mirar, esa última vez. Es raro. Sólo eso puedo decir. Me pasó las otras veces que estuve en la misma situación.
Después agarramos una bolsita que nos habían separado con sus anillos y salimos del área de terapia intensiva. Bajamos por las escaleras porque el ascensor no funcionaba.
Mi vieja estaba con nosotros. Hicimos algunos chistes. Estábamos muy cansados. Mi hermano y yo no habíamos dormido ni comido en las últimas doce o quince o veinte horas.
El patio del hospital estaba muy lindo. Caminamos a través de los pabellones, atravesamos senderos verdes y pasillos techados al aire libre.
Abrimos y cerramos puertas. Nos miramos en las ventanas espejadas. Cuando llegamos al pabellón principal, en una sala de espera había dos o tres personas mirando la televisión.
Una multitud aplaudía y rugía en la plaza del Congreso. La pantalla estaba toda colmada de cabezas que en realidad eran como puntitos. Todas juntitos, uno al lado del otro. Reconocí la voz de Néstor Kirchner.
Cuando salimos de ahí y llegamos al mostrador de la recepción, de refilón vimos un kiosco en la vereda de enfrente.
Cruzamos miradas.
Como una pantera
Recién volvía de internar a mi abuela. Estaba en la parada del colectivo que me iba a traer desde la zona sur de la ciudad –no me crucé con ni una sola persona durante esa media hora- y de golpe vi cómo un gato bajaba de un árbol.
Primero vi su sombra proyectada contra la pared de una casa de dos pisos. Llegué a pensar que era un spiderman hampón. Algo raro. Pero enseguida noté que era sólo un gato bajando un árbol.
El tipo bajaba de culata. Fue algo digno de ver. Cada tanto pispeaba para atrás arqueando el cogote. Y así bajó y bajó hasta llegar a un metro del piso.
Una vez que estuvo a esa altura, se frenó, giró lentamente su cuello, miró para abajo, solemne, volteó su posición en 180 grados, haciendo equilibrio con sus dos patas traseras, y se tiró con elegancia.
Había que verlo, corriendo como una pantera por esa callecita del sur, yendo quién sabe adónde.
Primero vi su sombra proyectada contra la pared de una casa de dos pisos. Llegué a pensar que era un spiderman hampón. Algo raro. Pero enseguida noté que era sólo un gato bajando un árbol.
El tipo bajaba de culata. Fue algo digno de ver. Cada tanto pispeaba para atrás arqueando el cogote. Y así bajó y bajó hasta llegar a un metro del piso.
Una vez que estuvo a esa altura, se frenó, giró lentamente su cuello, miró para abajo, solemne, volteó su posición en 180 grados, haciendo equilibrio con sus dos patas traseras, y se tiró con elegancia.
Había que verlo, corriendo como una pantera por esa callecita del sur, yendo quién sabe adónde.
13.7.08
Adonde quiera que sea
El viernes a la noche, en una fiesta, conocí a una chica.
Estuvimos bailando un rato, unos temas de Rodrigo, algún otro de Gilda y varios más de esa época. La fiesta era en un boliche bien chiquito, en pleno Palermo. La música muy buena.
Cuando terminó, o mejor dicho cuando nos fuimos, caminamos juntos por no sé qué calle. Yo estaba un poco desorientado y me limitaba a obedecer indicaciones. Y a pesar de que insistí en hacer lo contrario, antes de tomarse un taxi, ella me acompañó hasta la parada de mi colectivo.
Estaba un poco borracho. Tenía sueño. Eran las ocho de la mañana y mi viernes había empezado a las 12 del mediodía. Hablamos sobre el CBC, porque ella va a estudiar Sociología y anda fanatizada con los ensayos sobre globalización.
Y después hablamos sobre otras cosas.
Nos dimos un solo beso, ya al final. No dio para más.
No habíamos cruzado muchas palabras en el bolichito; apenas un intercambio de teléfonos. Y alguna que otra frase perdida.
El resto lo habíamos bailado. Aprendí que bailando, aunque no sé bien de qué manera, comunicás un montón de cosas.
En cuanto subí al bondi y puse la ficha y me senté y busqué el papelito en el que me había anotado su teléfono -¡eso por no poner a cargar el celular a tiempo!-, enseguida puse los ojos en blanco y me pegué un cachetazo en la frente.
El papelito, verde, donde del otro lado tenía anotado el teléfono de una clienta de la librería, ya no estaba.
Y ahora tengo ganas de que bailemos otra vez algún tema de Rodrigo.
¡Podés creer!
¡Chica súper linda del viernes, si leés esto: perdí tu número de teléfono!
¡La próxima vez que te bailes una cumbia noventosa, adonde quiera que sea, por favor, no dejes de pensar en mí!
Estuvimos bailando un rato, unos temas de Rodrigo, algún otro de Gilda y varios más de esa época. La fiesta era en un boliche bien chiquito, en pleno Palermo. La música muy buena.
Cuando terminó, o mejor dicho cuando nos fuimos, caminamos juntos por no sé qué calle. Yo estaba un poco desorientado y me limitaba a obedecer indicaciones. Y a pesar de que insistí en hacer lo contrario, antes de tomarse un taxi, ella me acompañó hasta la parada de mi colectivo.
Estaba un poco borracho. Tenía sueño. Eran las ocho de la mañana y mi viernes había empezado a las 12 del mediodía. Hablamos sobre el CBC, porque ella va a estudiar Sociología y anda fanatizada con los ensayos sobre globalización.
Y después hablamos sobre otras cosas.
Nos dimos un solo beso, ya al final. No dio para más.
No habíamos cruzado muchas palabras en el bolichito; apenas un intercambio de teléfonos. Y alguna que otra frase perdida.
El resto lo habíamos bailado. Aprendí que bailando, aunque no sé bien de qué manera, comunicás un montón de cosas.
En cuanto subí al bondi y puse la ficha y me senté y busqué el papelito en el que me había anotado su teléfono -¡eso por no poner a cargar el celular a tiempo!-, enseguida puse los ojos en blanco y me pegué un cachetazo en la frente.
El papelito, verde, donde del otro lado tenía anotado el teléfono de una clienta de la librería, ya no estaba.
Y ahora tengo ganas de que bailemos otra vez algún tema de Rodrigo.
¡Podés creer!
¡Chica súper linda del viernes, si leés esto: perdí tu número de teléfono!
¡La próxima vez que te bailes una cumbia noventosa, adonde quiera que sea, por favor, no dejes de pensar en mí!
11.7.08
La vida es comedia
Voy a escribir autoayuda.
Me encantaría hacerlo algún día y ojalá tenga la oportunidad. Creo que lo único que me falta es fraguarme un título universitario, con algún master trucho en un país que suene bien lindo.
Un doctorado en Escocia, en Filosofía Humana, ponele. O Pensamiento y Problemática Cotidiana, en la India.
El resto ya lo tengo. Me la paso meditando en las soluciones a los problemas de la vida personal. No pienso en otra cosa y por eso es que no sé nada sobre ciencia o técnica o cine o arte o literatura. Todo el tiempo estoy armando recetas sobre la vida y por lo general, más allá de que funcionen o no, suenan súper convincentes.
Además, si bien durante toda mi vida fui perfil bajo, y si bien durante el año pasado llegué a no encontrarle sentido a nada, y a ver problemas en todas partes, durante el 2008, desde su mismísimo primer día, la cosa cambió y ahora todo me cae de diez.
Pero todo, absolutamente todo, de verdad. Caminar por la calle una noche de frío. Viajar en el subte con dolor en los ojos. Comer en Burguer King, solo, un domingo a la noche. Que de golpe corten Yo me estoy enamorando, de Antonio Ríos, en pleno estribillo, para poner un reggaetón o un lento.
La vida es una felicidad plena. Y a veces, hasta las noticias más tremendas me hacen reir a carcajadas. Solo muy de vez en cuando algo me afecta de verdad para mal. Y por lo general son boludeces que no dan ni un poco y entonces se me pasa.
Descubrí un nuevo modo de vivir y pretendo contagiárselo a todo el mundo con mis libros. Las cosas más feas son una pelotudez si lográs entender lo groso que es estar vivo, hoy, acá, en el 2008, con el mundo hecho una sátira.
Aprendí hace unos meses nomás, que la vida es comedia.
Y eso ayuda de maneras inimaginables.
El martes estaba ensayando y de golpe, después de mucho tiempo sin cometer semejante error, y sin darme cuenta, se me ocurrió dejar de lado todo lo que aprendí de técnica y aflojarle al grip de la mano izquierda. El palillo se empezó a soltar y me martillé tanto el dedo meñique, tan repetidamente, y sin siquiera notarlo, que tras unos minutos me terminó quedando del tamaño del anular.
Pero en mi vida todo es positivo y gracioso. Me tomé un ibuprofeno y me puse a reir. Y jugué un partido al 10 mil y lo gané ampliamente. Como me suele suceder cada vez que juego a algo.
Y es increíble que estando tan violeta y tan gordo, el putito dedo no me haya dolido en lo más mínimo. Ni siquiera al otro día, cuando aun seguía del mismo color y yo me había enfriado.
Tengo la receta para que los problemas desaparezcan. Y creo firmemente en ello.
Así que no estaría mintiéndole a nadie dando los típicos consejos vacíos de la autoayuda.
Al menos como ghostwritter.
Acepto ser mal pagado; el resto de mis laburos siempre se trató de eso.
Pero tengo que hacerlo.
Avisen, cualquier cosa. Y mando un cv.
Me encantaría hacerlo algún día y ojalá tenga la oportunidad. Creo que lo único que me falta es fraguarme un título universitario, con algún master trucho en un país que suene bien lindo.
Un doctorado en Escocia, en Filosofía Humana, ponele. O Pensamiento y Problemática Cotidiana, en la India.
El resto ya lo tengo. Me la paso meditando en las soluciones a los problemas de la vida personal. No pienso en otra cosa y por eso es que no sé nada sobre ciencia o técnica o cine o arte o literatura. Todo el tiempo estoy armando recetas sobre la vida y por lo general, más allá de que funcionen o no, suenan súper convincentes.
Además, si bien durante toda mi vida fui perfil bajo, y si bien durante el año pasado llegué a no encontrarle sentido a nada, y a ver problemas en todas partes, durante el 2008, desde su mismísimo primer día, la cosa cambió y ahora todo me cae de diez.
Pero todo, absolutamente todo, de verdad. Caminar por la calle una noche de frío. Viajar en el subte con dolor en los ojos. Comer en Burguer King, solo, un domingo a la noche. Que de golpe corten Yo me estoy enamorando, de Antonio Ríos, en pleno estribillo, para poner un reggaetón o un lento.
La vida es una felicidad plena. Y a veces, hasta las noticias más tremendas me hacen reir a carcajadas. Solo muy de vez en cuando algo me afecta de verdad para mal. Y por lo general son boludeces que no dan ni un poco y entonces se me pasa.
Descubrí un nuevo modo de vivir y pretendo contagiárselo a todo el mundo con mis libros. Las cosas más feas son una pelotudez si lográs entender lo groso que es estar vivo, hoy, acá, en el 2008, con el mundo hecho una sátira.
Aprendí hace unos meses nomás, que la vida es comedia.
Y eso ayuda de maneras inimaginables.
El martes estaba ensayando y de golpe, después de mucho tiempo sin cometer semejante error, y sin darme cuenta, se me ocurrió dejar de lado todo lo que aprendí de técnica y aflojarle al grip de la mano izquierda. El palillo se empezó a soltar y me martillé tanto el dedo meñique, tan repetidamente, y sin siquiera notarlo, que tras unos minutos me terminó quedando del tamaño del anular.
Pero en mi vida todo es positivo y gracioso. Me tomé un ibuprofeno y me puse a reir. Y jugué un partido al 10 mil y lo gané ampliamente. Como me suele suceder cada vez que juego a algo.
Y es increíble que estando tan violeta y tan gordo, el putito dedo no me haya dolido en lo más mínimo. Ni siquiera al otro día, cuando aun seguía del mismo color y yo me había enfriado.
Tengo la receta para que los problemas desaparezcan. Y creo firmemente en ello.
Así que no estaría mintiéndole a nadie dando los típicos consejos vacíos de la autoayuda.
Al menos como ghostwritter.
Acepto ser mal pagado; el resto de mis laburos siempre se trató de eso.
Pero tengo que hacerlo.
Avisen, cualquier cosa. Y mando un cv.
10.7.08
¡Cómo me voy a olvidar!
Me acuerdo de cuando era muy pendejo.
Tengo presente una tarde, en Rosario, como a los once años. Hacia un calor tremendo. Era pleno verano. Ponele que hacían cuarenta grados. No se podía vivir si no estabas tirado en la pileta.
Y de hecho todo el mundo estaba nadando en alguna ese día.
Yo escuchaba el griterío del patio de mi casa, desde lejos: los chapuzones, los juegos, los ladridos del perro, que siempre estaba encerrado para que no se morfara a los invitados.
Se me había dado por leer Heidi y Peter (era medio putito, sí), tirado en el piso de mi cuarto.
Mi vieja me proveía literatura, dispuesta a arruinar mi vida social por completo. O a salvarme de la crueldad de los rosarinos y del mundo en general.
Primero fue Ami, el niño de las estrellas. Pero eso en Martínez; en Buenos Aires.
Me lo leía a la noche, en su cuarto, antes de irse a dormir. Ocho años tenía yo. Hacíamos un capítulo diario y cuando terminaba, como dije, ella se iba a dormir. Y yo a ver la tele como hasta las seis de la madrugada.
Ami era un chaboncito que caía en planeta tierra y se hacía amigo de un pendejo de acá. Era medio una reescritura de El principito. Pero eso lo supe hace poco, cuando leí el de Saint Exupery.
Cuando lo terminamos, mi vieja me compró Ami regresa, que era la continuación. Ahí cambiamos el trato. Leíamos mitad y mitad. Ella me leía un capítulo y yo agarraba el libro y me iba a leer otro a mi cuarto.
Y después me iba a ver la tele como hasta a las seis de la madrugada. O a jugar a los playmóbil.
Me la pasé jugando a los playmobil durante toda la infancia. De eso me acuerdo perfecto.
Y un día Ami se me terminó.
¡Cómo lloré cuando se me terminó Ami, la reputísima madre que lo parió! Lloré una barbaridad, en el Unimarc. Así se llamaba el supermercado, que quedaba en Martínez. Mi vieja me compraba ahí los libros.
Y un día fuimos a ver si había un tercer libro y resultó que no. Había uno súper finito, repleto de dibujitos bufarrones, que se llamaba Ami y Estrellita, y que me lo leí en quince minutos sentado en la escalera de casa.
¡Pero como lloré en el Unimarc! ¡No me la olvido más!
Después mi hermano me pasó los primeros de la saga de Alma Maritano: Vaqueros y Trenzas, El visitante y En el sur.
Eran unos libros para adolescentes. Yo tenía nueve años, a lo sumo, o diez, pero me los leía igual. Y la pasaba bomba. Tenía mis propios amigos en el barrio: estaban Diego, los hermanos Gerardo y Fernando, estaba Jorgito (Caca, para los amigos), estaba Dieguito y el hermano de Dieguito, que ni me acuerdo cómo se llamaba. Estaba Elizabeth y estaba Juliana. Estaba Juan Martín. Y había como quince más.
¡Los pibes del barrio eran todos siete años más grandes que yo! ¡Nunca voy a entender qué hacía yo entre ellos! ¡Ojalá alguien me hubiese filmado ahí metido!
Tenía mis amigos del barrio, decía, pero a los personajes de los libros de Alma Maritano yo los sentía también como mis amigos. Niqui; Inés, que en un momento me llegó a gustar; el capo de Robbie; El Marciano; La Oruga.
Nunca me voy a olvidar de ellos.
La historia transcurría en Rosario. Los pibes caminaban por calles e iban a pelotudear a plazas que yo jamás había escuchado siquiera mencionar. Hasta que dos años más tarde, casi como una burla del azar, mi viejo cayó con la noticia de que nos íbamos a vivir a Rosario.
Increíble. Dejé a todos mis amigos de Martínez para ir a lo de mis amigos de Rosario.
Después me compré el resto de la saga (Cruzar la calle, Pretextos para un crimen) y también se me terminó y mi vieja casi le rompe la cabeza a patadas a una maestra que le dijo que yo no leía bien.
Y después arranqué con Sydney Sheldon y me leí once suyos de corrido. El primero fue Lazos de sangre.
Me marcó para siempre.
Y ya está, ya era un adicto.
Los de El pequeño Nicolás; mi vieja me compró el primero en Pinamar y se fue al cine y cuando volvió ya lo había terminado y le estaba pidiendo el segundo. Después, uno que se llamaba Los líos llaman por teléfono. Y El tunel, de Sabato. Y los de la colección Escalofríos, de R.L. Stine, que me los gané en un sorteo de la Librería Ross. Y otros que ni me acuerdo.
Los rosarinos de carne y hueso no habían resultado tan buena onda de entrada y mi vieja me había salvado un poco la vida sin saberlo. O me la había, jodido, no lo sé. El mundo quedaba adentro de los libros.
La vez que me leí Heidi y Peter en una sola tarde, de corrido, cagado de calor, encanutado en mi cuarto, fue la primera vez en mi vida en la que me sentí un enfermo.
Supe ese día, por primera vez, que estaba jodido.
Después me pasó mil veces más.
Hoy, por ejemplo, 3:30 am, escribiendo un post sobre mis amigos de la infancia.
Tengo presente una tarde, en Rosario, como a los once años. Hacia un calor tremendo. Era pleno verano. Ponele que hacían cuarenta grados. No se podía vivir si no estabas tirado en la pileta.
Y de hecho todo el mundo estaba nadando en alguna ese día.
Yo escuchaba el griterío del patio de mi casa, desde lejos: los chapuzones, los juegos, los ladridos del perro, que siempre estaba encerrado para que no se morfara a los invitados.
Se me había dado por leer Heidi y Peter (era medio putito, sí), tirado en el piso de mi cuarto.
Mi vieja me proveía literatura, dispuesta a arruinar mi vida social por completo. O a salvarme de la crueldad de los rosarinos y del mundo en general.
Primero fue Ami, el niño de las estrellas. Pero eso en Martínez; en Buenos Aires.
Me lo leía a la noche, en su cuarto, antes de irse a dormir. Ocho años tenía yo. Hacíamos un capítulo diario y cuando terminaba, como dije, ella se iba a dormir. Y yo a ver la tele como hasta las seis de la madrugada.
Ami era un chaboncito que caía en planeta tierra y se hacía amigo de un pendejo de acá. Era medio una reescritura de El principito. Pero eso lo supe hace poco, cuando leí el de Saint Exupery.
Cuando lo terminamos, mi vieja me compró Ami regresa, que era la continuación. Ahí cambiamos el trato. Leíamos mitad y mitad. Ella me leía un capítulo y yo agarraba el libro y me iba a leer otro a mi cuarto.
Y después me iba a ver la tele como hasta a las seis de la madrugada. O a jugar a los playmóbil.
Me la pasé jugando a los playmobil durante toda la infancia. De eso me acuerdo perfecto.
Y un día Ami se me terminó.
¡Cómo lloré cuando se me terminó Ami, la reputísima madre que lo parió! Lloré una barbaridad, en el Unimarc. Así se llamaba el supermercado, que quedaba en Martínez. Mi vieja me compraba ahí los libros.
Y un día fuimos a ver si había un tercer libro y resultó que no. Había uno súper finito, repleto de dibujitos bufarrones, que se llamaba Ami y Estrellita, y que me lo leí en quince minutos sentado en la escalera de casa.
¡Pero como lloré en el Unimarc! ¡No me la olvido más!
Después mi hermano me pasó los primeros de la saga de Alma Maritano: Vaqueros y Trenzas, El visitante y En el sur.
Eran unos libros para adolescentes. Yo tenía nueve años, a lo sumo, o diez, pero me los leía igual. Y la pasaba bomba. Tenía mis propios amigos en el barrio: estaban Diego, los hermanos Gerardo y Fernando, estaba Jorgito (Caca, para los amigos), estaba Dieguito y el hermano de Dieguito, que ni me acuerdo cómo se llamaba. Estaba Elizabeth y estaba Juliana. Estaba Juan Martín. Y había como quince más.
¡Los pibes del barrio eran todos siete años más grandes que yo! ¡Nunca voy a entender qué hacía yo entre ellos! ¡Ojalá alguien me hubiese filmado ahí metido!
Tenía mis amigos del barrio, decía, pero a los personajes de los libros de Alma Maritano yo los sentía también como mis amigos. Niqui; Inés, que en un momento me llegó a gustar; el capo de Robbie; El Marciano; La Oruga.
Nunca me voy a olvidar de ellos.
La historia transcurría en Rosario. Los pibes caminaban por calles e iban a pelotudear a plazas que yo jamás había escuchado siquiera mencionar. Hasta que dos años más tarde, casi como una burla del azar, mi viejo cayó con la noticia de que nos íbamos a vivir a Rosario.
Increíble. Dejé a todos mis amigos de Martínez para ir a lo de mis amigos de Rosario.
Después me compré el resto de la saga (Cruzar la calle, Pretextos para un crimen) y también se me terminó y mi vieja casi le rompe la cabeza a patadas a una maestra que le dijo que yo no leía bien.
Y después arranqué con Sydney Sheldon y me leí once suyos de corrido. El primero fue Lazos de sangre.
Me marcó para siempre.
Y ya está, ya era un adicto.
Los de El pequeño Nicolás; mi vieja me compró el primero en Pinamar y se fue al cine y cuando volvió ya lo había terminado y le estaba pidiendo el segundo. Después, uno que se llamaba Los líos llaman por teléfono. Y El tunel, de Sabato. Y los de la colección Escalofríos, de R.L. Stine, que me los gané en un sorteo de la Librería Ross. Y otros que ni me acuerdo.
Los rosarinos de carne y hueso no habían resultado tan buena onda de entrada y mi vieja me había salvado un poco la vida sin saberlo. O me la había, jodido, no lo sé. El mundo quedaba adentro de los libros.
La vez que me leí Heidi y Peter en una sola tarde, de corrido, cagado de calor, encanutado en mi cuarto, fue la primera vez en mi vida en la que me sentí un enfermo.
Supe ese día, por primera vez, que estaba jodido.
Después me pasó mil veces más.
Hoy, por ejemplo, 3:30 am, escribiendo un post sobre mis amigos de la infancia.
8.7.08
Literatura (cinco pesos)
Nunca voy a olvidar
aquella vez que te vi
venir y decirme:
“Prestame cinco pesos
así le puedo hacer el traste”.
aquella vez que te vi
venir y decirme:
“Prestame cinco pesos
así le puedo hacer el traste”.
7.7.08
ipwygzg
No le siento el gusto a las supremas de pollo congeladas, rellenas con espinaca y queso.
No les siento el gusto, a pesar de que pagué como catorce pesos por ellas.
Las como, las mastico, las paso de una fila de muelas a la otra y no hay caso.
No les siento el gusto.
Estoy resfriado y tengo la nariz tapada.
Anteayer y ayer los mocos se me caían cada vez que miraba para abajo.
Fui al supermercado y ocupé toda una mano con bolsas. Los mocos me empezaron a arder en la nariz.
En la primera esquina del camino de vuelta hay una farmacia. Es a dos cuadras de mi casa. Me paré y pedí Bayaspirina C. Me dieron una caja completa. Yo sólo quería dos o tres sobrecitos. Pero los mocos insistían en perforarme la nariz y yo quería salir de ahí, así que lo acepté.
Tenía la mano izquierda ocupada. La derecha buscaba diez pesos con cuarenta en el bolsillo. Yo hurgaba y miraba para abajo. El agua de mi nariz buscaba salirse para afuera.
Es la ley de la gravedad. Está todo escrito.
Tuve que mirar para arriba radicalmente. No pude sacar los ojos del techo hasta que salí de ahí y encontré los pañuelos. No pude mirar a los ojos del farmacéutico al despedirme.
El tipo me miraba raro. Lo vi de reojo.
Ahora se me endurecieron, los mocos.
Creo. Espero.
A mí dame un cáncer terminal. Dame una enfermedad venérea, si querés. Si realmente lo necesitás. Está todo bien.
Pero no me des un resfrío, es lo único que te pido.
No le siento el gusto a las supremas de pollo congeladas.
Ni a la Coca Cola.
Hace dos o tres días que no siento los olores. Confío en que el frasquito de perfume esté funcionando. Lo mismo con el desodorante.
No puedo hacer otra cosa sino confiar.
E insisto: me banco la muerte lenta y dolorosa de una metástasis en hígado y cerebro.
E incluso el asunto de las venéreas. Al fin y al cabo, qué tanto, miremos el lado positivo: lo bueno de una venérea es que te la conseguís retozando en unos arbustos con una mocita.
Al resfrío, en cambio, te lo conseguís andando por ahí, silbando y con las manos en los bolsillos, en una simple noche brumosa de viernes.
No veo punto de comparación.
Lo siento, pero no lo veo.
Estoy tratando de escribir. Estoy tratando de leer. De pensar. De ordenar e hilar las ideas.
Pero me cuelgo durante horas mirando el logotipo de Samsung, en el marco inferior del monitor.
Con la boca abierta.
Bueno, ahora voy a tomar una aspirina.
No les siento el gusto, a pesar de que pagué como catorce pesos por ellas.
Las como, las mastico, las paso de una fila de muelas a la otra y no hay caso.
No les siento el gusto.
Estoy resfriado y tengo la nariz tapada.
Anteayer y ayer los mocos se me caían cada vez que miraba para abajo.
Fui al supermercado y ocupé toda una mano con bolsas. Los mocos me empezaron a arder en la nariz.
En la primera esquina del camino de vuelta hay una farmacia. Es a dos cuadras de mi casa. Me paré y pedí Bayaspirina C. Me dieron una caja completa. Yo sólo quería dos o tres sobrecitos. Pero los mocos insistían en perforarme la nariz y yo quería salir de ahí, así que lo acepté.
Tenía la mano izquierda ocupada. La derecha buscaba diez pesos con cuarenta en el bolsillo. Yo hurgaba y miraba para abajo. El agua de mi nariz buscaba salirse para afuera.
Es la ley de la gravedad. Está todo escrito.
Tuve que mirar para arriba radicalmente. No pude sacar los ojos del techo hasta que salí de ahí y encontré los pañuelos. No pude mirar a los ojos del farmacéutico al despedirme.
El tipo me miraba raro. Lo vi de reojo.
Ahora se me endurecieron, los mocos.
Creo. Espero.
A mí dame un cáncer terminal. Dame una enfermedad venérea, si querés. Si realmente lo necesitás. Está todo bien.
Pero no me des un resfrío, es lo único que te pido.
No le siento el gusto a las supremas de pollo congeladas.
Ni a la Coca Cola.
Hace dos o tres días que no siento los olores. Confío en que el frasquito de perfume esté funcionando. Lo mismo con el desodorante.
No puedo hacer otra cosa sino confiar.
E insisto: me banco la muerte lenta y dolorosa de una metástasis en hígado y cerebro.
E incluso el asunto de las venéreas. Al fin y al cabo, qué tanto, miremos el lado positivo: lo bueno de una venérea es que te la conseguís retozando en unos arbustos con una mocita.
Al resfrío, en cambio, te lo conseguís andando por ahí, silbando y con las manos en los bolsillos, en una simple noche brumosa de viernes.
No veo punto de comparación.
Lo siento, pero no lo veo.
Estoy tratando de escribir. Estoy tratando de leer. De pensar. De ordenar e hilar las ideas.
Pero me cuelgo durante horas mirando el logotipo de Samsung, en el marco inferior del monitor.
Con la boca abierta.
Bueno, ahora voy a tomar una aspirina.
5.7.08
Los techos de Buenos Aires
Recién, reciencito, en el colectivo, venía mirando las terrazas y pensando en cómo, hace unos años, cada vez que volvía en colectivo a esa hora, me la pasaba mirando eso mismo, las terrazas, y pensando en escribir una poesía al respecto.
Siempre hacía y pensaba lo mismo. Y mil veces intenté escribir esa poesía. De hecho tengo algunos borradores por ahí. Podría buscarlos y corroborar.
Pero sé que siempre el resultado era bastante nefasto. Estoy seguro de eso, aunque hace al menos un año lo haya abandonado por completo.
Y ahora me pongo a pensar. Y repensar. Y veo que la razón de ese fracaso es clara.
¡Techos!
Todo el mundo habla siempre de los techos de Buenos Aires. No hay nada original en eso. No hay nadie que no haya flasheado con los techos de acá.
Yo me obsesionaba especialmente con la terraza de la facultad de Medicina.
Me la pasaba pensando en eso. En subirse ahí a las tres de la madrugada. El silencio, el viento y todo eso. Una mezcla de terror y placer. Qué sé yo cuántas emociones. Los bondis. Los autos. Y la gente caminando. Abajo, en la suya. Pensando en hacerse un pollo.
Y todo empezó por una noche nubladísima, melancólica, una noche muy complicada, de nubes rojizas, en la que el techo de Medicina casi ni se veía. Y yo pasaba por ahí abajo y miré para arriba.
Y flasheé.
Y después, a partir de ahí, todas las noches, en el bondi, me ponía a mirar todos los techos de todos los putos edificios y me dedicaba a imaginarme sentado ahí arriba, a esa hora de la madrugada, mirando para abajo.
Y después lo escribía. Y apestaba. Y entonces lo tiraba o lo borraba. Y así fue que lo dejé.
Me estaba protegiendo del lugar común. Ahora lo entiendo.
Siempre hacía y pensaba lo mismo. Y mil veces intenté escribir esa poesía. De hecho tengo algunos borradores por ahí. Podría buscarlos y corroborar.
Pero sé que siempre el resultado era bastante nefasto. Estoy seguro de eso, aunque hace al menos un año lo haya abandonado por completo.
Y ahora me pongo a pensar. Y repensar. Y veo que la razón de ese fracaso es clara.
¡Techos!
Todo el mundo habla siempre de los techos de Buenos Aires. No hay nada original en eso. No hay nadie que no haya flasheado con los techos de acá.
Yo me obsesionaba especialmente con la terraza de la facultad de Medicina.
Me la pasaba pensando en eso. En subirse ahí a las tres de la madrugada. El silencio, el viento y todo eso. Una mezcla de terror y placer. Qué sé yo cuántas emociones. Los bondis. Los autos. Y la gente caminando. Abajo, en la suya. Pensando en hacerse un pollo.
Y todo empezó por una noche nubladísima, melancólica, una noche muy complicada, de nubes rojizas, en la que el techo de Medicina casi ni se veía. Y yo pasaba por ahí abajo y miré para arriba.
Y flasheé.
Y después, a partir de ahí, todas las noches, en el bondi, me ponía a mirar todos los techos de todos los putos edificios y me dedicaba a imaginarme sentado ahí arriba, a esa hora de la madrugada, mirando para abajo.
Y después lo escribía. Y apestaba. Y entonces lo tiraba o lo borraba. Y así fue que lo dejé.
Me estaba protegiendo del lugar común. Ahora lo entiendo.
3.7.08
Ficciones
No la vi a la entrega de los Martín Fierro, porque el tele de acá no sintoniza bien América.
Por suerte.
En cambio a esa hora estuve viendo Sólo por hoy; una película buenísima, con diálogos excelentes, sobre todo tratándose de una ficción nacional, que a veces son medio pedorras en ese sentido.
Lo mismo las actuaciones. Muy buenas. El papel del gordo que es actor y quiere salir de fracasado pero al final no lo logra ni en pedo. O el de Mariano Martínez que se enamora de una mina en la parada del bondi. O el del chabón que se enamora de la taiwanesa y tiene un quilombo tremendo para expresárselo.
Un par de escenas geniales: en la cocina, cuando el gordo actor le dice al enamorado de la taiwanesa que ya está hinchado las pelotas de la leche de soja.
Y otra en un techo, el mismo chabón y la taiwanesa, teniendo una RE charla, contándose sus infancias. Ella de golpe le dice "te estoy embolando, ¿no?". Y él le dice: "¡¡¡Ni en pedo!!!; me encanta escucharte". Y ella le dice: "¿En serio? A mí también me encanta escucharte".
Y pum. Es gol de media cancha, llega el momento del beso, pero la potencia del momento los asusta un poco y, si bien ya habían empezado a acercar sus caras, enseguida las vuelven a su lugar y se ponen rojos.
Sufren. No respiran, miran para otro lado. O mejor dicho: ponen los ojos en otro lado y sólo se miran de reojo. Y al final no dicen nada más ni se dan ningún beso.
Una escena genial.
El Martín Fierro de Oro lo ganó Lalola. Yo lo veía en una época a ese programa. En la primera época, para ser exacto. Y estaba bastante bien. Tenía cosas muy divertidas.
Pero también tenía algunos errores. Algunas cositas fallaban.
La narradora, sólo por citar un ejemplo, tenía demasiado protagonismo en su rol de narradora. Su texto contaba demasiado y le quitaba lugar a la posibilidad de que los actores mostraran los hechos por sí mismos.
En el primer programa la mina se la pasó haciendo una introducción de los personajes. Del tipo: "Juancito es bueno pero medio vago". "Lucila es súper sensible y a la vez frívola".
Una tontería. Un trabajo de composición de cuarto grado.
Y el hecho de que gane el premio te da la pauta de lo flojos que estamos a nivel ficción.
La mejor ficción actual, para mí, es Bailando por un sueño. A la mayoría le parece un programa pedorro, ya lo sé. Pero dentro de su código es un producto que cierra perfecto.
El programa respeta su código a la perfección. Raramente, o nunca, lo rompe. Y a la larga termina siendo de lo más verosímil que hay para ver, aunque todo sea verso.
Como en los Titanes en el ring.
Para mí el Martín Fierro de Oro era para Bailando.
La cagada de la noche, sí, con el tema de la película esta, fue que quedé enamorado del enamoramiento.
Voy a procurar enamorarme más seguido, como en las viejas épocas.
Por suerte.
En cambio a esa hora estuve viendo Sólo por hoy; una película buenísima, con diálogos excelentes, sobre todo tratándose de una ficción nacional, que a veces son medio pedorras en ese sentido.
Lo mismo las actuaciones. Muy buenas. El papel del gordo que es actor y quiere salir de fracasado pero al final no lo logra ni en pedo. O el de Mariano Martínez que se enamora de una mina en la parada del bondi. O el del chabón que se enamora de la taiwanesa y tiene un quilombo tremendo para expresárselo.
Un par de escenas geniales: en la cocina, cuando el gordo actor le dice al enamorado de la taiwanesa que ya está hinchado las pelotas de la leche de soja.
Y otra en un techo, el mismo chabón y la taiwanesa, teniendo una RE charla, contándose sus infancias. Ella de golpe le dice "te estoy embolando, ¿no?". Y él le dice: "¡¡¡Ni en pedo!!!; me encanta escucharte". Y ella le dice: "¿En serio? A mí también me encanta escucharte".
Y pum. Es gol de media cancha, llega el momento del beso, pero la potencia del momento los asusta un poco y, si bien ya habían empezado a acercar sus caras, enseguida las vuelven a su lugar y se ponen rojos.
Sufren. No respiran, miran para otro lado. O mejor dicho: ponen los ojos en otro lado y sólo se miran de reojo. Y al final no dicen nada más ni se dan ningún beso.
Una escena genial.
El Martín Fierro de Oro lo ganó Lalola. Yo lo veía en una época a ese programa. En la primera época, para ser exacto. Y estaba bastante bien. Tenía cosas muy divertidas.
Pero también tenía algunos errores. Algunas cositas fallaban.
La narradora, sólo por citar un ejemplo, tenía demasiado protagonismo en su rol de narradora. Su texto contaba demasiado y le quitaba lugar a la posibilidad de que los actores mostraran los hechos por sí mismos.
En el primer programa la mina se la pasó haciendo una introducción de los personajes. Del tipo: "Juancito es bueno pero medio vago". "Lucila es súper sensible y a la vez frívola".
Una tontería. Un trabajo de composición de cuarto grado.
Y el hecho de que gane el premio te da la pauta de lo flojos que estamos a nivel ficción.
La mejor ficción actual, para mí, es Bailando por un sueño. A la mayoría le parece un programa pedorro, ya lo sé. Pero dentro de su código es un producto que cierra perfecto.
El programa respeta su código a la perfección. Raramente, o nunca, lo rompe. Y a la larga termina siendo de lo más verosímil que hay para ver, aunque todo sea verso.
Como en los Titanes en el ring.
Para mí el Martín Fierro de Oro era para Bailando.
La cagada de la noche, sí, con el tema de la película esta, fue que quedé enamorado del enamoramiento.
Voy a procurar enamorarme más seguido, como en las viejas épocas.
2.7.08
Tardecita
La de ayer pintaba para ser una tarde genial.
Todo había empezado muy bien: no había luz, y yo tenía mi medio franco, así que me puse a leer algunas cosas de Felisberto, tirado en el sofá, a la luz de la ventana.
En el momento exacto en el que se me antojó que quería meterme en Internet, la luz volvió.
Y me metí y navegué y fui entrando en calor y logré escribir sobre mi viejo. Y conseguí que para colmo el resultado me cayera relativamente bien.
Cosa que nunca me había pasado.
Así que qué bonita tarde.
Seguí navegando y después leyendo y después hablando por teléfono.
Ya llegadas las cinco me metí en la ducha y descubrí que no había agua caliente. Para cuando salí del baño, tiritando como una perra, la cosa ya se había ido al carajo.
Y recién me di cuenta de eso unas horas más tarde, de noche, en la librería, mientras una clienta me hacía llamar a otra sucursal para conseguir un título sobre masonería.
Todo había empezado muy bien: no había luz, y yo tenía mi medio franco, así que me puse a leer algunas cosas de Felisberto, tirado en el sofá, a la luz de la ventana.
En el momento exacto en el que se me antojó que quería meterme en Internet, la luz volvió.
Y me metí y navegué y fui entrando en calor y logré escribir sobre mi viejo. Y conseguí que para colmo el resultado me cayera relativamente bien.
Cosa que nunca me había pasado.
Así que qué bonita tarde.
Seguí navegando y después leyendo y después hablando por teléfono.
Ya llegadas las cinco me metí en la ducha y descubrí que no había agua caliente. Para cuando salí del baño, tiritando como una perra, la cosa ya se había ido al carajo.
Y recién me di cuenta de eso unas horas más tarde, de noche, en la librería, mientras una clienta me hacía llamar a otra sucursal para conseguir un título sobre masonería.
1.7.08
Con el ritmo de Lambada
Con mi viejo, en sus últimas épocas, intentamos hacernos el hábito de ir a la cancha de River.
Compartíamos muy pocas cosas por entonces. Lo cual no quiere decir que no compartiéramos nada. ¡Compartíamos! Pero más que nada peleas y puteadas.
No se puede todo.
Entonces en ese último año fuimos un par de veces al Monumental.
Me acuerdo de un dos a cero a Ñuls, con un gol del Chacho Coudet. Nosotros lo vimos desde el corralito de la Centenario. Y creo que estaba mi hermano también.
Nos cagábamos de la risa porque los de Ñuls eran tan pocos que podíamos ver a algunos amigos nuestros en plena popular visitante.
Pero otras veces las cosas no salieron tan bien.
En un partido bastante importante, no me acuerdo bien contra quien, con mi viejo nos peleamos mal, faltando un par de cuadras, y al final ya en el estacionamiento nos separamos y nos metimos uno en la platea y otro en la popular.
Faltaba poco para el final. Y ahí dejamos de ir. Él dejó de ir, en realidad. Y yo seguí yendo, pero con amigos.
Con Racing, partido inolvidable, con un golazo zarpado de Pipino Cuevas sobre la hora, él fue con mi hermano a la Almirante Brown baja. Y yo fui a la alta.
Ellos se abrazaron juntos en el gol de Pipino, que, posta, no te lo vas a olvidar nunca. Y yo me abracé con un montón de gente a la que ya no veo más.
Pero la peor de todas fue contra Argentinos Juniors, el día que dimos la vuelta olímpica.
Esa semana me decidí y junté los dos o tres mangos que tenía y compré una entrada para mí y otra para él. Y entonces lo invité.
Por primera y última vez lo invité a mi viejo a ir a un lugar.
Él ya estaba flaquísimo en ese entonces. Faltaba cada vez menos.
Las entradas eran para la Centenario alta. Era un domingo súper soleado, casi raro para esa época del año, con unas nubecitas blancas que no amenazaban para nada. Y al contrario: lo hacían más colorido al día.
Entonces almorzamos pastas a la bolognesa (eso me lo acuerdo perfecto) y salimos un par de horas antes.
Y parece una burla. Pero fue posta: de golpe el cielo se tapó por completo y empezó a llover. Para el carajo. Estábamos bajando por Juramento y agarramos Libertador. Y para cuando llegamos a Monroe mi viejo se tuvo que guardar debajo de un techito y pegarse la vuelta.
No podía chupar frío. Y el día estaba tan para la mierda que no parecía que fuese a escampar nunca.
Así que se tomó un taxi y se fue. Y yo seguí para la cancha con una bronca increíble y una entrada de más en el bolsillo trasero. Caminaba entre el montón de gente, por Lidoro Quinteros, preguntándome si hacía bien al seguir camino y no volverme con él.
Las cosas salieron muy mal y ya ni me da para volver a la cancha.
Faltando media hora para el partido, mientras yo esperaba sentado que empiece el asunto de una buena vez, el cielo se abrió de nuevo. Te calentaba el sol en la Centenario. Daba justo de frente.
River ganó cinco a uno, creo. El primer gol fue de ellos y lo hizo Pisculichi y el más importante de los nuestros fue de Cavenaghi. Y dimos la vuelta olímpica y cantamos y todo eso.
La que más me gustó de ese día fue una clásica, con el ritmo de Lambada y la letra que decía: “Soy de River, soy, y de la cabeza siempre estoy; llora Avellaneda, La Boca y el Ciclón, porque River ya sale campeón”.
Pero fue demasiado; nunca más pude volver a ir.
Compartíamos muy pocas cosas por entonces. Lo cual no quiere decir que no compartiéramos nada. ¡Compartíamos! Pero más que nada peleas y puteadas.
No se puede todo.
Entonces en ese último año fuimos un par de veces al Monumental.
Me acuerdo de un dos a cero a Ñuls, con un gol del Chacho Coudet. Nosotros lo vimos desde el corralito de la Centenario. Y creo que estaba mi hermano también.
Nos cagábamos de la risa porque los de Ñuls eran tan pocos que podíamos ver a algunos amigos nuestros en plena popular visitante.
Pero otras veces las cosas no salieron tan bien.
En un partido bastante importante, no me acuerdo bien contra quien, con mi viejo nos peleamos mal, faltando un par de cuadras, y al final ya en el estacionamiento nos separamos y nos metimos uno en la platea y otro en la popular.
Faltaba poco para el final. Y ahí dejamos de ir. Él dejó de ir, en realidad. Y yo seguí yendo, pero con amigos.
Con Racing, partido inolvidable, con un golazo zarpado de Pipino Cuevas sobre la hora, él fue con mi hermano a la Almirante Brown baja. Y yo fui a la alta.
Ellos se abrazaron juntos en el gol de Pipino, que, posta, no te lo vas a olvidar nunca. Y yo me abracé con un montón de gente a la que ya no veo más.
Pero la peor de todas fue contra Argentinos Juniors, el día que dimos la vuelta olímpica.
Esa semana me decidí y junté los dos o tres mangos que tenía y compré una entrada para mí y otra para él. Y entonces lo invité.
Por primera y última vez lo invité a mi viejo a ir a un lugar.
Él ya estaba flaquísimo en ese entonces. Faltaba cada vez menos.
Las entradas eran para la Centenario alta. Era un domingo súper soleado, casi raro para esa época del año, con unas nubecitas blancas que no amenazaban para nada. Y al contrario: lo hacían más colorido al día.
Entonces almorzamos pastas a la bolognesa (eso me lo acuerdo perfecto) y salimos un par de horas antes.
Y parece una burla. Pero fue posta: de golpe el cielo se tapó por completo y empezó a llover. Para el carajo. Estábamos bajando por Juramento y agarramos Libertador. Y para cuando llegamos a Monroe mi viejo se tuvo que guardar debajo de un techito y pegarse la vuelta.
No podía chupar frío. Y el día estaba tan para la mierda que no parecía que fuese a escampar nunca.
Así que se tomó un taxi y se fue. Y yo seguí para la cancha con una bronca increíble y una entrada de más en el bolsillo trasero. Caminaba entre el montón de gente, por Lidoro Quinteros, preguntándome si hacía bien al seguir camino y no volverme con él.
Las cosas salieron muy mal y ya ni me da para volver a la cancha.
Faltando media hora para el partido, mientras yo esperaba sentado que empiece el asunto de una buena vez, el cielo se abrió de nuevo. Te calentaba el sol en la Centenario. Daba justo de frente.
River ganó cinco a uno, creo. El primer gol fue de ellos y lo hizo Pisculichi y el más importante de los nuestros fue de Cavenaghi. Y dimos la vuelta olímpica y cantamos y todo eso.
La que más me gustó de ese día fue una clásica, con el ritmo de Lambada y la letra que decía: “Soy de River, soy, y de la cabeza siempre estoy; llora Avellaneda, La Boca y el Ciclón, porque River ya sale campeón”.
Pero fue demasiado; nunca más pude volver a ir.
Nadie más que el vacío
En la librería, una de mis actividades favoritas, además de controlar y cargar las transferencias de stock, es pasar por detrás de mis compañeras y tocarles el hombro derecho, para irme inmediata y silenciosamente por el lado izquierdo.
Es glorioso cuando ellas se dan vuelta y no encuentran a nadie más que al vacío.
Me doblo en una carcajada muda, para una tribuna imaginaria.
Ellas se limitan a morderse el labio inferior, ahogar una risa avergonzada, sacudir la cabeza y buscar testigos visuales durante unos dos o tres segundos.
Nada más.
Y los clientes la pasan bomba. Aunque no parecen entender mucho lo que está sucediendo.
Es glorioso cuando ellas se dan vuelta y no encuentran a nadie más que al vacío.
Me doblo en una carcajada muda, para una tribuna imaginaria.
Ellas se limitan a morderse el labio inferior, ahogar una risa avergonzada, sacudir la cabeza y buscar testigos visuales durante unos dos o tres segundos.
Nada más.
Y los clientes la pasan bomba. Aunque no parecen entender mucho lo que está sucediendo.
30.6.08
Horas enteras, semanas, años
Si hablamos de con la ropa puesta, correr es una de las dos o tres mejores actividades que se puede llevar a cabo en la vida.
Bailar es otra y tocar la batería es otra. Y leer es otra.
La gracia de correr está en la paciencia. Saber esperar esos treinta minutos hasta que el cuerpo empieza a generar endorfinas y el mundo se vuelve felicidad y optimismo (y omnipotencia).
En definitiva, correr en realidad es mucho más un ejercicio de paciencia que una actividad física.
Y la clave está en no pensar que hay que esperar esa media hora y nada más. La clave está en pensar que va a haber que esperar durante horas enteras, semanas y años, si hace falta.
Tirarse a largo plazo. A plazo eterno.
Cuando das los primeros pasos, tenés que pensar: ok, me voy a pasar la vida entera corriendo para llegar a la endorfina; esta es mi realidad y lo va a seguir siendo lo acepte o no, así que mejor lo acepto.
Y el resultado es divino. Yo una vez me cagué la rodilla de tanto correr. Corría y corría y corría. El aire me daba y ni pensé en cuán preparada estaría mi musculatura como para exigirle diez kilómetros diarios.
Después andaba por la calle arrastrando la pierna. Y ahora no sé si me funcionará bien. Debería testearla.
Pero el asunto de la paciencia; eso no se me fue. Eso lo aprendí ahí y no se me salió más.
Por estos días pienso mucho en eso.
Con calma, Cuparito. Con calma. Va a haber que tomarse las cosas con calma.
Bailar es otra y tocar la batería es otra. Y leer es otra.
La gracia de correr está en la paciencia. Saber esperar esos treinta minutos hasta que el cuerpo empieza a generar endorfinas y el mundo se vuelve felicidad y optimismo (y omnipotencia).
En definitiva, correr en realidad es mucho más un ejercicio de paciencia que una actividad física.
Y la clave está en no pensar que hay que esperar esa media hora y nada más. La clave está en pensar que va a haber que esperar durante horas enteras, semanas y años, si hace falta.
Tirarse a largo plazo. A plazo eterno.
Cuando das los primeros pasos, tenés que pensar: ok, me voy a pasar la vida entera corriendo para llegar a la endorfina; esta es mi realidad y lo va a seguir siendo lo acepte o no, así que mejor lo acepto.
Y el resultado es divino. Yo una vez me cagué la rodilla de tanto correr. Corría y corría y corría. El aire me daba y ni pensé en cuán preparada estaría mi musculatura como para exigirle diez kilómetros diarios.
Después andaba por la calle arrastrando la pierna. Y ahora no sé si me funcionará bien. Debería testearla.
Pero el asunto de la paciencia; eso no se me fue. Eso lo aprendí ahí y no se me salió más.
Por estos días pienso mucho en eso.
Con calma, Cuparito. Con calma. Va a haber que tomarse las cosas con calma.
28.6.08
Jugar al counter está de diez
No puedo más de la emoción. Escribí un cuento, de absoluta ficción, o casi absoluta, y lo subí a un foro de Internet.
Ayer, ni bien lo posteé, y durante unas cuantas horas, estuve dándole seguido al refresh para ver qué opiniones surgían. Después estuve todo el día afuera y recién llegué y chequeé de vuelta.
Y resulta que, si bien no le dieron demasiaaaaaaada bola, ya estamos hablando del mayor éxito literario de mi vida. Tanto en pasado como en futuro.
Las estadísticas dicen:
Que entraron ocho personas.
Que hay siete comentarios.
Que el primero de ellos dice: “Lo imprimí y lo voy a guardar”. Y pone una carita alegre.
¡Lo imprimí y lo voy a guardar y una carita alegre! Oh, Dios, tiene que ser una ironía. Interneteros hijos de puta, no me hagan eso.
Que el segundo dice: “Excelente”.
Que el tercero dice: “Che, es muy largo, ¿posta da para leerlo? Cuenten de qué se trata al menos”.
Que el cuarto dice: “Si preguntás eso, quiere decir que no es para vos. Tomátelas, marmota”.
Que el quinto dice: “Ja, es verdad, no es para mí esto; me voy a jugar al counter”.
¿Qué é lo que é el counter?, diría yo.
Que el sexto dice: “Me hizo pensar. Y en realidad siempre pienso en cómo el universo sigue su curso cuando uno no lo ve, al dormir por ejemplo. Que las cucarachas cojan y proliferen aun cuando nuestro mundo se termina y nosotros no las vemos. La construcción del universo sin el otro universo, a partir de los desechos de una cena de navidad, me gustó”.
Que el séptimo dice: “Me gustó mucho por lo simple de las construcciones y por lo muy complejo de la psiquis del protagonista. Me gusta más la primera mitad, la de los hongos creciendo entre las cosas olvidadas. Esa parte es excelente. Mucho más que la de las cucarachas, en la segunda mitad. Igual eso también está bastante logrado, porque el protagonista se va volviendo más loquito y el modo de relatar se simplifica aun más”.
Los foros de Internet son lo más. Jamás voy a publicar un libro, ni voy a coser uno artesanalmente para los amigos ni nada. Voy a escribir para foros toda la vida.
¡Eso es punk rock!
Ayer, ni bien lo posteé, y durante unas cuantas horas, estuve dándole seguido al refresh para ver qué opiniones surgían. Después estuve todo el día afuera y recién llegué y chequeé de vuelta.
Y resulta que, si bien no le dieron demasiaaaaaaada bola, ya estamos hablando del mayor éxito literario de mi vida. Tanto en pasado como en futuro.
Las estadísticas dicen:
Que entraron ocho personas.
Que hay siete comentarios.
Que el primero de ellos dice: “Lo imprimí y lo voy a guardar”. Y pone una carita alegre.
¡Lo imprimí y lo voy a guardar y una carita alegre! Oh, Dios, tiene que ser una ironía. Interneteros hijos de puta, no me hagan eso.
Que el segundo dice: “Excelente”.
Que el tercero dice: “Che, es muy largo, ¿posta da para leerlo? Cuenten de qué se trata al menos”.
Que el cuarto dice: “Si preguntás eso, quiere decir que no es para vos. Tomátelas, marmota”.
Que el quinto dice: “Ja, es verdad, no es para mí esto; me voy a jugar al counter”.
¿Qué é lo que é el counter?, diría yo.
Que el sexto dice: “Me hizo pensar. Y en realidad siempre pienso en cómo el universo sigue su curso cuando uno no lo ve, al dormir por ejemplo. Que las cucarachas cojan y proliferen aun cuando nuestro mundo se termina y nosotros no las vemos. La construcción del universo sin el otro universo, a partir de los desechos de una cena de navidad, me gustó”.
Que el séptimo dice: “Me gustó mucho por lo simple de las construcciones y por lo muy complejo de la psiquis del protagonista. Me gusta más la primera mitad, la de los hongos creciendo entre las cosas olvidadas. Esa parte es excelente. Mucho más que la de las cucarachas, en la segunda mitad. Igual eso también está bastante logrado, porque el protagonista se va volviendo más loquito y el modo de relatar se simplifica aun más”.
Los foros de Internet son lo más. Jamás voy a publicar un libro, ni voy a coser uno artesanalmente para los amigos ni nada. Voy a escribir para foros toda la vida.
¡Eso es punk rock!
27.6.08
A grandes alturas, grandes profundidades
Llega el sábado y seguro yo me rajo;
imposible resistirme a lo que quiero.
Soy capaz de dejar todo abandonado;
por un rato de parranda yo me muero.
Y una vez que llego al baile,
no me quiero ni perder
un minuto hasta ver el amanecer.
Otra vez, otra vez,
la culpa de todo la tuvo el vino.
¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
¡Que yo he nacido negro y parrandero!
imposible resistirme a lo que quiero.
Soy capaz de dejar todo abandonado;
por un rato de parranda yo me muero.
Y una vez que llego al baile,
no me quiero ni perder
un minuto hasta ver el amanecer.
Otra vez, otra vez,
la culpa de todo la tuvo el vino.
¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
¡Que yo he nacido negro y parrandero!
Dije: “El día que yo descubro al que deja mi campera tirada en el piso… booooluuuuuudo, la que se arma”.
“Aprendé a conjugar los verbos, estúpido; es descubra, no descubro”.
Lo malo de trabajar en una librería es que ahí todos escriben y todos saben conjugar verbos, es cierto. Pero igual arremetí.
Y dije: “Se usa, loco, la verdad es que se usa. Y además sirve para subrayar que lo digo con vehemencia. Como el hincha ese, el del cuento de Fontanarrosa, que justo se llama así, fijate, te lo busco, pará… mirá, acá tenés, leé, fijate lo que le grita el hincha sacado: ‘No te enloquesá, Lalita, no te enloquesá’.
No me respondieron. Me mandaron a buscar al cadete, que llegaba con la reposición del día.
En la librería me siento muy respetado. Muy querido. Muy mimado.
Mientras me iba con el carrito –esos largos, que tienen un nombre que ahora no me sale; esos que usan los cadetes de cualquier negocio- cargado en el brazo derecho, justo antes de salir del local, escuché: “Creo que toma antes de venir”.
Y una carcajada.
Uno de mis grandes anhelos siempre fue saber qué hay detrás de las salidas de emergencia de los shoppings. El shopping es un mundo y yo me imaginaba otro mundo igual de grande del otro lado. Como la máxima de la geografía en el secundario: a grandes alturas, grandes profundidades. Yo me imaginaba una trastienda igual de enorme que el shopping, llena de oficinistas, pasadisos y toboganes y etcétera.
Pero no. Es apenas un pasillito lleno de cajas y basura, un ascensor siempre a punto de asesinar a alguien, una escalera, mucho frío, unos ventanales, unas vachas…
Y nada más.
Tomé el ascensor, como todos los días a esa hora. Antes hice equilibrio parado en las dos ruedas del carrito y anduve para atrás, también como todos los días. Al principio me caía al toque, pero ahora ya recorró unos cuantos metros hasta dar contra una pared.
Me subí. El ascensor hizo el mismo ruido de siempre. Y frenó en el piso uno. Yo había marcado el cero. Las puertas se abrieron y afuera no había nadie. Volví a marcar cero. Las puertas se cerraron y el ascensor se quedó inmóvil por al menos un minuto.
Al rato ya estaba en el cero. Abrí la puerta y salí. En Starbucks había una cola impresionante. Y, jojojo, al lado de la cola había una fila larguísima que iba desde la puerta hasta la esquina y después doblaba.
Todos los días es igual. No deja de sorprenderme la cantidad de público que convocan los cafeses.
Yo con un instantáneo bien batido, la verdad, ya estoy bárbaro.
Me senté a esperar al cadete y cuando llegó estacionó tan lejos de la puerta, que después de levantarme hice un chiste como que me ponía a chiflarle a otro taxi para que nos dejara un poco más cerca. Pero no me entendió.
Subimos las cajas por el ascensor con el carrito. Cuando llegamos a la puerta que dice salida de emergencia pusimos las cajas en el piso y las cargamos arriba del hombro. No te dejan deslizar el carrito en los pasillos. Cuatro o cinco viajes, subiendo una escalera. Siempre, mientras camino de una puerta a la otra, pienso en la guita que me ahorro en gimnasio. Y en cómo me la voy a terminar gastando en un kinesiólogo.
Después agarré una birome y me puse a controlar las transferencias de stock y a cargarlas en el sistema. Una carrera de tres años estudié. Nunca me sentí tan cómodo en el periodismo, la verdad. Creo que nací para chequear transferencias de libros. Lo juro.
Desde el depósito llegó el nuevo libro de Juan Diego Incardona, que trae ilustraciones de Santoro, ni más ni menos. Y entró 2666, del capo de Bolaño, que me encanta en Los detectives salvajes, Putas asesinas y Llamadas telefónicas.
Y después no entró ninguna otra cosa interesante.
Así que mientras controlaba me puse a cantar Parrandero, de Los Palmeras. No sé porqué. Me atacó de golpe. Y tuve que controlar las ganas de pararme y sacar a una compañera a bailar.
“Aprendé a conjugar los verbos, estúpido; es descubra, no descubro”.
Lo malo de trabajar en una librería es que ahí todos escriben y todos saben conjugar verbos, es cierto. Pero igual arremetí.
Y dije: “Se usa, loco, la verdad es que se usa. Y además sirve para subrayar que lo digo con vehemencia. Como el hincha ese, el del cuento de Fontanarrosa, que justo se llama así, fijate, te lo busco, pará… mirá, acá tenés, leé, fijate lo que le grita el hincha sacado: ‘No te enloquesá, Lalita, no te enloquesá’.
No me respondieron. Me mandaron a buscar al cadete, que llegaba con la reposición del día.
En la librería me siento muy respetado. Muy querido. Muy mimado.
Mientras me iba con el carrito –esos largos, que tienen un nombre que ahora no me sale; esos que usan los cadetes de cualquier negocio- cargado en el brazo derecho, justo antes de salir del local, escuché: “Creo que toma antes de venir”.
Y una carcajada.
Uno de mis grandes anhelos siempre fue saber qué hay detrás de las salidas de emergencia de los shoppings. El shopping es un mundo y yo me imaginaba otro mundo igual de grande del otro lado. Como la máxima de la geografía en el secundario: a grandes alturas, grandes profundidades. Yo me imaginaba una trastienda igual de enorme que el shopping, llena de oficinistas, pasadisos y toboganes y etcétera.
Pero no. Es apenas un pasillito lleno de cajas y basura, un ascensor siempre a punto de asesinar a alguien, una escalera, mucho frío, unos ventanales, unas vachas…
Y nada más.
Tomé el ascensor, como todos los días a esa hora. Antes hice equilibrio parado en las dos ruedas del carrito y anduve para atrás, también como todos los días. Al principio me caía al toque, pero ahora ya recorró unos cuantos metros hasta dar contra una pared.
Me subí. El ascensor hizo el mismo ruido de siempre. Y frenó en el piso uno. Yo había marcado el cero. Las puertas se abrieron y afuera no había nadie. Volví a marcar cero. Las puertas se cerraron y el ascensor se quedó inmóvil por al menos un minuto.
Al rato ya estaba en el cero. Abrí la puerta y salí. En Starbucks había una cola impresionante. Y, jojojo, al lado de la cola había una fila larguísima que iba desde la puerta hasta la esquina y después doblaba.
Todos los días es igual. No deja de sorprenderme la cantidad de público que convocan los cafeses.
Yo con un instantáneo bien batido, la verdad, ya estoy bárbaro.
Me senté a esperar al cadete y cuando llegó estacionó tan lejos de la puerta, que después de levantarme hice un chiste como que me ponía a chiflarle a otro taxi para que nos dejara un poco más cerca. Pero no me entendió.
Subimos las cajas por el ascensor con el carrito. Cuando llegamos a la puerta que dice salida de emergencia pusimos las cajas en el piso y las cargamos arriba del hombro. No te dejan deslizar el carrito en los pasillos. Cuatro o cinco viajes, subiendo una escalera. Siempre, mientras camino de una puerta a la otra, pienso en la guita que me ahorro en gimnasio. Y en cómo me la voy a terminar gastando en un kinesiólogo.
Después agarré una birome y me puse a controlar las transferencias de stock y a cargarlas en el sistema. Una carrera de tres años estudié. Nunca me sentí tan cómodo en el periodismo, la verdad. Creo que nací para chequear transferencias de libros. Lo juro.
Desde el depósito llegó el nuevo libro de Juan Diego Incardona, que trae ilustraciones de Santoro, ni más ni menos. Y entró 2666, del capo de Bolaño, que me encanta en Los detectives salvajes, Putas asesinas y Llamadas telefónicas.
Y después no entró ninguna otra cosa interesante.
Así que mientras controlaba me puse a cantar Parrandero, de Los Palmeras. No sé porqué. Me atacó de golpe. Y tuve que controlar las ganas de pararme y sacar a una compañera a bailar.
26.6.08
Cantan unos pájaros
Pablo pinta una pared,
pelea con su esposa.
‘Que se deje de hinchar,
que se siente
y prepare mate,
que no labure’.
Cristian lija,
empuja a mamá,
grita algo,
se hace el paraguayo.
Agustín corretea por el patio,
patea una pelota.
Ulises lo persigue,
con sus cuatro patitas
epilépticas,
y sus uñas,
villeras,
clavándose en el piso.
Alguien grita desde adentro.
Quedate quieto,
no lo alteres
que se pone a ladrar,
nos vuelve locos.
Mariano sale
con los ojos clavados en el suelo,
marca algo en el teléfono,
una voz
dice que está fuera de servicio,
o algo así.
Camina al almacén,
sigue discando números
y escuchando
la vocecita femenina.
Funes
es repleto de mosquitos,
calor,
vacío,
humedad,
olor a tierra mojada
y Rosario.
La calle es de tierra,
decíamos,
con zanjas a los dos lados,
descampado,
cielo azul,
el mismo cielo que en Buenos Aires,
sólo que a la noche hay estrellas.
Una coca, por favor.
Son dos pesos amiguito.
La puerta al abrirse hace ruido.
Diez perros duermen
amontonados a un costado.
Uno,
de hocico negro,
levanta su cara para mirar,
bosteza
de modo tan largo como su lengua.
Se acuesta de nuevo,
el perro,
cantan unos pájaros
durante el camino de vuelta.
Adentro,
Cristian sigue gritando.
En Funes,
las tardes duran lo que un mes.
Las horas
en frascos de miel
inviolables.
pelea con su esposa.
‘Que se deje de hinchar,
que se siente
y prepare mate,
que no labure’.
Cristian lija,
empuja a mamá,
grita algo,
se hace el paraguayo.
Agustín corretea por el patio,
patea una pelota.
Ulises lo persigue,
con sus cuatro patitas
epilépticas,
y sus uñas,
villeras,
clavándose en el piso.
Alguien grita desde adentro.
Quedate quieto,
no lo alteres
que se pone a ladrar,
nos vuelve locos.
Mariano sale
con los ojos clavados en el suelo,
marca algo en el teléfono,
una voz
dice que está fuera de servicio,
o algo así.
Camina al almacén,
sigue discando números
y escuchando
la vocecita femenina.
Funes
es repleto de mosquitos,
calor,
vacío,
humedad,
olor a tierra mojada
y Rosario.
La calle es de tierra,
decíamos,
con zanjas a los dos lados,
descampado,
cielo azul,
el mismo cielo que en Buenos Aires,
sólo que a la noche hay estrellas.
Una coca, por favor.
Son dos pesos amiguito.
La puerta al abrirse hace ruido.
Diez perros duermen
amontonados a un costado.
Uno,
de hocico negro,
levanta su cara para mirar,
bosteza
de modo tan largo como su lengua.
Se acuesta de nuevo,
el perro,
cantan unos pájaros
durante el camino de vuelta.
Adentro,
Cristian sigue gritando.
En Funes,
las tardes duran lo que un mes.
Las horas
en frascos de miel
inviolables.
25.6.08
El tesón del clavo enmohecido
Toda la historia de volverme chiquito se está yendo al carajo.
Pero siento aun -¡con la derrota a la vuelta de la esquina!- algo del ímpetu de hace pocos días, cuando la infancia aparecía fija como el único destino posible, ahí en el horizonte.
Lo siento como algo lejano, es verdad; capaz sea sólo el recuerdo de aquel sentimiento y nada más.
Pero me resisto. No pudo haber muerto del todo. Juro que no.
¡Y si se murió, pues entonces resucitará! ¡Una y mil veces! ¡Como dice Almafuerte, viejo y peludo!
Hay clientes que te hacen la vida muy difícil. Y ahí la empresa no se vuelve tan solo complicada, sino que se ve directamente postergada.
¡Si hasta hay momentos en los que me descubro olvidadizo de aquella vieja intención!
Sólo te reconcilian aquellos que miden menos de un metro y gritan sus pavadas con absoluta felicidad y convencimiento.
O los ya grandotes que, sin embargo, juntan fuerzas de quién sabe dónde, y caminan dubitativos hasta el mostrador para preguntarte, con sus carotas simpáticas, si ahí se venden anteojos para lectura.
La historia sigue. Si unos 300 o 700 griegos se bancaron a cientos de miles de persas en las Termópilas, y si unos cuantos guerrilleros cubanos, con un asmático a la cabeza, tumbaron a Batista, yo puedo conmigo mismo.
Algún día seré chiquitito.
Pero siento aun -¡con la derrota a la vuelta de la esquina!- algo del ímpetu de hace pocos días, cuando la infancia aparecía fija como el único destino posible, ahí en el horizonte.
Lo siento como algo lejano, es verdad; capaz sea sólo el recuerdo de aquel sentimiento y nada más.
Pero me resisto. No pudo haber muerto del todo. Juro que no.
¡Y si se murió, pues entonces resucitará! ¡Una y mil veces! ¡Como dice Almafuerte, viejo y peludo!
Hay clientes que te hacen la vida muy difícil. Y ahí la empresa no se vuelve tan solo complicada, sino que se ve directamente postergada.
¡Si hasta hay momentos en los que me descubro olvidadizo de aquella vieja intención!
Sólo te reconcilian aquellos que miden menos de un metro y gritan sus pavadas con absoluta felicidad y convencimiento.
O los ya grandotes que, sin embargo, juntan fuerzas de quién sabe dónde, y caminan dubitativos hasta el mostrador para preguntarte, con sus carotas simpáticas, si ahí se venden anteojos para lectura.
La historia sigue. Si unos 300 o 700 griegos se bancaron a cientos de miles de persas en las Termópilas, y si unos cuantos guerrilleros cubanos, con un asmático a la cabeza, tumbaron a Batista, yo puedo conmigo mismo.
Algún día seré chiquitito.
24.6.08
La de la víbora
Qué terrible, Michael, en qué parte del cosmos andarás contando tus historias.
Eras el tipo más mentiroso del mundo. Te decíamos El Aventurero, porque siempre tenías una barbaridad para contar. De ahí lo achicamos a Aventura y al final yo te puse Ace Ventura.
Contabas por ejemplo de una vez que lo habías ido a ver a tu viejo a jugar a la pelota, a no sé dónde, y en medio del partido se había armado una pelea tremenda, pero tremenda tremenda.
Una batahola con detalles de lo más delirantes -vos parecías haberlos visto todos como desde el cielo-, que ahora diez años más tarde se me escapan, y tu viejo se había cargado a tres o cuatro o cinco rivales juntos, y no conforme con eso contabas que vos también te habías metido y habías agarrado de atrás a uno mientras tu viejo lo castigaba por delante.
Y también tenías una, la máxima que contaste jamás, de un tipo, conocido de no sé qué pariente tuyo, que estaba regando en el patio de su casa y de golpe se quedó sin agua.
Primero se había limitado a mirar sorprendido la fuente de su nueva desdicha, pero después había mirado fijo hacia el agujerito de la manguera y finalmente se lo había puesto en la boca para succionar con toda su fuerza.
La historia empezaba ahí, en realidad, ¿te acordás, Michael, maldito embustero? Porque adentro de la manguera resulta que había una víbora. Una víbora que el tipo se tragó por completo y que una vez adentro de su cuerpo lo había picado y picado hasta matarlo.
Y el pariente tuyo, que conocía a este tipo, nos contaste vos, había estado en el velorio y todo.
Tenías mil historias, hijo de puta. Y las contabas sin ponerte colorado. Y cuando te decíamos que dejes de mentir te cagabas de la risa y nos decías que los culpables éramos nosotros porque no teníamos vida.
Necesitábamos escucharlas, decías.
Lo último que supe de vos fue que te volvías a Estados Unidos, pero una vez, después de eso, me pareció verte, con barba crecida (¿¿¿será posible que vos te hayas conseguido una barba crecida, desgraciado hijo de puta???) en Cacique, ahí en Fisherton.
No me saludaste, aunque yo te miraba fijo, así que capaz no eras vos, pero me pareció que debajo de la barba había una cara igualita a la tuya, aunque ya adulta.
Y hace unos años escuché que tu hermana estaba de novia con alguien del barrio. ¡Con alguien que no era yo, Michael! ¡Con lo linda que era tu hermana! ¡Y nunca me la entregaste aunque te lo pedí más de mil veces, puto de mierda!
Pero esa noticia, la de tu hermana, me dio la pauta de que tal vez vos y tu familia seguían viviendo cerca.
Recién me estaba acordando de cuando íbamos juntos a lo de Roxana. Y después nos quedábamos por ahí. Qué manera de pelotudear por esa época, carajo. Tardes enteras al pedo. Girando y girando en nuestras bicis.
¡Las historias que te inventabas en aquellas tardes, Michael, con tu acento innegablemente rosarino!
Como la del chorro que te vino a afanar con un tramontina en la mano, que te pidió que le des todo ya o te cortaba el cuello, y que vos, personaje, te pusiste a chamuyarlo y chamuyarlo, hasta que le terminaste comprando el tramontina en dos pesos.
¡Pendejo de mierda!
Mil historias como esa te contabas en esas tardes. Y a la noche a veces los invitaba a vos y a Andy Cotello a dormir a casa y jugábamos durante horas al Sega o al Family Game. Se me escapa el detalle, que sería fundamental para determinar la época, aunque yo siempre llegué tarde a los videojuegos. Cuando el resto estaba con el Family yo le daba al Atari; y cuando me compré el Family ya todos estaban con el Sega. Y así siempre. Pero jugábamos igual.
Hasta que un día te metiste de pupilo en Casilda. Y nunca voy a entender cómo alguien pudo tomar una decisión tan estúpida. ¿Pupilo en Casilda? ¿Y dejarnos a todos nosotros, perdidos en Fisherton, con nuestras vidas mediocres, sin escucharte contar boludeces?
Me ofenden los cursos separados que tomaron nuestras vidas, Michael. Y a la vez me pregunto qué mierda estarás haciendo en este momento.
Y cada vez que alguien me cuenta una historia estúpida, yo le cuento la de la víbora; te juro.
Eras el tipo más mentiroso del mundo. Te decíamos El Aventurero, porque siempre tenías una barbaridad para contar. De ahí lo achicamos a Aventura y al final yo te puse Ace Ventura.
Contabas por ejemplo de una vez que lo habías ido a ver a tu viejo a jugar a la pelota, a no sé dónde, y en medio del partido se había armado una pelea tremenda, pero tremenda tremenda.
Una batahola con detalles de lo más delirantes -vos parecías haberlos visto todos como desde el cielo-, que ahora diez años más tarde se me escapan, y tu viejo se había cargado a tres o cuatro o cinco rivales juntos, y no conforme con eso contabas que vos también te habías metido y habías agarrado de atrás a uno mientras tu viejo lo castigaba por delante.
Y también tenías una, la máxima que contaste jamás, de un tipo, conocido de no sé qué pariente tuyo, que estaba regando en el patio de su casa y de golpe se quedó sin agua.
Primero se había limitado a mirar sorprendido la fuente de su nueva desdicha, pero después había mirado fijo hacia el agujerito de la manguera y finalmente se lo había puesto en la boca para succionar con toda su fuerza.
La historia empezaba ahí, en realidad, ¿te acordás, Michael, maldito embustero? Porque adentro de la manguera resulta que había una víbora. Una víbora que el tipo se tragó por completo y que una vez adentro de su cuerpo lo había picado y picado hasta matarlo.
Y el pariente tuyo, que conocía a este tipo, nos contaste vos, había estado en el velorio y todo.
Tenías mil historias, hijo de puta. Y las contabas sin ponerte colorado. Y cuando te decíamos que dejes de mentir te cagabas de la risa y nos decías que los culpables éramos nosotros porque no teníamos vida.
Necesitábamos escucharlas, decías.
Lo último que supe de vos fue que te volvías a Estados Unidos, pero una vez, después de eso, me pareció verte, con barba crecida (¿¿¿será posible que vos te hayas conseguido una barba crecida, desgraciado hijo de puta???) en Cacique, ahí en Fisherton.
No me saludaste, aunque yo te miraba fijo, así que capaz no eras vos, pero me pareció que debajo de la barba había una cara igualita a la tuya, aunque ya adulta.
Y hace unos años escuché que tu hermana estaba de novia con alguien del barrio. ¡Con alguien que no era yo, Michael! ¡Con lo linda que era tu hermana! ¡Y nunca me la entregaste aunque te lo pedí más de mil veces, puto de mierda!
Pero esa noticia, la de tu hermana, me dio la pauta de que tal vez vos y tu familia seguían viviendo cerca.
Recién me estaba acordando de cuando íbamos juntos a lo de Roxana. Y después nos quedábamos por ahí. Qué manera de pelotudear por esa época, carajo. Tardes enteras al pedo. Girando y girando en nuestras bicis.
¡Las historias que te inventabas en aquellas tardes, Michael, con tu acento innegablemente rosarino!
Como la del chorro que te vino a afanar con un tramontina en la mano, que te pidió que le des todo ya o te cortaba el cuello, y que vos, personaje, te pusiste a chamuyarlo y chamuyarlo, hasta que le terminaste comprando el tramontina en dos pesos.
¡Pendejo de mierda!
Mil historias como esa te contabas en esas tardes. Y a la noche a veces los invitaba a vos y a Andy Cotello a dormir a casa y jugábamos durante horas al Sega o al Family Game. Se me escapa el detalle, que sería fundamental para determinar la época, aunque yo siempre llegué tarde a los videojuegos. Cuando el resto estaba con el Family yo le daba al Atari; y cuando me compré el Family ya todos estaban con el Sega. Y así siempre. Pero jugábamos igual.
Hasta que un día te metiste de pupilo en Casilda. Y nunca voy a entender cómo alguien pudo tomar una decisión tan estúpida. ¿Pupilo en Casilda? ¿Y dejarnos a todos nosotros, perdidos en Fisherton, con nuestras vidas mediocres, sin escucharte contar boludeces?
Me ofenden los cursos separados que tomaron nuestras vidas, Michael. Y a la vez me pregunto qué mierda estarás haciendo en este momento.
Y cada vez que alguien me cuenta una historia estúpida, yo le cuento la de la víbora; te juro.
23.6.08
Por penales
(...)
-No, el café lo pedí yo. Vos pediste una Coca, asi que si querías café, ¡tarde piaste, pajarito!
-¡Mentira! Preguntale a la moza: yo pedí café.
-A la moza preguntale vos. A mí me da vergüenza... es demasiado linda.
-Na, me estás jodiendo.
-No, posta.
-Bueh. Pará, pará: lo definimos por penales.
-¿El qué decís?
-Por penales. Lo definimos por penales.
-Salí de acá. ¿Vos también con la fiebre mundialista? ¿De dónde sacamos unos penales ahora?
-¿Nunca jugaste, traterrestre? Mirá, hacé así con las manos, estirá y dalo vuelta. ¿Ves? Un arco. Y el chaboncito ese es un arquero.
-¡La pucha!
-Perá que hago un bollito y… si gano yo, le pedimos el teléfono, ¿eh?
(...)
-No, el café lo pedí yo. Vos pediste una Coca, asi que si querías café, ¡tarde piaste, pajarito!
-¡Mentira! Preguntale a la moza: yo pedí café.
-A la moza preguntale vos. A mí me da vergüenza... es demasiado linda.
-Na, me estás jodiendo.
-No, posta.
-Bueh. Pará, pará: lo definimos por penales.
-¿El qué decís?
-Por penales. Lo definimos por penales.
-Salí de acá. ¿Vos también con la fiebre mundialista? ¿De dónde sacamos unos penales ahora?
-¿Nunca jugaste, traterrestre? Mirá, hacé así con las manos, estirá y dalo vuelta. ¿Ves? Un arco. Y el chaboncito ese es un arquero.
-¡La pucha!
-Perá que hago un bollito y… si gano yo, le pedimos el teléfono, ¿eh?
(...)
21.6.08
Celebrar la contemporaneidad
Estoy un poco borracho. Así que de entrada pido perdón.
Me sorprende mucho que el segundo disco solista de Ariel Minimal, grabado en una pc, con instrumentos tocados por él en un cien por ciento, con canciones que hablan sobre sus amigos, su mujer, su hija, su papá, sobre que quiere ser como Carlos Monzón, un asesino popular; en definitiva, un disco ligerito, veloz, casi mediocre diría, que se te termina enseguida, y que casi nadie tiene en su discoteca, sea de lo más lindo que hay para escuchar.
Recién estaba leyendo, en mi recorrida de blogs, algunos textos sobre el Centro Cultural Pachamama.
Una vez fui al Pachamama. Hace como un año. Fui solo, como siempre que voy a una lectura, una noche en la que se despedía El quinteto de la muerte. Esa noche, me acuerdo, se largó a llover para el carajo y en el camino al 168, y mientras lo esperaba, me cagué mojando.
Creo que no me olvido más.
Esa vez, no sé bien porqué, cené apenas un paquete de papas fritas.
Era una época rara.
Fue mi primera vez en una lectura. Esto un viernes. Y al otro miércoles yo leía en Los Mudos, en El conventillo de Teodoro. Y entonces quería ver de qué se trataba el asunto.
Me acuerdo de Levín diciendo que el sentido de toda esa reunión era celebrar la contemporaneidad. Eso decía y eso repetía. Y estaba bastante bien. Lo de la contemporaneidad, después de todo, es algo bastante celebrable. Por alguna razón estaremos todos acá en este momento.
Y después leyeron. Funes leyó un texto que, dicen, fue muy conmovedor, pero tengo que admitirlo: me costó prestarle atención. Levín leyó el primer capítulo de su primera novela. Y tampoco le pude prestar mucha atención.
Todo el asunto de esa gente ahí reunida, en el living de una casa, el hecho de que sirvieran polenta y que todos hubiesen pasado uno a uno frente a la cacerola, con un plato en la mano, para que le sirviesen su porción.
Me resultó rarísimo.
Un muchacho de barrio residencial rosarino. Allá, la vergüenza es algo que tenemos muy arraigado.
Fue demasiado. Sentía que no cabía ahí. Y me quise ir, pero afuera llovía muchísimo.
Y después Molina leyó un cuento que me pareció ya haber leído previamente en alguna parte. Y Romero, que un año más tarde participó de una lectura conmigo, leyó algo a lo que tampoco le pude prestar atención.
Hasta que subió Oyola y me partió el bocho con Matador, el cuento que después salió publicado en In fraganti, la antología de Grillo Trubba. Tremendo. Todo el entorno se me oscureció, o así se me antojó a mí; como si hubiesen apagado las luces y sólo hubiesen dejado un foquito encima de Oyola. Pero nada que ver. Fue sólo que el cuento era espectacular.
Y después la lectura terminó y yo me fui a la mierda. Y nunca más volví. No era para mí ese lugar.
La misma sensación tuve en Los Mudos al otro miércoles. Ese salón lleno de gente, las mesas, las chicas con anteójulos, Funes haciendo de animador; parecía salido de una fiesta de quince, o de una kermesse, porque hacía sorteos y regalaba libros y discos y cervezas.
Leí mal y me aplaudieron. Pero me quedó la sensación de haber estado en un club social, con lo poco que me gustan los clubes sociales. Y tampoco volví ahí, hasta unos cuantos meses más tarde.
Ahora estaba leyendo textos sobre el Pachamama, decía, y me quedó la sensación de que en todo este tiempo estuvieron pasando cosas grosas ahí adentro. No sé si será la emoción de los autores de los textos, que los lleva a exagerar y a idealizar, pero me da envidia, mucha envidia.
Llegué diez años tarde a todas las movidas culturales genuinas. Es decir, llegué a Buenos Aires en pleno 2001. Y resulta que cuando hay una movida yo estoy en mi casa escribiendo en un blog o a lo sumo tomando una cerveza con lo pibe y bailándome unas cumbias.
Ya no les entiendo nada a los escritores de mi edad. Se la pasan asociándolo todo con peronismo y menemismo y otras implicancias políticas que no puedo entender ni poniéndole todas las ganas del mundo. Pero igual, ojalá lo abran de nuevo al Pachamama. Así capaz tengo revancha. Si lo abren voy. Y llevo gente; a la mierda con la vergüenza rosarina. Y si a mis invitados no les gusta se toman algo y tratan de no prestar atención.
Bueno, vamos a ver.
Me sorprende mucho que el segundo disco solista de Ariel Minimal, grabado en una pc, con instrumentos tocados por él en un cien por ciento, con canciones que hablan sobre sus amigos, su mujer, su hija, su papá, sobre que quiere ser como Carlos Monzón, un asesino popular; en definitiva, un disco ligerito, veloz, casi mediocre diría, que se te termina enseguida, y que casi nadie tiene en su discoteca, sea de lo más lindo que hay para escuchar.
Recién estaba leyendo, en mi recorrida de blogs, algunos textos sobre el Centro Cultural Pachamama.
Una vez fui al Pachamama. Hace como un año. Fui solo, como siempre que voy a una lectura, una noche en la que se despedía El quinteto de la muerte. Esa noche, me acuerdo, se largó a llover para el carajo y en el camino al 168, y mientras lo esperaba, me cagué mojando.
Creo que no me olvido más.
Esa vez, no sé bien porqué, cené apenas un paquete de papas fritas.
Era una época rara.
Fue mi primera vez en una lectura. Esto un viernes. Y al otro miércoles yo leía en Los Mudos, en El conventillo de Teodoro. Y entonces quería ver de qué se trataba el asunto.
Me acuerdo de Levín diciendo que el sentido de toda esa reunión era celebrar la contemporaneidad. Eso decía y eso repetía. Y estaba bastante bien. Lo de la contemporaneidad, después de todo, es algo bastante celebrable. Por alguna razón estaremos todos acá en este momento.
Y después leyeron. Funes leyó un texto que, dicen, fue muy conmovedor, pero tengo que admitirlo: me costó prestarle atención. Levín leyó el primer capítulo de su primera novela. Y tampoco le pude prestar mucha atención.
Todo el asunto de esa gente ahí reunida, en el living de una casa, el hecho de que sirvieran polenta y que todos hubiesen pasado uno a uno frente a la cacerola, con un plato en la mano, para que le sirviesen su porción.
Me resultó rarísimo.
Un muchacho de barrio residencial rosarino. Allá, la vergüenza es algo que tenemos muy arraigado.
Fue demasiado. Sentía que no cabía ahí. Y me quise ir, pero afuera llovía muchísimo.
Y después Molina leyó un cuento que me pareció ya haber leído previamente en alguna parte. Y Romero, que un año más tarde participó de una lectura conmigo, leyó algo a lo que tampoco le pude prestar atención.
Hasta que subió Oyola y me partió el bocho con Matador, el cuento que después salió publicado en In fraganti, la antología de Grillo Trubba. Tremendo. Todo el entorno se me oscureció, o así se me antojó a mí; como si hubiesen apagado las luces y sólo hubiesen dejado un foquito encima de Oyola. Pero nada que ver. Fue sólo que el cuento era espectacular.
Y después la lectura terminó y yo me fui a la mierda. Y nunca más volví. No era para mí ese lugar.
La misma sensación tuve en Los Mudos al otro miércoles. Ese salón lleno de gente, las mesas, las chicas con anteójulos, Funes haciendo de animador; parecía salido de una fiesta de quince, o de una kermesse, porque hacía sorteos y regalaba libros y discos y cervezas.
Leí mal y me aplaudieron. Pero me quedó la sensación de haber estado en un club social, con lo poco que me gustan los clubes sociales. Y tampoco volví ahí, hasta unos cuantos meses más tarde.
Ahora estaba leyendo textos sobre el Pachamama, decía, y me quedó la sensación de que en todo este tiempo estuvieron pasando cosas grosas ahí adentro. No sé si será la emoción de los autores de los textos, que los lleva a exagerar y a idealizar, pero me da envidia, mucha envidia.
Llegué diez años tarde a todas las movidas culturales genuinas. Es decir, llegué a Buenos Aires en pleno 2001. Y resulta que cuando hay una movida yo estoy en mi casa escribiendo en un blog o a lo sumo tomando una cerveza con lo pibe y bailándome unas cumbias.
Ya no les entiendo nada a los escritores de mi edad. Se la pasan asociándolo todo con peronismo y menemismo y otras implicancias políticas que no puedo entender ni poniéndole todas las ganas del mundo. Pero igual, ojalá lo abran de nuevo al Pachamama. Así capaz tengo revancha. Si lo abren voy. Y llevo gente; a la mierda con la vergüenza rosarina. Y si a mis invitados no les gusta se toman algo y tratan de no prestar atención.
Bueno, vamos a ver.
20.6.08
Para comerme las hojas de bronca
En la facultad una vez nos hicieron hacer un ejercicio a partir de Mecánica popular, el cuento de Carver, que se puede leer en Internet.
Es un cuento excelente, súper breve, con un final a lo Carver -ok-; espectacular.
El ejercicio que nos dio a hacer el profesor, también conocido como Maxi Tomas, era escribir la noticia periodística que tenía que salir al otro día de ocurridos los hechos narrados en el cuento.
Por supuesto, aunque lo acabo de buscar, no lo pude encontrar al archivo. Y tampoco hubiese querido encontrarlo, supongo. Pero más o menos me acuerdo de qué iba.
La complicación estaba en descifrar cuál era la noticia ahí. Y además, la puta, entenderlo al puto de Carver. Qué pasó con el pibe: se lo ganó el padre, se lo ganó la madre, se les cayó y les hizo pegar flor de susto, al punto de hacerlos caer en la cuenta de lo ridículos que estaban siendo, o qué.
Mis compañeros eligieron algunas de esas opciones y otros decidieron no definirse por ninguna; nos habían enseñado que no había que inventar informaciones.
Yo justo en esos días había leído mi primer libro de Aira, para la misma materia, así que ya en el título anuncié que un chico había muerto, partido al medio, durante una discusión doméstica en el barrio de Villa Crespo.
Y en el primer párrafo contaba que al padre lo habían capturado mientras salía del edificio, con una valija en la mano izquierda y el costado zurdo del torso de su hijo en la mano derecha.
Y me aprobó Tomas. Un irresponsable.
Ahora justo estaba leyendo los relatos de Tres rosas amarillas, libro que me recomendaron a muerte más de mil veces y que nunca pude encontrar por ninguna parte.
Hasta que apareció en la librería. Lo escondí durante todo el fin de semana pasado para que no se lo pudiera llevar ningún cliente y al final lo compré -30% off; lo mismo hice con El Salmón, de Casas- y acá está. Un librazo. Y ahora tengo más finales a lo Carver para comerme las hojas de bronca.
Entonces me acordé de todo este asunto y aproveché para contárselo a todos mis fans, que son una bocha mal y me inundan el server.
I love Raymond.
Es un cuento excelente, súper breve, con un final a lo Carver -ok-; espectacular.
El ejercicio que nos dio a hacer el profesor, también conocido como Maxi Tomas, era escribir la noticia periodística que tenía que salir al otro día de ocurridos los hechos narrados en el cuento.
Por supuesto, aunque lo acabo de buscar, no lo pude encontrar al archivo. Y tampoco hubiese querido encontrarlo, supongo. Pero más o menos me acuerdo de qué iba.
La complicación estaba en descifrar cuál era la noticia ahí. Y además, la puta, entenderlo al puto de Carver. Qué pasó con el pibe: se lo ganó el padre, se lo ganó la madre, se les cayó y les hizo pegar flor de susto, al punto de hacerlos caer en la cuenta de lo ridículos que estaban siendo, o qué.
Mis compañeros eligieron algunas de esas opciones y otros decidieron no definirse por ninguna; nos habían enseñado que no había que inventar informaciones.
Yo justo en esos días había leído mi primer libro de Aira, para la misma materia, así que ya en el título anuncié que un chico había muerto, partido al medio, durante una discusión doméstica en el barrio de Villa Crespo.
Y en el primer párrafo contaba que al padre lo habían capturado mientras salía del edificio, con una valija en la mano izquierda y el costado zurdo del torso de su hijo en la mano derecha.
Y me aprobó Tomas. Un irresponsable.
Ahora justo estaba leyendo los relatos de Tres rosas amarillas, libro que me recomendaron a muerte más de mil veces y que nunca pude encontrar por ninguna parte.
Hasta que apareció en la librería. Lo escondí durante todo el fin de semana pasado para que no se lo pudiera llevar ningún cliente y al final lo compré -30% off; lo mismo hice con El Salmón, de Casas- y acá está. Un librazo. Y ahora tengo más finales a lo Carver para comerme las hojas de bronca.
Entonces me acordé de todo este asunto y aproveché para contárselo a todos mis fans, que son una bocha mal y me inundan el server.
I love Raymond.
19.6.08
La imagen de esa escalera mecánica
Últimamente, cuando me siento en la computadora y abro el Word y me arremango la camisa, y me pongo a pensar, “la puta madre, y ahora sobre qué escribo, ¡sobre qué corno escribo!”, lo primero que se me viene a la cabeza es la imagen de la escalera mecánica del subte, esa que baja desde el piso intermedio, donde se sacan los boletos, hasta el piso de más abajo, donde están los andenes, en la estación José Hernández;
y también en la que sube desde la planta baja del Alto Palermo hasta el primer piso;
toda mi furia y mi inconsciente pasional están metidos ahí;
mucho más que en el dolor de labio que me agarra cuando me golpeo con el mango del cepillo de dientes, cada vez que me cuelgo en mis pensamientos y me olvido de que me estoy cepillando;
la imagen de esa escalera mecánica, subiendo tan lentamente como le es posible –incluso la baranda sube a mayor velocidad; lo que hace que me den ganas de sentármele encima-, a las 14:09, y los grupos de chicas amuchadas, subiendo adelante mío, contándose algo, un secretito, tomándose un cafecito de Starbucks, que ahora está tan de moda, y ocupando tanto el lado derecho como el izquierdo;
ese tapón que me impide llegar, mientras me caen los chorros de transpiración tardía por la corrida tremenda de las siete cuadras que separan mi casa de la estación -¡setecientos metros en tres minutos!- es la única imagen que se me viene a la cabeza durante la primera media hora.
Y mis ojos empiezan a pestañear más rápido. Muy rápido.
y también en la que sube desde la planta baja del Alto Palermo hasta el primer piso;
toda mi furia y mi inconsciente pasional están metidos ahí;
mucho más que en el dolor de labio que me agarra cuando me golpeo con el mango del cepillo de dientes, cada vez que me cuelgo en mis pensamientos y me olvido de que me estoy cepillando;
la imagen de esa escalera mecánica, subiendo tan lentamente como le es posible –incluso la baranda sube a mayor velocidad; lo que hace que me den ganas de sentármele encima-, a las 14:09, y los grupos de chicas amuchadas, subiendo adelante mío, contándose algo, un secretito, tomándose un cafecito de Starbucks, que ahora está tan de moda, y ocupando tanto el lado derecho como el izquierdo;
ese tapón que me impide llegar, mientras me caen los chorros de transpiración tardía por la corrida tremenda de las siete cuadras que separan mi casa de la estación -¡setecientos metros en tres minutos!- es la única imagen que se me viene a la cabeza durante la primera media hora.
Y mis ojos empiezan a pestañear más rápido. Muy rápido.
Un tipo que se parezca lo más posible a Homero Simpson
Me siento un poco ofendido cuando en una conversación alguien dice que la televisión actual es una mierda. Que no tiene nivel y esas cosas. Odio que digan que la prueba de eso es que el programa más visto es el de Tinelli, poniéndolo como sinónimo de basura.
Lo odio porque siento que me quedo afuera. De golpe esos que comparten la mesa conmigo se convierten en elitistas culturales y yo en el personaje que tiene un pésimo gusto y que no sabe diferenciar la mierda del dulce de leche.
Bailando por un sueño me parece de lo mejor que he visto. El programa tiene toda una estética propia; un humor a la vez burdo y a la vez sutil. Lo burdo se vuelve sutil, de hecho, como en Crónica TV, cuando ellos se satirizan a sí mismos.
La placa roja que dice que Batman fue el único testigo, no busca engañar a nadie. Lo mismo pasa con Tinelli haciendo bailar a las Rickytas, mientras le pone cara de goma a la cámara.
¡Y logra que te mueras de gracia y de vergüenza a la vez! ¡Dos emociones súper potentes en un solo acto! Largás la carcajada de idiota, casi con el mismo sonido que hacía la carcajada de Larguirucho, y te tapás la cara, chequeando de reojo que la persiana esté bien baja para que no te vean los vecinos de enfrente.
Algunos podrán decir que la idea de Bailando por un sueño es robada, comprada e importada, pero la verdad es que igualmente me parece un programa de lo más original. Y la originalidad está en el estilo.
Nunca, jamás, a la hora de leer una novela, me importó el argumento, sino la forma en la que estaba escrita. Sin ir más lejos, los mejores libros, desde mi gusto, son aquello cuyo argumento casi no se puede describir.
Tinelli hace el personaje de un idiota exquisito. Hay idiotas e idiotas. Idiotas malos e idiotas buenos. Y el de Tinelli es el idiota más creíble de la actualidad. El anterior, creo, fue Panigasi, de Gasoleros.
Hay una absoluta naturalidad en muchos de sus diálogos, donde el tipo dice la misma obviedad que cualquiera de todos nosotros diría, y otros son tan burdos que lo obligan a uno a ruborizarse como un enamorado que acaba de ser descubierto.
Dudo que eso haya sido importado.
¡Es genial! ¡Y encima tienen a Laura Fidalgo!
Otros programas, como CQC, me resultan relativamente interesantes, pero en algún punto fingidos. Demasiado perfectos en apariencia, diría; rara vez vi un error en CQC. Una vez volvieron de un corte y un productor se cruzó corriendo por delante de cámara. Una mancha roja que pasó velozmente.
Y nada más. Nunca más.
Una búsqueda constante de ser un groso. Y a mí lo que me divierte es un tipo que se parezca lo más posible a Homero Simpson.
El otro día leía en Target, una revista de Marketing, que CQC es el máximo representante publicitario de cara a un público que piensa mucho en artefactos como un DVD, un Home Theater y un TV pantalla plana. Y que Bailando por un sueño apunta a un público que piensa más que nada en gaseosas, alfajores y papas fritas.
Yo claramente soy del segundo grupo. Es cierto que si me das a elegir entre un Home Theater y una lata de Coca Cola voy a elegir el Home Theater. Es verdad. Pero, mierda, durante todo el día me la paso pensando en qué me voy a comprar para comer durante la media hora de break: si un pebete de jamón y queso o un paquete de 3D o un paquete de Pepitos.
Nunca en mi puta vida me sorprendí a mí mismo pensando en un Ipod. Y digo más: lo juro, no sé lo que es un Ipod ni para qué sirve.
Y es que no hay ningún artefacto que me interese de verdad, más allá de la tele. No pienso en ninguno de ellos cuando estoy lejos de la posibilidad de usarlos. Pero en la tele sí. En la tele pienso durante todo el día.
Y la culpa de eso la tiene la televisión basura.
Lo odio porque siento que me quedo afuera. De golpe esos que comparten la mesa conmigo se convierten en elitistas culturales y yo en el personaje que tiene un pésimo gusto y que no sabe diferenciar la mierda del dulce de leche.
Bailando por un sueño me parece de lo mejor que he visto. El programa tiene toda una estética propia; un humor a la vez burdo y a la vez sutil. Lo burdo se vuelve sutil, de hecho, como en Crónica TV, cuando ellos se satirizan a sí mismos.
La placa roja que dice que Batman fue el único testigo, no busca engañar a nadie. Lo mismo pasa con Tinelli haciendo bailar a las Rickytas, mientras le pone cara de goma a la cámara.
¡Y logra que te mueras de gracia y de vergüenza a la vez! ¡Dos emociones súper potentes en un solo acto! Largás la carcajada de idiota, casi con el mismo sonido que hacía la carcajada de Larguirucho, y te tapás la cara, chequeando de reojo que la persiana esté bien baja para que no te vean los vecinos de enfrente.
Algunos podrán decir que la idea de Bailando por un sueño es robada, comprada e importada, pero la verdad es que igualmente me parece un programa de lo más original. Y la originalidad está en el estilo.
Nunca, jamás, a la hora de leer una novela, me importó el argumento, sino la forma en la que estaba escrita. Sin ir más lejos, los mejores libros, desde mi gusto, son aquello cuyo argumento casi no se puede describir.
Tinelli hace el personaje de un idiota exquisito. Hay idiotas e idiotas. Idiotas malos e idiotas buenos. Y el de Tinelli es el idiota más creíble de la actualidad. El anterior, creo, fue Panigasi, de Gasoleros.
Hay una absoluta naturalidad en muchos de sus diálogos, donde el tipo dice la misma obviedad que cualquiera de todos nosotros diría, y otros son tan burdos que lo obligan a uno a ruborizarse como un enamorado que acaba de ser descubierto.
Dudo que eso haya sido importado.
¡Es genial! ¡Y encima tienen a Laura Fidalgo!
Otros programas, como CQC, me resultan relativamente interesantes, pero en algún punto fingidos. Demasiado perfectos en apariencia, diría; rara vez vi un error en CQC. Una vez volvieron de un corte y un productor se cruzó corriendo por delante de cámara. Una mancha roja que pasó velozmente.
Y nada más. Nunca más.
Una búsqueda constante de ser un groso. Y a mí lo que me divierte es un tipo que se parezca lo más posible a Homero Simpson.
El otro día leía en Target, una revista de Marketing, que CQC es el máximo representante publicitario de cara a un público que piensa mucho en artefactos como un DVD, un Home Theater y un TV pantalla plana. Y que Bailando por un sueño apunta a un público que piensa más que nada en gaseosas, alfajores y papas fritas.
Yo claramente soy del segundo grupo. Es cierto que si me das a elegir entre un Home Theater y una lata de Coca Cola voy a elegir el Home Theater. Es verdad. Pero, mierda, durante todo el día me la paso pensando en qué me voy a comprar para comer durante la media hora de break: si un pebete de jamón y queso o un paquete de 3D o un paquete de Pepitos.
Nunca en mi puta vida me sorprendí a mí mismo pensando en un Ipod. Y digo más: lo juro, no sé lo que es un Ipod ni para qué sirve.
Y es que no hay ningún artefacto que me interese de verdad, más allá de la tele. No pienso en ninguno de ellos cuando estoy lejos de la posibilidad de usarlos. Pero en la tele sí. En la tele pienso durante todo el día.
Y la culpa de eso la tiene la televisión basura.
18.6.08
Bebé de plástico
En el baño quedó tirado un bebé de juguete; la cabeza por un lado, en el borde de la bañera, y el torso y el resto del cuerpo en el bidé. Es el único recuerdo de que por ahí pasó la nena más caprichosa del mundo. Había que verle la cara de horror y sorpresa cuando, terminado su primer baño de todo el fin de semana, justo antes de sentarnos a ver dos funciones consecutivas de Buscando a Nemo -¡Memo!-, mi hermano se dispuso a degollar con atormentada naturalidad al pequeño querubín de plástico, para inclinarlo sobre el lavatorio y tirar ahí todo el agua que se le había metido adentro.
Pelotudo
Hay veces en las que a uno se le traba la lengua con cualquier estupidez.
Y mientras los demás se ríen, se intenta retomar la frase una y cien veces, pero siempre sale mal.
Son esos días en los que estás pelotudo.
Otras veces, en cambio, como me pasó hoy a mí, hay razones lógicas.
Y de todos modos los demás se te ríen en la cara como si nada.
Desafío a todo el que lea esto a pronunciar, ahora mismo, de corrido, en voz alta, y mirando para otro lado, el título del libro de Luis María Pescetti: “Chat Natacha Chat”.
Y mientras los demás se ríen, se intenta retomar la frase una y cien veces, pero siempre sale mal.
Son esos días en los que estás pelotudo.
Otras veces, en cambio, como me pasó hoy a mí, hay razones lógicas.
Y de todos modos los demás se te ríen en la cara como si nada.
Desafío a todo el que lea esto a pronunciar, ahora mismo, de corrido, en voz alta, y mirando para otro lado, el título del libro de Luis María Pescetti: “Chat Natacha Chat”.
17.6.08
La vez que casi me convierto en groso
No lo conté nunca porque no tengo pruebas, y también porque supongo que para nadie es importante que lo haga, pero resulta que el año pasado estuve a punto de ser el redactor del libro oficial de la vuelta de Soda Stereo.
Ni más ni menos. El trabajo más importante de toda mi vida: trunco.
Ya había empezado a laburar en eso cuando se cayó el asunto.
Había entrevistado a Zeta, a quien veía todos los sábados por laburo, y había arreglado un par de entrevistas sucesivas con Alberti. Con Cerati nada; me resultaba imposible conseguirlo, aunque iba contratado por la productora de su banda.
Pero igual ya había empezado a escribir.
Era un libro de fotos de toda la primera época de la banda. La idea era hacer unos pequeños textitos y epígrafes, en los que los tres personajes dialogaran comentando los recuerdos que las fotos les disparaban.
La onda era que quedara algo así como:
Alberti: -Uhhh, ¡esa foto es de nuestro primer recital!
Cerati: -Mirá lo que parecía yo con el pelo así, jajaaaaaaaa.
Bosio: -Y mirá los pantalones que tenías puestos: ¿te acordás de que estuvimos toda la noche anterior pegando las lentejuelas? ¡Qué colgados!
Cerati: -¡Qué épocas esas! ¡Éramos tan under!
Y todo tenía que salir de las declaraciones que ellos me dieran, por separado, durante las entrevistas.
Ya había hecho algo parecido un año antes, con un libro que salió publicado con el nombre de Zeta. Esa vez yo escribí el prólogo en primera persona firmado por él, los epígrafes y unos textitos breves que servían como separadores. Figuraba en los créditos como Editor Literario.
No lo llegó a junar nadie. Pero parece que Kon, que es el capo de la productora de SS, sí. Y le gustó. Y entonces quiso repetir la fórmula y me llamó a mí y a la encargada del arte.
Una fórmula súper económica, de paso.
Y entonces empezamos a trabajar y a pelearnos entre nosotros y todo eso.
Esa época fue un verdadero quilombo. Y al final, como dije, todo quedó trunco, básicamente porque los tres tipos se llevaban demasiado mal entre sí como para lograr hacer algo que no fuera lo estrictamente firmado. De entrada se habían mostrado interesados, pero enseguida se les pasó.
A los otros dos músicos les jodió mucho que los encargados del libro fuéramos parte del equipo de trabajo diario del bajista.
Celos profesionales, digamos. Ni siquiera llegaron a leer algo de lo que estaba escribiendo.
Y chau libro.
Unos meses más tarde salió publicado uno, firmado por Marcelo Fernández Bitar, que es el biógrafo oficial de la banda. El libro tenía cero texto; eran sólo las fotos y una bío cortita. Y ellos ni pintaban, ni como autores ni como opinadores.
Me sentí un poco mal cuando lo vi en la librería, pero me terminó consolando el hecho insoslayable de que era un libro aburridísimo: un álbum de fotos familiar, sin siquiera el descanso de esos stickers tan chistosos que venían antes con tu revelado de Kodak.
Fotos y fotos y fotos. Y sólo fotos.
Pero lo que más me sorprendió de todo este asunto, fue que prácticamente no sentí dolor de haberme perdido ese laburo; el más importante de todos los que perdí. Pasó de largo y ya. Al otro día ya estaba pensando en otra cosa.
Incluso, mientras lo tenía, no lo disfrutaba en lo más mínimo. Era, más que alguna otra cosa, un sufrimiento, el hecho de laburar en ese ambiente de imbecilidad.
Aunque seguí ahí metido durante un par de meses más, como encargado de prensa del sello del bajista y como productor de su programa de radio.
Doce o diez horas de laburo diario por un sueldo inferior al mínimo legal. Y puteadas por teléfono, presiones ridículas y todo eso.
Entonces un día renuncié. Y al poco tiempo me metí a Love Coach.
Ni más ni menos. El trabajo más importante de toda mi vida: trunco.
Ya había empezado a laburar en eso cuando se cayó el asunto.
Había entrevistado a Zeta, a quien veía todos los sábados por laburo, y había arreglado un par de entrevistas sucesivas con Alberti. Con Cerati nada; me resultaba imposible conseguirlo, aunque iba contratado por la productora de su banda.
Pero igual ya había empezado a escribir.
Era un libro de fotos de toda la primera época de la banda. La idea era hacer unos pequeños textitos y epígrafes, en los que los tres personajes dialogaran comentando los recuerdos que las fotos les disparaban.
La onda era que quedara algo así como:
Alberti: -Uhhh, ¡esa foto es de nuestro primer recital!
Cerati: -Mirá lo que parecía yo con el pelo así, jajaaaaaaaa.
Bosio: -Y mirá los pantalones que tenías puestos: ¿te acordás de que estuvimos toda la noche anterior pegando las lentejuelas? ¡Qué colgados!
Cerati: -¡Qué épocas esas! ¡Éramos tan under!
Y todo tenía que salir de las declaraciones que ellos me dieran, por separado, durante las entrevistas.
Ya había hecho algo parecido un año antes, con un libro que salió publicado con el nombre de Zeta. Esa vez yo escribí el prólogo en primera persona firmado por él, los epígrafes y unos textitos breves que servían como separadores. Figuraba en los créditos como Editor Literario.
No lo llegó a junar nadie. Pero parece que Kon, que es el capo de la productora de SS, sí. Y le gustó. Y entonces quiso repetir la fórmula y me llamó a mí y a la encargada del arte.
Una fórmula súper económica, de paso.
Y entonces empezamos a trabajar y a pelearnos entre nosotros y todo eso.
Esa época fue un verdadero quilombo. Y al final, como dije, todo quedó trunco, básicamente porque los tres tipos se llevaban demasiado mal entre sí como para lograr hacer algo que no fuera lo estrictamente firmado. De entrada se habían mostrado interesados, pero enseguida se les pasó.
A los otros dos músicos les jodió mucho que los encargados del libro fuéramos parte del equipo de trabajo diario del bajista.
Celos profesionales, digamos. Ni siquiera llegaron a leer algo de lo que estaba escribiendo.
Y chau libro.
Unos meses más tarde salió publicado uno, firmado por Marcelo Fernández Bitar, que es el biógrafo oficial de la banda. El libro tenía cero texto; eran sólo las fotos y una bío cortita. Y ellos ni pintaban, ni como autores ni como opinadores.
Me sentí un poco mal cuando lo vi en la librería, pero me terminó consolando el hecho insoslayable de que era un libro aburridísimo: un álbum de fotos familiar, sin siquiera el descanso de esos stickers tan chistosos que venían antes con tu revelado de Kodak.
Fotos y fotos y fotos. Y sólo fotos.
Pero lo que más me sorprendió de todo este asunto, fue que prácticamente no sentí dolor de haberme perdido ese laburo; el más importante de todos los que perdí. Pasó de largo y ya. Al otro día ya estaba pensando en otra cosa.
Incluso, mientras lo tenía, no lo disfrutaba en lo más mínimo. Era, más que alguna otra cosa, un sufrimiento, el hecho de laburar en ese ambiente de imbecilidad.
Aunque seguí ahí metido durante un par de meses más, como encargado de prensa del sello del bajista y como productor de su programa de radio.
Doce o diez horas de laburo diario por un sueldo inferior al mínimo legal. Y puteadas por teléfono, presiones ridículas y todo eso.
Entonces un día renuncié. Y al poco tiempo me metí a Love Coach.
16.6.08
Amanecer noctámbulo
A veces, no entiendo bien porqué, me pongo a escribir poesía.
Es un camino bastante desconocido. Jamás, o casi jamás, leí poesía.
Algo de Cucurto; algo de Casas, esta semana, que me encantó, y algo de él que ya había leído en el pasado; algo de Benedetti; y algo de Bukowski.
Bastante de Bukowski en realidad.
Lo que pienso cuando se me da por escribir poesía es que soy un garca; un trucho cualquiera.
Imaginate lo que sería: un poeta que lee novelas. ¡Guácala! ¡Novelas y nada más!
¡Pero es que escribir poesía me parece más fácil que narrar!
Y, además, termino quedando más pipón cuando escribo en verso.
Así que no sé qué deparará el futuro.
Hoy, bien tarde, entró una mujer muy linda a la librería. Siempre entran mujeres lindas porque Recoleta es, justamente, un barrio de mujeres lindas.
Aunque ésta tenía acento de extranjera; de algún otro país de Latinoamérica.
La chica se llevó doce libros de Agatha Cristie. Y me ronroneó que la ayude a comprobar que en su pila no hubiese alguno repe. Y de paso, que no se estuviese olvidando de llevar nada de la autora.
Después entró su marido y pagó. Un tipo de dos metros, más o menos, y musculos.
Y se fueron.
Ya eran casi las diez de la noche y la librería se vació y empezamos a cerrar. Entonces, apostado en la puerta en mi lugar de patovica, para que no se cuele ningún intruso nuevo, agarré Fervor de Buenos Aires, del finadito Borges, y me puse a leer el poema Amanecer, que dice que si el mundo es una construcción de nuestras imaginaciones sin base ni volumen –como sostiene cierta corriente filosófica-, Buenos Aires podría ser borrada de un plumazo, por Dios, en cualquiera de las próximas madrugadas, cuando nuestras imaginaciones en su mayoría están durmiendo.
Y decí que siempre habemos algunos trasnochadores que la salvamos, que si no…
Acá en mi casa no tengo mucha poesía nueva para leer. Al menos no en papel.
Y dudo que a esta hora, en Internet, alguien supere a Borges y Casas.
Así que mejor me voy a dormir. Y que de Buenos Aires se ocupe otro.
Es un camino bastante desconocido. Jamás, o casi jamás, leí poesía.
Algo de Cucurto; algo de Casas, esta semana, que me encantó, y algo de él que ya había leído en el pasado; algo de Benedetti; y algo de Bukowski.
Bastante de Bukowski en realidad.
Lo que pienso cuando se me da por escribir poesía es que soy un garca; un trucho cualquiera.
Imaginate lo que sería: un poeta que lee novelas. ¡Guácala! ¡Novelas y nada más!
¡Pero es que escribir poesía me parece más fácil que narrar!
Y, además, termino quedando más pipón cuando escribo en verso.
Así que no sé qué deparará el futuro.
Hoy, bien tarde, entró una mujer muy linda a la librería. Siempre entran mujeres lindas porque Recoleta es, justamente, un barrio de mujeres lindas.
Aunque ésta tenía acento de extranjera; de algún otro país de Latinoamérica.
La chica se llevó doce libros de Agatha Cristie. Y me ronroneó que la ayude a comprobar que en su pila no hubiese alguno repe. Y de paso, que no se estuviese olvidando de llevar nada de la autora.
Después entró su marido y pagó. Un tipo de dos metros, más o menos, y musculos.
Y se fueron.
Ya eran casi las diez de la noche y la librería se vació y empezamos a cerrar. Entonces, apostado en la puerta en mi lugar de patovica, para que no se cuele ningún intruso nuevo, agarré Fervor de Buenos Aires, del finadito Borges, y me puse a leer el poema Amanecer, que dice que si el mundo es una construcción de nuestras imaginaciones sin base ni volumen –como sostiene cierta corriente filosófica-, Buenos Aires podría ser borrada de un plumazo, por Dios, en cualquiera de las próximas madrugadas, cuando nuestras imaginaciones en su mayoría están durmiendo.
Y decí que siempre habemos algunos trasnochadores que la salvamos, que si no…
Acá en mi casa no tengo mucha poesía nueva para leer. Al menos no en papel.
Y dudo que a esta hora, en Internet, alguien supere a Borges y Casas.
Así que mejor me voy a dormir. Y que de Buenos Aires se ocupe otro.
14.6.08
Las dieciocho horas que duró ese partido
La última vez que jugué a la pelota supe que era la última vez.
Los primeros diez o cinco minutos fueron interesantes.
No daba pie con bola, claro. Y no metí ningún pase bueno ni gambeteé a nadie, como era de esperar, pero corrí muchísimo, demostré personalidad y sacrificio y robé muchas de las pelotas que había perdido.
Grité y di indicaciones. Me enojé un par de veces.
Pero lo que vino después fue tremendo: me desinflé. Me pinché. No me quedó nada. Estaba ahí parado en una cancha de fútbol sin un mínimo restito de energía.
Preso durante otros cincuenta minutos.
Los demás seguían corriendo y se hacían foules y se peleaban por quién debía cobrarlo.
Me acuerdo de un chabón rubio, de ojos verdes, barbudo –barba también rubia-, que jugaba por izquierda –yo por ese entonces me había tirado de lateral derecho- y que me empezó a volver loco. Ni para las patadas llegaba a tiempo.
Me gambeteó por derecha y por izquierda; ni siquiera pude averiguar cuál era su pierna hábil.
Un lindo pibe para colmo. Nunca voy a saber si realmente era habilidoso o si fue que yo estaba completamente fuera de discusión.
Lo cierto es que me quemó la cabeza. No lo pude agarrar.
Cuando me quisieron mandar al arco los mandé a la puta que los parió y me quedé firme en mi puesto de número cuatro. De golpe todos me rodearon y me empezaron a putear, pero me mantuve en la mía: chúpenme un huevo, boludos.
Y el rubio me siguió pintando la cara durante las dieciocho horas que duró ese partido.
Hace unos días lo vi en la boca de la estación Juramento, parado con las manos en los bolsillos, los brazos pegados al cuerpo y los hombros levantados; mirando de frente y a los ojos a una chica que estaba llorándole y hablándole sin parar.
Y entonces me acordé de mi último partido.
Hacia el final, casi por piedad, decidieron darme la chance de la reivindicación. Hubo un penal a favor. Perdíamos por mucho y el asunto ya estaba terminado, lo cual fue un detalle importante dado que mis compañeros durante todo el rato me habían parecido bastante interesados en ganar.
La agarré con las dos manos, confiado. Aunque me dolían un poco las piernas y no pensaba en nada. Casi no podía respirar. Los pibes me daban su aliento, que contenía a las palabras dale y muerto en cada frase.
Caminé hasta el área, la puse en el punto del penal, retrocedí mirándola fijo y me paré con los brazos en jarra. Esperé un pitazo imaginario durante unos cuantos segundos -todos los demás hicieron silencio-, corrí tan apurado como pude y pateé con la cara interna de mi pie derecho.
A los guantes del arquero. El gordito voló a su izquierda segurísimo de lo que hacía.
La pelota terminó yéndose por el costado.
En la charla y Coca posterior ni abrí la boca. Estaba pensando en alguna otra cosa.
Y ahí me abrí el blog y empecé a escribir.
Los primeros diez o cinco minutos fueron interesantes.
No daba pie con bola, claro. Y no metí ningún pase bueno ni gambeteé a nadie, como era de esperar, pero corrí muchísimo, demostré personalidad y sacrificio y robé muchas de las pelotas que había perdido.
Grité y di indicaciones. Me enojé un par de veces.
Pero lo que vino después fue tremendo: me desinflé. Me pinché. No me quedó nada. Estaba ahí parado en una cancha de fútbol sin un mínimo restito de energía.
Preso durante otros cincuenta minutos.
Los demás seguían corriendo y se hacían foules y se peleaban por quién debía cobrarlo.
Me acuerdo de un chabón rubio, de ojos verdes, barbudo –barba también rubia-, que jugaba por izquierda –yo por ese entonces me había tirado de lateral derecho- y que me empezó a volver loco. Ni para las patadas llegaba a tiempo.
Me gambeteó por derecha y por izquierda; ni siquiera pude averiguar cuál era su pierna hábil.
Un lindo pibe para colmo. Nunca voy a saber si realmente era habilidoso o si fue que yo estaba completamente fuera de discusión.
Lo cierto es que me quemó la cabeza. No lo pude agarrar.
Cuando me quisieron mandar al arco los mandé a la puta que los parió y me quedé firme en mi puesto de número cuatro. De golpe todos me rodearon y me empezaron a putear, pero me mantuve en la mía: chúpenme un huevo, boludos.
Y el rubio me siguió pintando la cara durante las dieciocho horas que duró ese partido.
Hace unos días lo vi en la boca de la estación Juramento, parado con las manos en los bolsillos, los brazos pegados al cuerpo y los hombros levantados; mirando de frente y a los ojos a una chica que estaba llorándole y hablándole sin parar.
Y entonces me acordé de mi último partido.
Hacia el final, casi por piedad, decidieron darme la chance de la reivindicación. Hubo un penal a favor. Perdíamos por mucho y el asunto ya estaba terminado, lo cual fue un detalle importante dado que mis compañeros durante todo el rato me habían parecido bastante interesados en ganar.
La agarré con las dos manos, confiado. Aunque me dolían un poco las piernas y no pensaba en nada. Casi no podía respirar. Los pibes me daban su aliento, que contenía a las palabras dale y muerto en cada frase.
Caminé hasta el área, la puse en el punto del penal, retrocedí mirándola fijo y me paré con los brazos en jarra. Esperé un pitazo imaginario durante unos cuantos segundos -todos los demás hicieron silencio-, corrí tan apurado como pude y pateé con la cara interna de mi pie derecho.
A los guantes del arquero. El gordito voló a su izquierda segurísimo de lo que hacía.
La pelota terminó yéndose por el costado.
En la charla y Coca posterior ni abrí la boca. Estaba pensando en alguna otra cosa.
Y ahí me abrí el blog y empecé a escribir.
13.6.08
Ahora ya sé que ustedes lo tienen
Aprendí algo muy valioso en estos días. Y lo aprendí en primera persona.
Me tomó varias horas de reflexión, a decir verdad. Empecé a trabajarlo y lucubrarlo el domingo, más o menos, y lo fui observando en mí y en los que me rodeaban. Y lo fui estudiando y analizando y experimentando, hasta que hoy finalmente me atreví a llegar a una conclusión definitiva.
Es bastante importante el asunto. Lo voy a compartir con todo el mundo. Y recomiendo tomar nota porque lleva consigo el hándicap de la certeza revelada:
bajo ningún punto de vista, jamás, te metas con un comerciante durante la semana del día del padre.
Te va a pasar por encima como un toro caliente y embravecido.
En el futuro investigaré si esto vale también para la semana previa de cualquier festividad en la que la gente se larga de a montones a comprar cosas y a hacer preguntas estúpidas.
La frase del mes: “Ah, ok, gracias por buscármelo; ahora ya sé que ustedes lo tienen”.
Es genial.
Me tomó varias horas de reflexión, a decir verdad. Empecé a trabajarlo y lucubrarlo el domingo, más o menos, y lo fui observando en mí y en los que me rodeaban. Y lo fui estudiando y analizando y experimentando, hasta que hoy finalmente me atreví a llegar a una conclusión definitiva.
Es bastante importante el asunto. Lo voy a compartir con todo el mundo. Y recomiendo tomar nota porque lleva consigo el hándicap de la certeza revelada:
bajo ningún punto de vista, jamás, te metas con un comerciante durante la semana del día del padre.
Te va a pasar por encima como un toro caliente y embravecido.
En el futuro investigaré si esto vale también para la semana previa de cualquier festividad en la que la gente se larga de a montones a comprar cosas y a hacer preguntas estúpidas.
La frase del mes: “Ah, ok, gracias por buscármelo; ahora ya sé que ustedes lo tienen”.
Es genial.
Escritos sobre literatura argentina

Cuando me quedé sin computadora me quedé sin Internet, es cierto, pero sobre todo sin Word y sin blog.
Durante dos meses, o más, no pude escribir nada.
Fue increíble la felicidad, al principio; la obligación de buscar otras cosas para hacer y encontrarlas. Y sentir cómo mi cerebro se despejaba.
Pero a las pocas semanas me agarró la abstinencia total. Transpiración, taquicardia, ansiedad.
Creo inclusuo que hubo un momento de inspiración, ayudado por los mil libros que me tragué de corrido, en el que hubiese sido capaz de escribir la gran novela que jamás voy a escribir. Pero eso ya pasó y no hay que lamentarse. De nada hay que lamentarse porque esta vida es, sin dudas, un paso de comedia.
Lo cierto es que en un momento tenía la necesidad casi física de escribir. Y fue tal la desesperación que me agarró que por primera vez tuve un diario íntimo.
Lo cual es bastaaaaaante raro.
Yo tengo un conflicto patológico de motricidad fina. Es una discapacidad propiamente dicha: no puedo dibujar ni puedo escribir a mano. Es decir, puedo hacerlo, pero no sin dejar el rastro de un chico de seis años.
Tampoco puedo enhebrar una aguja.
No es exageración –ni un poquitito- decir que mi letra es la de un nene. Tal vez mi cuerpo canalizó por ese lado la ambición de ser chiquito para siempre. No lo sé. Lo cierto es que yo puedo apostar el culo, sin temer perderlo, a que mi letra es peor que la de todos los demás tipos mayores de ocho años.
Y por eso es que no escribo a mano –en la librería yo forro los libros y el precio lo pone otro-. Y por eso es que, cuando estudiaba, siempre la pasé muy mal durante los exámenes escritos de la facultad.
Pero aun así -tal era la desesperación de escribir algo-, decidí empezar a escribir mi diario íntimo, aunque las primeras anotaciones sólo manifestaban que no sabía sobre qué escribir.
La cosa en realidad empezó unos días antes cuando los de la editorial Siglo XXI trajeron unos anotadorcitos muy chiquitos, del tamaño de la palma de una mano, que en la tapa tienen imitaciones de las tapas de algunas obras editadas por ellos.
Un compañero mío, muy veloz él, por ejemplo, se quedó con El capital, de Marx. Y estuvo bien. Yo me quedé con Escritos sobre literatura argentina, de Beatriz Sarlo, que también me resultó muy simpático.
Al principio lo tuve de acá para allá en el bolsillo de la mochila; se suponía que lo usara para los pedidos de libros de los clientes, pero me pareció una tontería desaprovecharlo de esa manera. Son tan geniales los anotadorcitos, que merecían cargar un poco de artesanía en su interior.
Así que empecé un día. Y lo seguí al otro. Y después me colgué y lo dejé. Y después otro día, de la nada, lo retomé, haciendo de cuenta que era el día después de la última anotación. Y lo empecé a tirar para el lado de la mentira, o de la ficción. Pero sin que formase una historia mostrable. Es decir, no busca ser una novelita, sino sólo un diario que es a la vez de mentira y a la vez sobre mí. Y con mucho humor y zarpe.
Y si tengo que ser sincero, creo que el único valor estético rescatable de ese diario es justamente la letra nerviosa, tipo cardiograma, que cruza de izquierda a derecha formando una mancha de lo más grotesca y original.
De cualquier manera, así de a poco el vicio se empezó a calmar, hasta que mi bolivianito trajo otra vez la computadora y entonces pude volver a bloggear.
Ya lo dejé al anotadorcito, pero me gusta abrirlo y leerlo, incluso leerlo todos los días de principio a fin, porque, la verdad, me gustan las cosas que se me ocurrían cuando pensaba en que nadie, absolutamente nadie, iba a poder leerlo.
12.6.08
Vainillas con leche de soja
(...)De ahí viene que cada vez que pongo un mp3 de los Cadillacs se me vengan las imágenes de Fisherton a la cabeza.
¡El uniforme del colegio!
Me levantaba todos los días a las seis de la mañana. En realidad me despertaba mi vieja, y yo me bañaba, me vestía, me clavaba unas vainillas con leche de soja –dios mío, me acuerdo patente del gusto y el olor de mis desayunos mientras escucho Niño diamante, de Fabulosos Calavera- mientras miraba asombrado la madrugada de TycSports o Cartoon Network, y después agarraba la bici en el patio oscuro, abría y cerraba el portón de hierro con las manos entumecidas y salía a la noche.
El frío, bo-lu-do, el frío. En Rosario a las siete de la mañana hace un frío distinto al que se conoce en Buenos Aires.
Decir frío en Buenos Aires, siendo porteño y nunca habiendo vivido en el Litoral es casi tan ridículo como decir calor. La clave está en la humedad. Y no sabés lo que es el frío hasta que no fuiste al colegio en bicicleta a las siete de la mañana de una noche rosarina. Y no tenés ni puta idea de lo que es el calor hasta que no tocaste la batería en una sala de ensayo fishertense en pleno enero a las tres de la tarde.
El frío se te mete en el cuerpo, se te mete adentro te vistas con lo que te vistas. Va directo a los huesos. Así de sencillo.
Yo me bajaba el gorro de lana hasta que me tapara la cara por completo, simulando ser un delincuente en pleno golpe comando. Y usaba dos pulóveres y siempre una camiseta abajo de la remera del colegio. Y la campera. Y abajo el pantalón del uniforme y el del pijama también. Y dos medias, obvio.
Al mediodía, cuando salíamos, con el sol de frente, no sabía adónde meterme toda esa ropa, iba manejando la bici con una mano, la izquierda, y con la otra llevaba la campera y uno de los suéteres. Y en la mochila el pantalón de pijama, la camiseta y uno de los pares de medias.
Ahí ya éramos varios: el Traba, la Chole y el Cholo –Ivana; el apodo se lo inventé yo por su apellido similar al del actual técnico de River-. Volvíamos todos juntos. A veces se sumaban Nachito y Miguelito y Banana, que eran del B, pero que igual estaba todo bien.
Todo eso, qué fresco lo tengo mientras escucho ADRB.
“Ni la nostalgia está, de poderte recordar. No existe nada, sólo el anhelo de soñar, verte a vos y saber cómo hacer para quedarme siempre allí y nunca más volver”.
Ah, la adolescencia (...)
¡El uniforme del colegio!
Me levantaba todos los días a las seis de la mañana. En realidad me despertaba mi vieja, y yo me bañaba, me vestía, me clavaba unas vainillas con leche de soja –dios mío, me acuerdo patente del gusto y el olor de mis desayunos mientras escucho Niño diamante, de Fabulosos Calavera- mientras miraba asombrado la madrugada de TycSports o Cartoon Network, y después agarraba la bici en el patio oscuro, abría y cerraba el portón de hierro con las manos entumecidas y salía a la noche.
El frío, bo-lu-do, el frío. En Rosario a las siete de la mañana hace un frío distinto al que se conoce en Buenos Aires.
Decir frío en Buenos Aires, siendo porteño y nunca habiendo vivido en el Litoral es casi tan ridículo como decir calor. La clave está en la humedad. Y no sabés lo que es el frío hasta que no fuiste al colegio en bicicleta a las siete de la mañana de una noche rosarina. Y no tenés ni puta idea de lo que es el calor hasta que no tocaste la batería en una sala de ensayo fishertense en pleno enero a las tres de la tarde.
El frío se te mete en el cuerpo, se te mete adentro te vistas con lo que te vistas. Va directo a los huesos. Así de sencillo.
Yo me bajaba el gorro de lana hasta que me tapara la cara por completo, simulando ser un delincuente en pleno golpe comando. Y usaba dos pulóveres y siempre una camiseta abajo de la remera del colegio. Y la campera. Y abajo el pantalón del uniforme y el del pijama también. Y dos medias, obvio.
Al mediodía, cuando salíamos, con el sol de frente, no sabía adónde meterme toda esa ropa, iba manejando la bici con una mano, la izquierda, y con la otra llevaba la campera y uno de los suéteres. Y en la mochila el pantalón de pijama, la camiseta y uno de los pares de medias.
Ahí ya éramos varios: el Traba, la Chole y el Cholo –Ivana; el apodo se lo inventé yo por su apellido similar al del actual técnico de River-. Volvíamos todos juntos. A veces se sumaban Nachito y Miguelito y Banana, que eran del B, pero que igual estaba todo bien.
Todo eso, qué fresco lo tengo mientras escucho ADRB.
“Ni la nostalgia está, de poderte recordar. No existe nada, sólo el anhelo de soñar, verte a vos y saber cómo hacer para quedarme siempre allí y nunca más volver”.
Ah, la adolescencia (...)
11.6.08
Cuando paso ocho horas diarias en un lugar, no se me ocurre escribir sobre otra cosa
Morirse siempre rinde. El libro más pedido de la semana en la librería –vale aclarar que es pleno Recoleta- es el de Neustadt. Por lejos.
Y el segundo probablemente sea uno de un tal Gatti, una edición del autor que no se consigue mucho, o al menos nosotros no conseguimos, sobre los Kirchner, y que salió en varios lugares de la tele porque lo recomendó Carlitos Menem.
El tercero es Gente tóxica, de Bernardo Stamateas, el chaboncito ese con cara de cura manoseador de niños, que en realidad es psicólogo, y que por lo menos hasta hace un año salía en unas publicidades súper siniestras, en las que daba a conocer una comunidad -por no decir iglesia- a su cargo, en la que aparentemente él da charlas sobre cómo vencer los temores, ser feliz y todo eso, unas publicidades que aparecían en América.
Siniestras de verdad. Creo que todo el mundo las debe conocer. O capaz las mandaban selectiva y clandestinamente, interviniendo las señales de cable de mi barrio, sólo para algunos hogares entre los que se incluía el mío.
Porque sólo así se entiende que alguien pueda confiar y comprar el libro de ese tipo, que más recientemente en su andar mediático consiguió meterse como psicólogo del plantel de Atlas, un equipo de la primera D que tiene un programa de cable en Fox Sports, bastante conocido, donde hacen una especie de reality sobre la campaña del club.
Y él aparece siempre preguntándoles estupideces de manual a los jugadores y haciendo sus análisis y sacando conclusiones que uno ya había sacado veinte minutos atrás sin demasiado esfuerzo.
Un tipo recontra siniestro. Y ahora es uno de los best sellers del momento. Increíble. Inentendible.
Igual, creo que mi sueño final en la vida es escribir libros de autoayuda. Son los mejores, los que más venden y los que tienen los títulos más poderosos del mercado. Así que no me atrevería a subestimar.
El cuarto libro, justamente, es el de Ari Paluch: Combustible espiritual.
Pero el primero es el de Neustadt, repito, y eso es porque morirse siempre rinde.
Capaz si a Matayoshi –sólo por mencionar a alguno- le pegaran un tiro durante una toma de rehenes en un supermercado chino, al fin se vendería el ejemplar de Gaijin que está vegetando hace años en la estantería de nacionales.
La noticia: los escritores de la joven guardia no venden un joraca.
Y el segundo probablemente sea uno de un tal Gatti, una edición del autor que no se consigue mucho, o al menos nosotros no conseguimos, sobre los Kirchner, y que salió en varios lugares de la tele porque lo recomendó Carlitos Menem.
El tercero es Gente tóxica, de Bernardo Stamateas, el chaboncito ese con cara de cura manoseador de niños, que en realidad es psicólogo, y que por lo menos hasta hace un año salía en unas publicidades súper siniestras, en las que daba a conocer una comunidad -por no decir iglesia- a su cargo, en la que aparentemente él da charlas sobre cómo vencer los temores, ser feliz y todo eso, unas publicidades que aparecían en América.
Siniestras de verdad. Creo que todo el mundo las debe conocer. O capaz las mandaban selectiva y clandestinamente, interviniendo las señales de cable de mi barrio, sólo para algunos hogares entre los que se incluía el mío.
Porque sólo así se entiende que alguien pueda confiar y comprar el libro de ese tipo, que más recientemente en su andar mediático consiguió meterse como psicólogo del plantel de Atlas, un equipo de la primera D que tiene un programa de cable en Fox Sports, bastante conocido, donde hacen una especie de reality sobre la campaña del club.
Y él aparece siempre preguntándoles estupideces de manual a los jugadores y haciendo sus análisis y sacando conclusiones que uno ya había sacado veinte minutos atrás sin demasiado esfuerzo.
Un tipo recontra siniestro. Y ahora es uno de los best sellers del momento. Increíble. Inentendible.
Igual, creo que mi sueño final en la vida es escribir libros de autoayuda. Son los mejores, los que más venden y los que tienen los títulos más poderosos del mercado. Así que no me atrevería a subestimar.
El cuarto libro, justamente, es el de Ari Paluch: Combustible espiritual.
Pero el primero es el de Neustadt, repito, y eso es porque morirse siempre rinde.
Capaz si a Matayoshi –sólo por mencionar a alguno- le pegaran un tiro durante una toma de rehenes en un supermercado chino, al fin se vendería el ejemplar de Gaijin que está vegetando hace años en la estantería de nacionales.
La noticia: los escritores de la joven guardia no venden un joraca.
10.6.08
Oda
Como dice el personaje del alguna vez buen dibujito Alejo y Valentina: mirá, mirá: tengo Internet.
Oh, sí.
Lo logré.
Vaciarme de contenido otra vez.
Cambiar horas y horas de preciosa literatura –treinta por ciento de descuento- por blogs muy mal escritos.
Oh, sí.
Y fotologs de chicas.
Nenas autofotografiadas desde arriba.
Con poesías exquisitas. En prosa.
Con puntos suspensivos por todas partes.
Muero de amor. No lo puedo creer.
Y Fibertel, asquerosa basura imperialista que seguí pagando al pedo durante dos meses porque no me funcaba la compu.
Oh, te extrañé, Fibertel, sucio chivato, porquería adorable. Ya no peleemos, ¿sí?
¡Y el Olé y la pornografía! ¡Y los foros! ¡Con lo que me gustan los foros de Internet!
¡Voy a opinar gratuitamente sobre absolutamente todo!
¡Y ahora mismo me voy a leer el Olé!
¡Porque puedo!
Oh, sí.
Lo logré.
Vaciarme de contenido otra vez.
Cambiar horas y horas de preciosa literatura –treinta por ciento de descuento- por blogs muy mal escritos.
Oh, sí.
Y fotologs de chicas.
Nenas autofotografiadas desde arriba.
Con poesías exquisitas. En prosa.
Con puntos suspensivos por todas partes.
Muero de amor. No lo puedo creer.
Y Fibertel, asquerosa basura imperialista que seguí pagando al pedo durante dos meses porque no me funcaba la compu.
Oh, te extrañé, Fibertel, sucio chivato, porquería adorable. Ya no peleemos, ¿sí?
¡Y el Olé y la pornografía! ¡Y los foros! ¡Con lo que me gustan los foros de Internet!
¡Voy a opinar gratuitamente sobre absolutamente todo!
¡Y ahora mismo me voy a leer el Olé!
¡Porque puedo!
9.6.08
Domingo
Nunca había vivido una definición de campeonato de un modo tan raro: medio dormido por haber bailado cumbia hasta las cinco de la madrugada, sentado en el piso de arriba de la librería, que estaba repleta, encanutado e intentando que nadie me viera, y chequeando los mensajes de texto de mi hermano –que a periodista se cagaría de hambre- con la información minuto a minuto.
La pasé bastante mal, diría, al no poder gritar los goles y el pitazo final del partido de Estudiantes. Pero en definitiva quedó –concluido el domingo- la satisfacción de ser hincha de un coloso inobjetable y de haber arribado al fin, anoche, entre cumbia y cumbia, a la conclusión de que sin dudas Gilda es mucho más grande que Pearl Jam.
La pasé bastante mal, diría, al no poder gritar los goles y el pitazo final del partido de Estudiantes. Pero en definitiva quedó –concluido el domingo- la satisfacción de ser hincha de un coloso inobjetable y de haber arribado al fin, anoche, entre cumbia y cumbia, a la conclusión de que sin dudas Gilda es mucho más grande que Pearl Jam.
28.5.08
Él no la alcanzó a ver
Hoy como a las dos de la tarde, ni bien entraba, vi a través de la vidriera a una pareja dándose los besos más raros del mundo.
Él estaba plantado con el pico puesto hacia delante. Y ella, con cara de desencajada, enchufaba una y otra vez su cachete derecho en esa plataforma fija que él le ofrecía (lo sacaba y lo metía, lo sacaba y lo metía).
Lo más tremendo era su cara de porfiada; como si le pagaran diez centavos por cada beso que obtenía.
Mientras miraban los libros de la vidriera (ediciones de Siruela de Clarice Lispector e Italo Calvino y un Hospital de juguetes que se arma y se desarma; para chicos). Él de reojo y ella fijamente, con su cara de fanática.
Muy linda ella. Pelo castaño. Cara simple, nariz redonda, tez blanca con alguna peca. Suéter entre rojo y bordó y pantalón negro.
Muy linda.
Ambos entraron a la librería y yo me apuré para salirles al cruce y atenderlos. Él le quería regalar Ampliación del campo de batalla. Les tuve que decir que no estaba, pero a cambio les ofrecí Las partículas elementales. Y él dijo: a ese me lo voy a llevar para mí.
Ella hizo pucherito pero él no la alcanzó a ver. Y yo no la alcahueteé.
Entonces nos pusimos a hablar sobre cuáles libros son difíciles de encontrar y cuáles se encuentran por todos lados. Y él hizo algunos chistes sobre que le iba a regalar Fuimos todos, del Tata Yofre, o Combustible espiritual, de Ari Paluch, que son por lejos dos de los libros más vendidos del momento, junto con el de Valeria Mazza y Hombre rico, hombre pobre.
Resultó que eran dos intelectuales, nomás; lo decían bien en chiste y se reían con sorna.
Él estaba plantado con el pico puesto hacia delante. Y ella, con cara de desencajada, enchufaba una y otra vez su cachete derecho en esa plataforma fija que él le ofrecía (lo sacaba y lo metía, lo sacaba y lo metía).
Lo más tremendo era su cara de porfiada; como si le pagaran diez centavos por cada beso que obtenía.
Mientras miraban los libros de la vidriera (ediciones de Siruela de Clarice Lispector e Italo Calvino y un Hospital de juguetes que se arma y se desarma; para chicos). Él de reojo y ella fijamente, con su cara de fanática.
Muy linda ella. Pelo castaño. Cara simple, nariz redonda, tez blanca con alguna peca. Suéter entre rojo y bordó y pantalón negro.
Muy linda.
Ambos entraron a la librería y yo me apuré para salirles al cruce y atenderlos. Él le quería regalar Ampliación del campo de batalla. Les tuve que decir que no estaba, pero a cambio les ofrecí Las partículas elementales. Y él dijo: a ese me lo voy a llevar para mí.
Ella hizo pucherito pero él no la alcanzó a ver. Y yo no la alcahueteé.
Entonces nos pusimos a hablar sobre cuáles libros son difíciles de encontrar y cuáles se encuentran por todos lados. Y él hizo algunos chistes sobre que le iba a regalar Fuimos todos, del Tata Yofre, o Combustible espiritual, de Ari Paluch, que son por lejos dos de los libros más vendidos del momento, junto con el de Valeria Mazza y Hombre rico, hombre pobre.
Resultó que eran dos intelectuales, nomás; lo decían bien en chiste y se reían con sorna.
7.5.08
Así que mañana leo (venga alguien al menos, che)

Y así que mañana leo (en voz alta). Y con Romero, fijate vos.
El domingo a la noche me puse a leer (en voz baja) su primera novela: Ninguna parte. Y me viene gustando mucho, al punto de cierta moderada adicción.
¡Y eso que la tuve un año ahí tirada sin darle pelota! ¡Sólo porque la compré en un pésimo día y porque su primer capítulo es un poco tedioso!
Creo que ya hasta la odiaba.
Lo que son las cosas, che. Uno nunca se termina de acostumbrar.
Leer la primera y única vez que leí en Los Mudos fue ni más ni menos que una experiencia trascendental.
Cuando tocás en vivo con una banda, por lo general lo hacés frente a un público de unos cien amigos.
Me acuerdo de la vez que toqué en un bar relativamente conocido de Belgrano, que ahora está sobre Cabildo, cerca de Federico Lacroze: había noventa personas en el público; todos amigos nuestros. Y aun así fue lo suficientemente trascendental como para acordarme incluso de los detalles más mínimos de esa noche.
Cuando leí en Los Mudos había ochenta personas y yo no conocía a casi ninguna.
Estuvo genial desde ese lado, aunque haya leído mal un cuento que ya era malísimo y que además había escrito hace mil años. Y es que como no soy escritor no debo preocuparme por eso.
Entonces ando por la vida como perro con dos colas: ¡mañana leo en Los Mudos!
Vayan.
Putos.
3.5.08
28.4.08
Vuelvan, putos
Uffff, tanto tiempo sin escribir.
Ya no me acuerdo bien cómo era. Y qué mierda es intentarlo en un ciber.
No me gusta; no me gusta para nada.
¡Y además ya no debe quedar nadie leyendo! ¡Hijos de puta! ¡Vuelvan! ¡Putos!
Y esta vez ni siquiera fue de colgado que abandoné la mala escritura. Esta vez fue por obligación porque se echó a perder la máquina.
Un miércoles de hace como veinte días Funes me mandó un mensaje de texto invitándome a leer a Los Mudos. Yo le dije: sí, de una. Y él me dijo: dale, escribite un cuento y mandalo que dentro de una semana leés.
Y yo me quedé sin dormir y escribí un cuento re zarpado sobre mi viejo, que ahora –recién ahora- me parece que era bastante malo. Pero en el momento, típico de cuando estás escribiendo a full, enajenado, y de madrugada, se me ocurría que era súper copado y recontra duro.
Realmente lo logré, pensé. Escribí al fin un cuento en serio. Política, relación padre hijo, fútbol, obsesiones, historia argentina, sexo, muerte, cáncer, odio. De todo tenía.
Pero igual era malísimo, creo, por lo poco que recuerdo.
En definitiva, todo culpa de López Murphy y sus malditas leyes, supongo. La computadora se cagó y mi obra consagratoria desapareció de la faz de la tierra.
Yo me fui a laburar a las 14 pensando que al fin iba a ser una estrella literaria. Era cuestión de tiempo nomás; lo importante ya estaba.
Y no. A las 22, cuando volví el cuento no existía. La computadora y su disco rígido tampoco.
Y ahora escribo desde un ciber.
Lo que sí recomiendo con absoluta vivacidad es esto de desconectarse y hacer desintoxicación.
Cada seis meses.
A mí cada más o menos seis meses se me caga la computadora. Y entonces zafo.
Y desde ya que no es cuestión de poder dedicarse a hacer cosas más importantes. ¡De ninguna manera! ¡En este mes sin máquina no hice nada más importante que lo que hacía cuando me la pasaba navegando blogs y escribiendo mierda!
Leí libros, especialmente aquellos que se ufanan de estar mal escritos, miré mucha tele, me emborraché, bailé punchi punchi hasta las siete de la mañana en Sunset, saltando como un desaforado y acordándome de golpe que a las diez del otro día –es decir, en tres horas- me tocaba entrar a laburar y vender libros. Empecé a tocar en una banda a la que llegué respondiendo un aviso clasificado.
Tum pa tum tum pa.
Filosofé mucha bosta y mantuve conversaciones que merecían ir de entrada a la papelera de reciclaje.
Nada útil, en definitiva. Pero de algún modo me siento desintoxicado.
Ahora pienso en llamar urgente al bolivianito que siempre me viene a arreglar la computadora.
Chicho, Cholo; no me acuerdo de cómo se llama…
Y si se hace lo de Los Mudos –que al final se suspendió- voy con textos del blog. Dos o tres, cortitos; los más narrativos y cumbiancheros que haya. Si es que Funes insiste en eso de invitarme.
Dice que capaz es el miércoles 7 de mayo. Espero no quemárselo.
Ya no me acuerdo bien cómo era. Y qué mierda es intentarlo en un ciber.
No me gusta; no me gusta para nada.
¡Y además ya no debe quedar nadie leyendo! ¡Hijos de puta! ¡Vuelvan! ¡Putos!
Y esta vez ni siquiera fue de colgado que abandoné la mala escritura. Esta vez fue por obligación porque se echó a perder la máquina.
Un miércoles de hace como veinte días Funes me mandó un mensaje de texto invitándome a leer a Los Mudos. Yo le dije: sí, de una. Y él me dijo: dale, escribite un cuento y mandalo que dentro de una semana leés.
Y yo me quedé sin dormir y escribí un cuento re zarpado sobre mi viejo, que ahora –recién ahora- me parece que era bastante malo. Pero en el momento, típico de cuando estás escribiendo a full, enajenado, y de madrugada, se me ocurría que era súper copado y recontra duro.
Realmente lo logré, pensé. Escribí al fin un cuento en serio. Política, relación padre hijo, fútbol, obsesiones, historia argentina, sexo, muerte, cáncer, odio. De todo tenía.
Pero igual era malísimo, creo, por lo poco que recuerdo.
En definitiva, todo culpa de López Murphy y sus malditas leyes, supongo. La computadora se cagó y mi obra consagratoria desapareció de la faz de la tierra.
Yo me fui a laburar a las 14 pensando que al fin iba a ser una estrella literaria. Era cuestión de tiempo nomás; lo importante ya estaba.
Y no. A las 22, cuando volví el cuento no existía. La computadora y su disco rígido tampoco.
Y ahora escribo desde un ciber.
Lo que sí recomiendo con absoluta vivacidad es esto de desconectarse y hacer desintoxicación.
Cada seis meses.
A mí cada más o menos seis meses se me caga la computadora. Y entonces zafo.
Y desde ya que no es cuestión de poder dedicarse a hacer cosas más importantes. ¡De ninguna manera! ¡En este mes sin máquina no hice nada más importante que lo que hacía cuando me la pasaba navegando blogs y escribiendo mierda!
Leí libros, especialmente aquellos que se ufanan de estar mal escritos, miré mucha tele, me emborraché, bailé punchi punchi hasta las siete de la mañana en Sunset, saltando como un desaforado y acordándome de golpe que a las diez del otro día –es decir, en tres horas- me tocaba entrar a laburar y vender libros. Empecé a tocar en una banda a la que llegué respondiendo un aviso clasificado.
Tum pa tum tum pa.
Filosofé mucha bosta y mantuve conversaciones que merecían ir de entrada a la papelera de reciclaje.
Nada útil, en definitiva. Pero de algún modo me siento desintoxicado.
Ahora pienso en llamar urgente al bolivianito que siempre me viene a arreglar la computadora.
Chicho, Cholo; no me acuerdo de cómo se llama…
Y si se hace lo de Los Mudos –que al final se suspendió- voy con textos del blog. Dos o tres, cortitos; los más narrativos y cumbiancheros que haya. Si es que Funes insiste en eso de invitarme.
Dice que capaz es el miércoles 7 de mayo. Espero no quemárselo.
8.4.08
Manifiesto Ninja V (o la Nisa Blues Band)
Cuando logre ser chiquito otra vez, con Nisa nos vamos a juntar a zappar los temas de Bubba y sus amigos.
Aunque también vamos a intentar con algunas pistas más clásicas.
Ella, por ejemplo, no deja de practicar y ensamblar las partes de batería y voz de La orquesta de Bartolo, como en esa foto de ahí arriba.
Y yo vengo votando desde hace rato porque intentemos con El sapo Pepe.
A ese tema no me lo puedo sacar de la cabeza desde que me lo hizo bailar.
Es cierto que hay un par de problemas inevitables, pero no creo que nada pueda detener a una causa apasionada cuando se la encara con ímpetu y decisión. Si uno sólo piensa en ganarla, la pelea que se tenga enfrente siempre puede convertirse en un pedacito de pan comido.
Pero no deja de ser verdad: por un lado, para cuando yo logre ser chiquito otra vez, ella ya va a andar por los veinte o treinta y me va a pedir que hagamos temas de Hendrix o de Ravel.
Y otra realidad más: los dos estamos encarando el mismo instrumento a la vez; todo un problema a futuro si pretendemos formarnos como banda.
Pero la única lucha que se pierde es la que se abandona. Y los muertos se cuentan fríos:
Para navidad ella ligó una guitarra criolla del tamaño de un charango y una flauta dulce de plástico. Y sé de una pandereta que anda dando vueltas en alguna parte de su placard.
Así que nos podemos turnar e ir rotando.
Y además está el bongó de su papá. Y capaz que hasta lo invitamos a tocar a él, que si bien con tanto diseño y marketing en su cabeza ya se hamburguesó con el tema de la música, todavía no es una causa perdida. Y aun debe recordar algunos rudimentos de guitarra y bajo.
Nos podríamos llamar Cuparín. Así a secas. O Cuando me despierto tengo un pelo terrible. O E mío el cachete.
Pero eso se puede ir viendo más adelante, de cualquier manera. Aunque, es bueno ir planificando todo de entrada para ya tener avanzadas las cosas cuando llegue el momento.
Ya van a recibir novedades ustedes también.
2.4.08
Cantinela del Toto Rotblat
Es rarísimo, porque llegué a mi casa un poco eufórico; tuve una de esas noches en las que, cuando llegás, sabés que al otro día vas a decir algo así como: qué noche anoche.
Una boludez. Y lo sabés en ese momento, pero igual estás eufórico.
Y en eso descubrí, casi sin querer, en el blog de Molina, que se murió Toto Rotblat.
Y eso también es una boludez. No es algo que me tenga que modificar en lo más mínimo; ni lo había conocido ni lo admiraba.
Así que es raro. Sin dudas.
Pero me puse triste. Tal vez por eso mismo de que el salto de la euforia al bajón es muy finito.
Casi como una caminata por una cornisa.
Pero, en fin, de cualquier manera: murió Toto Rotblat.
Y yo, no sé porqué, me puse triste.
Tengo que reconocer algo. Es una cuestión que me pasé unos buenos años negando cada vez que me lo preguntaron o me lo sugirieron:
Sí, yo fui fanático de Los Fabulosos Cadillacs. Y si alguna vez llegué a Pez, fue porque linkeé a través de su guitarrista: Ariel Minimal.
Y debo aceptarlo: la primera vez en mi vida en la que le di play a un equipo de música fue con un cassette de Los Cadillacs.
Era una cinta que de un lado tenía grabado Bares y Fondas, el primer disco, de la primera época ska, y que traía temas como Yo quiero morirme acá, Silencio hospital y Belcha (en este disco, aclaro, no participó Rotblat).
Y del otro lado tenía a Fabulosos Calavera (con temas como Sábato, Piazzolla, Niño diamante y Surfer calavera), que es sin duda uno de los discos clave de la banda. Y cualquier entendido puede decirlo.
Después, cuando ya estaba como loco y planeaba empezar a tocar la batería como Nando Ricciardi, seguí con una grabación de Vasos vacíos, que me terminó de enfermar la cabeza.
Eran todos cassettes de mi hermano, que por esa época, en Rosario, y como guitarrista, era el músico de la familia.
Me hice fana, o algo así. Lo reconozco. Lo acepto. Y con Banana, un pibe que iba al B en mi colegio en Rosario, nos vinimos verlos al recital del que salieron los discos Hola y Chau (yo estuve el día exacto en que Vicentico contó que Basta de llamarme así era dedicado a su hermana fallecida).
Con Banana, es decir Emmanuel, nos la pasábamos hablando de Los Cadillacs y escuchando y pasándonos data. Creo que no teníamos mucho acceso a internet aun.
Así que estoy hablando de una época importante. Mi debut sexual tiene a Los Cadillacs como banda sonora, por citar un ejemplo. Y no porque los haya escuchado en ese preciso momento, sino porque era lo que escuchaba por esa época.
Y además vale destacar: la de Los Cadillacs, en su época ideal, es decir, a partir de El León y hasta La marcha del golazo solitario, es una de esas formaciones que puedo citar de memoria, como al mejor equipo de River o como a la mejor Selección de la historia.
De atrás para adelante:
Ricciardi, Rotblat, Alvareda, Lozano, Roitman (Puntoriero después de Fabulosos Calavera), Siperman, Cianciarulo, Sanzó (a partir del 97) y Fernández Capello.
Después los superé. Y dejé de escucharlos.
Obvio.
Pero me pone triste igual.
Cuando me enteré de la noticia, me puse a buscar info en internet. Y me metí en su MySpace. Y leí los comments de Vicentico, Minimal y José Balé (su compañero en percusiones de la última época de Los Cadillacs). Y de otros músicos como Malosetti.
Y, no sé, me puse maraca.
Mañana me va a dar vergüenza todo esto, pero hoy decidí escribir sobre el percusionista de la primera banda de toda mi vida: Toto Rotblat.
Una boludez. Y lo sabés en ese momento, pero igual estás eufórico.
Y en eso descubrí, casi sin querer, en el blog de Molina, que se murió Toto Rotblat.
Y eso también es una boludez. No es algo que me tenga que modificar en lo más mínimo; ni lo había conocido ni lo admiraba.
Así que es raro. Sin dudas.
Pero me puse triste. Tal vez por eso mismo de que el salto de la euforia al bajón es muy finito.
Casi como una caminata por una cornisa.
Pero, en fin, de cualquier manera: murió Toto Rotblat.
Y yo, no sé porqué, me puse triste.
Tengo que reconocer algo. Es una cuestión que me pasé unos buenos años negando cada vez que me lo preguntaron o me lo sugirieron:
Sí, yo fui fanático de Los Fabulosos Cadillacs. Y si alguna vez llegué a Pez, fue porque linkeé a través de su guitarrista: Ariel Minimal.
Y debo aceptarlo: la primera vez en mi vida en la que le di play a un equipo de música fue con un cassette de Los Cadillacs.
Era una cinta que de un lado tenía grabado Bares y Fondas, el primer disco, de la primera época ska, y que traía temas como Yo quiero morirme acá, Silencio hospital y Belcha (en este disco, aclaro, no participó Rotblat).
Y del otro lado tenía a Fabulosos Calavera (con temas como Sábato, Piazzolla, Niño diamante y Surfer calavera), que es sin duda uno de los discos clave de la banda. Y cualquier entendido puede decirlo.
Después, cuando ya estaba como loco y planeaba empezar a tocar la batería como Nando Ricciardi, seguí con una grabación de Vasos vacíos, que me terminó de enfermar la cabeza.
Eran todos cassettes de mi hermano, que por esa época, en Rosario, y como guitarrista, era el músico de la familia.
Me hice fana, o algo así. Lo reconozco. Lo acepto. Y con Banana, un pibe que iba al B en mi colegio en Rosario, nos vinimos verlos al recital del que salieron los discos Hola y Chau (yo estuve el día exacto en que Vicentico contó que Basta de llamarme así era dedicado a su hermana fallecida).
Con Banana, es decir Emmanuel, nos la pasábamos hablando de Los Cadillacs y escuchando y pasándonos data. Creo que no teníamos mucho acceso a internet aun.
Así que estoy hablando de una época importante. Mi debut sexual tiene a Los Cadillacs como banda sonora, por citar un ejemplo. Y no porque los haya escuchado en ese preciso momento, sino porque era lo que escuchaba por esa época.
Y además vale destacar: la de Los Cadillacs, en su época ideal, es decir, a partir de El León y hasta La marcha del golazo solitario, es una de esas formaciones que puedo citar de memoria, como al mejor equipo de River o como a la mejor Selección de la historia.
De atrás para adelante:
Ricciardi, Rotblat, Alvareda, Lozano, Roitman (Puntoriero después de Fabulosos Calavera), Siperman, Cianciarulo, Sanzó (a partir del 97) y Fernández Capello.
Después los superé. Y dejé de escucharlos.
Obvio.
Pero me pone triste igual.
Cuando me enteré de la noticia, me puse a buscar info en internet. Y me metí en su MySpace. Y leí los comments de Vicentico, Minimal y José Balé (su compañero en percusiones de la última época de Los Cadillacs). Y de otros músicos como Malosetti.
Y, no sé, me puse maraca.
Mañana me va a dar vergüenza todo esto, pero hoy decidí escribir sobre el percusionista de la primera banda de toda mi vida: Toto Rotblat.
31.3.08
Manifiesto Ninja IV
La marcha avanza a pasos agigantados.
Y la última fue una semana muy productiva.
A la infantilada de ponerme a escribir sobre cuestiones políticas coyunturales desde el punto de vista de un niñato inocente –lo cual me salió sin la menor intención-, ya se le puede sumar la primera lectura emocionada -de toda mi vida- a El Principito.
Fue el sábado y me tomó el tiempo de una media hora. De lo más recordable.
Y me dejó maravillado. Aguante Saint Exupery.
Y aguante la lectura para chicos, que si todo sale bien, además de la del presente, va a ser mi lectura del futuro.
Hay algo en el ritmo de los cuentos infantiles que me seduce mucho. Y en serio. No lo estoy pudiendo evitar.
Diría que es una sensación parecida a la de tirarse de un tobogán, pero estaría robando la frase.
Y como si todo esto fuera poco, y como si todos estos avances no fueran ya mucho más de lo que podía esperar de mí mismo, ayer mientras acomodaba unos libros en el trabajo, sentado en el piso, descubrí que una nena de unos cinco o seis años me estaba mirando fijo.
Pero fijo fijo fijo fijo. No me sacaba la mirada ni para pestañear.
Y como si nada, casi sin pensarlo, porque fue una reacción de lo más natural, en vez de sonreírle y hacer algo de lo que cualquier adulto hubiese hecho, la miré yo también fijo, con cara de sabandija, y le saqué, bien firme, la totalidad de mi lengua.
Hecho eso, y ante su cara de “no me importa”, me di vuelta y seguí acomodando libros.
Y la última fue una semana muy productiva.
A la infantilada de ponerme a escribir sobre cuestiones políticas coyunturales desde el punto de vista de un niñato inocente –lo cual me salió sin la menor intención-, ya se le puede sumar la primera lectura emocionada -de toda mi vida- a El Principito.
Fue el sábado y me tomó el tiempo de una media hora. De lo más recordable.
Y me dejó maravillado. Aguante Saint Exupery.
Y aguante la lectura para chicos, que si todo sale bien, además de la del presente, va a ser mi lectura del futuro.
Hay algo en el ritmo de los cuentos infantiles que me seduce mucho. Y en serio. No lo estoy pudiendo evitar.
Diría que es una sensación parecida a la de tirarse de un tobogán, pero estaría robando la frase.
Y como si todo esto fuera poco, y como si todos estos avances no fueran ya mucho más de lo que podía esperar de mí mismo, ayer mientras acomodaba unos libros en el trabajo, sentado en el piso, descubrí que una nena de unos cinco o seis años me estaba mirando fijo.
Pero fijo fijo fijo fijo. No me sacaba la mirada ni para pestañear.
Y como si nada, casi sin pensarlo, porque fue una reacción de lo más natural, en vez de sonreírle y hacer algo de lo que cualquier adulto hubiese hecho, la miré yo también fijo, con cara de sabandija, y le saqué, bien firme, la totalidad de mi lengua.
Hecho eso, y ante su cara de “no me importa”, me di vuelta y seguí acomodando libros.
29.3.08
¡Fue por lo del campo!
Fue inevitable sentir un poco de repulsión por las manifestaciones populares de esta semana. No digo nada que no esté dicho, ya sé; yo también lo leí por todas partes en blogolandia. Pero aún así.
En el momento en el que estaba sentado en el Parque Las Heras, durante mi break de media hora, mientras comía un paquete de Sonrisas que me había costado tres pesos y una Coca – Cola que me había costado dos con cincuenta, y empecé a escuchar cacerolas y bocinas y más cacerolas y más bocinas, pensé que el mundo se había ido al carajo.
Pensé que durante esa tarde, mientras yo navegaba en mi burbuja de librería dentro de shopping, alguien habría muerto asesinado. Y sería una muerte llevada a cabo por un policía. O algo del estilo. Una muerte violenta. Un barco atropellando a un tren.
Algo groso. Algo que pueda despertar una insurrección popular. Algo tremendo, algo que al otro día lograra que las tapas de los diarios hablen de Fuenteovejuna.
Los llamados telefónicos que hice en ese momento, con dedos apurados, me tiraron resultados desoladores. Y me causa gracia ese recuerdo tan lejano, aunque hayan pasado apenas días, en este momento.
Dos personas me dijeron que todo eso era por Racing.
¡Por Racing!
¡Un cacerolazo en pleno Recoleta, por Racing!
Me puse mal. Me encabroné. Miraba para arriba, a los balcones de las torres esas que hay frente al Parque Las Heras; esas tan conocidas, que contrastan –todas sus luces prendidas- con el negro del cielo, y que son tan lindas para verlas pasar desde el colectivo.
Miraba y veía a la gente dándole duro a las cacerolas. Y puteaba para adentro. Mientras seguía comiendo mis galletitas y chupando mi Coca – Cola.
Un poco estaba enojado por la liviandad de esas dos respuestas, de imaginarse que todo eso era por el gerenciamiento de Racing.
Y otro poco porque se hacía evidente que en realidad no había una razón demasiado grande para semejante quilombo.
Recordé todo lo que había visto a la mañana en la tele; no habían expectativas de que algo determinante pudiera pasar en alguna parte del país.
Cuando me fui de mi casa no me quedé con la idea de que ese pudiera ser un día de quiebre para la historia Argentina, como sí me pasó en el 2001, tanto cuando me fui a bailar el día en que decretaron el estado de sitio, como cuando me fui al profesor particular de matemática mientras la gente moría en la Plaza de Mayo, como cuando me fui a ver a River ganarle 6 a 1 Rosario Central, también con estado de sitio.
Y evidentemente, como ya lo dije, nada grande había pasado a la tarde, porque sino me lo hubiesen dicho esas dos personas a las que llamé, que estaban en ese momento en sus casas, frente a sus televisores (ahora me doy cuenta de que estarían viendo series yanquis, en una burbuja igual a la mía).
Y el tercer llamado no le dio mucha más luz al asunto.
“Es por lo del campo”.
Aunque al final haya sido la verdad, en el momento me pareció tan ridícula como la respuesta de Racing.
Me acordé, sí, de que había visto mucho sobre eso a la mañana, en TN. Una nota laaaaaaaarga, laaaaaaaaarga en la que mostraban los distintos cortes de ruta en distintas provincias. Gente dueña de campos que no dejaba que otros camiones pasaran si su contenido tenía que ver con la actividad agrícola ganadera.
El periodista, me acordaba ahora, se había mostrado muy de acuerdo con la medida y sus compañeros desde el piso –creo que estaba mi vecino Franco Salomone, a quien respeto porque es un buen vecino- concordaban con él.
Le estaban dando bastante bombo, de hecho, al asunto, me acordaba ahora sentado en el Parque Las Heras, al punto de que le dije a mi vieja: “Queda claro de qué lado está el Grupo Clarín en este tema”.
Pero en ese momento “el asunto del campo” era una noticia menor. Una boludez. Un tema del que cualquier podía escapar. Y si preguntabas en la calle al respecto, muy pocos se iban a mostrar demasiado radicales en su forma de opinar. Era un tema más; nada comparado con el precio de un paquete de Sonrisas y una Coca – Cola. Nada comparado con Macri echando de mi barrio, a palazos, a unos cartoneros que eran de lo más inofensivos (ahora ese espacio público está ocupado por vallas y policías con cara de peligrosos).
¡Si hasta la noticia de Racing le competía!
A la mañana, en un momento, el periodista –el cuarto repugnante en esta historia- había dicho que los huelguistas de Tucumán iban a hacer un piquete frente a la Casa de Gobierno del gobernador Alperovich. Y enseguida se retractó, apurado. Dijo: “Bueno, no un piquete, sino una manifestación”.
Es decir, iban a cortar una vía de tránsito, en grupo y protestando, pero no iba a ser un piquete. No en su caso. Porque un piquete es más una denominación para un tipo de gente que un tipo de manifestación popular en sí. Ellos no iban a ser piqueteros.
Y a veces en la misma forma de denominar las cosas estás armando una realidad.
Así que todo este asunto era por lo del campo. La gente de Recoleta estaba protestando para manifestarse a favor de un grupo de gente, dueña de sus empresas, es decir la patronal, que estaba cortando una ruta y obligando a los camioneros que sí querían trabajar, a quedarse a un lado del camino, como en esos paros generales de Moyano que tan criticados fueron hace unos años, en los que los huelguistas obligaban a los rebeldes a ser huelguistas como ellos. Y los convencían a palazos si era necesario.
De golpe la gente de Recoleta estaba a favor de que se cortaran los accesos a las ciudades y de que haya un desabastecimiento de alimentos en los mercados y supermercados.
Cuando salí del laburo, la gente estaba cortando la Avenida Santa Fé.
Leí por ahí que Beatriz Sarlo decía que no era gente bianuda. La corrijo: sí era gente bianuda. Con cortes de pelo hermosos y pulóveres colgados a los hombros y sonrisas de treinta o treinticinco dientes blancos y besables.
Toda esa gente hermosa, realmente hermosa, el tipo de gente con el que a mí me gusta relacionarme día a día, y lo digo sinceramente, sin ningún tipo de ironía, copaba la calle, aplaudía a la otra gente que caceroleaba en los balcones, y empezaba a marchar hacia Plaza de Mayo.
Pensé en cuán raro era todo eso. Porque, supuse, esa gente debía aborrecer que las empresas se preocuparan más por ganar más plata exportando que por abastecer a la ciudad de carnes y lácteos.
Y no lo pude evitar. Y entonces caí en una sensación que ahora es un lugar común pero en el momento no: sentí un poco de repugnancia.
Caminé mirando todo eso hasta el subte. En el camino me crucé con un compañero que ese día trabajaba en otra sucursal de la librería. El estaba igual de sorprendido que yo. Hablamos de lo loca que estaba toda esa gente.
Cuando llegué a mi casa descubrí que Cristina Kirchner, la presidenta, había salido a hablar, en cadena nacional, con un tono prepotente, imbécil, poco conciliador, haciéndose la dura. Lo mismo que De la Rúa en aquel primer cacerolazo del 2001.
De la Rúa salió a hablar haciéndose el malo y la gente dijo: este de tan pelotudo es un hijo de puta y nos está cagando; hagámoslo mierda.
Y lo hizo mierda.
Y la boluda ahora salió e hizo lo mismo. Muy mal asesorada, se dice por ahí. Primera vez que un Kirchner sale a hablar en cadena, si mal no recuerdo, y sin contar la vez que Néstor salió a pedir por Julio López.
Primera vez de ella, al menos. Y al pedo; para cagarla, para joderla mal, para complicar una situación conflictiva que era una más entre todas las que implica la política de un país.
Una vez que entendí eso empecé a sentir repulsión por ella. Se supone que está dirigiendo el país en el que yo vivo y por una imbecilidad suya se creó un problema institucional enorme a futuro, de la nada; un problema que no sabés adónde termina, porque claramente la gente ya la detesta, y eso puede ser grave.
La gente salió a la calle, pienso ahora, porque tuvo un revival de lo que fue aquella noche del discurso de De la Rúa. Presidente malote que nos reta y nos toma de estúpidos otra vez; salgamos a cacerolearlo. Entonces salieron a jugar a la política activa, sin analizarlo mucho, sin sopesar causas y consecuencias, y ni imaginaron que, como esto es el peronismo, el también repugnante D’elía, con su contramanifestación, iba a salir a fajarlos para sacarlos de la Plaza de Mayo.
Y la verdad es que fue infantil. No podés ir a la Plaza de Mayo como si fueses al cine con tus hijos, cargando sólo con la decisión de qué película vas a ir a ver.
Me parece que a la Plaza de Mayo vas sabiendo que lo hacés por algo histórico. Vas por una causa por la que estás dispuesto a todo. Y sabés que de golpe puede aparecer la policía y cagarte a tiros o cagarte a palazos, pero estás tan seguro de que la cosa está mal que no te importa y vas igual, aunque corras peligro de que D’elía o cualquier otra fuerza del peronismo te vaya a buscar.
Como en el 2001. O como en los piquetes de los obreros; gente desesperada, sin trabajo, sin guita y sin casa.
Gente bastante quilombera y con aspiraciones políticas de poder, sí, pero con buenas razones para protestar; gente con la suerte ya echada.
Y yo entiendo que esos últimos párrafos fueron de zurdito recalcitrante y que acabo de perder el respeto de mis cinco o seis lectores. Sobre todo porque vivo en Belgrano y cuando me cruzo con un grupo de piqueteros por dentro pienso "¡uia, un piquetero!". La gente de mi barrio me lo recordaría si me fuese a leer.
Pero me siguen pareciendo más lógicos y entendibles esos reclamos y cortes de ruta. Esos piquetes son más justos. Y, hasta donde sé, la gente de Recoleta más bien los detesta y más bien los mira con asco.
Incluso cuando dos de ellos mueren asesinados de un modo planificado, la gente de Recoleta se esfuerza por pensar que están bien muertos y que seguro se aniquilaron entre ellos.
Entonces, sí, lo reconozco. No lo pude evitar. Me dio un poco de repugnancia el asunto. No lo viví con tanta calma como hubiese querido.
Al otro día me levanté de nuevo y fui a trabajar otra vez. Durante el break en Parque Las Heras no tuve mayores sobresaltos.
En el momento en el que estaba sentado en el Parque Las Heras, durante mi break de media hora, mientras comía un paquete de Sonrisas que me había costado tres pesos y una Coca – Cola que me había costado dos con cincuenta, y empecé a escuchar cacerolas y bocinas y más cacerolas y más bocinas, pensé que el mundo se había ido al carajo.
Pensé que durante esa tarde, mientras yo navegaba en mi burbuja de librería dentro de shopping, alguien habría muerto asesinado. Y sería una muerte llevada a cabo por un policía. O algo del estilo. Una muerte violenta. Un barco atropellando a un tren.
Algo groso. Algo que pueda despertar una insurrección popular. Algo tremendo, algo que al otro día lograra que las tapas de los diarios hablen de Fuenteovejuna.
Los llamados telefónicos que hice en ese momento, con dedos apurados, me tiraron resultados desoladores. Y me causa gracia ese recuerdo tan lejano, aunque hayan pasado apenas días, en este momento.
Dos personas me dijeron que todo eso era por Racing.
¡Por Racing!
¡Un cacerolazo en pleno Recoleta, por Racing!
Me puse mal. Me encabroné. Miraba para arriba, a los balcones de las torres esas que hay frente al Parque Las Heras; esas tan conocidas, que contrastan –todas sus luces prendidas- con el negro del cielo, y que son tan lindas para verlas pasar desde el colectivo.
Miraba y veía a la gente dándole duro a las cacerolas. Y puteaba para adentro. Mientras seguía comiendo mis galletitas y chupando mi Coca – Cola.
Un poco estaba enojado por la liviandad de esas dos respuestas, de imaginarse que todo eso era por el gerenciamiento de Racing.
Y otro poco porque se hacía evidente que en realidad no había una razón demasiado grande para semejante quilombo.
Recordé todo lo que había visto a la mañana en la tele; no habían expectativas de que algo determinante pudiera pasar en alguna parte del país.
Cuando me fui de mi casa no me quedé con la idea de que ese pudiera ser un día de quiebre para la historia Argentina, como sí me pasó en el 2001, tanto cuando me fui a bailar el día en que decretaron el estado de sitio, como cuando me fui al profesor particular de matemática mientras la gente moría en la Plaza de Mayo, como cuando me fui a ver a River ganarle 6 a 1 Rosario Central, también con estado de sitio.
Y evidentemente, como ya lo dije, nada grande había pasado a la tarde, porque sino me lo hubiesen dicho esas dos personas a las que llamé, que estaban en ese momento en sus casas, frente a sus televisores (ahora me doy cuenta de que estarían viendo series yanquis, en una burbuja igual a la mía).
Y el tercer llamado no le dio mucha más luz al asunto.
“Es por lo del campo”.
Aunque al final haya sido la verdad, en el momento me pareció tan ridícula como la respuesta de Racing.
Me acordé, sí, de que había visto mucho sobre eso a la mañana, en TN. Una nota laaaaaaaarga, laaaaaaaaarga en la que mostraban los distintos cortes de ruta en distintas provincias. Gente dueña de campos que no dejaba que otros camiones pasaran si su contenido tenía que ver con la actividad agrícola ganadera.
El periodista, me acordaba ahora, se había mostrado muy de acuerdo con la medida y sus compañeros desde el piso –creo que estaba mi vecino Franco Salomone, a quien respeto porque es un buen vecino- concordaban con él.
Le estaban dando bastante bombo, de hecho, al asunto, me acordaba ahora sentado en el Parque Las Heras, al punto de que le dije a mi vieja: “Queda claro de qué lado está el Grupo Clarín en este tema”.
Pero en ese momento “el asunto del campo” era una noticia menor. Una boludez. Un tema del que cualquier podía escapar. Y si preguntabas en la calle al respecto, muy pocos se iban a mostrar demasiado radicales en su forma de opinar. Era un tema más; nada comparado con el precio de un paquete de Sonrisas y una Coca – Cola. Nada comparado con Macri echando de mi barrio, a palazos, a unos cartoneros que eran de lo más inofensivos (ahora ese espacio público está ocupado por vallas y policías con cara de peligrosos).
¡Si hasta la noticia de Racing le competía!
A la mañana, en un momento, el periodista –el cuarto repugnante en esta historia- había dicho que los huelguistas de Tucumán iban a hacer un piquete frente a la Casa de Gobierno del gobernador Alperovich. Y enseguida se retractó, apurado. Dijo: “Bueno, no un piquete, sino una manifestación”.
Es decir, iban a cortar una vía de tránsito, en grupo y protestando, pero no iba a ser un piquete. No en su caso. Porque un piquete es más una denominación para un tipo de gente que un tipo de manifestación popular en sí. Ellos no iban a ser piqueteros.
Y a veces en la misma forma de denominar las cosas estás armando una realidad.
Así que todo este asunto era por lo del campo. La gente de Recoleta estaba protestando para manifestarse a favor de un grupo de gente, dueña de sus empresas, es decir la patronal, que estaba cortando una ruta y obligando a los camioneros que sí querían trabajar, a quedarse a un lado del camino, como en esos paros generales de Moyano que tan criticados fueron hace unos años, en los que los huelguistas obligaban a los rebeldes a ser huelguistas como ellos. Y los convencían a palazos si era necesario.
De golpe la gente de Recoleta estaba a favor de que se cortaran los accesos a las ciudades y de que haya un desabastecimiento de alimentos en los mercados y supermercados.
Cuando salí del laburo, la gente estaba cortando la Avenida Santa Fé.
Leí por ahí que Beatriz Sarlo decía que no era gente bianuda. La corrijo: sí era gente bianuda. Con cortes de pelo hermosos y pulóveres colgados a los hombros y sonrisas de treinta o treinticinco dientes blancos y besables.
Toda esa gente hermosa, realmente hermosa, el tipo de gente con el que a mí me gusta relacionarme día a día, y lo digo sinceramente, sin ningún tipo de ironía, copaba la calle, aplaudía a la otra gente que caceroleaba en los balcones, y empezaba a marchar hacia Plaza de Mayo.
Pensé en cuán raro era todo eso. Porque, supuse, esa gente debía aborrecer que las empresas se preocuparan más por ganar más plata exportando que por abastecer a la ciudad de carnes y lácteos.
Y no lo pude evitar. Y entonces caí en una sensación que ahora es un lugar común pero en el momento no: sentí un poco de repugnancia.
Caminé mirando todo eso hasta el subte. En el camino me crucé con un compañero que ese día trabajaba en otra sucursal de la librería. El estaba igual de sorprendido que yo. Hablamos de lo loca que estaba toda esa gente.
Cuando llegué a mi casa descubrí que Cristina Kirchner, la presidenta, había salido a hablar, en cadena nacional, con un tono prepotente, imbécil, poco conciliador, haciéndose la dura. Lo mismo que De la Rúa en aquel primer cacerolazo del 2001.
De la Rúa salió a hablar haciéndose el malo y la gente dijo: este de tan pelotudo es un hijo de puta y nos está cagando; hagámoslo mierda.
Y lo hizo mierda.
Y la boluda ahora salió e hizo lo mismo. Muy mal asesorada, se dice por ahí. Primera vez que un Kirchner sale a hablar en cadena, si mal no recuerdo, y sin contar la vez que Néstor salió a pedir por Julio López.
Primera vez de ella, al menos. Y al pedo; para cagarla, para joderla mal, para complicar una situación conflictiva que era una más entre todas las que implica la política de un país.
Una vez que entendí eso empecé a sentir repulsión por ella. Se supone que está dirigiendo el país en el que yo vivo y por una imbecilidad suya se creó un problema institucional enorme a futuro, de la nada; un problema que no sabés adónde termina, porque claramente la gente ya la detesta, y eso puede ser grave.
La gente salió a la calle, pienso ahora, porque tuvo un revival de lo que fue aquella noche del discurso de De la Rúa. Presidente malote que nos reta y nos toma de estúpidos otra vez; salgamos a cacerolearlo. Entonces salieron a jugar a la política activa, sin analizarlo mucho, sin sopesar causas y consecuencias, y ni imaginaron que, como esto es el peronismo, el también repugnante D’elía, con su contramanifestación, iba a salir a fajarlos para sacarlos de la Plaza de Mayo.
Y la verdad es que fue infantil. No podés ir a la Plaza de Mayo como si fueses al cine con tus hijos, cargando sólo con la decisión de qué película vas a ir a ver.
Me parece que a la Plaza de Mayo vas sabiendo que lo hacés por algo histórico. Vas por una causa por la que estás dispuesto a todo. Y sabés que de golpe puede aparecer la policía y cagarte a tiros o cagarte a palazos, pero estás tan seguro de que la cosa está mal que no te importa y vas igual, aunque corras peligro de que D’elía o cualquier otra fuerza del peronismo te vaya a buscar.
Como en el 2001. O como en los piquetes de los obreros; gente desesperada, sin trabajo, sin guita y sin casa.
Gente bastante quilombera y con aspiraciones políticas de poder, sí, pero con buenas razones para protestar; gente con la suerte ya echada.
Y yo entiendo que esos últimos párrafos fueron de zurdito recalcitrante y que acabo de perder el respeto de mis cinco o seis lectores. Sobre todo porque vivo en Belgrano y cuando me cruzo con un grupo de piqueteros por dentro pienso "¡uia, un piquetero!". La gente de mi barrio me lo recordaría si me fuese a leer.
Pero me siguen pareciendo más lógicos y entendibles esos reclamos y cortes de ruta. Esos piquetes son más justos. Y, hasta donde sé, la gente de Recoleta más bien los detesta y más bien los mira con asco.
Incluso cuando dos de ellos mueren asesinados de un modo planificado, la gente de Recoleta se esfuerza por pensar que están bien muertos y que seguro se aniquilaron entre ellos.
Entonces, sí, lo reconozco. No lo pude evitar. Me dio un poco de repugnancia el asunto. No lo viví con tanta calma como hubiese querido.
Al otro día me levanté de nuevo y fui a trabajar otra vez. Durante el break en Parque Las Heras no tuve mayores sobresaltos.
25.3.08
Me zarparon los mails (cotidianeidad trascendental)
Me zarparon todos los mails de la casilla que aparece acá al lado.
No sólo me quiero matar por todos los mails inútiles que perdí, sino que además siento que justo en el lapso que pasó desde la última vez que chequeé, hasta este momento en el que acabo de descubrir el siniestro, seguro alguien me mandó ese mail inolvidable y conmovedor que estuve esperando que me mandaran en los últimos seis o siete años.
O seguro que alguien me ofrecía un laburo más interesante y mejor pago que el actual.
Porque no lo conté, pero ahora soy un librero.
Un pésimo librero.
De esos que no honran la profesión ni por casualidad, aunque sea por un ratito. Y que si les preguntás por ensayos de psicología no tienen ni puta idea y si les preguntás por novelas latinoamericanas tampoco.
Y si les mencionás a Fucó tenés que esperar cuatro o cinco segundos para que al fin reaccionen y terminen asociando ese sonido con la imagen de la palabra Foucault escrita en el lomo de un libro.
Y si les preguntás por el Código de Comercio Exterior te preguntan por el autor.
Soy de esos que sólo pueden reconocer los cien o doscientos libros que leyeron en su vida (cerrale en trescientos si sumás los libros de cuentos de chiquito, que el otro día me puse a releer gracias a mi ahijada).
Y punto final.
Trabajo en una librería que hace poco fue calificada como “una lágrima”. Y soy un mal librero. Pero tengo el sueldo más alto que haya tenido en mi vida y un descuento del treinta por ciento en libros. Y además soy un entusiasta. Y si me das tiempo en seis meses soy el mejor librero del país.
Y tengo un montón de anécdotas ridículas sobre mi falta de cultura literaria y sobre la falta de cultura literaria de mis clientes.
Y tengo, claro, ni que dudarlo, un montón de poesía de odio para escribir sobre los dueños.
Nunca me gustaron los dueños.
No hay dueños buenos.
Salvo yo. Yo sí que sería un dueño bueno.
Y tengo un compañero que se llama igual que yo y una compañera que, siempre que voy a chequear el stock de un libro, me termina zarpando la computadora.
Igual que la gente de argentina.com, que me zarpó la bandeja de entrada de los mails.
Argentina, tu grato nombre, devolveme mis mails.
¡La tristeza que tengo!
¡Metete con mi familia, con mi cama, mi casa, lo que quieras!
¡Pero con los mails no!
¡Porque vuelvo mordiendo y vociferando, vengador, como un cóndor, Miguel Romano, y ataco y destruyo al instante!
No sólo me quiero matar por todos los mails inútiles que perdí, sino que además siento que justo en el lapso que pasó desde la última vez que chequeé, hasta este momento en el que acabo de descubrir el siniestro, seguro alguien me mandó ese mail inolvidable y conmovedor que estuve esperando que me mandaran en los últimos seis o siete años.
O seguro que alguien me ofrecía un laburo más interesante y mejor pago que el actual.
Porque no lo conté, pero ahora soy un librero.
Un pésimo librero.
De esos que no honran la profesión ni por casualidad, aunque sea por un ratito. Y que si les preguntás por ensayos de psicología no tienen ni puta idea y si les preguntás por novelas latinoamericanas tampoco.
Y si les mencionás a Fucó tenés que esperar cuatro o cinco segundos para que al fin reaccionen y terminen asociando ese sonido con la imagen de la palabra Foucault escrita en el lomo de un libro.
Y si les preguntás por el Código de Comercio Exterior te preguntan por el autor.
Soy de esos que sólo pueden reconocer los cien o doscientos libros que leyeron en su vida (cerrale en trescientos si sumás los libros de cuentos de chiquito, que el otro día me puse a releer gracias a mi ahijada).
Y punto final.
Trabajo en una librería que hace poco fue calificada como “una lágrima”. Y soy un mal librero. Pero tengo el sueldo más alto que haya tenido en mi vida y un descuento del treinta por ciento en libros. Y además soy un entusiasta. Y si me das tiempo en seis meses soy el mejor librero del país.
Y tengo un montón de anécdotas ridículas sobre mi falta de cultura literaria y sobre la falta de cultura literaria de mis clientes.
Y tengo, claro, ni que dudarlo, un montón de poesía de odio para escribir sobre los dueños.
Nunca me gustaron los dueños.
No hay dueños buenos.
Salvo yo. Yo sí que sería un dueño bueno.
Y tengo un compañero que se llama igual que yo y una compañera que, siempre que voy a chequear el stock de un libro, me termina zarpando la computadora.
Igual que la gente de argentina.com, que me zarpó la bandeja de entrada de los mails.
Argentina, tu grato nombre, devolveme mis mails.
¡La tristeza que tengo!
¡Metete con mi familia, con mi cama, mi casa, lo que quieras!
¡Pero con los mails no!
¡Porque vuelvo mordiendo y vociferando, vengador, como un cóndor, Miguel Romano, y ataco y destruyo al instante!
19.3.08
De un mail de un lector del blog
“(…) otra es que usé de chamuyo lo de love coach. sí que sí, fue cualquiera. estaba en casa con amigos, yo estaba en la pc, y esa noche leí lo de love coach. tomé cervezas fumamos algo y arrancamos para un bar o algo así. ya más tarde, y un poco más ebrio, al hablar con una chica de esas amiga de una amiga de un conocido del sur, así de fondeada, recordaba sin parar el tema del love coach durante la charla y me dijo así de pronto, che, ¿y laburás aparte de estudiar? No me quedó otra y decirle que laburaba unas horas de love coach. se rió mucho y después seguimos hablando de otra cosa. con la chica no pasó nada y el novio era conocido y también estaba ahí. pero bueno (…)”
17.3.08
Pensaba hoy mientras miraba las imágenes de un velorio en un noticiero
Creo que uno sólo conoce el dolor real -digamos: al dolor más crudo e inaguantable- cuando se muere un pariente cercano. Y hace falta ser hombre para sentirlo. Las mujeres no saben de qué se trata.
Y me gustaría que quede claro, ya que estamos, que no me refiero al dolor de cuestiones tan intangibles y a la vez reales, como el pesar del alma, que tan intenso suele ser, o el luto y el sopeso de la nueva ausencia.
Nada de eso.
Para eso, la verdad, tiene que pasar un tiempo pronunciado. Un mes, o dos, digamos.
Dos semanas como poco. Y a lo sumo, en casos de una óptima sensibilidad, una.
De cualquier modo, y vuelvo al eje porque me da miedo irme completamente de tema, ese tipo de dolor espiritual para mí está en otra categoría, tal vez inferior, por su carácter incomprobable.
Yo me refiero al dolor más terrible.
Yo me refiero a las manijas talladas de los ataúdes.
Caminar esos metros desde el coche negro hasta la tumba. Todo el peso del cajón y del muerto (una redefinición del concepto de peso), que en ese momento ni importa si es un pariente cercano, sobre la palma de tu mano y sobre tus dedos.
Y el dibujito, el cruel tallado, esa condenada obrita de arte, que si se tiene mala suerte es de influencia barroca, incrustándose en tu carne.
Sentís como si se te estuviese abriendo la piel. Y a veces (bueno, en mi caso sólo fueron unas pocas ocasiones) se te abre de verdad.
En cualquier caso, hay que disimular.
Y llorás.
Por eso es que los hombres lloran en los velorios.
Las mujeres tendrán sus propias razones para hacerlo; yo las desconozco.
Y me gustaría que quede claro, ya que estamos, que no me refiero al dolor de cuestiones tan intangibles y a la vez reales, como el pesar del alma, que tan intenso suele ser, o el luto y el sopeso de la nueva ausencia.
Nada de eso.
Para eso, la verdad, tiene que pasar un tiempo pronunciado. Un mes, o dos, digamos.
Dos semanas como poco. Y a lo sumo, en casos de una óptima sensibilidad, una.
De cualquier modo, y vuelvo al eje porque me da miedo irme completamente de tema, ese tipo de dolor espiritual para mí está en otra categoría, tal vez inferior, por su carácter incomprobable.
Yo me refiero al dolor más terrible.
Yo me refiero a las manijas talladas de los ataúdes.
Caminar esos metros desde el coche negro hasta la tumba. Todo el peso del cajón y del muerto (una redefinición del concepto de peso), que en ese momento ni importa si es un pariente cercano, sobre la palma de tu mano y sobre tus dedos.
Y el dibujito, el cruel tallado, esa condenada obrita de arte, que si se tiene mala suerte es de influencia barroca, incrustándose en tu carne.
Sentís como si se te estuviese abriendo la piel. Y a veces (bueno, en mi caso sólo fueron unas pocas ocasiones) se te abre de verdad.
En cualquier caso, hay que disimular.
Y llorás.
Por eso es que los hombres lloran en los velorios.
Las mujeres tendrán sus propias razones para hacerlo; yo las desconozco.
12.3.08
Manifiesto Ninja III (acerca de algunos de sus basamentos teóricos)
Hay una cuestión que me aburre especialmente, al punto del hartazgo, y es eso de que uno tiene que ser siempre uno mismo. Me resulta insostenible la idea tantas veces defendida de que uno debe desarrollar su personalidad.
Incluso a veces alguien te dice: “Es que vos, loco, no tenés personalidad, gil de goma”.
Aburrido.
Con personalidad uno conquista más mujeres, sin duda. Pero qué embole.
Oliverio Girondo ponía eso de que la vida no tendría sentido sin la transmigración. Será tal vez un poco la influencia de Espantapájaros, pequeño librito que leí varias veces porque me partió la cabeza de entrada, lo que me hace pensar así.
Aunque claro está que por más que lo he intentado (tomando impulso, corriendo a toda máquina, para introducirme en los cuerpos de otros, sólo logre romperme la nariz después de durísimas colisiónes) nunca logré meterme en otro cuerpo.
De modo que eliminamos esa posibilidad. Y la única que queda es ser el Johan Cruyff del Mundial ’74 en el living de mi casa.
Y no se me puede echar la culpa a mí por estas necesidades: ese equipo sí que jugaba bien. En el gol que hacen en la final contra Alemania, apenas sacan del medio, Cruyff cambia posiciones con el central derecho, que sale disparado para arriba y se convierte en un delantero. Después tocan y tocan, con su capitán empujando desde abajo, y con los alemanes viéndola pasar, hasta que el mismo Cruyff se calienta, la agarra, mete un sprint con alguna gambeta de por medio y fabrica un penal.
Cualquiera quiere ser Cruyff.
Yo no podría vivir rodeado de mujeres si eso significara renunciar a la posibilidad de ser Johan Cruyff, al menos una vez cada tanto.
O como me pasó el otro día, mientras leía “El americano tranquilo”, la novela de Graham Greene que tiene a la Guerra de Indochina como escenario.
Fueron tales las ganas que me dieron de ser un reportero en una guerra, o mejor dicho, en varias guerras, como hizo Kapuszinski, y conocer once dialectos africanos y entrevistar al rey de Zamunda y coquetear con la muerte y esquivar bombas y mirar en primera persona una misión de la fuerza invasora (como le pasa al protagonista, Fowler, que logra subirse a un avión que bombardea una ciudad tomada por los vietnamitas) y ganar plata mandando cables y después escribir libros tan impresionantes y de tanta calidad como este blog.
Qué novela esa, la de Greene, una historia tan atrapante que te deja fanatizado leyendo durante horas; un poco de política e historia, un poco de guerra, muerte y atentados terroristas y otro poco de color rosa, con un triángulo amoroso incluido y un par de traiciones.
Te hacés íntimo de los personajes. Te convertís en uno de ellos.
Hay que estar abierto a estas cosas.
Ese día caminé por la calle personificado en un cronista bélico.
Sí, señor.
Y hoy soy un DT. Soy el DT de River. Y ahora voy a dejar de escribir porque me tengo que poner a armar la lista de mis once jugadores titulares más los siete suplentes.
Incluso a veces alguien te dice: “Es que vos, loco, no tenés personalidad, gil de goma”.
Aburrido.
Con personalidad uno conquista más mujeres, sin duda. Pero qué embole.
Oliverio Girondo ponía eso de que la vida no tendría sentido sin la transmigración. Será tal vez un poco la influencia de Espantapájaros, pequeño librito que leí varias veces porque me partió la cabeza de entrada, lo que me hace pensar así.
Aunque claro está que por más que lo he intentado (tomando impulso, corriendo a toda máquina, para introducirme en los cuerpos de otros, sólo logre romperme la nariz después de durísimas colisiónes) nunca logré meterme en otro cuerpo.
De modo que eliminamos esa posibilidad. Y la única que queda es ser el Johan Cruyff del Mundial ’74 en el living de mi casa.
Y no se me puede echar la culpa a mí por estas necesidades: ese equipo sí que jugaba bien. En el gol que hacen en la final contra Alemania, apenas sacan del medio, Cruyff cambia posiciones con el central derecho, que sale disparado para arriba y se convierte en un delantero. Después tocan y tocan, con su capitán empujando desde abajo, y con los alemanes viéndola pasar, hasta que el mismo Cruyff se calienta, la agarra, mete un sprint con alguna gambeta de por medio y fabrica un penal.
Cualquiera quiere ser Cruyff.
Yo no podría vivir rodeado de mujeres si eso significara renunciar a la posibilidad de ser Johan Cruyff, al menos una vez cada tanto.
O como me pasó el otro día, mientras leía “El americano tranquilo”, la novela de Graham Greene que tiene a la Guerra de Indochina como escenario.
Fueron tales las ganas que me dieron de ser un reportero en una guerra, o mejor dicho, en varias guerras, como hizo Kapuszinski, y conocer once dialectos africanos y entrevistar al rey de Zamunda y coquetear con la muerte y esquivar bombas y mirar en primera persona una misión de la fuerza invasora (como le pasa al protagonista, Fowler, que logra subirse a un avión que bombardea una ciudad tomada por los vietnamitas) y ganar plata mandando cables y después escribir libros tan impresionantes y de tanta calidad como este blog.
Qué novela esa, la de Greene, una historia tan atrapante que te deja fanatizado leyendo durante horas; un poco de política e historia, un poco de guerra, muerte y atentados terroristas y otro poco de color rosa, con un triángulo amoroso incluido y un par de traiciones.
Te hacés íntimo de los personajes. Te convertís en uno de ellos.
Hay que estar abierto a estas cosas.
Ese día caminé por la calle personificado en un cronista bélico.
Sí, señor.
Y hoy soy un DT. Soy el DT de River. Y ahora voy a dejar de escribir porque me tengo que poner a armar la lista de mis once jugadores titulares más los siete suplentes.
Y, capaz sea culpable, pero mientras
Podría hacer un comentario indignado sobre el asco que me da que, desde la tele, se prejuzgue a un tipo que está incomunicado –es decir, sin escuchar su testimonio- y se lo determine culpable.
Pero Matt Groening ya lo hizo mucho mejor que yo, hace como diez años, en un capítulo de Los Simpsons en el que a Homero lo acusan por abuso sexual.
Ahí a Homero lo persiguen las cámaras y cada cosa que dice o hace es interpretada para el lado de la lujuria.
¡Y cada vez que quiere decir algo se entierra más y más!
En un momento hasta pasan representaciones actuadas, al estilo Chiche Gelblung, en las que el personaje que hace de Homero siempre es un enfermito babeante que está viendo cómo satisfacer sus ansias de hacer el mal.
La gente cada vez que tiene que hablar sobre él, aun sin conocerlo, dice que es un hijo de puta. Y muchos tienen historias convincentes en las que Homero intenta abusar de algún conocido o de ellos mismos.
Buenísimo el capítulo. Me van surgiendo las imágenes mientras pienso en esto.
Y también hay uno en el que a Marge la acusan de loca. Y pasa más o menos lo mismo, sin dejar de ser original y gracioso en ambos casos.
Así que no tengo mucho para decir; ya fue hecho previamente con mayor originalidad.
Sólo puedo agregar que Leo Montero hoy -en su programa AM- hizo el ridículo, sin que sea su culpa, pobre infeliz, durante una entrevista al abogado del chofer del micro que chocó contra un tren, en Dolores.
El tono de Montero durante toda la entrevista fue del tipo “dá, no te creo nada, jate jodé”.
Pero sin dar ni un solo argumento, claro.
Como si él pudiese determinar desde su ignorancia, sólo con su tono de voz incrédulo, sin ningún tipo de peritaje de las velocidades del micro y del tren ni de la posición de la barrera, para ver si estaba del todo baja, ni de toxicología, para ver si el tipo realmente venía tomado o zarpado.
Y sin testimonios del acusado ni acceso al expediente para ver si los testigos repitieron oficialmente lo que dijeron a la prensa en primera instancia.
Sin nada, en definitiva.
De cualquier modo, lo de Montero es una gotita.
El mismo domingo, según la visión de TN, sólo por tirar un ejemplo, que justo representa al grupo multimedia más importante del país, pero teniendo en cuenta que era la idea general de casi todos los medios, el chofer no podía ser menos que un degenerado irresponsable.
Y capaz lo sea.
Pero tené un poco de paciencia, queridito. Y dejá que lo decidan los que laburan de eso, que si no, aunque tengas suerte y a la larga la termines pegando, en realidad me estás mintiendo y la próxima vez no te voy a creer.
Aunque en realidad eso ya pasó hace como mil años (desde el día en que me hicieron tragar -y juro que lo lograron en un principio- que la muerte de Kosteki y Santillán no era culpa de la policía).
Pero Matt Groening ya lo hizo mucho mejor que yo, hace como diez años, en un capítulo de Los Simpsons en el que a Homero lo acusan por abuso sexual.
Ahí a Homero lo persiguen las cámaras y cada cosa que dice o hace es interpretada para el lado de la lujuria.
¡Y cada vez que quiere decir algo se entierra más y más!
En un momento hasta pasan representaciones actuadas, al estilo Chiche Gelblung, en las que el personaje que hace de Homero siempre es un enfermito babeante que está viendo cómo satisfacer sus ansias de hacer el mal.
La gente cada vez que tiene que hablar sobre él, aun sin conocerlo, dice que es un hijo de puta. Y muchos tienen historias convincentes en las que Homero intenta abusar de algún conocido o de ellos mismos.
Buenísimo el capítulo. Me van surgiendo las imágenes mientras pienso en esto.
Y también hay uno en el que a Marge la acusan de loca. Y pasa más o menos lo mismo, sin dejar de ser original y gracioso en ambos casos.
Así que no tengo mucho para decir; ya fue hecho previamente con mayor originalidad.
Sólo puedo agregar que Leo Montero hoy -en su programa AM- hizo el ridículo, sin que sea su culpa, pobre infeliz, durante una entrevista al abogado del chofer del micro que chocó contra un tren, en Dolores.
El tono de Montero durante toda la entrevista fue del tipo “dá, no te creo nada, jate jodé”.
Pero sin dar ni un solo argumento, claro.
Como si él pudiese determinar desde su ignorancia, sólo con su tono de voz incrédulo, sin ningún tipo de peritaje de las velocidades del micro y del tren ni de la posición de la barrera, para ver si estaba del todo baja, ni de toxicología, para ver si el tipo realmente venía tomado o zarpado.
Y sin testimonios del acusado ni acceso al expediente para ver si los testigos repitieron oficialmente lo que dijeron a la prensa en primera instancia.
Sin nada, en definitiva.
De cualquier modo, lo de Montero es una gotita.
El mismo domingo, según la visión de TN, sólo por tirar un ejemplo, que justo representa al grupo multimedia más importante del país, pero teniendo en cuenta que era la idea general de casi todos los medios, el chofer no podía ser menos que un degenerado irresponsable.
Y capaz lo sea.
Pero tené un poco de paciencia, queridito. Y dejá que lo decidan los que laburan de eso, que si no, aunque tengas suerte y a la larga la termines pegando, en realidad me estás mintiendo y la próxima vez no te voy a creer.
Aunque en realidad eso ya pasó hace como mil años (desde el día en que me hicieron tragar -y juro que lo lograron en un principio- que la muerte de Kosteki y Santillán no era culpa de la policía).
11.3.08
Manifiesto Ninja II
¡Y al que no le gusta que me vaya convirtiendo en chiquito, viene, me lo dice, y le rompo todo lo que se llama cara!
7.3.08
Manifiesto Ninja I
Mi mayor ambición en la vida es volver a ser chiquito otra vez.
Nada de madurez; combatiré día a día contra la dictadura de ser grande.
Quiero volver a la niñez. Es mi meta. Mi punto de llegada; esa utopía por la que voy a luchar día a día sin parar.
Y no me importa lo que nadie tenga para decirme al respecto.
Yo voy a ser chiquito otra vez, y si hace falta, como decía James Matthew Barrie, si nadie me acepta, me voy a esconder, y me voy a encerrar, y voy a jugar a los muñequitos cuando nadie me vea.
¡Lo tengo decidido! ¡Y que ningún tarúpido me venga a decir que no tengo metas claras o que no sé lo que quiero de mi vida!
¡Yo voy a volver a la infancia y sanseacabó!
Nada de madurez; combatiré día a día contra la dictadura de ser grande.
Quiero volver a la niñez. Es mi meta. Mi punto de llegada; esa utopía por la que voy a luchar día a día sin parar.
Y no me importa lo que nadie tenga para decirme al respecto.
Yo voy a ser chiquito otra vez, y si hace falta, como decía James Matthew Barrie, si nadie me acepta, me voy a esconder, y me voy a encerrar, y voy a jugar a los muñequitos cuando nadie me vea.
¡Lo tengo decidido! ¡Y que ningún tarúpido me venga a decir que no tengo metas claras o que no sé lo que quiero de mi vida!
¡Yo voy a volver a la infancia y sanseacabó!
27.2.08
El Mago
El otro día estaba en una fiesta familiar y de golpe apareció un mago.
¡Cómo los detesto!
El tipo se armó un escenario y arrancó con sus payasadas. Ahí nomás todo el mundo se calló la boca y empezó a hacer cada una de las giladas que propuso. Cuando él decía aplaudan todos aplaudían, cuando él decía ríanse todos reían y cuando él preguntaba acerca de la cantidad de caras que tiene un dado todos decían seeeeeeeeeeeeeeeeeis (algunos gritaron sieeeeeeeeete o cuaaaaaaatro y uno al lado mío gritó nueeeeeeeve).
Lo peor de los magos es que son absolutamente incapaces de hacer un show por las suyas. Sí o sí necesitan hacer pasar a alguien del público.
Es un ritual que me parece detestable. Es lo más parecido a pasar al frente en el colegio: nada bueno puede salir de ahí. La profesora se divierte porque vos -obviamente- no tenés ni la más puta idea de a qué velocidad cae una piedra si la tiran con una fuerza x, desde una altura x y con un viento de x kilómetros por hora.
Y tus compañeros de curso se divierten porque vos ya no encontrás la forma de remarla y ponés excusas estúpidas... ¡hasta que te hinchás las pelotas! Te empezás a pelear con la profesora y terminás yendo a la dirección con un tremendo quilombo encima y con una cita a tus viejos en el cuadernito verde, que es -ni más ni menos que- el de las comunicaciones.
Sí, lo admito: tuve una primaria complicada académicamente hablando.
En el secundario los profesores ya se resignaron y me dejaron en paz, con la condición de que no molestara. Incluso nos permitían, sólo a mí y a otros tres sabandijas, que nos vayamos al fondo a jugar al ajedrez.
Después en la facultad ya fui un groso y fui semestre a semestre tachando la lista de materias por aprobar con la facilidad de un as y con la admiración de mis pares. Y esta aclaración la hago porque estoy mandando muchos CVs y los potenciales empleadores podrían estar googleándome y leyéndome.
A ellos los saludo con atención y les digo: juéguensela, soy un buen chico, de buena crianza, sin vicios, con un talento incalculable y una visión de futuro que asustaría hasta al más ambicioso de los yuppies. Yo, señores, puedo ser lo que su empresa necesita. Yo no tengo límites; no tengo techo. Y cuando voy a depositar un cheque millonario, lo deposito mejor que nadie; cuando me pongo a archivar documentos lo hago con tal maestría que hasta los gurúes archivadores se admirarían si me vieran y cuando escribo un informe sobre lo que sea, incluso sobre cuestiones ñoñas como las entradas y salidas de un stock, lo hago con semejante ritmo -sólo Palhaniuk sabría lograrlo- y gracia que hasta los chicos de limpieza y mantenimiento se pelean por leerlos.
Así que fíjense ustedes nomás qué quieren hacer con ese CV que les mandé.
El mago hizo pasar a una persona por cada truco que se le ocurrió. No sé cuántas víctimas fueron. Pero sí se que fue tal como tenía que ser: todos se mataron de risa menos los pobres desgraciados que cayeron en la volteada.
Él (o sea, El Mago Marcos) se la pasó bomba boludeándolos (porque no hizo otra cosa que boludearlos) y cobrando su cheque al final del acto. Y los que estábamos en el público nos la pasamos bomba porque no hicimos otra cosa que reirnos a gritos de lo aparato que se puede ser cuando se cae por sorpresa arriba de un escenario.
Esa noche, mirando lo que pasaba ahí arriba, vi varias veces esa expresión en sus caras; esa en la que uno se pregunta:
"¿Cómo corno fue que la vida me trajo hasta acá? ¿Qué mierda estoy haciendo yo en este lugar? ¿Por qué, Dios, por qué?"
Yo sufrí por ellos. Sufrí por mí.
Y cada vez que el tipo se puso a mirar al público para buscar una nueva víctima intenté hacerme chiquito, camuflarme atrás de otros. Apelé a mi tan bien desarrollado sentido de la invisibilidad. Años de desaparecerme por completo cuando había que armar las carpas en los campamentos. Años de evaporarme cuando en esos mismos campamentos se ponían a reclutar a los que no habían cocinado para hacerlos lavar los platos y las cacerolas.
Años y años (de un talento que ya no uso, gracias a mi adquirido amor por la resposabilidad y proactividad [atentos, empleadores]), porque la única forma de que la de física no me llamara al frente era desaparecer.
Y desaparecí, claro. Otra vez. Y lo hice muy bien. Tanto que si lo hubiese hecho arriba del escenario todos habrían aplaudido a rabiar ¡Hasta lastimarse las manos! ¡Porque no cualquiera, eh! Si hasta hice la de ir al baño y tardar mucho ahí adentro. Todo hice. Si hasta zafé cuando hicieron que mi padrino eligiera a la próxima víctima (cuando sos de los que quieren zafar, pasás a ser la presa más deseada; me lo confesó. Y todavía se pregunta adónde corno me había metido).
Cuando terminó el show tomé los aplausos al mago -que apenas si había hecho desaparecer una tarjeta de crédito- como propios y agradecí en silencio.
Años son.
¡Cómo los detesto!
El tipo se armó un escenario y arrancó con sus payasadas. Ahí nomás todo el mundo se calló la boca y empezó a hacer cada una de las giladas que propuso. Cuando él decía aplaudan todos aplaudían, cuando él decía ríanse todos reían y cuando él preguntaba acerca de la cantidad de caras que tiene un dado todos decían seeeeeeeeeeeeeeeeeis (algunos gritaron sieeeeeeeeete o cuaaaaaaatro y uno al lado mío gritó nueeeeeeeve).
Lo peor de los magos es que son absolutamente incapaces de hacer un show por las suyas. Sí o sí necesitan hacer pasar a alguien del público.
Es un ritual que me parece detestable. Es lo más parecido a pasar al frente en el colegio: nada bueno puede salir de ahí. La profesora se divierte porque vos -obviamente- no tenés ni la más puta idea de a qué velocidad cae una piedra si la tiran con una fuerza x, desde una altura x y con un viento de x kilómetros por hora.
Y tus compañeros de curso se divierten porque vos ya no encontrás la forma de remarla y ponés excusas estúpidas... ¡hasta que te hinchás las pelotas! Te empezás a pelear con la profesora y terminás yendo a la dirección con un tremendo quilombo encima y con una cita a tus viejos en el cuadernito verde, que es -ni más ni menos que- el de las comunicaciones.
Sí, lo admito: tuve una primaria complicada académicamente hablando.
En el secundario los profesores ya se resignaron y me dejaron en paz, con la condición de que no molestara. Incluso nos permitían, sólo a mí y a otros tres sabandijas, que nos vayamos al fondo a jugar al ajedrez.
Después en la facultad ya fui un groso y fui semestre a semestre tachando la lista de materias por aprobar con la facilidad de un as y con la admiración de mis pares. Y esta aclaración la hago porque estoy mandando muchos CVs y los potenciales empleadores podrían estar googleándome y leyéndome.
A ellos los saludo con atención y les digo: juéguensela, soy un buen chico, de buena crianza, sin vicios, con un talento incalculable y una visión de futuro que asustaría hasta al más ambicioso de los yuppies. Yo, señores, puedo ser lo que su empresa necesita. Yo no tengo límites; no tengo techo. Y cuando voy a depositar un cheque millonario, lo deposito mejor que nadie; cuando me pongo a archivar documentos lo hago con tal maestría que hasta los gurúes archivadores se admirarían si me vieran y cuando escribo un informe sobre lo que sea, incluso sobre cuestiones ñoñas como las entradas y salidas de un stock, lo hago con semejante ritmo -sólo Palhaniuk sabría lograrlo- y gracia que hasta los chicos de limpieza y mantenimiento se pelean por leerlos.
Así que fíjense ustedes nomás qué quieren hacer con ese CV que les mandé.
El mago hizo pasar a una persona por cada truco que se le ocurrió. No sé cuántas víctimas fueron. Pero sí se que fue tal como tenía que ser: todos se mataron de risa menos los pobres desgraciados que cayeron en la volteada.
Él (o sea, El Mago Marcos) se la pasó bomba boludeándolos (porque no hizo otra cosa que boludearlos) y cobrando su cheque al final del acto. Y los que estábamos en el público nos la pasamos bomba porque no hicimos otra cosa que reirnos a gritos de lo aparato que se puede ser cuando se cae por sorpresa arriba de un escenario.
Esa noche, mirando lo que pasaba ahí arriba, vi varias veces esa expresión en sus caras; esa en la que uno se pregunta:
"¿Cómo corno fue que la vida me trajo hasta acá? ¿Qué mierda estoy haciendo yo en este lugar? ¿Por qué, Dios, por qué?"
Yo sufrí por ellos. Sufrí por mí.
Y cada vez que el tipo se puso a mirar al público para buscar una nueva víctima intenté hacerme chiquito, camuflarme atrás de otros. Apelé a mi tan bien desarrollado sentido de la invisibilidad. Años de desaparecerme por completo cuando había que armar las carpas en los campamentos. Años de evaporarme cuando en esos mismos campamentos se ponían a reclutar a los que no habían cocinado para hacerlos lavar los platos y las cacerolas.
Años y años (de un talento que ya no uso, gracias a mi adquirido amor por la resposabilidad y proactividad [atentos, empleadores]), porque la única forma de que la de física no me llamara al frente era desaparecer.
Y desaparecí, claro. Otra vez. Y lo hice muy bien. Tanto que si lo hubiese hecho arriba del escenario todos habrían aplaudido a rabiar ¡Hasta lastimarse las manos! ¡Porque no cualquiera, eh! Si hasta hice la de ir al baño y tardar mucho ahí adentro. Todo hice. Si hasta zafé cuando hicieron que mi padrino eligiera a la próxima víctima (cuando sos de los que quieren zafar, pasás a ser la presa más deseada; me lo confesó. Y todavía se pregunta adónde corno me había metido).
Cuando terminó el show tomé los aplausos al mago -que apenas si había hecho desaparecer una tarjeta de crédito- como propios y agradecí en silencio.
Años son.
20.2.08
Elogio de la paciencia
El domingo, mientras miraba Fútbol de Primera, llegué a tener ganas de festejar las jugadas de Boca.
Los envidio muchísimo a esos desgraciados ¡Y qué jugador es Riquelme!
Ya escribí sobre él. Eso de que él juega a otra cosa; que piensa en otra cosa distinta a la que piensa el resto de los jugadores y que sabe algo que los demás no.
Está clarísimo. Se hace el sota. Empieza la jugada por la derecha, despacio, lento, tranquilo. Frena. Lo repiensa, se arrepiente, toca atrás y vuelve a empezar. La pide y arranca por izquierda. Y justo cuando parece que ahí va la máquina... él se frena y la toca de nuevo para atrás. Y empieza otra vez por derecha.
Y la hinchada de la selección chifla y los periodistas le buscan reemplazante.
Se hace el sota.
Y entonces ahí, bien de golpe, la pide, otra vez, y como si nada, como si no fuese gran cosa, mete un toquecito justo -¡Justo!- para dejar en el camino a dos o tres rivales sin siquiera tomarse el trabajo de gambetearlos, de ganarles en velocidad o de hacerles un dos-uno.
Un toquecito nomás. Uno que nadie ve salvo él y a lo sumo Bochini. De primera. Sin siquiera pararla.
Y ahí adelante están esperándolo Palermo y Palacio, sin duda los dos mejores, como dijo él, para hacer lo suyo y salir a festejar.
Es duro confesarlo. Y creo que es la segunda o tercera vez que lo hago: me gusta que a Riquelme le vaya bien. Si es con la camiseta de Boca, bueno, mala suerte. Pero prefiero que le vaya bien.
Y creo que lo de este año va a ser inevitable. Si bien San Lorenzo y River van a levantar y van a armar unos buenos equipos y si bien Lanús, Estudiantes y Arsenal van a estar también en un muy alto nivel, lo de Boca va a ser imposible de parar.
Tienen a los mejores jugadores. Y una calma y una paciencia implacables.
Nada le gana a la calma y a la paciencia.
Y además tienen a Riquelme.
Los envidio muchísimo a esos desgraciados ¡Y qué jugador es Riquelme!
Ya escribí sobre él. Eso de que él juega a otra cosa; que piensa en otra cosa distinta a la que piensa el resto de los jugadores y que sabe algo que los demás no.
Está clarísimo. Se hace el sota. Empieza la jugada por la derecha, despacio, lento, tranquilo. Frena. Lo repiensa, se arrepiente, toca atrás y vuelve a empezar. La pide y arranca por izquierda. Y justo cuando parece que ahí va la máquina... él se frena y la toca de nuevo para atrás. Y empieza otra vez por derecha.
Y la hinchada de la selección chifla y los periodistas le buscan reemplazante.
Se hace el sota.
Y entonces ahí, bien de golpe, la pide, otra vez, y como si nada, como si no fuese gran cosa, mete un toquecito justo -¡Justo!- para dejar en el camino a dos o tres rivales sin siquiera tomarse el trabajo de gambetearlos, de ganarles en velocidad o de hacerles un dos-uno.
Un toquecito nomás. Uno que nadie ve salvo él y a lo sumo Bochini. De primera. Sin siquiera pararla.
Y ahí adelante están esperándolo Palermo y Palacio, sin duda los dos mejores, como dijo él, para hacer lo suyo y salir a festejar.
Es duro confesarlo. Y creo que es la segunda o tercera vez que lo hago: me gusta que a Riquelme le vaya bien. Si es con la camiseta de Boca, bueno, mala suerte. Pero prefiero que le vaya bien.
Y creo que lo de este año va a ser inevitable. Si bien San Lorenzo y River van a levantar y van a armar unos buenos equipos y si bien Lanús, Estudiantes y Arsenal van a estar también en un muy alto nivel, lo de Boca va a ser imposible de parar.
Tienen a los mejores jugadores. Y una calma y una paciencia implacables.
Nada le gana a la calma y a la paciencia.
Y además tienen a Riquelme.
12.2.08
Yo fui un Love Coach
Hoy estuvimos hablando con una amiga, un largo rato, sobre una chica que me gusta y que conocí hace poco, en una noche bastaaante rara sobre la que ya hablaré más adelante.
Ella, mi amiga, Carolina, me estuvo dando su visión femenina. Y me dijo que lo que me conviene es hacerle caso a ella, ya que ella tiene la posta en estos asuntos.
Yo no estoy tan seguro. Pero como nunca sé mucho sobre nada, escuché y asentí.
Lo cierto es que, según dicen, no hay que hacerles caso a las mujeres cuando dan consejos sobre el trato con mujeres. Habría que ver si eso es totalmente así. Yo sospecho que si, pero no sé. De cualquier forma, sin dudas es un tema muy apasionante y merece una discusión futura.
Terminada la tertulia, me levanté y me fui. En la puerta de abajo, adonde siempre nos colgamos hablando media hora más, le pregunté: “Che, ¿vos qué creés? ¿Sos la persona favorita de alguien?”.
Ella, con su peor cara de tonta, con tal aire de convencimiento que me dieron ganas de matarla, mató el instante poético y respondió: “No sé, eso no me lo tenés que preguntar a mí, sino a los demás. Si te dijera que sí, sería una vanidosa”.
¡La odio! ¡Siempre encuentra el modo de arruinar mis cuelgues! ¡No tiene sangre en las venas! ¡Siempre insiste en responder lo correcto y nunca lo que se le viene a la mente!
Así que la puteé. La puteé fuerte y con ganas, lo cual desencadenó en un cruce de reproches y pases de factura. “¡Y mirá de quién acepto consejos sobre minas!”, le dije. “Andáaaaa, Love Coach, andáaaaaa”, me respondió ella cagándose de risa.
Y sí. Hace unos meses yo fui un Love Coach. Lo juro, no es chiste.
Como el personaje de Will Smith en “Hitch”, como Neil Strauss en “The Game”, como Luisa Delfino en “Te escucho”. Es así, nomás: hace poco yo laburé de dar consejos de amor, sexo, pareja y levante a mis clientes yanquis atormentados.
Y cobré por eso y ellos pagaron por eso. De hecho, cualquiera diría que pagaron demasiado. Más de la cuenta. Sin ir más lejos: dos dólares por mensaje de texto enviado y dos dólares por mensaje recibido. Pero vale aclarar que, aun así, siempre se despidieron agradecidos y muchas veces volvieron por más.
Me resultaba increíble imaginármelos. Muy freak. Calcular que ellos marcaban tirados en los sillones de sus casas el numerito que decía la publicidad y empezaban a preguntar cosas. Siempre carcomidos por la desesperación. Siempre.
Yo les contestaba en inglés, sentado en mi escritorio, desde una oficina en la peatonal Florida, a cien metros de la estación Catedral del subte D.
Traduzco un ejemplo:
“Ayuda, por favor, necesito saber si estas del otro lado. Necesito respuestas! Mi novio me pidio que nos tomaramos un tiempo”.
“Hola, corazon, yo soy Connie –así me llamaba yo- y voy a ser tu Love Coach. Estoy acá para ayudarte en lo que sea, si? Voy a responder todas tus preguntas, no importa la hora ni el dia que sea, de acuerdo? Quiero que me lo cuentes todo”.
“Connie, quiero saber: eres una computadora? Necesito hablar con alguien. Estoy liquidada, no hago otra cosa si no llorar y mi novio no responde a mis llamados”.
“Cariño, no lo dudes ni por un segundo: yo no soy una computadora. Mi nombre es Connie, tengo 35 años y estoy en Nebraska. Voy a brindarte las respuestas que estas buscando, de acuerdo? Empecemos por tu nombre. Dime, dulzura, como te llamas?”
“Mi nombre es Brenda. Oh dios mio, tengo tanto dolor, Connie. Necesito que me ayudes. Crees que el esta con otra?”.
“Brenda, querida, empecemos a ayudarte. Ayudame a ayudarte, si? Seca tus lagrimas y comienza a pensar con claridad. Tu problema es el de miles de personas, dulcecita, sabes? Sin embargo, debo decirte que existe la forma de recuperarlo. Voy a darte algunos consejos. Quieres?”
Y así miles. Pero miles, miles. Entraba una cantidad de mensajes impresionante.
Mi táctica era no darles un consejo nunca, bajo ningún punto de vista.
Cuanto más durara la conversación, más mensajes entraban y más contento se ponía mi supervisor. Y recién cuando decidí que iba a renunciar empecé a jugármela más, a aconsejar como si supiera y a copiar y pegar las conversaciones en Gmail para relatos futuros, asunto que estaba terminantemente prohibido (te lo repetían muy seguido: prohibido copiar y pegar).
Pero yo siempre tengo la esperanza de que hayan relatos futuros y eso era lo principal.
Igual, la verdad es que lo más valioso de ese laburo estaba en esa oficina.
Para poder laburar ahí tenés que saber inglés y estar mal del mate. Nada más. Creo que fue por eso que me tomaron. Al aviso lo saqué de un sitio de búsqueda laboral bastante conocido. Y tuve una entrevista, una capacitación de una hora y enseguida ya era un Love Coach.
Al lado mío había una chica que laburaba de Fortune Teller (o Psychic). Cada tanto me codeaba y me mostraba sus conversaciones, que eran de lo más freakie. A sus clientes les inventaba absolutamente todo. “Oh, cariño, la Moon Card dice que ese hijo que tu esposa espera podria ser un varon. Quieres saber mas?”.
No había tal Moon Card, por supuesto.
Creo que el único laburo en el mundo que está mejor que ser un Love Coach es el de ser un Fortune Teller. Lástima que en ambos casos eran también los sábados y domingos a la noche, con francos rotativos.
Algo muy curioso que vale la pena destacar eran las frases y palabras prohibidas. No podías escribir ni “Argentina” ni “Kenia”, porque en esos dos países cuartomundistas están las oficinas que se dedican a eso. Y tampoco podías decir “malgastar tu dinero” o “te están robando”, porque, bueno, eso es lo que ellos estaban haciendo y lo que nosotros estábamos haciendo, respectivamente.
Y es triste que sea así, pero ese cliente que te escribe desesperado está dispuesto a hacerte caso en todo lo que le digas.
Un día me fui a tomar un descanso, mientras hablaba con una treintañera casada, y con dos hijos, que estaba preocupada porque veía que su matrimonio se moría a causa de la falta de comunicación. Cuando volví a la media hora descubrí que el que se había hecho cargo de mi cuenta le estaba recomendando que se divorciara urgente porque su esposo no era un buen tipo. La mina le decía: “Tienes absoluta razon, muchas gracias. Tienes absoluta razon! Yo ya lo sabia pero necesitaba escucharlo”.
Irremontable.
Dos hijos en Seattle, que ven cómo sus padres se separan y cómo sus vidas cambian para siempre. Y un pendejo en Argentina sentado en una computadora, despachando clientes y saliendo a bailar con sus compañeros cuando termina el turno.
En ese sentido no había restricciones. Las respuestas, te lo aclaraban de entrada, se basaban en el sentido común. El único problema estaba en que los que te escribían eran más que nada suicidas en potencia (al número de Atención al Suicida yanqui me lo dieron el primer día y lo usé mucho). Y cada uno tiene siempre su propia interpretación del sentido común.
Cuando le conté de mi en ese entonces nuevo laburo a Carolina, mi amiga, ella también se me cagó de risa en la cara.
Y se sigue riendo, claro.
Pero, bueno, ya lo vimos: es de esa gente que, cuando le preguntás si es la persona favorita de alguien, te responde que se lo preguntes a los demás, para no pecar de vanidosa, así que ¡qué podemos esperar!
Ella, mi amiga, Carolina, me estuvo dando su visión femenina. Y me dijo que lo que me conviene es hacerle caso a ella, ya que ella tiene la posta en estos asuntos.
Yo no estoy tan seguro. Pero como nunca sé mucho sobre nada, escuché y asentí.
Lo cierto es que, según dicen, no hay que hacerles caso a las mujeres cuando dan consejos sobre el trato con mujeres. Habría que ver si eso es totalmente así. Yo sospecho que si, pero no sé. De cualquier forma, sin dudas es un tema muy apasionante y merece una discusión futura.
Terminada la tertulia, me levanté y me fui. En la puerta de abajo, adonde siempre nos colgamos hablando media hora más, le pregunté: “Che, ¿vos qué creés? ¿Sos la persona favorita de alguien?”.
Ella, con su peor cara de tonta, con tal aire de convencimiento que me dieron ganas de matarla, mató el instante poético y respondió: “No sé, eso no me lo tenés que preguntar a mí, sino a los demás. Si te dijera que sí, sería una vanidosa”.
¡La odio! ¡Siempre encuentra el modo de arruinar mis cuelgues! ¡No tiene sangre en las venas! ¡Siempre insiste en responder lo correcto y nunca lo que se le viene a la mente!
Así que la puteé. La puteé fuerte y con ganas, lo cual desencadenó en un cruce de reproches y pases de factura. “¡Y mirá de quién acepto consejos sobre minas!”, le dije. “Andáaaaa, Love Coach, andáaaaaa”, me respondió ella cagándose de risa.
Y sí. Hace unos meses yo fui un Love Coach. Lo juro, no es chiste.
Como el personaje de Will Smith en “Hitch”, como Neil Strauss en “The Game”, como Luisa Delfino en “Te escucho”. Es así, nomás: hace poco yo laburé de dar consejos de amor, sexo, pareja y levante a mis clientes yanquis atormentados.
Y cobré por eso y ellos pagaron por eso. De hecho, cualquiera diría que pagaron demasiado. Más de la cuenta. Sin ir más lejos: dos dólares por mensaje de texto enviado y dos dólares por mensaje recibido. Pero vale aclarar que, aun así, siempre se despidieron agradecidos y muchas veces volvieron por más.
Me resultaba increíble imaginármelos. Muy freak. Calcular que ellos marcaban tirados en los sillones de sus casas el numerito que decía la publicidad y empezaban a preguntar cosas. Siempre carcomidos por la desesperación. Siempre.
Yo les contestaba en inglés, sentado en mi escritorio, desde una oficina en la peatonal Florida, a cien metros de la estación Catedral del subte D.
Traduzco un ejemplo:
“Ayuda, por favor, necesito saber si estas del otro lado. Necesito respuestas! Mi novio me pidio que nos tomaramos un tiempo”.
“Hola, corazon, yo soy Connie –así me llamaba yo- y voy a ser tu Love Coach. Estoy acá para ayudarte en lo que sea, si? Voy a responder todas tus preguntas, no importa la hora ni el dia que sea, de acuerdo? Quiero que me lo cuentes todo”.
“Connie, quiero saber: eres una computadora? Necesito hablar con alguien. Estoy liquidada, no hago otra cosa si no llorar y mi novio no responde a mis llamados”.
“Cariño, no lo dudes ni por un segundo: yo no soy una computadora. Mi nombre es Connie, tengo 35 años y estoy en Nebraska. Voy a brindarte las respuestas que estas buscando, de acuerdo? Empecemos por tu nombre. Dime, dulzura, como te llamas?”
“Mi nombre es Brenda. Oh dios mio, tengo tanto dolor, Connie. Necesito que me ayudes. Crees que el esta con otra?”.
“Brenda, querida, empecemos a ayudarte. Ayudame a ayudarte, si? Seca tus lagrimas y comienza a pensar con claridad. Tu problema es el de miles de personas, dulcecita, sabes? Sin embargo, debo decirte que existe la forma de recuperarlo. Voy a darte algunos consejos. Quieres?”
Y así miles. Pero miles, miles. Entraba una cantidad de mensajes impresionante.
Mi táctica era no darles un consejo nunca, bajo ningún punto de vista.
Cuanto más durara la conversación, más mensajes entraban y más contento se ponía mi supervisor. Y recién cuando decidí que iba a renunciar empecé a jugármela más, a aconsejar como si supiera y a copiar y pegar las conversaciones en Gmail para relatos futuros, asunto que estaba terminantemente prohibido (te lo repetían muy seguido: prohibido copiar y pegar).
Pero yo siempre tengo la esperanza de que hayan relatos futuros y eso era lo principal.
Igual, la verdad es que lo más valioso de ese laburo estaba en esa oficina.
Para poder laburar ahí tenés que saber inglés y estar mal del mate. Nada más. Creo que fue por eso que me tomaron. Al aviso lo saqué de un sitio de búsqueda laboral bastante conocido. Y tuve una entrevista, una capacitación de una hora y enseguida ya era un Love Coach.
Al lado mío había una chica que laburaba de Fortune Teller (o Psychic). Cada tanto me codeaba y me mostraba sus conversaciones, que eran de lo más freakie. A sus clientes les inventaba absolutamente todo. “Oh, cariño, la Moon Card dice que ese hijo que tu esposa espera podria ser un varon. Quieres saber mas?”.
No había tal Moon Card, por supuesto.
Creo que el único laburo en el mundo que está mejor que ser un Love Coach es el de ser un Fortune Teller. Lástima que en ambos casos eran también los sábados y domingos a la noche, con francos rotativos.
Algo muy curioso que vale la pena destacar eran las frases y palabras prohibidas. No podías escribir ni “Argentina” ni “Kenia”, porque en esos dos países cuartomundistas están las oficinas que se dedican a eso. Y tampoco podías decir “malgastar tu dinero” o “te están robando”, porque, bueno, eso es lo que ellos estaban haciendo y lo que nosotros estábamos haciendo, respectivamente.
Y es triste que sea así, pero ese cliente que te escribe desesperado está dispuesto a hacerte caso en todo lo que le digas.
Un día me fui a tomar un descanso, mientras hablaba con una treintañera casada, y con dos hijos, que estaba preocupada porque veía que su matrimonio se moría a causa de la falta de comunicación. Cuando volví a la media hora descubrí que el que se había hecho cargo de mi cuenta le estaba recomendando que se divorciara urgente porque su esposo no era un buen tipo. La mina le decía: “Tienes absoluta razon, muchas gracias. Tienes absoluta razon! Yo ya lo sabia pero necesitaba escucharlo”.
Irremontable.
Dos hijos en Seattle, que ven cómo sus padres se separan y cómo sus vidas cambian para siempre. Y un pendejo en Argentina sentado en una computadora, despachando clientes y saliendo a bailar con sus compañeros cuando termina el turno.
En ese sentido no había restricciones. Las respuestas, te lo aclaraban de entrada, se basaban en el sentido común. El único problema estaba en que los que te escribían eran más que nada suicidas en potencia (al número de Atención al Suicida yanqui me lo dieron el primer día y lo usé mucho). Y cada uno tiene siempre su propia interpretación del sentido común.
Cuando le conté de mi en ese entonces nuevo laburo a Carolina, mi amiga, ella también se me cagó de risa en la cara.
Y se sigue riendo, claro.
Pero, bueno, ya lo vimos: es de esa gente que, cuando le preguntás si es la persona favorita de alguien, te responde que se lo preguntes a los demás, para no pecar de vanidosa, así que ¡qué podemos esperar!
7.2.08
Y ya que estamos hablando del tema
El concepto de creatividad es algo que suele darme un poco de miedo.
Sospecho que no debo ser muy creativo, lo cual es bastante decepcionante.
Me desagrada, seguramente por ese mismo miedo, la idea de la creatividad como la capacidad de generar ideas (divertidas).
Eso de “uh, ya está: hacemos una publicidad con unas llamas… ¡unas llamas que llaman! ¡Y una le dice a la otra ‘llamá a Chamot, llamá a Chamot’”.
Me imagino que sería imposible que se me ocurriera una idea nueva todos los días. Incluso, creo que alguna que otra vez me dijeron que yo era súper creativo. Y me les cagué de risa en la cara.
Ahora, el otro concepto típico sobre la creatividad, ese que dice que es la aptitud de ver nuevas relaciones entre las cosas, o de pensar diferente a los demás, ese me resulta más amigable. Creo que ese podría ser.
Al menos con alguna cosas. Con River no puedo, por ejemplo. Si me pongo a crear discurso a partir de River me sale lo mismo que a Leo Farinella y a todos los demás: hablo de cómo tengo ganas de salir a matar dirigentes, de cómo puede ser que se desvivan trayendo a jugadores intrascendentes y que no hacen falta, como Cabral (incluso pretendieron a Cellay, ¡que rechazó la oferta siendo de Huracán!) y miles de medios pelos más y se pierden de traer a D’alessandro porque sale demasiada plata.
¡Si no gastaran en tanto jugador mediocre capaz si llegarían, forros!
Y ahora tengo que bancármelo a D´alessandro con la camiseta de San Lorenzo, como me banqué ver a Ramón Díaz, la Gata Fernández, Ledesma, Placente, Tula y Ferreyra.
¡Y es que son los mismos dirigentes una manga de mediocres que no están a la altura de la circunstancia! ¡Son lo peor que le podía pasar al club!
Eso me pasa con River. Pienso igual que la corriente.
Con otras cosas, no. No me pasa eso. Con Lost, por ejemplo, la serie de la que todos hablan ahora, que tiene a todo el mundo bajándose capítulos del Emule, con Lost tengo una pequeñísima muestra de mi promisoria originalidad en la visión del mundo (aunque por supuesto no sabría cómo volcarlo de un modo creativo).
Parece que el mundo se divide en dos tipos de personas: los que aman a Lost y los que lo detestan y prometen no verlo jamás.
A mí me pasó lo siguiente: lo amé, fui adicto, fanático, enfermo, estuve fuera de control, la gente me decía “pará, no gastes más guita, dame una semana y te paso los cds con los capítulos de la primera temporada”, y yo no podía parar, necesitaba ir y alquilármelos ya.
Así me vi la primera temporada en una semana. Cuando devolvía un cd, sacaba el siguiente. Y me volvía a mi casa apuradísimo para engullírmelo en un par de horas. ¡Lo bien que está escrita esa temporada! ¡Lo bien que narran las historias y perfiles de los personajes! ¡Es la mejor serie de la historia!
Hasta que llegó el último capítulo. Ya ni recuerdo bien, pero creo que apareció una nube negra que mataba a un par de tipitos y unos chabones se pusieron a apretar un botón cada dos horas y media.
No sé cuántas cosas juntas pasaron, pero perdí un poco el interés y al cuarto capítulo de la segunda, dejé de ver Lost por completo. Siempre me prometí poner el segundo cd, y de hecho lo sigo prometiendo, pero nunca lo concreté; como si me diera vagancia. La serie me cae muy bien, sólo tengo elogios para brindarle, pero no me surge la motivación de apretar play.
Quedé a mitad de camino.
Y creo que mi potencial visión original del mundo, justamente, sólo podría basarse en mi cobardía e incapacidad de decisión (mi condición de tibio, en definitiva).
Debería explotar mis neurosis a lo Woody Allen.
Hace unas horas alguien muy destacable me preguntó si quería comer fideos o arroz e improvisé toda una perorata sobre cuál de los dos sería el alimento ideal para este momento.
Creo que debería plagiarme y escribir una obra de teatro con mis desopilantes monólogos y diálogos de cuando estoy descalzo.
Quién te dice.
Ahora, eso sí (y a esto me gustaría destacarlo con cierto aire de definitivo): es sorprendente el sueño que te da esto de pensar en la creatividad.
Me voy a ir a dormir ya mismo.
Sospecho que no debo ser muy creativo, lo cual es bastante decepcionante.
Me desagrada, seguramente por ese mismo miedo, la idea de la creatividad como la capacidad de generar ideas (divertidas).
Eso de “uh, ya está: hacemos una publicidad con unas llamas… ¡unas llamas que llaman! ¡Y una le dice a la otra ‘llamá a Chamot, llamá a Chamot’”.
Me imagino que sería imposible que se me ocurriera una idea nueva todos los días. Incluso, creo que alguna que otra vez me dijeron que yo era súper creativo. Y me les cagué de risa en la cara.
Ahora, el otro concepto típico sobre la creatividad, ese que dice que es la aptitud de ver nuevas relaciones entre las cosas, o de pensar diferente a los demás, ese me resulta más amigable. Creo que ese podría ser.
Al menos con alguna cosas. Con River no puedo, por ejemplo. Si me pongo a crear discurso a partir de River me sale lo mismo que a Leo Farinella y a todos los demás: hablo de cómo tengo ganas de salir a matar dirigentes, de cómo puede ser que se desvivan trayendo a jugadores intrascendentes y que no hacen falta, como Cabral (incluso pretendieron a Cellay, ¡que rechazó la oferta siendo de Huracán!) y miles de medios pelos más y se pierden de traer a D’alessandro porque sale demasiada plata.
¡Si no gastaran en tanto jugador mediocre capaz si llegarían, forros!
Y ahora tengo que bancármelo a D´alessandro con la camiseta de San Lorenzo, como me banqué ver a Ramón Díaz, la Gata Fernández, Ledesma, Placente, Tula y Ferreyra.
¡Y es que son los mismos dirigentes una manga de mediocres que no están a la altura de la circunstancia! ¡Son lo peor que le podía pasar al club!
Eso me pasa con River. Pienso igual que la corriente.
Con otras cosas, no. No me pasa eso. Con Lost, por ejemplo, la serie de la que todos hablan ahora, que tiene a todo el mundo bajándose capítulos del Emule, con Lost tengo una pequeñísima muestra de mi promisoria originalidad en la visión del mundo (aunque por supuesto no sabría cómo volcarlo de un modo creativo).
Parece que el mundo se divide en dos tipos de personas: los que aman a Lost y los que lo detestan y prometen no verlo jamás.
A mí me pasó lo siguiente: lo amé, fui adicto, fanático, enfermo, estuve fuera de control, la gente me decía “pará, no gastes más guita, dame una semana y te paso los cds con los capítulos de la primera temporada”, y yo no podía parar, necesitaba ir y alquilármelos ya.
Así me vi la primera temporada en una semana. Cuando devolvía un cd, sacaba el siguiente. Y me volvía a mi casa apuradísimo para engullírmelo en un par de horas. ¡Lo bien que está escrita esa temporada! ¡Lo bien que narran las historias y perfiles de los personajes! ¡Es la mejor serie de la historia!
Hasta que llegó el último capítulo. Ya ni recuerdo bien, pero creo que apareció una nube negra que mataba a un par de tipitos y unos chabones se pusieron a apretar un botón cada dos horas y media.
No sé cuántas cosas juntas pasaron, pero perdí un poco el interés y al cuarto capítulo de la segunda, dejé de ver Lost por completo. Siempre me prometí poner el segundo cd, y de hecho lo sigo prometiendo, pero nunca lo concreté; como si me diera vagancia. La serie me cae muy bien, sólo tengo elogios para brindarle, pero no me surge la motivación de apretar play.
Quedé a mitad de camino.
Y creo que mi potencial visión original del mundo, justamente, sólo podría basarse en mi cobardía e incapacidad de decisión (mi condición de tibio, en definitiva).
Debería explotar mis neurosis a lo Woody Allen.
Hace unas horas alguien muy destacable me preguntó si quería comer fideos o arroz e improvisé toda una perorata sobre cuál de los dos sería el alimento ideal para este momento.
Creo que debería plagiarme y escribir una obra de teatro con mis desopilantes monólogos y diálogos de cuando estoy descalzo.
Quién te dice.
Ahora, eso sí (y a esto me gustaría destacarlo con cierto aire de definitivo): es sorprendente el sueño que te da esto de pensar en la creatividad.
Me voy a ir a dormir ya mismo.
1.2.08
Caprichosito
Estoy con serios problemas de creatividad para armar posts. Me pasa siempre: no se me ocurre nada. O mejor dicho, se me ocurren cosas pero las descarto enseguida. Algunas porque exigen demasiado trabajo para desarrollarlas y otras porque no me cierran o porque empiezo a escribirlas y quedan lo suficientemente feas como para que me dé vergüenza postearlas.
Así que a este post, que empieza como la horrible canción nueva de Pity Álvarez, lo voy a usar para cumplir un anhelo bastante repetitivo que vengo teniendo. Voy a hacer un post caprichosito pero útil.
A todos nos gusta que nuestro blog sea leído. Y, uffff, más aun que sea leído por gente reconocida. Si un día te enterás de que de golpe Evangelina Anderson te lo estuvo leyendo, la pucha, te sonrojás como mínimo. O ponele que entró Tinelli. Está bueno.
Hace poco, nombrándolo dos veces seguidas, comprobé que cada vez que acá se publica el nombre Pedro Mairal, que es el famoso autor de Una noche con Sabrina Love, El año del desierto (hasta ahí leí yo), Consumidor final, Hoy temprano y Tigre como los pájaros y del blog El señor de abajo, cada vez que acá se lo menciona, al otro día el contador de visitas registra una entrada desde una firma de nombre Marval, O'Farrell & Mairal.
Capaz es el padre, que capaz se llama igual. Capaz es el tío. Capaz es él. Lo cierto es que entra buscando “Pedro Mairal” en una búsqueda de Google de las últimas 24 horas. Y a eso apuntamos con esto.
Es caer bajo. Sí señor. Es una niñería. Sí señor. Es una bobada. Sí señor. ¡Sí señor! Pero a mi blog mañana va a entrar a leer Pedro Mairal. ¡Nada más y nada menos!
¡Sí, señor!
Rockanroooooooooooooool.
Así que a este post, que empieza como la horrible canción nueva de Pity Álvarez, lo voy a usar para cumplir un anhelo bastante repetitivo que vengo teniendo. Voy a hacer un post caprichosito pero útil.
A todos nos gusta que nuestro blog sea leído. Y, uffff, más aun que sea leído por gente reconocida. Si un día te enterás de que de golpe Evangelina Anderson te lo estuvo leyendo, la pucha, te sonrojás como mínimo. O ponele que entró Tinelli. Está bueno.
Hace poco, nombrándolo dos veces seguidas, comprobé que cada vez que acá se publica el nombre Pedro Mairal, que es el famoso autor de Una noche con Sabrina Love, El año del desierto (hasta ahí leí yo), Consumidor final, Hoy temprano y Tigre como los pájaros y del blog El señor de abajo, cada vez que acá se lo menciona, al otro día el contador de visitas registra una entrada desde una firma de nombre Marval, O'Farrell & Mairal.
Capaz es el padre, que capaz se llama igual. Capaz es el tío. Capaz es él. Lo cierto es que entra buscando “Pedro Mairal” en una búsqueda de Google de las últimas 24 horas. Y a eso apuntamos con esto.
Es caer bajo. Sí señor. Es una niñería. Sí señor. Es una bobada. Sí señor. ¡Sí señor! Pero a mi blog mañana va a entrar a leer Pedro Mairal. ¡Nada más y nada menos!
¡Sí, señor!
Rockanroooooooooooooool.
26.1.08
Jojo 2 (muestra gratis)

Perdón por ser un tipo tan insistente, pero...
Apareció un sitio con el video del tema Syncopath, de Jojo Mayer, en vivo.
Es un temazo y esta vez no hace falta tomarse el trabajo de descargarlo.
Además hay otras cosas (varios videos junto a otra banda suya) interesantes, que yo estoy investigando y disfrutando right now.
Y nada, eso, no quería ser egoista.
Así que.
25.1.08
Jojo
¡Ya no quiero ser más yo!
¡Quiero ser Jojo Mayer!
Los ejercicios de batería son bastante aburridos. El cuerpo tiene memoria y la idea básica es ir acostumbrándolo. El más típico, por ejemplo, es pegarle a una superficie plana –con los palillos, por supuesto- una vez con la derecha y otra con la izquierda. Y después de vuelta la derecha. Y otra vez la izquierda. Así durante al menos media hora al día (para después pasar a otro ejercicio y después a otro). No tienen que haber defectos. El movimiento de la muñeca tiene que ser exacto, la posición de los brazos no puede diferenciarse entre uno y otro. Los palos tienen que caer siempre en el mismo lugar y el ángulo de su posición tiene que ser idéntico siempre, provocando el mismo sonido con el mismo volumen. De a poco, muy de a poco, cuando vas alcanzando cierta perfección en el movimiento, podés ir dándole más velocidad.
Cada golpe tiene un nombre. Uno tiene que ir cantándolos en voz alta a medida que los hace: "Un y a na; dos y a na; tres y a na; cua y a na". Hay que gritarlos, si es posible.
Hay días en los que no querés saber nada.
Para esos días es bueno Jojo Mayer.
No hace falta tocar tantas notas como él para ser groso, es verdad. Existe el mito de que el baterista bueno es el que mete golpes por todas partes de la batería como un desaforado. Pero no pasa por ahí.
Simplemente hay que ver la gracia que tiene él, la soltura, el relajo. Toca como si en realidad estuviese bailando. Tampoco hace falta ser baterista wannabe para disfrutar viéndolo.
Mayer fue, entre otras cosas, el baterista de uno de los discos que más me gusto escuchar durante el año pasado (ahí también están Time Control y Another Mind, de Hiromi Uehara; Monk’s Dream, de Thelonious Monk; Critical Mass, de Dave Holland; Mingus Moves, de Charles Mingus y otros más de mi nueva etapa jazzera snob): el primero de Screaming Headless Torsos, que se llama 1995.
Además Mayer se dedica al Drum n Bass; un género con una velocidad fuera de lo común para la interpretación de un baterista. En ese plan, mezclado con un poco de jazz y otras cosas que desconozco, en el 2005 tocó, junto a su banda Nerve (un tecladista, un bajista y un ingeniero de sonido) en un aparente encuentro de bateristas que se llamó Modern Drummer.
Lo que toca es impresionante. La banda se encarga más que nada de acompañarlo a él; de moverse siempre alrededor suyo.
En el video de ese recital, que dura media hora, está el tema Syncopath, que es como una demostración musical de eso que tanto me gusta en la literatura: el in crescendo. Arranca con una intro medio jazzera y después nace, crece y muere. Muere bien arriba, como si se tratara de un infarto por exceso de adrenalina. In crescendo a full. Te deja como el ya mencionado Tripas, de Palahniuk.
(Hay que hacer click en "Download this video")
Hasta hace poco estaba en Youtube, pero lo bajaron por una cuestión de derechos. Ahora alguien lo subió a un server. Yo recomiendo que lo bajen y lo escuchen. No hay forma de que no les guste y me puteen. Es imposible. Es como ver bailar a Julio Bocca o jugar a Maradona o volar a Michael Jordan. ¡Toca con tal elasticidad! ¡Con tal naturalidad!
Además hay links para bajarse los otros temas, por si llega a gustar. Está bueno escucharlo con auriculares; debajo de la superficie del ritmo hay un montón de golpecitos escondidos.
Me pasa con Mayer –y con Weckl, aunque en menor medida- lo que me pasaba con Rambo cuando era chico: después de verlas quería ir a jugar a cagarme a tiros.
Siempre que termino de ver ese recital, me voy a sentar frente a mi bendito almohadón duro y me pongo a hacer un y a na; dos y a na; tres y a na; cua y a na.
¡Quiero ser Jojo Mayer!
Los ejercicios de batería son bastante aburridos. El cuerpo tiene memoria y la idea básica es ir acostumbrándolo. El más típico, por ejemplo, es pegarle a una superficie plana –con los palillos, por supuesto- una vez con la derecha y otra con la izquierda. Y después de vuelta la derecha. Y otra vez la izquierda. Así durante al menos media hora al día (para después pasar a otro ejercicio y después a otro). No tienen que haber defectos. El movimiento de la muñeca tiene que ser exacto, la posición de los brazos no puede diferenciarse entre uno y otro. Los palos tienen que caer siempre en el mismo lugar y el ángulo de su posición tiene que ser idéntico siempre, provocando el mismo sonido con el mismo volumen. De a poco, muy de a poco, cuando vas alcanzando cierta perfección en el movimiento, podés ir dándole más velocidad.
Cada golpe tiene un nombre. Uno tiene que ir cantándolos en voz alta a medida que los hace: "Un y a na; dos y a na; tres y a na; cua y a na". Hay que gritarlos, si es posible.
Hay días en los que no querés saber nada.
Para esos días es bueno Jojo Mayer.
No hace falta tocar tantas notas como él para ser groso, es verdad. Existe el mito de que el baterista bueno es el que mete golpes por todas partes de la batería como un desaforado. Pero no pasa por ahí.
Simplemente hay que ver la gracia que tiene él, la soltura, el relajo. Toca como si en realidad estuviese bailando. Tampoco hace falta ser baterista wannabe para disfrutar viéndolo.
Mayer fue, entre otras cosas, el baterista de uno de los discos que más me gusto escuchar durante el año pasado (ahí también están Time Control y Another Mind, de Hiromi Uehara; Monk’s Dream, de Thelonious Monk; Critical Mass, de Dave Holland; Mingus Moves, de Charles Mingus y otros más de mi nueva etapa jazzera snob): el primero de Screaming Headless Torsos, que se llama 1995.
Además Mayer se dedica al Drum n Bass; un género con una velocidad fuera de lo común para la interpretación de un baterista. En ese plan, mezclado con un poco de jazz y otras cosas que desconozco, en el 2005 tocó, junto a su banda Nerve (un tecladista, un bajista y un ingeniero de sonido) en un aparente encuentro de bateristas que se llamó Modern Drummer.
Lo que toca es impresionante. La banda se encarga más que nada de acompañarlo a él; de moverse siempre alrededor suyo.
En el video de ese recital, que dura media hora, está el tema Syncopath, que es como una demostración musical de eso que tanto me gusta en la literatura: el in crescendo. Arranca con una intro medio jazzera y después nace, crece y muere. Muere bien arriba, como si se tratara de un infarto por exceso de adrenalina. In crescendo a full. Te deja como el ya mencionado Tripas, de Palahniuk.
(Hay que hacer click en "Download this video")
Hasta hace poco estaba en Youtube, pero lo bajaron por una cuestión de derechos. Ahora alguien lo subió a un server. Yo recomiendo que lo bajen y lo escuchen. No hay forma de que no les guste y me puteen. Es imposible. Es como ver bailar a Julio Bocca o jugar a Maradona o volar a Michael Jordan. ¡Toca con tal elasticidad! ¡Con tal naturalidad!
Además hay links para bajarse los otros temas, por si llega a gustar. Está bueno escucharlo con auriculares; debajo de la superficie del ritmo hay un montón de golpecitos escondidos.
Me pasa con Mayer –y con Weckl, aunque en menor medida- lo que me pasaba con Rambo cuando era chico: después de verlas quería ir a jugar a cagarme a tiros.
Siempre que termino de ver ese recital, me voy a sentar frente a mi bendito almohadón duro y me pongo a hacer un y a na; dos y a na; tres y a na; cua y a na.
Por
Cuparo



